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Todos somos mineros

“Habéis llegado hasta aquí para defender vuestros derechos, lo que legítimamente es vuestro y ahora os quieren robar. Unas ayudas de las que dependen no solo vuestros trabajos, sino la vida de vuestros pueblos, vuestra historia, vuestras raíces, vuestra tierra, esa tierra que nadie conoce mejor que vosotros y a la que nadie ama más que vosotros. Frente a tanta ignominia, hipocresía e injusticia os habéis puesto en pie para decir que no, que esta vez no podrán con vosotros. Habéis salido de la mina y echado a andar. Y al hacerlo nos habéis enseñado a todos que hay un camino, que existe un camino que podemos y debemos recorrer: el camino de la defensa de nuestros derechos, de nuestras libertades y de nuestra dignidad. Es un camino largo y duro, un camino que tiene cuestas pronunciadas y también interminables llanos donde solo habita la soledad. Pero es un camino donde no estáis solos. Son muchos los que os acompañan y apoyan. Algunos venidos desde muy lejos, otros de los pueblos que salen a vuestro encuentro. Es un camino que les asusta y que no quieren que veamos, por eso lo han ninguneado, lo han silenciado y hasta le han quitado las farolas. Pero eso poco importa. Las llamas de vuestras barricadas son hoy las antorchas que iluminan ese camino y la luz de vuestras miradas los faros que nos guían. Gracias, gracias de corazón por haberos echado a andar y mostrarnos a todos el camino”

Con estas palabras tuve el honor y el privilegio de abrir el concierto de homenaje a la Marcha Negra de los mineros organizado por la Asociación Cultural Rosa Luxemburgo en Aravaca la noche del 9 de julio. Fue el acto más lleno de emoción y hermanamiento que he visto en mi vida. Un grupo de hombres y mujeres habían recorrido más de 400 kilómetros andando para defender sus derechos, su libertad y su dignidad, y al hacerlo estaban defendiendo los derechos, la libertad y la dignidad de todos nosotros. Recuerdo que hablando con ellos, dándoles las gracias por haberse levantado y puesto en pie, les dije que lo que habían hecho era algo muy importante, mucho más que la simple defensa de unas reivindicaciones de un colectivo que está siendo explotado y diezmado por la política neoliberal del gobierno. Si el 15M nos invitó a la indignación, la marcha minera nos ha invitado a la rebelión. Esa es la grandeza de su movimiento: habernos recordado que si queremos mantener nuestros derechos, si queremos defender lo que es nuestro y no de los bancos, ni de los mercados, ni de Bruselas, ni Merkel, tenemos que ponernos en pie de una vez y decir ¡Basta ya, hasta aquí hemos llegado!

El ambiente de solidaridad y la emoción que se respiraba en aquel concierto de bienvenida era algo que ninguno de los que estuvimos allí olvidaremos jamás. Fue una comunión, un abrazo fraternal de todos los que sentimos que esto no puede seguir así y que ya ha llegado la hora de ponerle fin. Seguir mirando a otro lado, pretender no ver lo que tenemos delante y que cada día nos aprieta más es ser cómplice de quienes están arruinando este país, de quienes están condenando al paro, al hambre y a la pobreza a miles de personas cada día para que los bancos alemanes puedan cobrar los créditos que dieron a los bancos españoles, para que quienes provocaron esta crisis sigan cobrando sus sueldos indecentes, para que los sectores más afines al PP como la iglesia o el ejército no vean recortados sus presupuestos cuando rebajan el sueldo de los funcionarios, la prestación de los desempleados y nos empobrecen a todos subiéndonos el IVA, para que las grandes fortunas y las grandes empresas de este país que defraudan cada año 70.000 millones de euros a Hacienda no solo lo puedan seguir haciendo impunemente, sino que hasta sean premiados con una amnistía indecente y criminal. ¿Cuántos más parados debe haber en este país para que sigamos el ejemplo de los mineros y dejemos de vivir de rodillas?, ¿Cuántas familias deben perder sus casas y todo lo que tienen a manos de los bancos para que nos pongamos en pie?, ¿Cuántos jóvenes tienen que exiliarse de este país para poder tener el trabajo digno que aquí se les niega para que nos plantemos de una vez?

