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Abel Korzeniowski y Shigeru Ubemayashi, las voces del alma

La música es una de las llaves del alma, porque forma parte de nosotros. A veces, escuchar una canción venida de lejos, nos transporta al mundo que fue, a ese mundo que dejamos atrás pero que sigue viviendo, de alguna manera, en nosotros. Cada nota, cada acorde rescata de nuestra memoria una caricia, una sonrisa, una puesta de sol, una lágrima, un beso… y nos la hace revivir con toda la intensidad. Esa vieja canción tiene infinidad de vidas, las de todos los que la hemos escuchado y hemos dejado que entre en nosotros y que nos acompañe durante una etapa de nuestro camino. Escuchar esa canción no nos hace recordar una parte de nuestra vida, sino volverla a vivir. Esa es su grandeza, su infinita grandeza: regalarnos vidas. Son muchas las canciones, las músicas, capaces de provocar en nosotros esa maravillosa sensación de volver a vivir algo que ya vivimos. Una canción alegre puede evocarnos un momento de particular felicidad, aunque suelen ser las canciones tristes, las baladas desgarradas o los temas melancólicos los que tienen más poder de evocación. Quizá porque, como en la vida, muchas veces son más los momentos desgarrados, melancólicos o tristes que los de felicidad. Sea por lo que sea, ese tipo de música es el que más fácilmente es capaz de llegar a lo más hondo de nosotros, allí donde viven todos nuestros recuerdos y nuestros sueños, lo que fuimos, lo que podíamos haber sido, los seres a los que en aquel momento amamos y que forman parte de nosotros, porque una parte de ellos siempre queda viva dentro nuestro, como una parte nuestra, la que nos atrevimos a dar, nunca muere en ellos. La entrada de hoy está dedicada a dos grandes compositores de ese tipo de música. Los dos la componen para el cine. Son dos verdaderos maestros que, sin duda, tienen la llave de nuestra alma: Abel Korziniowski y Shigeru Ubemayashi.

Aquí tienes uno de los últimos temas que ha compuesto Korzeniowski. Es para la banda sonora de la película W.E, dirigida por Madonna. Todavía no estrenada en España, cuenta la historia del único rey que ha abdicado por amor: Eduardo VIII de Inglaterra, y de Wallis Simpson, la divorciada norteamericana con la que no le dejaban casarse. Es una historia que siempre se ha tratado desde la visión de él. Por primera vez se intenta dar la visión de ella. El reto para Korzeniowski y su banda sonora era inmenso. Una verdadera prueba de fuego. Este es el resultado de ese maravilloso trabajo

Abel Korzeniowski tuvo desde muy niño una relación muy directa con el mundo de la música. Nacido en Cracovia en 1972, de madre cellista en la Ópera de Cracovia, empezó tocando el cello. Tras graduarse en la Academia de Música de Cracovia en cello y en composición, tuvo como maestro a Krzystof Penderecki, del que aprendió su extraordinaria formación clásica. Como él mismo reconoce, Penderecki le marcó muy profundamente: “Empecé a tocas el cello a los seis años y seguí tocándolo durante muchos años, pero me di cuenta de que lo que de verdad me gustaba era la composición. Por eso empecé a estudiar composición clásica con Penderecki. Decidí especializarme en composición clásica porque quería estar lo mejor preparado posible para escribir música para películas. Estudiar música clásica es muy diferente a hacerlo en un grupo de rock. Debido a mi formación clásica, presto mucha más atención a aspectos puramente musicales de mis bandas sonoras, como la melodía o los contrapuntos. Intento componer la música de una película como si estuviera componiendo una pieza de concierto. Lo más importante que he aprendido del entorno clásico es a escribir temas melódicos, melodías que son únicas y tienen la capacidad de vivir por sí mismas. Mi forma de componer parte de trabajar en solos, luego duetos, cuartetos, etc. hasta llegar a la gran orquesta. Gracias a Penderecki aprendí lo importante que es cada línea aislada de una música, aprendí a pensar individualmente en los músicos que interpretan la música.”

Su aproximación al mundo del cine empezó también desde muy joven cuando un amigo le pidió que compusiera la música para uno de sus cortometrajes. A ese corto le siguieron varios más, hasta que le ofrecieron la posibilidad de componer su primera banda sonora para un largometraje: “Big Animal”. También compuso para el teatro hasta que, en 2004, en el festival de cine mudo de Cracovia le pidieron que compusiese la música que interpretarían en directo para la proyección de “Metrópolis”, de Fritz Lang. Korzeniowski trabajó durante seis meses para componer los 147 de aquella banda sonora que interpretó en directo frente a una orquesta de 90 profesores y dos coros. Tras aquella experiencia se sintió preparado para intentar llegar al cine norteamericano.

