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Memorias de África

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong… con estas palabras empieza una de las historias de amor más bellas que se han escrito jamás: la de Karen Blixen y Denys Finch-Hatton, llevada al cine por Sydney Pollack en la inolvidable película “Memorias de África”, protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford. A través de ese amor asistimos a la desaparición de un mundo, el del colonialismo británico, un mundo en el que convivían la más atroz explotación de la riqueza natural y de las gentes de África, con seres capaces de hacer de su vida una maravillosa aventura donde el amor a la vida, a la libertad y a los espacios abiertos alcanzaba su más alta expresión. Ese fue el mundo de Karen Blixen y Finch-Hatton, un mundo con el que todos, de una u otra forma, hemos soñado.

Aquí tienes el trailer de la película.

Nada mejor que cualquiera de los temas de la espléndida banda sonora de “Memorias de África”, de John Barry, para acompañarnos en este viaje…

Karen Blixen fue una mujer valiente e independiente que amaba la libertad, el amor y la belleza. Nacida en una familia aristocrática danesa, cuando tenía diez años tuvo que pasar por la terrible experienciaa del suicidio de su padre, que no pudo soportar las consecuencias de padecer la sífilis. Educada en los mejores colegios privados suizos, en 1914, con 28 años, se casó con un primo lejano suyo, el Barón Bror Blixen-Fineke, y se fue a vivir a Kenia (entonces Bristish East Africa). Compraron la granja a los pies de las colinas de Ngong con la idea de iniciar una explotación ganadera que ni siquiera llegaron a crear ya que finalmente optaron por dedicarse al cultivo del café, que comercializaron bajo su propia marca (The Karen´s Coffe Company). Las oscilaciones en el precio del café y la sequía continuada de varios años, unido a que sus tierras no eran las más propicias para la plantación de cafetales, acabaron por arruinarles. El Barón Blixen no se caracterizó por la fidelidad matrimonial y, al año de casados, le contagió la sífilis a Karen. Los médicos le aconsejaron volver a Dinamarca a cuidarse durante algún tiempo. A su regreso a Kenia, se divorció de su marido.

Karen amaba África. Era un mundo totalmente distinto al que ella había conocido. Las férreas costumbres burguesas del Norte de Europa y su arraigada tradición calvinista no iban con ella. Necesitaba vivir en libertad, ser ella misma, tener su propia vida. Y eso es lo que encontró en África. Se integró en la cultura africana aprendiendo su lengua (suahili), y conociendo las costumbres y las tradiciones de la tribu kikuyu que poblaba sus tierras. Siempre defendió sus derechos y trató de ayudarles enseñándoles a leer, acercándoles la medicina occidental, y defendiendo entre los responsables de la colonia inglesa el derecho que los kikuyu tenían a poseer sus propias tierras. La escena de la película en la que, tras haberlo perdido todo, va a ver al nuevo gobernador para pedirle públicamente, incluso de rodillas, que conceda el derecho a los kikuyu a tener su propia tierra es de las que te ponen la piel de gallina.

Fue en Kenia cuando conoció a Denys Finch-Hatton, el aventurero inglés que sería el gran amor de su vida. Hijo menor del Conde de Winchilsea, había sido educado en Eton y Oxford. Destacó por su innata facilidad para el deporte y, sobre todo, por su pasión por la música y la poesía. Lo que más le gustaba era que le contaran historias. El también era un consumado cuenta cuentos.

Las palabras con las que Karen le define en su novela (en la que se basó Pollack para hacer la película) le definen perfectamente:

 “Denis Finch-Hatton no tenía otro hogar en África que la granja. Vivía en mi casa entre safaris y allí tenía sus libros y su gramófono. Cuando él volvía a la granja, esta se ponía a hablar; hablaba como pueden hablar las plantaciones de café, cuando con los primeros aguaceros de la estación de las lluvias florecía, chorreando humedad, una nube de tiza. Cuando esperaba que Denis volviera y escuchaba su automóvil subiendo por el camino, escuchaba, al mismo tiempo, a las cosas de la granja; venía solo cuando quería venir, y ella percibía en él una cualidad que el resto del mundo no conocía, humildad. Siempre hizo lo que quiso, nunca hubo engaño en su boca.

