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Trumbo cogió su fusil

Escritor, guionista, director de cine, pero por encima de todo un hombre generoso y comprometido con la libertad, la justicia y la dignidad. Se llamaba Dalton Trumbo, aunque la persecución a la que fue sometido por defender sus ideas le obligó a usar otros muchos nombres y a pedirle a algunos de sus amigos escritores que firmasen los guiones que él escribía ya que él estaba proscrito en su propio país, los Estados Unidos. Sus guiones forman parte de la historia del cine: Vacaciones en Roma, Éxodo, Castillos en la arena, Espartaco o Johnny cogió su fusil, película que también dirigió en 1971 basada en la novela que escribió en 1939 y que es uno de los gritos antibelicistas más desgarrados que se ha escuchado jamás. Pocas personas tan íntegras y comprometidas podremos encontrar a lo largo de la historia del turbulento siglo XX.

Nacido en el seno de una familia humilde en Colorado en 1905, tuvo que abandonar sus estudios universitarios al morir su padre y tener que ponerse a trabajar por las noches en una panadería (el mismo oficio que el del protagonista de Johnny cogió su fusil, su novela más emblemática). Compaginó aquel trabajo con sus primeros pasos como escritor, unos pasos que le llevaron a escribir artículos para las revistas Vogue y Vanity Fair. Esos artículos le abrieron la puerta de los estudios cinematográficos, donde la Warner Bros le contrató como lector de guiones. Su trabajo consistía en leer guiones, resumirlos, calificarlos y analizar si podrían llegar a ser una buena película. Aquel trabajo no le gustaba nada. Era muy frustrante para una persona como él. Jamás renunció a su gran pasión: escribir, y en 1934 publicó en Inglaterra su primera novela (El eclipse), que obtuvo un gran éxito. Es una novela que narra el enfrentamiento de la forma de vida de la ciudad y la del campo, la obsesión por la riqueza de un hombre de negocios y la sencillez y austeridad de un grupo de provincianos. Dicen que cada escritor tiene una única novela, la primera, y que todas las demás no son más que variaciones sobre ese mismo tema. Puede que sí o puede que no, pero lo cierto es que en esa novela Trumbo ya ponía sobre la mesa sus inquietudes más personales, esas que le empujaban a escribir y a vivir: el enfrentamiento del individuo contra la sociedad, la soledad del que nada contra la corriente, el sinsentido de un modo de vida orientado a la riqueza y sustentado por la ignorancia y la violencia y la necesidad de insumisión y de rebelión del individuo frente al sistema.

En 1937 empezó a escribir guiones para la productora RKO. Su portentoso talento quedó plasmado desde las primeras películas. En 1940 su guión para Kitty Foyle obtuvo la nominación al Oscar en la categoría de mejor guión adaptado, nominación que también obtuvo la actriz Ginger Rogers por su papel en la película. Su carrera como guionista estaba ya consolidada y no le andaba a la zaga al éxito que como escritor había obtenido con su novela Johnny cogió su fusil, que un año antes había conseguido el National Book Award. Pero, a finales de los años 40, una vez acabada la segunda guerra mundial, el inicio de la guerra fría trajo consigo el odio al comunismo y a todo lo que pudiera considerarse como de izquierda, un odio que llegó a convertirse en una verdadera obsesión. Se creó el Comité de Actividades Antiamericanas con el objetivo de perseguir y eliminar a todos los sospechosos de ser comunistas y antipatriotas. Trumbo siempre había sido de izquierdas y su relación con algunos miembros de las brigadas internacionales que vinieron a luchar contra el fascismo en la guerra civil española era estrecha. Estuvo afiliado al Partido Comunista por ver en él una alternativa de la lucha contra el fascismo que tanto detestaba. Aquel Comité de Actividades Antiamericanas, una especie de santa inquisición a la americana, estuvo encabezado por el senador Joseph McCarthy y contó con el inestimable apoyo de un fiscal fundamentalista como J. Parnell Thomas y destacados políticos que iniciaban entonces su carrera en la administración, como Richard Nixon, que llegaría a ser presidente de los Estados Unidos unas décadas más tarde. Con el objetivo de ejemplarizar, el Comité centró su lucha contra uno de los colectivos más representativos del país, el de la industria del cine. Directores, actores o guionistas sospechosos de tener ideas progresistas fueron llamados a declarar en una verdadera caza de brujas. A Trumbo fue la madre de la actriz Ginger Rogers quien le delató. Cuando eras citado a declarar solo tenías dos alternativas: delatar y acusar a tus colegas, lo que te eximía de culpa, o negarte a hacerlo y aceptar las consecuencias, unas consecuencias que iban desde la pena de cárcel a que fueses considerado un proscrito y te prohibieran trabajar en tu propio país. Muchos de los actores más conocidos, con Humphrey Bogart, Lauren Bacall o Gary Cooper a la cabeza, defendieron a sus compañeros enfrentándose a aquelComité amparándose en los derechos de la propia constitución americana. También muchos de los que fueron obligados a declarar ante el Comité, como Elia Kazan, delataron a sus compañeros. Dalton Trumbo y otros pocos se negaron a hacerlo. Le condenaron a diez meses de cárcel y le incluyeron en la lista negra que negaba a los que aparecían en ella la posibilidad de volver a trabajar en el país y comportaba además la retirada de pasaporte. Trumbo se vio obligado a exiliarse a Méjico con Cleo, su esposa, durante tres años. Huyeron a pie para poder cruzar la frontera.

