General Literatura

¡A la calle, que ya es hora!

En estos tiempos de ignominia cruel, de cinismo asesino y de hipocresía dominante, en estos tiempos de injusticia y de recortes, de abolición de nuestros derechos y exterminio de nuestras libertades, en estos tiempos de abyección generalizada, de corrupción a ultranza y de pobreza y hambre, la voz de los poetas debe salir a la calle, debe tomar nuestras calles, debe inundar todas nuestras calles, guiar nuestras marchas y nuestras acciones de protesta y rebeldía. Ellos nos dieron fuerza y voz durante la dictadura del franquismo, y ellos nos dan fuerza y voz durante la actual dictadura del liberalismo. Decía Gabriel Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro, pero, en los tiempos que corren, la poesía también es un arma cargada de presente, de ese presente que todos debemos luchar por cambiar, por hacer más humano, por hacer más solidario, y, sobre todo, por hacer más justo. La poesía es bella, pero no es un ornamento, porque los versos no son flores, sino gritos en el silencio, faros en la noche oscura del hombre. Por eso quiero dar hoy la voz a uno de los poetas que mejor reflejaron nuestra necesidad de libertad, nuestra capacidad de soñar un mundo nuevo, nuestro derecho, como él decía, a decir que somos quien somos: Gabriel Celaya. Su poesía es una de las más grandes de nuestro panorama literario, pero si hoy vas a buscar sus libros en cualquier librería te costará mucho encontrarlos, y si le preguntas al dependiente, en muchos casos, te dirá que no sabe quién es, o que esos libros están descatalogados o agotados. En los libros de texto la voz de Gabriel, esa voz que nos dio voz a todos, solo merece unas pocas líneas, porque a Gabriel, como a todos los seres libres que se atrevieron a vivir por la libertad, le han ninguneado, ignorado, desplazado y humillado desde nuestras sacrosantas instituciones. En nuestra mano está impedir que hagan de él un desaparecido, un nadie. ¡Hagamos que su voz vuelva a vivir en las calles!

DESPEDIDA
“Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.
Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.
Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.
Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!
Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto”

 

Aquí tienes uno de sus poemas más conocidos: “La poesía es un arma cargada de futuro”, magistralmente musicado por Paco Ibáñez:

Había nacido en 1911 en Hernani como Rafael Múgica Celaya, en el seno de una familia de empresarios vascos. En aquel ambiente a nadie se le ocurrió que pudiera dedicarse a otra cosa que la que habían hecho sus padres: trabajar en la fundición familiar. Desde pequeño él sabía que quería ser escritor, pero aquello era una infamia para su familia. Tenía que entrar los libros a escondidas en su casa para poder leerlos antes de que su madre se los quitara. Escribió su primer poema con diez años. Tras acabar el bachillerato en San Sebastián se fue a Madrid a estudiar la carrera de ingeniero industrial, aunque la que él hubiera elegido, si sus padres le hubieran dejado, era filosofía y letras. Allí, entre 1927 y 1935, vivió en la Residencia de Estudiantes, donde conoció a García Lorca, a Unamuno, a Ortega y Gasset, a Juan Ramón y a José Moreno Villa. Aquella experiencia cambió su vida para siempre. Decidió ser poeta. Su familia jamás lo aprobó. En 1935 publicó su primer libro de poemas, “Marea de silencio”. Sus primeros libros aparecieron con su nombre real, Rafael Múgica; luego, buscando su propia identidad, publicó con el pseudónimo de Juan de Lenceta, para más tarde firmar ya con el pseudónimo de Gabriel Celaya, el nombre y la identidad que ya no abandonaría jamás. Habitaron en él dos personalidades totalmente diferentes y contrapuestas: la de Rafael Múgica y la de Gabriel Celaya. Como él mismo decía en el programa “A fondo” de TVE, “Rafael Múgica es un hijo de papá; Gabriel Celaya es un hijo de sus obras; Rafael Múgica es un señorito burgués; Gabriel Celaya es un hombre absolutamente libre; Rafael Múgica es ingeniero industrial; Gabriel Celaya es escritor. Siempre sentí que esas eran dos vidas diferentes, que yo estaba llevando adelante dos vidas, y por eso siempre digo que Amparitxu (Amparo Gastón, la que fue el amor de su vida) me salvó, porque ella me dijo que había que dar el tajo y separar a Rafael Múgica de Gabriel Celaya. Rafael Múgica ha muerto, ya no existe”