Había un rasgo en el carácter de Denys que para mí lo hacía especialmente precioso, y era que le gustaba que le contaran historias. …

Denys, que vivía principalmente a través del oído, prefería escuchar un cuento que leerlo; cuando llegaba a la granja me preguntaba:

-¿Tienes algún cuento?

Durante su ausencia yo preparaba muchos. Por las noches se ponía cómodo tendiendo cojines hasta formar como un sofá junto al fuego y yo me sentaba en el suelo, las piernas cruzadas como la propia Scherezade, y él escuchaba, atento, un largo cuento desde el principio hasta el fin.”

Una de las amigas de Finch-Hatton fue la aviadora Beryl Markham, la primera mujer que sobrevoló el Atlántico en solitario. En su libro “Al Oeste con la noche”, le describe así:

“La mayor parte de los que vivían en Kenia en aquellos tiempos o viven todavía allí recuerdan a Denys Finch-Hatton. Sobre Denys ya se ha escrito antes y se escribirá de nuevo. Si no se ha dicho ya, alguien dirá que era un gran hombre que nunca alcanzó la grandeza, y esto no sólo será trivial, sino falso: era un gran hombre que nunca alcanzó la arrogancia.

Yo tenía unos dieciocho años cuando le conocí, pero él llevaba ya varios años en África – al menos de forma intermitente – y se había labrado una reputación como uno de los cazadores blancos más capacitados. En los círculos atléticos británicos todavía se recuerda su constitución física. Como jugador de cricket era el primero. Era un erudito de profundidad casi clásica, pero con menos pedantería que un muchacho sin instrucción. Había veces que Denys, como todos los hombres cuyas mentes han abarcado entre otras cosas las debilidades de su especie, experimentaba momentos de misantropía; podía desesperarse con los hombres, pero encontrar poesía en un campo de rocas.

Con respecto al atractivo, sospecho que Denys lo inventó, pero con un significado un tanto diferente, incluso en su primer día. Era un atractivo de intelecto y fuerza, de intuición rápida y humor volteriano. Su forma de recibir el día del juicio habría sido con un guiño y creo que así lo hizo.

La historia de su muerte es muy simple, pero demuestra para mi satisfacción personal la verdad de unas palabras dedicadas a su memoria que aparecieron en el Times de Londres: “Algo más debe salir de una persona tan fuerte y entregada; y, en cierto modo, salió…”

Lo que salía de él, si emanar no es mejor palabra, era una fuerza que comportaba inspiración, desplegaba confianza en la dignidad de la vida e incluso a veces daba personalidad al silencio.”

Finch-Hatton había llegado a África en 1911, con 24 años. Era dos años más joven que Karen. Aunque había comprado unas tierras de cultivo, jamás llegó a explotarlas, nunca fue un granjero. Su pasión por la caza fue la que dirigió sus pasos en África. Era un gran cazador y no dudó en vivir de ello acompañando en sus safaris a aristócratas británicos o millonarios norteamericanos sedientos de aventura. No conoció a Karen hasta 1918, en el Muthalga Club. Todos los colonos se conocían y vivían en su particular guetho en sus clubes privados, donde celebraban sus recepciones y actos sociales. Ese era el único lugar en el que coincidían ya que la mayoría de ellos pasaba la mayor parte de su tiempo en sus granjas o de safari. Finch-Hatton tenía una habitación en el club, donde residía cuando no estaba de safari o en Inglaterra (pasaba el otoño y el invierno en África y la primavera y el verano en Inglaterra). En 1920 tuvo que irse a vivir a Inglaterra y vender sus tierras en África por problemas económicos. Regresó dos años después para quedarse definitivamente. Karen ya se había separado de su marido (el divorcio no lo obtuvo hasta 1925), e inició entonces su historia de amor con Finch-Hatton. No fue un amor fácil. Los de verdad nunca lo son. Ella era muy independiente y él amaba su libertad por encima de todo. Eran dos seres enamorados de la vida y de la belleza en los estertores de un mundo que agonizaba, dos seres que se ahogaban en el naufragio de una sociedad a la que sentían no pertenecer. Karen seguía al frente de su explotación de café. Finch-Hatton no tardó en ir a vivir a su granja, aunque las temporadas que pasaba de safari eran muy largas. Él le pedía que le contase historias. Ella se las contaba. La imaginación de Karen era maravillosa y disfrutaba mucho creando aquellas historias para su amor. Ella le pedía que le mostrase África. Él se la mostraba. La sabana africana era el mundo de Finch-Hatton y era feliz al compartirlo con ella.

