General Pintura

Jack Vettriano, el erótico y nada discreto encanto de la melancolía…

Su pintura, como el jazz, huele a tabaco, a derrota, a lujuria y a alcohol. Sus personajes, perdedores solitarios que inútilmente buscan algo de calor humano, parecen escapados de un tango. Sus paisajes, desoladas playas abandonadas por las mareas, lloran al tiempo que nunca fue o al que no ha de volver… En sus paisajes exteriores sopla el viento, en los interiores siempre arde el fuego. Humphrey Bogart y Lauren Bacall parecen reencontrarse en las noches de Jack Vettriano, porque así es la pintura de Vettriano, una pintura que habla de ti, de mí y de todo lo que habríamos podido ser. Escocés atípico donde los haya, tras abandonar la escuela a los dieciséis y trabajar en la mina, descubrió la pintura cuando, a los veintiuno, su novia le regaló una caja de acuarelas. Pintor autodidacta, empezó copiando cuadros impresionistas y, como no tenía dinero para pagar a una modelo, aprendió a pintar inspirándose en un manual para ilustradores. Los críticos y los “puristas” del arte jamás se lo han perdonado. Le han puesto a parir, como también pusieron a los primeros impresionistas franceses en su tiempo, pero eso a él, a mí y a todos los millones de personas que amamos su pintura poco o nada nos importa. Vettriano pinta nuestros sueños, nuestra melancolía, nuestro silencio… iconos de nuestra vida secreta.

Algunas  de sus escenas recuerdan a las de los cabarets de Tolouse Lautrec y la soledad de sus cuadros recuerda mucho a la de los de Hopper. Sin embargo, la incomunicación de los personajes de Hopper se transforma aquí en un torbellino de pasiones, de erotismo, de sensualidad sin límite. Es como si los solitarios personajes de Hopper hubieran tomado vida para desatar sus más escondidas pasiones en los cuadros de Vettriano. Decía que su pintura es como el jazz. Hoy no voy a invitarte a escuchar una música para leer esta entrada, sino a que veas videos de sus cuadros acompañados por  desgarradas voces como la de Nina Simone, Helen Grayco y de Joss Stone o por la infinita melancolía de un tango. Contempla sus cuadros, relájate, escucha la música y entra, como ese voyeur que pugna porque le dejes mirar, en el sensual y secreto universo de Vettriano:

La carrera artística de Vettriano fue meteórica. La primera vez que expuso en la Royal Scottish Academy, los dos cuadros que había presentado se vendieron el primer día. Lo mismo pasó con los tres que envió meses después a la Summer Exhibition de la Royal Academy en Londres. A partir de ahí muchos galeristas pugnaban por sus cuadros. Los veintiún óleos que envió a su primera exposición en solitario en Nueva York, en 1999, fueron vendidos el mismo día de la inauguración a coleccionistas británicos. Entre sus coleccionistas más famosos hoy se encuentran personalidades como Jack Nicholson, Sir Alex Fergusson o Robbie Coltrane. Becas universitarias, hospitales oncológicos infantiles y otros muchos proyectos son los principales beneficiarios de su faceta filantrópica y solidaria, una faceta que le ha hecho donar varios de sus cuadros más importantes a instituciones de este tipo. Su pintura es, actualmente, una de las más reproducidas en postales, posters, portadas de libros, puzzles, etc.  porque ha sabido conectar con públicos muy diversos de todo el mundo. Desde el año 2009 Vettriano dirige la gestión de su obra a través de sus propias empresas: Hearthbreak Gallery y Heartbreak Publishment. Déjate llevar ahora por los pasionales acordes de estos cuadros y el sensual trazo de este tango:

Si la carrera de Vettriano ha sido del todo atípica, lo mismo puede decirse de su vida. En 1987 se divorcia de su mujer, regala todos sus trajes al vecino y se va a vivir a Edimburgo. A partir de entonces cambia de nombre (hasta ese momento había vivido con su verdadero nombre, Jack Hoggan), adoptando el apellido de su madre añadiéndole la “a”, y vistiendo y adoptando un look de perfecto caballero eduardiano, con zapatos de charol y frac, aunque sin bastón. Es un hombre que se hizo a sí mismo, que se reinventó, que se parió a sí mismo para seguir sus sueños, unos sueños que le llevaron a navegar siempre contra la corriente… Deja que sea ahora la exquisita ternura de la voz de Helen Grayco quien nos acompañe en esta etapa de nuestro viaje a través de la pintura de Vettriano:

Pero la historia de Vettriano con los críticos y los académicos fue precisamente todo lo contrario, muy tumultuosa. Al llegar a Edimburgo intentó matricularse en Bellas Artes en la Universidad, pero le rechazaron. Años después, en 1992, el que más tarde llegaría a ser su cuadro más famoso, “ The singing butler” (“El mayordomo cantante”, que fue vendido en 2004 en una subasta por 750.000 libras esterlinas), fue rechazado cuando lo presentó para una exposición de la Royal Academy de Londres. No cabe duda de que críticos y académicos suelen ver cosas que el resto de los mortales no vemos o, mucho me temo, no alcanzan si quiera a ver las que los demás sí vemos. ¿Qué tal si dejas que sea la desgarrada pasionalidad de la voz de Joss Stone la que te arrastre ahora a contemplar los cuadros de Vettriano desde la barra del último bar que queda abierto?

Los cuadros de Vettriano evocan un mundo perdido, un mundo soñado donde todo es posible, donde, como en las películas del mejor cine negro, habitan hombres duros y mujeres fatales en ese tierno abrazo de los que viven más allá de todo límite, de quienes, cada noche, forjan su destino, un destino donde no amanece nunca, porque la luz del día nada sabe de amores furtivos, ni de encuentros prohibidos… Son tan potentes las imágenes de Vettriano que hasta se han hecho coreografías de baile de sus cuadros. El espectáculo de ver bailar un tango sobre el escenario a los cuatro personajes sin pasado ni futuro de “The singing butler” no se puede olvidar jamás. Pero su obra no solo ha inspirado a coreógrafos, también a grupos musicales, como Saint Jude´s Infirmay, que compuso un tema dedicado a Vettriano. Aquí lo tienes. Se llama “Good by Jack Vettriano”. El propio Vettriano hace un cameo en este videoclip. Es que el aparece sentado en la tumbona.

Cada uno asocia las imágenes de Vettriano a su mundo particular, a sus sueños, confesos o prohibidos, a su anhelo por vivir la vida, todas las vidas, a su forma de pensar, de vivir y de amar. Por eso su pintura gusta a tanta gente, llega a tanta gente, porque evoca en nosotros los paraísos, vividos o soñados, que perdimos y que ya nunca podremos vivir. Contemplando sus escenas de playa uno se siente Robert Redford en “El Gran Gatsby”, ese ser misterioso que, más allá del bien o del mal, solo vive para amar en un mundo que agoniza, un mundo donde ya no cabe el amor, un mundo condenado a desaparecer, a hundirse, un mundo que baila y baila alegremente dando vueltas sobre sí mismo aferrado a su pasado que, como una cadena, nunca le dejará avanzar, un mundo que ríe y canta ignorando que hace ya tiempo que embarcó en un nuevo Titanic que jamás llegará a puerto… Y si eso es lo que nos evocan sus paisajes exteriores, los interiores, esos espacios cargados de derrotas, de soledad y misterio, espacios cerrados donde los claroscuros huyen de la luz buscando el último resquicio de la noche que muere, donde siempre arden el sexo y la lujuria de los amores clandestinos y de los encuentros robados, son espacios donde no puedes evitar sentirte viviendo la gran pasión que vivieron Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas en “El paciente inglés”

Dejemos que sea la voz de otro sabio, de otro dios de los perdedores, quien despida esta entrada acompañando las pinturas de Vettriano. Tiende tu mano a Tom Waits y su Waltzing Matilda, y que nos lleven allí donde nacen los sueños y viven los poetas…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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