Al acabar la carrera y enfrentarse a la idea de tener que dedicar su vida a dirigir la industria familiar se planteó dejarlo todo y dedicarse a la literatura. El 14 de julio del 36 ganó el premio Bécquer de poesía y tenía previsto afincarse definitivamente en Madrid al acabar el verano, pero aquel fue un verano que duró tres largos y sangrientos años. Acabada la guerra civil vuelve a la fábrica otra vez. Se sentía totalmente perdido: todos sus amigos y camaradas habían muerto o estaban en el exilio, y la poesía que se publicaba nada tenía que ver con la suya. Por eso decide dejar de publicar, aunque no de escribir, eso nunca lo hizo. Tardó once años en volver a publicar, lo hizo con su libro “La soledad cerrada”, que había escrito en 1936. De nuevo fue Amparitxu quien le empujó a tomar esa decisión. Nunca olvidó cuándo y cómo la conoció: “el ocho de octubre de 1946, me lo sé de memoria. Yo era un hombre totalmente destruido. Ella me devolvió la confianza en mí mismo. Ella salvó mi poesía y salvó mi vida. Me dio la alegría de vivir y me dio su cariño”

EDUCAR…

”Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.
Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.
Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada”

Fue Amparitxu también la que le animó a montar una editorial donde publicar su poesía y la de otros. Allí nació la colección Cuadernos de poesía Norte, un puente entre la generación del 27, la del exilio y la europea. Junto a poesía española, aparecen también traducciones de Rilke, Rimbaud, Blake… A finales de los años 40 en España existían varias decenas de revistas de poesía. La gente amaba la poesía. Muchas de ellas eran la primera rebelión contra la poesía clásica. Para Celaya la poesía no se acaba cuando se ha escrito un poema, porque el poema no es un fin en sí mismo, sino que el poeta debe escribir pensando siempre en el lector al que va destinado su poema. Un libro de poesía almacenado en una biblioteca o en una estantería no es nada. Mientras la poesía no salga del libro no es nada. Un poeta no escribe para sí mismo, sino que habla con otro. Y para poder hacer eso el poeta ha de vivir en la sociedad que le rodea, sentir las inquietudes de su gente, ha de vivir como propio lo ajeno y si habla de su intimidad solo lo hará cuando esa intimidad sea como la de su lector, una intimidad que el lector, el otro, pueda captar. Es ahí cuando se produce el acto poético, cuando el lector lee un poema y no siente que esos versos los ha dicho otro, sino que son versos que podría haber escrito él. La poesía es el lector. Es entonces cuando se produce la magia de esa comunión entre el poeta y la gente que muchos han llamado “poesía social” pero que Gabriel prefería llamar “poesía urgente”, de la que fue su máximo exponente, aunque la poesía social no fue la única que escribió: su poesía es la síntesis de casi todas las inquietudes y estilos de la poesía española del siglo XX.

También fue Amparitxu la que le concienció políticamente. Ella venía de una familia obrera y le enseñó a Gabriel cómo vivían los obreros, la realidad de lo que pasa dentro de la casa de un obrero. En 1947 se afilió al Partido Comunista, a través del que fue su gran amigo Jorge Semprún. En 1977 llegó a presentarse a las elecciones por la lista del PCE en Guipúzcoa. Aunque vivió a fondo su compromiso político, siempre detestó la política y a los que hacen carrera con ella. Por eso solo aceptó presentarse a las elecciones a condición de ir de número tres de la lista, que no tenía posibilidad alguna de resultar elegido.

