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Roque Baños, la música de los sueños…

La entrada de hoy está dedicada a un hombre que, en palabras de Alex de la Iglesia, es el cine español. Un hombre que ha dado voz a nuestros sueños, que ha puesto música a nuestras alegrías y tristezas. Un hombre que ha trabajado con muchos de los directores más importantes de este país. Como dijo Alex de a Iglesia al entregarle la semana pasada el premio Ricardo Franco en el Festival de Cine Español de Málaga, Roque Baños encarna al cine español, al vapuleado y maltratado cine español, a ese cine del que casi nos avergonzamos, que nunca llega a estar a la altura, nos dicen, del de los americanos, ese cine que siempre habla de nuestra guerra civil, que no hace películas buenas, que vive de chupar del bote… en efecto, Roque Baños encarna al cine español. Por eso se ha ido a vivir a Los Ángeles, donde sí aprecian y respetan su talento. En efecto, Roque Baños no solo encarna al cine español, sino que representa de forma clara y diáfana la disyuntiva a la que nos enfrentamos hoy la mayoría de los que intentamos vivir de trabajar en él: tener que abandonar nuestro país para poder trabajar.

No voy hoy a extenderme más en las vicisitudes de nuestro cine, eso ya lo hice hace un par de entradas. Hoy quiero reivindicar la calidad de nuestro cine, y desde la figura de uno de sus representantes más importantes: la del músico Roque Baños. Y su caso no es un caso aislado. Al igual que hablo de él podría hacerlo de otros compositores españoles de bandas sonoras de la talla de Alberto Iglesias o Lucio Godoy, ampliamente reconocidos tanto a nivel nacional como internacional. Centrándonos en Roque Baños, cabe señalar que ha ganado tres Goyas, que, pese a su juventud (43 años), ha compuesto la banda sonora de 48 películas, entre las que se encuentran algunas de las más conocidas de nuestro cine: Las 13 rosas, Balada triste de trompeta, Celda 211, Diario de una ninfómana, Los crímenes de Oxford, El otro lado de la cama, 800 balas y tantas y tantas otras.

Desde niño vivió influenciado por la música. Su padre era saxofonista. De su Jumilla natal pasó a Madrid y acabó completando sus estudios en Estados Unidos, donde se especializa en composición de música para cine y en Jazz. Se graduó “Summa Cum Laude” en el Berklee Collage of Music de Boston en las especialidades de composición para música de películas e interpretación de Jazz. El saxo, no podía ser de otra manera, es una de sus pasiones. Su flechazo con la música para el cine se produjo cuando, a los 14 años, vio: “ET”. Allí decidió que se dedicaría por completo a esto porque, como él mismo reconoce, “la música era una voz interior tan fuerte que no pude aplacar, sino todo lo contrario, me esforcé al máximo para hacer ese sueño realidad, a pesar de que los muros que tuviese que sortear fuesen demasiado altos.”

Su trabajo es  muy complejo, debe armonizar la música con la imagen, con lo que no se ve y se quiere contar, acelerar o ralentizar una situación determinada que aparece en la pantalla y, por encima de todo, debe ser capaz de crear emociones muy intensas y muchas veces contrapuestas en cortos periodos de tiempo. A pesar de que su trabajo suele realizarse en la soledad del estudio, la comunicación, la comunión entre el compositor y el director de cada película es fundamental: “El trabajar siguiendo las indicaciones de un director supone adaptarse a las necesidades de la producción, pero no renunciar al estilo propio: solo adecuar mis recursos a los requerimientos de la película. Al igual que los pintores o los escritores, los músicos también tenemos nuestras etapas, que bien podrían diferenciarse por colores. Aún así pocas cosas han variado en mi estilo. La única diferencia entre el que yo era antes y el que soy ahora es que he podido componer música para géneros totalmente opuestos, disfrutarlos al máximo y superar con más entusiasmo los nuevos retos que han surgido. Cuando afronto la creación de una banda sonora siempre lo hago con el máximo entusiasmo, lleno de energía desde que me mandan el guión, aunque no sea el definitivo. Buscando nuevas melodías que me surjan a raíz del texto e imaginando el subtexto. El guión muchas veces puede inspirarme y que surja algún tema que luego puede estar entre los principales de la película, aunque lo habitual es empezar a componer cuando se tiene el montaje definitivo de la película. Los directores son los que habitualmente me explican lo que quieren que se exprese con la música. Sentimientos ocultos, personalidades, etc… todo aquello que no se puede mostrar con imágenes ni con palabras. Sin embargo, encontrar las melodías y crear aquellas que se ajustan a lo que tienen en mente, es cosa mía, aunque cuando les muestro las composiciones me indiquen si hay que retocar más o menos o si desean que siga indagando buscando otra música alternativa para que luego decidan qué les gusta más…” 