Christopher, su hijo, junto al director Peter Askin, realizó un documental sobre la dramática historia de su padre: “Trumbo y la lista negra”, en el que muchos actores y actrices como Michael Douglas, Dustin Hoffman, Donald Sutherland, Liam Nelson o Joan Allen dan vida a Trumbo leyendo algunas de sus cartas y escritos. Es un documento imprescindible para conocer no solo la historia del siglo pasado, sino la barbarie y la ignominia a la que son capaces de llegar la estupidez y el odio humanos. Aquí tienes el trailer de ese documental y algunas partes ya subtituladas al castellano donde actores como Donald Sutherland, Michael Douglas o la actriz Joan Allen leen e interpretan diversos fragmentos  escritos por Trumbo.

Trumbo no se amilanó y, a pesar de seguir en la lista negra, siguió escribiendo, aunque entonces lo tuviera que hacer escondiendo su verdadera identidad tras seudónimos o recurriendo a que escritores amigos firmaran sus guiones. Eso es lo que pasó con el guión de Vacaciones en Roma, ganador del Oscar al mejor guión original en 1953, que fue firmado por su amigo Ian McLellan, que años después, una vez pasado ya el delirio de la lista negra, reconoció que no tenía nada que ver con aquel guión, que había escrito Trumbo. Una vez muerto ya Trumbo, la Academia de Cine tuvo el detalle de darle póstumamente aquel Oscar. Los años en los que consiguió sus mayores éxitos profesionales fueron paradógicamente también los años en los que sufrió más marginación, rechazo y penurias económicas.

Pero si la historia del Oscar al guión de Vacaciones en Roma ya fue patética, la de otro escrito por Trumbo, “The brave one” y que ganó el Oscar de 1956 es todavía más escandalosa. En esa ocasión había firmado el guión con el seudónimo de Robert Rich. Nadie se presentó a recoger la estatuilla cuando Deborah Kerr anunció el nombre del ganador. La razón era muy sencilla, Robert Rich no existía y Trumbo no podía reconocer que él era el autor de aquel guión. Ha sido el único Oscar de la historia que jamás ha sido recogido.

Trumbo siempre fue amigo de sus amigos. La amistad era una de las cosas más importantes en su vida. Tuvo ocasión de comprobar en sus carnes lo importante que es tener amigos. Durante la segunda guerra mundial había sido corresponsal de guerra en el Pacífico, una experiencia que le marcó profundamente y que le dio la oportunidad de hacer grandes amigos. No pudo volver a firmar un guión hasta que, en 1960, uno de sus amigos, Kirk Douglas, productor de la película Espartaco, le contrata como guionista. Otto Preminger le había encargado también el guión de Exodo, un guión que Trumbo escribió en poco más de seis semanas. Fue en esas dos películas cuando su nombre pudo volver a aparecer en los títulos de crédito. Le habían empezado a perseguir cuando tenía 42 años. Hasta que cumplió los 54 no pudo volver a firmar una película. Pasó doce de los mejores años de su vida viviendo en la clandestinidad, la ignominia, la pobreza y el desprecio.

Trumbo tenía una personalidad arrolladora. Escribía en la bañera y, según cuenta Kirk Douglas, llegaba a fumar hasta seis paquetes diarios. El propio Douglas es quien le regaló una cotorra que tenía suelta por la casa y que siempre se ponía sobre su hombro mientras escribía. Cuando, poco antes de morir, la Asociación de Guionistas de Estados Unidos le dio el premio a toda una vida, tomó la palabra para recordar lo que había tenido que sufrir por culpa del Comité de Actividades Antiamericanas. Muchos esperaban que se despachase a gusto contra quienes le traicionaron. Pero él no lo hizo. Dijo que todos fueron perdedores, tanto los que delataron como los que callaron. Fue una extraordinaria muestra de generosidad de un hombre al que habían robado doce de los mejores años de su vida. Murió en 1976 de un ataque al corazón.

