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Yves Montand, el compromiso de la verdad

La historia de Yves Montand es la de un hombre hecho a sí mismo que amó la vida por encima de todo. Actor, cantante, empedernido seductor o comprometido activista político son algunas de las facetas por las que se recuerda a una persona cuya extrema generosidad le hizo vencer su profunda timidez. Como decía Machado, amó cuanto ellas puedan tener de hospitalario y recibió la flecha que le asignó Cupido. Esa flecha se llamaba Simone Signoret, una de las actrices más célebres y respetadas del cine francés con la que se casó poco después de conocerla y con quien vivió hasta su muerte. Las apasionadas historias de amor que tuvo con diversas mujeres, entre las que la de Marilyn Monroe es una de las más conocidas, no le impidieron seguir unido a la que fue el amor de su vida. La audacia y la coherencia con las que Montand vivió su vida han hecho que, más de veinte años después de su muerte, siga siendo uno de los personajes más admirados, respetados y queridos por el pueblo francés. Había nacido en 1921 en la toscana italiana como tercer hijo de una familia humilde, campesina y comunista, que tuvo que exiliarse a Francia para huir del fascismo cuando él todavía era un bebé. Su nombre era Ivo Livi. A los once años dejó la escuela y, falsificando sus papeles, empezó a trabajar en los muelles de Marsella. A aquel trabajo le siguieron muchos más. En la peluquería donde trabajaba su hermana aprendió a ser peluquero. Fascinado por el cine y por la figura de Fred Astaire, empezó a cantar en los clubes nocturnos de Marsella. A la hora de elegir su nombre artístico no dudó en homenajear, a su manera, a su madre. Recordando que, de niño, cuando jugaba en la calle, para que volviera a casa su madre siempre le gritaba por la ventana Ivo, Monta! (“¡Ivo, sube!”), adoptó el nombre de Yves Montand con el que se haría mundialmente famoso.

La guerra truncó su esperanzadora carrera musical y se refugió de nuevo en trabajos de lo más variopinto hasta que se fue a probar suerte en París como cantante de music-hall. En 1944 la gran Edith Piaf le descubrió y lo incorporó inmediatamente a su compañía. Su historia de amor con la Piaf fue una de las primeras que tendría a lo largo de su vida. Fue la propia Piaf la que le empujó a adentrarse en el mundo de la interpretación cinematográfica. “Etoile sans lumière”, en 1946, fue su primera película. Su carrera como cantante tenía mucho más éxito que su carrera como actor hasta que, en 1953, protagonizó “El salario del miedo”, que ganó la Palma de Oro en Cannes.
En 1949 había conocido a una actriz que empezaba a despuntar y tenía una carrera muy prometedora: Simone Signoret. Era una mujer tremendamente atractiva y culta, cuyo matrimonio con el director Yves Allegret se tambaleaba. El encuentro entre Montand y Signoret fue un auténtico flechazo y pocos meses después se casaron. Su historia es una historia legendaria. Juntos protagonizaron varias de las películas más importantes del cine francés y compartieron su vida hasta la muerte de Simone, en 1985. Yves, autodidacta, descubrió con ella mundos hasta entonces no imaginados. Juntos protagonizaron en el escenario, y más tarde en el cine, una inolvidable versión de “Las brujas de Salem”, de Arthur Miller, a quien conocerían personalmente más tarde cuando Montand fue llamado por Hollywood para protagonizar la película “Let´s make love” (El millonario), junto a la por entonces esposa de Miller, Marilyn Monroe.
Tras su divorcio de Joe Di Maggio, el matrimonio de Marilyn con Miller estaba en horas bajas. Ella recuerda que eran muchos los momentos de soledad que pasaba cuando él estaba de viaje y que odiaba la soledad. Quizá por eso su encuentro con Montand acabó en la bella historia de amor que Montand reconoce en su autobiografía: “un día que ella estaba resfriada me acerqué a su bungalow para ayudarla. Me incliné para darle un beso de buenas noches, pero súbitamente fue un beso desenfrenado, un fuego, un huracán que no pude contener”

El compromiso político de Montand fue otra de las constantes de su vida. Afiliado al Partido Comunista Francés, participa activamente en la vida política de su país. “Aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti”, solía decir a cuantos rechazaban el compromiso político como opción de vida. Para él no era tan importante el color de las ideas que defendieras, como el hecho de que realmente defendieras unas ideas: “Lo que se necesitan son gentes de buena voluntad, sea cual fuere su opinión política, para, todos juntos, asegurar una supervivencia, nuestra supervivencia, porque de eso es de lo que se trata”. No perdonaba a quienes pretendían quedarse al margen de la realidad huyendo de tomar partido, de comprometerse: “La peor cobardía es saber qué es lo justo, y no hacerlo”. Los “buenistas” o los “pacifistas”, tampoco escapaban a sus afilados comentarios: “Los pacifistas son como ovejas que creen que el lobo es vegetariano”. Creía profundamente en el ser humano y en ese otro mundo nuevo que aún es posible y al que solo podemos llegar a través de la verdad, porque como él siempre decía: “Sólo la verdad es revolucionaria”. Nunca antepuso su carrera profesional o su vida personal a la defensa de sus ideas y de su compromiso político. Las giras que hizo por la Unión Soviética y diversos países del Este en 1956 y 1957 le granjearon una fuerte oposición en su país y muchas dificultades para poder ir de gira a los Estados Unidos. Aún así era considerado una estrella internacional y por eso fue llamado por Hollywood en 1960 para protagonizar El millonario con Marilyn.