Como escritor, siempre he envidiado a los músicos, a los pintores, a los escultores, a los actores y a todos los creadores que están en contacto directo con su público. El proceso creativo de todos suele realizarse en soledad, pero mientras el músico lo puede presentar en directo ante el público y conocer de primera mano su reacción, el escritor no tiene ese privilegio: cuando presenta un libro nadie lo ha podido leer todavía, tan solo han visto la portada, por lo que no puede establecer un diálogo con el destinatario de su obra como sí puede hacerlo el músico tras su concierto o el pintor durante la inauguración de su exposición. ¿Te imaginas lo que debe sentir un cantautor cuando en un concierto miles de personas se ponen a cantar y a corear sus canciones? Ha de ser algo impresionante. Bruce Springsteen precisamente dice que la única sensación que se le parece es la del momento creativo en soledad, ese momento íntimo en el que dejas que tu alma hable. Roque Baños conoce muy bien, y por eso la valora, esta situación: “Estar todos los días encerrado en tu estudio te hace valorar mucho más el hecho de que se interprete tu música en directo ante un público. En ese momento me siento parte de mi propia música, como si todos los sonidos que escucho mientras dirijo me absorbieran y me llevaran a ese lugar en el alma de cada uno donde surgen los sentimientos más puros…”

Alegre y optimista por naturaleza, no duda cuando alguien le pregunta por el tipo de música que le pondría a la crisis que todos estamos sufriendo: “Le pondría una música melancólica,  con tintes de acción, y con un final lleno de esperanza. Porque si algo bueno tiene esta crisis, como cualquier otra, es que el talento y la creatividad de las personas se despierta, y estoy convencido de que serán esos factores los que sacarán al país adelante.”

De espíritu curioso y abierto y de un carácter donde la fuerza de voluntad, el compromiso, el esfuerzo y el sacrificio son valores fundamentales junto a la sensibilidad y la creatividad, Roque Baños no es un hombre que evite afrontar retos: “En esta vida nada puede ser descartado, aunque en estos momentos lo único que me interesa es seguir componiendo música de cine, que es lo que me llena, y seguir avanzando en este camino. Sin embargo, algún día, supongo que bastante lejano, me gustaría escribir mi biografía. Seguramente mucha gente se sorprendería de tantas vivencias y anécdotas curiosas que me han sucedido… y las que me esperan por ver, espero.” No me cabe duda de que serán muchas las cosas que Roque Baños escribirá en su biografía, pero estoy seguro de que hay una que no faltará: el aplauso de diez minutos que, todos en pie, le tributamos en el Teatro Cervantes al finalizar el concierto que ofreció en el acto de entrega del premio Ricardo Franco que acababa de recibir. Fue un momento precioso, mágico. Roque no iba a hablar. Es tartamudo. Sin embargo, aquella noche pidió un micro y, avisando a los que tuvieran prisa que podían irse porque hablando él es lento, nos expresó, con palabras salidas desde lo más hondo de su corazón, el profundo amor que siente por la música, por la vida y por el cine. Ver las lágrimas caer por sus mejillas mientras todos en pie le seguíamos aplaudiendo con todas nuestras fuerzas es una imagen que difícilmente olvidaré.  

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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