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Traficantes de tierras

La lucha por la posesión de la tierra ha sido una constante a lo largo de la historia. Los grandes latifundios fueron creados a base de eliminar los pequeños minifundios que estaban más orientados a la agricultura como medio de subsistencia que a la agricultura como negocio. Sin embargo, en la última década y más concretamente en los cinco últimos años estamos asistiendo a un nuevo fenómeno que tiene consecuencias atroces para las comunidades indígenas y los pequeños agricultores: el acaparamiento de tierras. Grandes inversores internacionales, desde Gobiernos a fondos de inversión y desde grandes corporaciones a fondos de pensiones están comprando o arrendando enormes extensiones de terreno en África, Asia y América Latina para destinarlas, en muchos casos, a monocultivos no alimentarios, como los biocombustibles, o el cultivo de flores y otros productos para la exportación. La imagen desgarradora de un niño desnutrido muriéndose de hambre tirado en una cuneta junto a una preciosa plantación de flores es cada día más común en muchos países de Latinoamérica y de África. Las tierras acaparadas no suelen ser las más yermas, sino las más fértiles y próximas a los ríos y con mejor acceso a las comunicaciones. En muchos casos esas operaciones no se hacen para “producir” nada en concreto, sino que se hacen con mentalidad financiera simplemente para “diversificar” la cartera de inversiones de los grandes inversores. Tras haber especulado con renta variable y renta fija, con derivados, futuros, opciones y demás instrumentos financieros; tras haber especulado con el oro y los mercados de divisas; tras haber especulado con las hipotecas basura; tras haber especulado con la deuda pública como lo están haciendo ahora; tras haber especulado con los precios de las materias primas provocando que miles de personas mueran cada día de hambre, los grandes inversores han descubierto que en estos tiempos el acaparamiento de tierras, la compra masiva de tierras despojándosela por los medios que sean necesarios a sus legítimos propietarios, es un negocio seguro y redondo, un negocio con futuro, aunque ni siquiera cultiven algo en ellas, sino que simplemente las guarden como si fueran una especie de reserva de suelo que venderán en el futuro a mejor precio en lo que vendría a ser una especie de “bancarización· de la tierra.

El común denominador de la mayor parte de esas inversiones es que se realizan a espaldas o incluso en contra de la voluntad de sus legítimos propietarios, los pueblos indígenas y los pequeños agricultores que llevan toda su vida subsistiendo gracias a esas tierras. Bajo falsas promesas de creación de puestos de trabajo o de construcción de infraestructuras, los inversores multinacionales, normalmente exonerados del pago de impuestos en estas operaciones por los gobiernos locales, corruptos en muchas ocasiones, se hacen con el control absoluto de esas tierras obligando a los campesinos a pasar de pequeños propietarios de la tierra que trabajaban, a trabajar para esas compañías cobrando sueldos de miseria con los que ya no pueden subsistir. Los desalojos de las tierras son muchas veces realizados por la fuerza, quemando las viviendas de los campesinos, matando su ganado o asesinando incluso a familias enteras si se resisten a abandonar sus tierras. La falta de transparencia de este tipo de operaciones, la utilización de oscuros entramados societarios que ocultan la identidad de los verdaderos inversores y el vacío legal en que se encuentra esta situación a nivel global hacen que sea muy difícil la cuantificación y el seguimiento de esta nueva forma de crimen organizado que es el acaparamiento de tierras, un crimen que causa miles de muertes al año, un crimen de guante blanco por el que nadie ha sido jamás condenado… Para que te hagas una idea de la proporción que tiene el acaparamiento de tierras basta señalar que se calcula que en los últimos diez años ha afectado a 227 millones de hectáreas en todo el mundo. Quizá esta cifra no te diga mucho ya que no estamos acostumbrados a trabajar con estas magnitudes. Puede que te diga más saber que es más de cinco veces la superficie total de España, o lo que es lo mismo, a las de Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Portugal, Suiza, Austria y España juntas, lo que equivale a la superficie de más de 3 millones de estadios Santiago Bernabéu. Y ya que usamos al Bernabéu como referencia para poder hacernos una imagen de la dimensión del problema, piensa que las personas que mueren de hambre en el mundo cada dos días llenarían el estadio.