El 15M nos alertó de la gran mentira en la que estábamos viviendo, esa falsa democracia que no es más que un narcótico que atonta a las personas haciéndoles creer que son libres y que configuran su destino eligiendo a sus gobernantes. Fueron ellos los que dijeron que esos políticos y este sistema no nos representa y propusieron cambiarlo. La marcha de los mineros ha ido un paso más allá al rescatar algo que nunca se ha perdido, aunque uno de los bandos no se enteró de eso: la lucha obrera. Hacía años que no se escuchaban en las manifestaciones las reivindicaciones de la lucha de la clase obrera y se veían puños en alto. Durante todo este tiempo hemos estado narcotizados con hipotecas y burbujas inmobiliarias en una clara situación de individualización de las personas, de aislamiento de los individuos, de división de la clase obrera. El estado del bienestar era el bálsamo que garantizaba la paz social. Las clases dominantes no tenían más remedio que hacer algunas concesiones al populacho para que estuviese tranquilo y no se sublevase. No importaba darles unas migajas mientras se forraban con la especulación y la corrupción generalizada. Pero esa burbuja en la que nos metieron estalló, y estalló porque los bancos alemanes se asustaron al ver cómo había explotado la burbuja inmobiliaria en EEUU y no quisieron que aquello pudiese pasar con sus inversiones en España y en el resto de países (Portugal, Irlanda, y Grecia) a los que, despectivamente, bautizaron por sus iniciales como PIGS (cerdos) y que luego han rebautizado como GIPSI (gitano) al añadir a Italia como objetivo de su desaforada especulación financiera. Si los bancos de esos países impagasen los créditos que les concedieron los bancos alemanes, los bancos alemanes entrarían en bancarrota. Ese es el único objetivo que tienen las políticas de austeridad y de recortes que la Unión Europea nos está imponiendo siguiendo las directrices que le dicta la Alemania de Merkel. Nos dicen que son políticas inevitables para “tranquilizar” a los mercados y que no suba la prima de riesgo que tenemos que pagar para financiarnos. Pura mentira. La prima de riesgo la fija el Banco Central Europeo comprando deuda pública de cada país. Y si la prima está tan alta es precisamente porque no ha comprado deuda española desde hace meses siguiendo las instrucciones específicas que le llegan de Alemania. Todas esas políticas criminales que están imponiendo no están orientadas, comos nos dicen, a ayudar económicamente a los países que las reciben, a nosotros, sino a que los bancos de esos países puedan devolver los créditos que les concedieron los bancos alemanes. Y para ello destrozan la sanidad, la educación pública, las prestaciones sociales, las políticas de integración, las de ayuda al desarrollo, las de la minería, la cultura, etc.

Arropados por los voceros de la extrema derecha, cada vez más extendida y desvergonzada en este país, los políticos del PP, con el ministro Soria a la cabeza, han incumplido un acuerdo firmado el año pasado con los mineros recortando en 200 millones de euros las ayudas que tenían concedidas. Y lo han hecho con cinismo y total prepotencia, negándose a dialogar con los mineros y sus representantes. Las únicas imágenes que nuestras televisiones han repetido de los mineros hasta la saciedad son las de los altercados con los antidisturbios y las barricadas con las que cortan trenes y carreteras pretendiendo que asociemos el término minero a terrorista o a kale borroka. Desde esos medios se está intentando hacer creer a la población que los mineros son unos privilegiados, que son el sector que más subvenciones cobra de este país y que no se puede mantener un sector a base de subvenciones. Y todo eso no es más que una mentira, una asquerosa patraña tras la que se esconde la verdad: que en ese acuerdo firmado y ahora incumplido unilateralmente por el PP se contemplaba el cierre de la minería para el año 2018 y que esas ayudas al sector eran la contrapartida a esa decisión que deja en la calle a 300.000 personas, una contrapartida que se debe destinar a invertir en infraestructuras que permitan que esas personas, que la zona donde viven esas personas, pueda reconvertirse económicamente para que no vayan todos a engrosar directamente las listas del paro y de los desahuciados por los bancos. Otra de las mentiras con las que están intoxicando a la opinión pública es la de decir que tenemos que reducir esos 200 millones de euros de subvenciones para rebajar el déficit de nuestro país. Esos 200 millones no son subvenciones concedidas por España, sino que son subvenciones comunitarias, por lo que eliminarlas no rebajará nuestro déficit en un solo euro. También nos dicen que son los mineros los que no quieren sentarse a negociar, cuando la realidad es que han recorrido andando 400 kilómetros para ir hasta el ministerio y lo que se han encontrado es un edificio blindado, rodeado por antidisturbios que han cargado contra ellos y las declaraciones en televisión del ministro Soria vanagloriándose de no haberles recibido, de que el recorte de los 200 millones no tiene vuelta atrás y amenazándoles con nuevos recortes.

