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Ramón Casas, días de bohemia y de ilusión…

Hubo una época, la de finales del XIX y los albores del siglo XX, en la que la preocupación y la defensa de los derechos sociales y laborales de los trabajadores marcaron el devenir de la sociedad. El movimiento obrero y la conciencia social ocuparon las calles. Era una respuesta natural y espontánea a las consecuencias de la industrialización de la sociedad. Vivir no podía ser exclusivamente trabajar y menos aún hacerlo en condiciones inhumanas. Tenía que haber algo más, la vida tenía que ser algo más. Aquella visión, aquella necesidad de “algo más”, impregnó por completo aquel mundo. Fue una época en la que la cultura y el arte llegaron a ocupar una parte esencial de la vida del ser humano. Fueron días de bohemia y de ilusión. Literatura, escultura, pintura o música eran temas prioritarios en la vida de muchos ciudadanos. Aquel movimiento, aquella necesidad de trascendencia y de belleza, no eran exclusivos de una clase social determinada, sino que impregnaba de una forma u otra a gentes de orígenes muy diversos. Por aquel entonces la alta burguesía era capaz de financiar el arte y a los artistas por el simple placer de amar la belleza. Eran mecenas, en la más pura tradición de los Medicis. Eso es algo que hoy ya ha desaparecido. Ya no hay mecenas altruistas como aquellos. Han ocupado su lugar patrocinadores ansiosos de recibir contrapartidas económicas o en especie a cambio de sus aportaciones. Ya no se contempla el arte como simple expresión de belleza, sino como inversión o mera oportunidad de negocio. Del mismo modo, frente al tan extendido desierto cultural en que se ha convertido nuestra sociedad, en aquellos años eran todas las clases sociales las que, en mayor o menor medida, amaban la cultura. La cultura no era un hecho generalizado, eso está claro, pero sí la inquietud cultural, el querer conocer, el querer saber, la ilusión por saber y eso permitía que pudieses encontrar personas culturalmente muy ricas en cualquier clase social. Había mucha más analfabetización que ahora, es cierto, eran muchos menos los que leían y el acceso a la información y a la cultura era mucho más difícil y restringido que ahora, pero había una actitud abierta frente a la vida, sedienta de conocer y entender lo que pasaba a su alrededor. Existía una mentalidad idealista, un ansia de querer cambiar el mundo. Como escribía Stefan Zweig en sus memorias, no era extraño que el camarero que te servía una café en cualquier cafetería de Viena te comentase que tal o cual actor no había estado bien la noche anterior, o que tal o cual cantante había estado soberbio en el estreno de la semana pasada. Y lo sabía no porque lo hubiera oído o se lo hubieran contado, sino porque él había estado allí. Había ido al teatro. Había ido a la Ópera. Al gallinero, sí, y quizá una sola vez al año o en su vida, pero había ido a la Ópera. Era mucha la gente que conocía la cultura, que vivía la cultura, y por eso era mucha la gente que amaba la cultura. Ese movimiento no fue un hecho geográficamente aislado limitado a una ciudad determinada como Viena o a un movimiento cultural como la Secession vienesa, sino que se expandió por toda Europa, adaptándose a la idiosincrasia de cada ciudad, de cada país. París, Praga o Berlin tenían su particular versión de aquella ola cultural que lo invadía todo, que quería transformarlo todo. A España también llegó esa ola, una ola que había entrado con gran fuerza en Cataluña. Es lo que se conoció como el modernisme. La entrada de hoy está dedicada al que fue uno de sus máximos representantes: Ramón Casas.

Nació en Barcelona en 1866, hijo de madre adinerada (provenía de la burguesía textil) y de padre que había hecho fortuna en Cuba. Desde muy niño manifestó su vocación por la pintura. A los doce años abandonó el colegio donde estudiaba y entró a formarse en el taller del pintor Vicens. Siempre fue muy precoz, y a los quince, harto de la pintura “oficial”, se trasladó a vivir a París como corresponsal de una revista que había ayudado a crear: L´Avenç, en la que publicó su primer dibujo. En París ingresa en la academia del pintor Duran, donde intensifica su formación como pintor. Los paisajes exteriores y el tratamiento de la luz son sus principales prioridades por aquel entonces. En esa época alterna sus estancias en París, donde pasa los inviernos, con viajes a España. En Granada descubre la pasión y la fuerza de la luz y del color andaluz e inicia su temática taurina.

En 1886, con veinte años, sufre una tuberculosis y tiene que regresar a Barcelona para curarse. Es entonces cuando conoce a otro pintor y escritor que marcará su vida para siempre: Santiago Rusiñol. Tres años después emprende un viaje con Rusiñol por toda Cataluña del que surgirá un libro: Por Cataluña (desde mi carro), escrito por Rusiñol e ilustrado por Casas. Poco después Rusiñol se separa de su mujer y se va a vivir a París con Casas. Se alojan en el Moulin de la Galette, en Montmartre, el corazón de la bohemia parisina, junto al pintor y crítico Miquel Utrillo y el grabador Canudas. El impresionismo francés influye claramente en su obra. Rusiñol escribe crónicas para La Vanguardia (Desde el Molino), que también ilustra Casas, que se convierte en miembro de la Societé d´artistes françaises.