Pero ¿quiénes son esos inversores desalmados que están acaparando tierras y provocando con ello el sufrimiento de millones de personas en todo el mundo?, ¿quienes son esos criminales que son capaces de matar a seres inocentes a cambio de obtener una buena rentabilidad para sus inversiones? Quizá no te guste conocer la respuesta. Si tienes algo de dinero ahorrado y lo has invertido en algún fondo de inversión o en un fondo de pensiones es posible que tú mismo seas uno de ellos. Si tienes participaciones de algún fondo no estaría de más que controlases de cerca dónde y cómo están invirtiendo tu dinero en lugar de contentarte únicamente con conocer la rentabilidad anual que te están dando. En un mundo globalizado como el nuestro todos somos cómplices directos o indirectos de la injusticia y el crimen que se comete a diario con los más desfavorecidos, porque lo mismo que puede pasar con tus ahorros y el acaparamiento de tierras pasa con lo que compras a diario: ¿cuántas veces no te has sentido feliz y satisfecho al haber comprado una “ganga” de deportivas o una camiseta chuliguay por dos euros, olvidando que para que a ti te llegue a ese precio necesariamente tiene que haber habido explotación infantil involucrada en su proceso de fabricación? La crisis económica hace que no veamos, muchas veces, lo que de verdad se esconde tras el precio de lo que consumimos. Obsesionados por encontrar el mejor precio, el auténtico “chollo”, cerramos los ojos a la realidad criminal que hace que ese precio sea posible. Y mirar a otro lado puede que nos haga ignorantes, pero, desde luego, no inocentes.

Los principales inversores institucionales que se están dedicando al acaparamiento de tierras son muchos de los mayores fondos de inversión y de pensiones de los países desarrollados, grandes multinacionales como la japonesa Mitsui o la coreana Hyundai en cuyas webs leerás la interminable lista de beneficios sociales que produce su elevada autoexigencia de responsabilidad social corporativa, y gobiernos de países como los de los emiratos árabes, China, Corea del Sur, Japón, etc.

Y si antes mencionaba que las tierras acaparadas suelen ser, precisamente, las más fértiles o las que tienen un mejor acceso a la red de comunicaciones, no hay que dejar de señalar también la relación directa que puede apreciarse entre los países que ceden más tierras al inversor extranjero para su acaparamiento y los países donde el nivel de pobreza es más elevado: de los 102 contratos de compra de tierras documentados por la ONG GRAIN en 2009, la mayor parte se concentra precisamente en los países que tienen un mayor índice de pobreza (20 operaciones en Sudán, donde el 26% de la población está condenada a la hambruna, 9 en Filipinas, con el 18%, 5 en Paquistán, con el 24%, 5 en Etiopía, con un 46%, etc.)

El acaparamiento de tierras se ceba con los más débiles, los más desfavorecidos, los nadies de la tierra y, dentro de ellos, con las mujeres, que son las más perjudicadas ya que son las que suelen estar al frente de los cultivos de las pequeñas tierras de las que son despojadas y las indemnizaciones o compensaciones, cuando las hay, son recibidas por los hombres, que normalmente no las incorporan a la economía familiar.

Estar contra el acaparamiento no es estar en contra de la inversión pública o privada transnacional, sino en defensa de la inversión, de cualquier inversión que sea justa y sostenible. Los países más pobres necesitan de la inversión y de la ayuda internacional para poder salir adelante, pero no ser esquilmados y esclavizados por traficantes de tierras sin valores ni escrúpulos. La solución a este problema que afecta y afectará no solo a los directamente perjudicados, sino a todos los habitantes de este planeta, no puede realizarse a nivel local, sino a nivel político y a nivel internacional, global. Pero para que nuestros políticos tomen cartas en el asunto y hagan algo debemos primero ser los ciudadanos quienes les obliguemos a hacerlo. Dar a conocer esta situación, debatirla y discutirla con las personas que te rodean es un paso muy importante para llegar a conseguirlo. No dejes de darlo.