Fue un amor loco, como deben ser los amores, con sus turbulencias y sus paraísos. Uno de los diálogos de la película, el que tiene lugar una noche en la playa, refleja perfectamente esa relación, cuando, tras plantearle ella la posibilidad de casarse, él le responde: “Karen, estoy contigo porque he elegido estar contigo. No quiero vivir la idea que otros tengan de cómo hay que vivir. No me pidas que haga eso. No quiero darme cuenta un día que estoy al final de la vida de otra persona. Estoy dispuesto a pagar por la mía, a estar solo a veces e incluso a morir solo si tengo que hacerlo…”

Poco después es él, ese acérrimo defensor a ultranza de su espacio, de su libertad y de su soledad, quien le dice que la ama de una de las maneras más hermosas que he visto jamás: “Has roto mi soledad…”

La pasión por la aventura llevó a Finch-Hatton a aprender a volar. La realidad no es la que aparece en la película (cuando invita a Karen a su primer vuelo él le dice a ella que aprendió a volar ayer), sino que venía de muy atrás. Durante su estancia en Egipto y Mesopotamia durante la Primera Guerra Mundial, intentó aprender a pilotar un avión, pero una inoportuna lesión en el pie se lo impidió. Acabada la guerra, en una de sus estancias en Inglaterra, es cuando aprendió a volar. Sus inicios no fueron fáciles (tuvo más de un accidente con las copas de los árboles de la finca de su hermano donde hacía sus prácticas). Finalmente compró una avioneta y la envió por barco a Kenia. Allí la utilizaba para su trabajo y, sobre todo, para compartir con las personas a las que quería el espectáculo de aquella nueva forma de ver el mundo, su mundo. Las escenas de la película en las que le enseña el paisaje africano desde al aire a Karen son de lo mejor que se ha rodado jamás.

En la mañana del 14 de mayo de 1931 cuando, tras pasar varios días en Mombasa, Finch-Hatton despegaba de la planicie de lo que hoy es el parque nacional de Tsavo, donde había aterrizado la tarde anterior para seguir a unos elefantes, su avión explotó en el aire. Su cuerpo y el del guía kikuyu que le acompañaba aparecieron carbonizados. Karen le enterró, como él le había manifestado en más de una ocasión que quería: en las colinas de Ngong. En su tumba escribió algunos versos de uno de sus poemas favoritos, “La canción del viejo marinero”, de Samuel T. Coleridge:

“Solo, solo, completamente, solo, solo,
¡Solo en un ancho, ancho mar!
Y nunca un santo tuvo piedad de
mi alma en agonía…

“Como alguien en una ruta solitaria
camina con miedo y terror
y habiendo mirado atrás una vez, camina
y su cabeza no vuelve a girar más.
Porque sabe que un temible demonio
va cerca detrás de él…

“Paso, como la noche, de tierra en tierra;
Tengo un extraño poder para hablar;
En el momento en que veo su cara,
conozco al hombre que debe oírme:
a él mi historia le enseño…

Se fue como alguien que ha sido turbado,
y es de una sensación desesperada:
un hombre más triste y más sabio
se levantó a la mañana siguiente…”

Tras su muerte, y arruinada tras haber tenido que mal vender su granja y cerrar la explotación de café, Karen regresó definitivamente a Dinamarca. Su intención era regresar algún día a África, pero ya nunca pudo hacerlo. Fue allí donde empezó a escribir. Su primer libro, “Siete cuentos góticos”, fue rechazazo por las editoriales danesas y británicas. Mujer que no se amilanaba ante las dificultades, adoptó un pseudónimo masculino (Isak Dinesen), y decidió enviarlo a editores norteamericanos. Allí lo editaron y fue elegido “Libro del año del Club Americano del libro”. Memorias de África (Out of Africa) fue su segundo libro, el libro donde recogió su vida en África y la historia de su amor con Finch-Hatton. También fue elegido como libro del año. Tras ellos vinieron otros libros de cuentos, una novela y su autobiografía. Varios de sus relatos han sido llevados al cine (El festin de Babette, etc.) Su obra siempre se caracterizó por reflejar el mundo en el que vivía y por defender los derechos de los más desfavorecidos, entre los que siempre encontró los de la mujer. Murió en 1962. Había vivido intensamente su vida, todas sus vidas… y gran parte de nuestros sueños.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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