EL ÚLTIMO RECURSO

“En los malos momentos, no os pongáis a llorar,
porque os harán callar
con la limosnita de un poco de pan.

En los malos momentos, decid que no entendéis.
y tras escuchar,
decid, porque es verdad, que seguís sin entender.

Cuando os digan: “Caridad”, vosotros decid: “Justicia”,
porque pedís lo que es vuestro,
no descanso de conciencia para los que dormitan.

Cuando os digan que el problema va a estudiarse,
salid gritando a la calle
las razones que los justos llamarán irracionales”

No se puede entender la vida de Gabriel sin su compromiso político, sin su permanente tomar partido contra la injusticia, sin su sempiterno apoyar al más débil, pero sobre todo, su vida no puede entenderse sin Amparitxu. Ella le salvó la vida, le abrió un universo nuevo, le mostró una nueva forma de ver y de vivir el mundo, le devolvió las ganas de vivir, fue ella quien asistió al parto de Gabriel Celaya y le ayudó a enterrar a Rafael Mújica. Le dedicó muchos de sus poemas, y también escribió otros con ella.

A AMPARITXU

“Ser poeta no es vivir
a toda sombra, intimista.
Ser poeta es encontrar
en otros la propia vida.
No encerrarse; darse a todos;
ser sin ser melancolía,
y ser también mar y viento,
memoria de las desdichas
y eso que fui y he olvidado,
aunque sin duda sabía.
Cuanto menos pienso en mí,
más se me ensancha la vida.
Soy un pájaro en el bosque
y Amparitxu si me mira.
He asesinado mi yo,
¡porque tanto me dolía!,
y al hablar como si fuera
lo que escapa a la medida,
mis ecos en el vacío
retumban sabidurías.
Con todo me identifico
y respiro por la herida,
y digo que mis poemas
son un vivir otras vidas,
y un recrecerme en lo vasco
de Amparitxu y su delicia.
Cuanto más me meto en mí,
más me duelen las esquinas.
Cuanto más abro las alas,
bien de dolor, bien de dicha,
más descubro unas distancias
que, voladas, pacifican.
Cuando lean estos versos
no piensen en quien los firma,
sino en mi Euzkadi y mi Amparo,
y en un pasado que aún vibra,
y en cómo tiemblan las ramas
cuando las mueve la brisa”

Aunque a lo largo de su vida Gabriel había conseguido muchos premios y publicó más de cien libros, el reconocimiento oficial le llegó tarde, demasiado tarde. En 1986 le concedieron el Premio de las Letras Españolas. Había pasado graves penurias económicas desde que renunció a la empresa familiar y optó por ser poeta y vivir, malvivir, de la poesía. Muchas veces iban a la presentación del ibro de algún amigo, pero luego no iban a cenar con los demás porque no podían pagarse la cena. Gabriel murió totalmente arruinado en 1991 en Madrid, tras cuarenta años de aventura y felicidad con Amparitxu. Ella siguió viviendo dedicada a preservar la memoria y la poesía de Gabriel. Murió el 24 de noviembre de 2009. En su última hospitalización se emocionó profundamente cuando el médico de guardia, al enterarse de quién era, le dijo que compartían poeta. La historia, siempre injusta, la olvidará, o, lo que es peor, solo la recordará como la viuda de Gabriel.

MOMENTOS FELICES (Fragmento)
Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

Uno de los poemas más emblemáticos de Gabriel, “España en marcha” fue un verdadero himno para todos los que creíamos en la libertad y en la justicia, y que aún creemos que otro mundo no solo es posible, sino que es imprescindible. Su primer verso, entonces como ahora, es más necesario que nunca: “¡A la calle, que ya es hora!”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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