Para entender el verdadero alcance del problema del que estamos hablando utilizar un caso concreto, un ejemplo tomado de la vida real, puede ser lo más ilustrativo. Tomemos por caso el del acaparamiento de tierras en el valle del Polochic, en Guatemala. Para conocer el entorno de Guatemala hay que señalar algunos datos fundamentales: la pobreza alcanza al 53,6% de su población, de la que el 13,3% está en situación de pobreza extrema; el 72% de la población pobre es rural; el 93% de la pobreza extrema se concentra en el área rural; la población dependiente de actividad agropecuaria que está en pobreza es del 83% y en pobreza extrema del 57%; la desnutrición crónica infantil en niños menores de 5 años alcanza el 49% y el 70% en las zonas rurales; solo un 12% de los niños que padecen desnutrición en Guatemala llega a la secundaria; el 59% de la agricultura familiar es de subsistencia; más del 90% de los productores de maíz son pequeños productores, que aportan el 67% de la producción total de maíz; en los últimos años se ha producido una gran concentración de la propiedad de la tierra en productores excedentarios y comerciales; el 92% de los pequeños productores cultiva el 22% de la superficie, mientras que el 1,86% de los productores cultiva el 57%; el 90% de los productores sobreviven con un promedio de una hectárea.

La historia de la explotación de la población de este valle se remonta muy atrás, a finales del siglo XIX cuando el gobierno guatemalteco se abre a inversores extranjeros y otorga tierras ya ocupadas por las poblaciones indígenas (q´eqchi´s) a emigrantes alemanes. A partir de aquel momento los pobladores indígenas dejaron de trabajar sus tierras para pasar a trabajar como empleados de los colonos alemanes. Los descendientes de aquellos pobladores autóctonos son los que están siendo desalojados hoy en día al haber introducido en esas tierras el monocultivo de palma africana y de caña de azúcar, agrocombustibles destinados a la exportación. Esta situación y las políticas neoliberales llevadas a cabo por el gobierno guatemalteco durante los últimos años han provocado que Guatemala haya pasado de ser un país autosuficiente en términos alimentarios a ser un país dependiente de la importación de alimentos.

Sin entrar en excesivos detalles, basta señalar que en 2005 la familia Widmann compró 3.600 hectáreas y arrendó 1.800 más para cultivar caña de azúcar. Con ayuda de créditos oficiales del Banco Centroamericano de Integración Económica, la familia Widmann inició la siembra de azúcar, pero fracasó y en 2010 el banco subastó la empresa. Las familias q´eqchi´s reclamaron su justo derecho de poder volver a vivir en las tierras sobre las que defienden sus derechos históricos. Se abrió una mesa de negociación entre las comunidades indígenas, la empresa y el gobierno. Durante el proceso de esas negociaciones los cuerpos de seguridad del Estado y de la propia empresa desalojaron violentamente a las 14 comunidades quemando sus viviendas, los cultivos y las propiedades de más de 800 familias, provocando la muerte de varios campesinos. Los campesinos, organizados alrededor del CUC (Comité de Unidad Campesina que defiende el desarrollo rural integral y promueve la equidad de género y la diversidad étnica, cultural y lingüística) solicitaron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que dictara medidas cautelares a favor de las comunidades afectadas. Se dictaron esas medidas y se instó oficialmente al gobierno guatemalteco a que las hiciese cumplir. El gobierno guatemalteco no cumplió ni una sola de esas medidas dejando a esas 800 familias en una situación extremadamente grave de injusticia alimentaria provocada por el acaparamiento de tierras. En Marzo de este año la población campesina de todo el país hizo una marcha convocada por el CUC desde el valle del Polochic hasta la ciudad de Guatemala para exigir al gobierno que cumpliese con esas medidas cautelares que está obligado a cumplir y que atendiese las demandas campesinas e indígenas. A día de hoy sigue sin cumplir ni una sola de ellas.

Daniel Pascual, máximo representante del CUC y María Josefa Macz, lideresa campesina del CUC de la región del Polochic llevan todo el mes viajando por Europa para conseguir solidaridad y apoyos internacionales para su causa. El próximo día 5 a las 19h. estarán en Madrid, (Tabacalera) en un acto en el que contarán su realidad y su lucha a todos los que quieran escucharles. Les acompañará el fotógrafo Alfons Rodríguez, reciente ganador del premio Godó de fotoperiodismo y que, entre otros, ha realizado un excelente trabajo de campo en el valle de Polochic. Será un acto abierto y participativo organizado por INTERMON/OXFAM dentro de su campaña CRECE, que tendré el privilegio y el honor de moderar.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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