Su faceta de cantante estaba consolidada y llenaba teatros de todo el mundo. Su carrera como actor también estaba en el momento más álgido, pero, a  pesar de eso, él no estaba satisfecho con su trabajo en el mundo del cine. Concebía el arte como algo más que mero entretenimiento (“Ni un libro ni un filme pueden transformar la sociedad. Es suficiente con que abran sus ojos”). Por eso no dudó en protagonizar la trilogía de cine político más célebre de la década de los sesenta: la del cineasta Costa Gavras: “Z”, dando vida a un político griego de izquierdas asesinado por la policía y los militares fascistas; “Estado de sitio”, encarnando a un policía estadounidense especializado en preparar golpes de estado antidemocráticos y en formar a las policías  y cuerpos paramilitares de países latinoamericanos adiestrándoles en las técnicas más duras de represión y tortura secuestrado por los Tupamaros, movimiento revolucionario uruguayo que se enfrentó a la dictadura por las armas, y “La confesión”, una dura crítica al régimen estalinista y a la traición que la política estalinista hizo a los ideales de la revolución rusa. Aquí le tienes en una de las secuencias de los interrogatorios a los que es sometido durante su secuestro por los tupamaros en “Estado de sitio”. El personaje que interpreta, como el del político griego asesinado de “Z”, está basado en un personaje real y la historia que cuenta la película narra hechos reales.

La audacia con la que Montand vivió su vida, la firmeza con la que defendió sus compromisos políticos y su irresistible atracción por las historias de amor, por vivir constantemente enamorado, junto a su extrema generosidad e inquebrantable lealtad a la amistad fueron los pilares de su vida, unos pilares que siempre fueron muy controvertidos. Pocos años después de la muerte de Simone Signoret inició una nueva historia de amor con una de sus secretarias, Carole Amiel, con la que tuvo su único hijo, Valentin (anteriormente había adoptado a Chatherine, la hija que Simone había tenido con Allegret). Carole fue su último amor. Montand murió de un infarto en 1991, el último día de rodaje de la película “IP5: la isla de los paquidermos”. Su fama de conquistador le había creado más de un problema, como la reclamación de paternidad que interpuso judicialmente una mujer que exigió que se le hicieran las pruebas de paternidad, pruebas a las que él siempre se negó. La insistencia de aquella mujer hizo que el juez autorizase la exhumación de su cadáver para extraerle las muestras de ADN necesarias para realizar las pruebas. Se hicieron las pruebas. El resultado fue negativo. Montand jamás mintió. porque la verdad era lo único en lo que creía.

Su muerte conmocionó a toda Francia. Está enterrado, junto a Simone Signoret, en el cementerio parisino de “Père Lachaise”. El día de su entierro se formaron colas inmensas a la puerta del cementerio. Poco importaba que lloviera. Muchos de sus amigos estaban allí: Gerard Depardieu, Alain Delon, Michelle Piccoli… Todos ellos depositaron rosas rojas sobre su tumba. Cuando se fueron, el pueblo de París se acercó para dejar hojas muertas, aquellas hojas muertas a las que él cantó como nadie:

“Me gustaría que recordaras
esos días felices de cuando éramos amigos.
Entonces la vida era más bella
y el sol brillaba más que ahora.
Las hojas caídas se arremolinan bajo el rastrillo.
Ya ves: yo no me olvido.
Las hojas caídas se arremolinan bajo el rastrillo
lo mismo que recuerdos o que remordimientos,
y el viento del norte se las lleva
hasta la fría noche del olvido.
Ya ves: yo aún me acuerdo
de la canción que me cantabas.
Una canción que nos vuelve a unir.
Te quería. Me querías.
Vivíamos los dos juntos.
Te quería. Me querías.
Pero la vida separa a los que se quieren,
lentamente, sin apenas hacer ruido;
y el mar borra en la arena
las huellas de amantes distanciados.
Las hojas caídas se arremolinan bajo el rastrillo
lo mismo que recuerdos o que remordimientos;
pero mi amor, sigiloso y fiel,
sonríe siempre y da las gracias a la vida.
Te quise tanto. Eras tan guapa.
¿Cómo quieres que te olvide?
En aquel entonces la vida era más bella
y el sol brillaba más que ahora:
eras mi amiga más dulce,
pero yo no he hecho más que arrepentirme
y, la canción que cantabas,
no dejaré de escucharla. Nunca”

Hace unos años, de visita en París, quise acercarme a ver su tumba. Tras visitar las de los republicanos españoles muertos en el exilio y las de Chopin, María Callas, Oscar Wilde, Proust, Piaf, Jim Morrison y tantos y tantos otros, me senté en un banco a descansar. El silencio era maravilloso en aquella mañana soleada de otoño. La soledad invitaba a mantener ese profundo diálogo con los que se han ido aunque siguen formando parte de nosotros que, a veces, nos invitan a mantener. Volaban las hojas muertas cuando, de lejos, vi acercarse a un viejo. Era la única figura que había en aquella parte del cementerio. Me acerqué a él para preguntarle por la tumba de Montand. Jamás olvidaré el brillo cómplice de sus ojos y su pícara sonrisa cuando, señalándome una pequeña vereda cercana, me dijo: “Sí, está allí, como siempre… hablando con Simone”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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