Johnny cogió su fusil es, quizá, su obra más personal. Escrita como novela en 1939, es una historia inspirada en un joven soldado británico herido al que Trumbo jamás pudo olvidar: una bomba le había amputado los dos brazos y las dos piernas, le había destrozado la cara, arrancado la nariz, las orejas, la boca, la lengua, los ojos y una parte del cerebro. Los médicos militares decidieron mantenerlo con vida. Nadie conocía su nombre. Ningún familiar pudo ser avisado. No era más que un pedazo de carne con vida.

Trumbo siempre soñó con poder llevar aquella novela al cine. Fue a principios de los sesenta cuando cedió los derechos a una productora mejicana para la que trabajaba Luis Buñuel. Buñuel y Trumbo trabajaron en el guión durante dos semanas, pero al final los problemas que tuvo Buñuel con la productora hicieron que aquel proyecto no pudiese llegar a convertirse en realidad. Años más tarde, en 1971, un amigo de Trumbo productor de La sal de la tierra le ayudó a buscar el dinero necesario para llevarla al cine. Esta vez fue el propio Trumbo quien dirigió la película. La productora que crearon, irónicamente, se llamó Robert Rich Productions. Es, posiblemente, el alegato antibelicista más terrible que se ha hecho en la historia del cine. Arrasó en su estreno en el festival de Cannes y tuvo una gran acogida en Europa. Hoy está considerada como una película de culto. Nunca fue una película comercial. En Estados Unidos pasó totalmente desapercibida.

La película está narrada en blanco y negro. Los flashbacks rodados en color nos cuentan su historia anterior de su protagonista, la historia de cualquier chico humilde que acaba de descubrir el amor cuando le piden que se aliste y dé su vida por unos ideales que ni siquiera entiende. Desde la camilla del almacén de la limpieza del hospital (le han llevado allí porque su estado no es precisamente edificante para el resto de los soldados heridos), la voz en off del protagonista (Thimoty Bottoms), nos hace vivir todo el proceso mediante el que se va dando cuenta de cual es su verdadera situación. Totalmente aislado del mundo exterior, un mundo del que solo percibe las vibraciones y los cambios de temperatura que puede captar a través de su piel, su existencia es memoria, memoria y olvido: “No sé si estoy vivo y soñando, o muerto y recordando”. Por su mente pasan todos sus recuerdos y sus angustias vitales: ¿Dónde estoy?, ¿Qué me ha pasado?, ¿Por qué no me dicen nada?, ¿Qué hora es?, ¿Qué día es?, ¿Qué año es?… Karen, ¿dónde estás? Solo hicimos el amor una vez en la vida… Ese es su verdadero drama: ser plenamente consciente de su situación y de que para él no existe ninguna alternativa ni hay curación posible. Está condenado a ser un ser que solo puede respirar y pensar.

La llegada de una nueva enfermera cambia su vida. Ella le trata como a una persona, no siente asco frente a él, sino un profundo amor. Una lágrima caída sobre su pecho desnudo es el primer contacto que, desde su aterradora soledad, siente con un ser humano. A esa lágrima le sigue un beso en la frente, una rosa en un vaso de agua junto a su cama, una felación… y toda la ternura del mundo. La noche de Navidad en la que ella libra se despide de él escribiendo en su pecho las palabras “Feliz Navidad”. Por primera vez alguien cruza una palabra con él. Se siente feliz, lleno de vida. Su objetivo es hallar la forma de expresarse, de ponerse en contacto con ella y con los demás. Recuerda el lenguaje morse aprendido en su juventud. La cabeza es lo único que puede mover, golpear rítmicamente la almohada es su única esperanza… y a través de ella empieza a lanzar mensajes al mundo: “He roto el silencio, vuelvo a estar entre los vivos…” Pero la respuesta que recibe es todavía más cruel que la realidad a la que está condenado…

De nuevo, como en casi toda su obra, nos encontramos a Trumbo reivindicando la necesidad de rebeldía ante la injusticia, la desigual lucha del individuo contra una sociedad que le condena y le impide vivir su vida, la necesidad de libertad de la persona frente al fundamentalismo monolítico del sistema, la necesidad vital de nadar contra la corriente, de vivir contra la corriente, de morir contra la corriente… A través de su novela, de su película y de lo que hizo con su vida, no fue Johnny, sino Trumbo quien cogió su fusil, un fusil que no abandonó jamás consciente como era del profundo significado de lo que decía el poeta José Bergamín: “Existir es pensar… y pensar es comprometerse”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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