En 1890 realiza una exposición conjunta con Rusiñol y el escultor Clarassó en la Sala Parés, la única galería de arte que había en la Barcelona de la época. Su identificación con esta ciudad y con Cataluña es cada vez mayor y eso se refleja cada día más en su pintura. En contra de lo que pudiera parecer, esta orientación hacia su propia cultura natal, hacia sus orígenes, no impide que su fama se extienda por toda Europa y América. Su temática, conservando un claro carácter local, es una pintura universal, capaz de emocionar y de hacer soñar a espectadores de cualquier parte del mundo. Las exposiciones en Barcelona y Sitges son cada vez más frecuentes por lo que decide volver a establecerse en Barcelona, aunque manteniendo un estrecho contacto con París, donde sigue exponiendo periódicamente.

En 1902, doce de sus cuadros pasan a estar expuestos de forma permanente en el Círculo del Liceo de Barcelona, una entidad cultural privada creada por la alta burguesía catalana ubicada en el mismo edificio del Liceo. Entrar en la sala donde hoy siguen expuestos esos cuadros es una experiencia imposible de olvidar.  Los cuadros están colocados a la altura de los ojos del espectador en una solución de continuidad que ocupa todas las paredes de la sala. La disposición de los cuadros, como una esplendorosa cenefa, se adapta a los recovecos de la sala. Una vez allí apagas la luz y permaneces unos instantes en el silencio insondable de la más absoluta oscuridad.  De pronto se encienden unos focos puntuales directamente enfocados a los cuadros y la sala se transforma súbitamente en un templo lleno de magia y belleza. Es como si los cuadros estuviesen flotando en la oscuridad de la noche. Estar allí, solo, frente a ellos, en absoluto silencio, es traspasar todas las fronteras, viajar más allá del espacio y del tiempo para adentrarte en lo más hondo de ti mismo. Vivir esa experiencia única, esa inmersión total en la belleza, es algo que todo ser humano debería poder hacer. Lástima que ese Círculo siga siendo privado y que su acceso esté restringido exclusivamente a sus socios o a sus invitados.

La pintura de Casas evoca un mundo que ya no existe, que quizá no existió jamás o que quizá no morirá jamás. La tremenda fuerza de sus paisajes poblados por multitudes a las que él detalla con esmero es la perfecta crónica de un mundo donde imperan la violencia y la injusticia. Sus cuadros representando una carga de la guardia civil o una ejecución pública mediante el garrote vil son un desgarrado grito de denuncia y de esperanza. Sus retratos, en cambio, nos trasladan a un mundo interior y onírico, a un mundo sutil y delicado donde solo tiene cabida el misterio de la belleza. Pocos como él han sabido retratar la profunda melancolía que puede habitar en la mirada de una mujer o en el desalentado cuerpo desnudo de una adolescente.

El mundo del arte modernista y de la bohemia necesitaba un lugar donde poder encontrarse, donde poder poner en común y compartir la intensidad del momento que estaba viviendo. En Barcelona no existía un centro donde poder hacerlo. Uno de los personajes más singulares de la Cataluña de final del XIX era Pere Romeu. Nacido en Torredembarra en 1862, personaje singular donde los haya, era un soñador sin remedio, un devorador de la vida, un alma inquieta (un “cul de mal seure”, que dirían en catalán, un culo de mal asiento). Inquieto como pocos y aventurero como el que más, no tardó en viajar a Estados Unidos para hacer lo que más le gustaba: montajes de sombras chinescas e indagar y vivir a fondo las últimas tendencias artísticas. De vuelta de Estados Unidos pasó por París, donde trabajó como animador y camarero en el cabaret Le Chat Noir, en Montmarte. Enamorado de aquel ambiente decidió crear un local similar en Barcelona. El mayor problema que tenía era el de cómo financiarlo ya que él no tenía un duro. No dudó en proponérselo a Utrillo, a Casas y a Rusiñol. A Rusiñol la idea le pareció tan descabellada  que vaticinó que a un local así en Barcelona solo irían cuatro gatos. Casas, en cambio, no dudó en convertirse en socio de aquel local que, desde ese día se llamó “Els quatre gats” (Los cuatro gatos), en alusión a la frase de Rusiñol y a que finalmente también él y Utrillo entraron a formar parte del proyecto junto a Romeu.