Los escasos medios de que dispone la industria cinematográfica en Polonia le obligaban a emigrar. Barajó la posibilidad de hacerlo a Berlín, pero tras intensas semanas de analizar y analizar información, optó por probar suerte en Hollywood: “Tras haber enviado un gran número de videobooks a diversas productoras estadounidenses me di cuenta de que cualquier correo que recibían que no había sido expresamente solicitado por ellos iba directamente a la papelera sin siquiera abrirse. Decidí entonces buscar un representante. Así es como aprendí que en Hollywood tienes que tener un representante para conseguir un proyecto, y que tienes que tener un proyecto para conseguir un representante. Es un círculo vicioso. Por suerte encontré seis representantes que podían encajar con mi perfil porque no eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeños. Escribí seis mails y tres me respondieron. Uno de ellos es mi representante actual. Realmente estaban interesados en promocionarme y me facilitaron la mudanza a Estados Unidos, a nivel de papeleo administrativo, etc. Así es cómo empecé. Empezar allí es como empezar desde cero. No les importa en absoluto que hayas hecho antes películas en Polonia. Les gustaba mi música, pero ningún productor se atrevía a darme la primera oportunidad en Hollywood. Conseguí mi primer proyecto a los seis meses y ya me afinqué definitivamente allí. Tres años y medio después conseguí mi primera nominación en los Globos de Oro. Todo fue muy rápido. Nunca pensé que aquello pudiera ir tan deprisa. Aquella nominación me abrió muchas puertas. Hasta entonces había sido un absoluto desconocido, pero a partir de aquel momento todo el mundo se interesó por mi música. Imagínate la cara que puse cuando mi representante me dijo que Madonna quería que compusiese la banda sonora de WE…”

Aquí tienes la suite que Korzeniowski compuso para la película La estrella de Copérnico. Una verdadera obra maestra que te acompaña en ese maravilloso viaje al fondo del universo que te propone este video y que te permite hacerte una idea meridianamente clara y diáfana de lo que cada uno de nosotros somos en este mundo.

Y tras este viaje a través del espacio y del tiempo, vayamos ahora al país de los sueños, ese mundo mágico que nada sabe de espacio, tiempo, barreras ni fronteras con la música de Shigeru Ubemayashi

La vida de Shigeru Ubemayashi, sin embargo ha sido muy diferente a la de Korzeniowski. Nacido en Kitakyushu (Japón) en 1951, desde muy joven unió su destino al de la música. A los 17 años empezó a tocar en un grupo de rock con compañeros de su clase: “Uno de ellos tocaba muy bien la guitarra y la verdad es que a mí no se me daba muy bien, así que me encargué del bajo. Es una historia muy sencilla. Me encanta el rock, pero jamás me imaginé a mí mismo interpretando música” La influencia de The Beatles en aquel grupo le marcó para siempre, como marcó su destino su encuentro con el actor y productor Yusaku Matsuda, que le encargó la composición y producción de su primer CD. Fue Matsuda quien le presentó a personas de la industria japonesa del cine, que a mediados de los 80 vivía un momento de gran esplendor. A través de aquellos contactos Ubemayashi recibió el encargo de su primera banda sonora para una película (Itsuka Darekaga Korosareru). Ubemayashi es un apasionado del cine lírico, poético, hasta el extremo de que reconoce que la música que más le gustaría componer sería la de una película que no necesitase música. En Occidente se ha hecho mundialmente conocido dos décadas después, con la música de películas de Wong Kar- Way como “2046” o “In the mood for love”

El tema principal de “In the mood for love” (Yumeji´s theme) no fue compuesto inicialmente para esta pelícua, sino para otro film japonés (Yueyi). Originariamente la música no iba a tener mucha presencia en la película hasta que Wong Kar-Way eligió esa canción. La relación entre ambos es muy estrecha: “Lo que es maravilloso sobre nuestra relación es que cuando veíamos aspectos artísticos o creativos él y yo no necesitábamos palabras para entendernos” Ubemayashi ha trabajado también para Zhang Yimou (La casa de las dagas voladoras) y, a pesar de los conceptos tan opuestos sobre la música que tienen Yimou y Kar-Way, siempre le han permitido componer con total libertad: “Tienen una forma de trabajar muy diferente. Wong Kar-Way generalmente rueda la película basándose en la música, mientras que Zhang Yimou pone la música una vez ha sido rodada ya la película”

¿Qué puede unir a dos seres tan diferentes como Abel Korzeniowski y Shigeru Umebayashi? ¿un polaco y un japonés?, ¿un músico que tiene sus raíces en el rock-new age japonés y otro de gran formación clásica? Está claro que lo que les une es su profundo amor por la música y el cine. Pero el destino también quiso que estos dos maestros se unieran en un proyecto común: “A single man” (Un hombre soltero), de Tom Ford. En efecto, para su primer largometraje como director, el diseñador Tom Ford había pensado en la música de Ubemayashi. El hecho de vivir en Japón supuso un grave inconveniente logístico para el proyecto. Así es como surgió la posibilidad de que la banda sonora la compusiera Korneziowski, afincado ya definitivamente en Los Angeles. Ford se quedó fascinado con la música de Korzeniowski y no dudó en encargarle la banda sonora, aunque también le pidió a Ubemayashi que compusiera algunos temas para la película. Así es como la vida quiso que estos dos genios de la música cruzasen un día sus caminos. Aquí tienes uno de los temas que compuso Korzeniowski

Y aquí otra verdadera joya compuesta por Ubemayashi

Pero el encuentro entre estos dos maestros no podía quedarse en participar aisladamente en un proyecto al que cada uno aportara sus propios temas, sino que también han llegado a componer música juntos, como este maravilloso “Daydreams” En cualquier caso están en un momento creativo esplendoroso. Seguro que, juntos o separados, compondrán muchos temas que formarán parte de la banda sonora de nuestras vidas. Son muchas las cosas que Korzeniowski y Ubemayashi nos enseñan, pero una por encima de todas: la importancia de vivir nuestros sueños. Ambos soñaron, ambos fueron capaces de perseguir sus sueños y ambos nos han demostrado que podemos convertir en realidad nuestro sueño más bello, vivir libremente nuestra propia vida, si tenemos pasión y coraje para hacerlo.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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