Noam Chomsky viene alertando desde hace tiempo de que la lucha de clases no ha muerto, como pretendían hacernos creer, sino que se ha convertido en una lucha de clases unilateral en la que las clases dominantes sí están en guerra contra las clases populares que, más preocupadas en no perder el empleo, en pagar la hipoteca, en que ganen Fernando Alonso o la selección, ni se habían enterado de que les habían declarado la guerra. El efecto narcótico del estado del bienestar, ese pan y circo de los romanos, había hecho que los sindicatos fuesen domados, que los trabajadores se hubiesen dejado de defender colectivamente y de reivindicar sus derechos activamente. Nunca en la historia de nuestra paupérrima democracia se habían atrevido los políticos a llevar a cabo el desmantelamiento del estado del bienestar. Pero el cierre del crédito por parte de los bancos alemanes provocó el estallido de esta crisis y con ella el pan y circo se está transformando únicamente en circo, porque ya no queda pan. No le faltaba razón al movimiento del 15M cuando gritaba aquello de “No tenemos pan para tanto chorizo”. El problema es que en este país sigue sobrando chorizo pero ahora, además, nos han quitado el pan. Se acabaron los bocadillos para la clase trabajadora, pero no el caviar y la langosta para las clases privilegiadas. Y, ¿Cómo mantendrán ahora el orden y la paz social, si no tenemos pan y la gente, crispada e indignada, pronto dirá basta y saldrá a la calle a defender lo que es suyo? Con terror, con pánico, amenazándonos con perder nuestro trabajo, con ejecutarnos la hipoteca o desahuciarnos si no pagamos el alquiler de un mes, incrementando la presión policial y la dureza de los antidisturbios, endureciendo la legislación haciendo que una protesta no violenta sea considerada un acto de terrorismo. Están jugando con fuego y tirando gasolina encima. Esto tarde o temprano, y me temo que será más temprano que tarde, estallará en mil pedazos y las calles se llenarán de dolor y de sangre. El miedo paraliza, sí, pero la desesperación y el hambre te hacen correr cualquier riesgo. Solo tiene miedo el que tiene algo que perder y, a este paso, en menos de seis meses seremos millones los que no tendremos ya nada que perder en este país. La derecha más rancia se vanagloria de que Franco murió en la cama. Sí, eso es verdad, pero también es verdad lo que calla: que su dictadura murió en la calle.

Me gustaría equivocarme y que ese estallido social de dolor y sangre no llegara a producirse, pero soy muy pesimista ante ello. Jamás en la historia de la humanidad las clases dominantes han renunciado voluntariamente a sus privilegios. Antes de hacerlo han empuñado las armas o dado golpes de estado para quitar el poder a las clases populares cuando han conseguido tomarlo ganando unas elecciones legítimas. Y la derecha de este país tiene un currículum fascista y violento como pocas en Europa.

Lo que está claro es que llegará un día en el que ya no estaremos de brazos cruzados viendo cómo destrozan nuestros derechos y nos roban lo que es nuestro. Y si ese día tarda en llegar el estallido será aún mayor porque estaremos mucho más indignados con la prepotencia, la desfachatez y el descaro con el que nos están robando. Solo deseo que el día que todo eso ocurra no nos contentemos con cambiar un gobierno, sino que nos atrevamos, de una vez, a cambiar el sistema, este sistema criminal que basa su existencia en que millones pasen hambre para que unas centenas coman cada día caviar.

En la época franquista la canción “Santa Bárbara”, el himno de los mineros, era algo que cantábamos en los círculos más comprometidos contra la dictadura. Era una canción que todos los que ansiábamos la libertad hicimos nuestra. Nunca tuve la oportunidad de cantarla con los mineros. Hacerlo la otra noche, desde el escenario, ha sido una de las experiencias más esperanzadoras y hermosas que he tenido en mi vida. Son muchos los valores que hay en esta canción: solidaridad, compromiso, generosidad, entrega, justicia, lucha, unidad, dignidad… todos los valores que esta sociedad ha olvidado y sin los que está irremisiblemente abocada a su autodestrucción.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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