Se inauguró el 12 de junio de 1897 en los bajos de a Casa Martí, edificio construido por el arquitecto modernista Puig i Cadafalch. Era un restaurante atípico, ya que priorizaba el alimento del alma al del cuerpo y en él se hacían exposiciones artísticas, representaciones de las tan queridas por Romeu sombras chinescas y de teatro de títeres, recitales musicales y de poesía y, sobre todo, tertulias en las que participaban las figuras más representativas del modernismo y de la cultura de la época, como el propio Puig i Cadafalch, Gaudí, Mir, Anglada-Camarasa, Manolo Hugué, Isidro Nonell, Opisso, Enrique Granados, Isaac Albéniz, o Picasso, y a las que nunca faltaban los cuatro socios fundadores de Els quatre gats. Para hacerse una idea de lo que fue Els quatre gats basta señalar que allí se hizo una de las primeras exposiciones individuales de Picasso y que, no podía ser de otra manera, resultó un auténtico fracaso económico porque casi no vendió ni un cuadro. Aunque quizá nada como las palabras de uno de sus socios, Rusiñol, para definir lo que fue Els quatre gats: “Es hostal para hambrientos, rincón de calor para los que añoran el hogar; es museo para los que buscan dulces para el alma; es taberna y emparrado para los que buscan la sombra y la esencia exprimida del racimo; es cervecería gótica para los enamorados del Norte, y patio de Andalucía para los animadores del mediodía; es casa de curación para los enfermos de nuestro siglo y la madriguera de amistad y armonía para los que entren a refugiarse en los pórticos de la casa”

Siguiendo el modelo de Le Chat Noir, Els quatre gats también quiso editar su propia revista artística. De periodicidad semanal, tirada muy limitada y un precio de diez céntimos, tan solo llegaron a editarse quince números. Hoy son auténticas joyas con portadas a color de Casas, Opisso, Nonell, Rusiñol, Mir, etc. Aquella revista fue el embrión de otra que si tuvo ya una difusión mucho mayor y que marcó un hito cultural: Pel & Ploma.

Pero la actividad artística que le debemos a Els quatre gats no se limita a todo esto, sino que, para ayudar a promocionarlo, el propio Casas realizó una serie de ilustraciones y carteles muy en la línea del Art Noveau francés y de la escuela cartelística de Tolousse-Lautrec. Es famoso, también, el menú de Els quatre gats realizado por Picasso.  El cartelismo, iniciado a partir de su colaboración con Els quatre gats, fue otra de las facetas más destacadas de la obra de Casas. Diseñó varios carteles para las bodegas Codorníu, para el Real Automóvil Club de Cataluña, o para el Anís del Mono, cuya etiqueta tenía el dibujo de un mono cuyo rostro recordaba enormemente a Charles Darwin. Parece ser que el propietario de ese anís, hombre muy conservador y absolutamente contrario a la teoría de la evolución, le encargó ese diseño al propio Casas.

La vida de Els quatre gats fue realmente muy intensa, pero solo duró seis años. Los bohemios asiduos fueron más bohemios que asiduos y, poco a poco, fueron desperdigándose por otros locales de la ciudad o se fueron a vivir fuera de Barcelona. Lo cierto es que el amigo Pere Romeu se encontró de pronto gestionando un restaurante de lo más tradicional y aburrido. El jamás había querido ser un hostelero o vivir de un trabajo como aquel. Aquello no tenía nada que ver con su sueño, con su vida. No tardó ni seis meses en cerrarlo y dedicarse a otra de sus grandes pasiones: el incipiente mundo del automovilismo. Murió de tuberculosis cinco años después. Irónicamente, Rusiñol, en un sentido artículo dedicado a su amigo, dijo: “A él, que estaba acostumbrado a beber alegre vino de parra, la gasolina… lo mató”

Casas siempre había sido amigo de sus amigos y hombre de buen comer. La pintura no era uno de sus temas favoritos de conversación; él prefería las anécdotas y las bromas. Para él lo del buen yantar era primordial. Se deleitaba con la comida, saboreaba cada plato y disfrutaba como un niño yendo a comprar al mercado. En 1906, cumplidos ya los 40, conoció a Julia Perraire, una joven vendedora de lotería de 18 años que no tardó en convertirse en su modelo favorita y en su amante. La familia de Casas jamás aprobó aquella relación, pero él la mantuvo contra viento y marea y llegó a casarse con ella en 1922. Poco antes de la Primera Guerra Mundial recorrió Europa: Viena, Budapest, Munich, París… no lo sabía, pero aquellas ciudades que tanto habían influido en él estaban a punto de desaparecer para siempre. Hoy siguen en pie, sí, pero muy poco o nada queda de aquel espíritu modernista, de aquel soplo de aire libre entre la vanguardia y la decadencia, que intentó cambiar el mundo.

El mundo cambió, pero no como Casas y sus amigos querían. La sala Parés de Barcelona siguió acogiendo exposiciones conjuntas de Rusiñol, Casas y Clarassó, hasta que, en 1931, murió su gran amigo Santiago Rusiñol. Casas solo le sobrevivió unos pocos meses. Murió en febrero de 1932 hastiado de un mundo que no le gustaba y que ya no le comprendía.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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