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Kavafis, el susurro de Ítaca

Ignorado por los más en vida, Konstantinos Kavafis es considerado hoy uno de los poetas más importantes del siglo XX. Nacido en 1863 en Alejandría (Egipto), de familia griega, vivió marcado por su, no solo no escondida sino, manifiesta homosexualidad y por su profundo amor a la belleza. Su poesía ha influido en poetas como Cernuda y Gil de Biedma, y en novelistas como Lawrence Durrell o J.M. Coetzee. Cinco son los pilares sobre los que se asienta su obra: el viaje, como metáfora de la vida, el paso del tiempo, el erotismo, la Historia y la ciudad, una Alejandría que, como personaje omnipresente en su poesía, jamás abandonó. Hijo de un comerciante griego acaudalado, que vio la oportunidad de negocio que la apertura del canal de Suez presentaba, y de una noble griega de fuerte carácter, que se casó con él a los catorce años, Kavafis pasó su infancia en su Alejandría natal. Su padre murió cuando él tenía solo siete años. Los problemas económicos que empezaron a acechar a la familia les obligaron a emigrar a Inglaterra, donde Kavafis pasó su adolescencia aprendiendo inglés y conociendo a fondo la cultura británica. Volvieron a Alejandría estando ya arruinados, una ruina que acompañaría al poeta durante toda su vida. En 1882, las revueltas políticas que propiciaron la presencia inglesa en Egipto durante treinta años hicieron que huyeran a Estambul, donde vivieron durante tres años, tras los que Kavafis regresó a Alejandría para no abandonarla ya nunca más.

Uno de los poemas más conocidos de Kavafis, es, sin duda, Ítaca. Inspirado en el viaje de regreso a casa de Ulises, es una invitación al viaje, una metáfora de la vida en la que, paso a paso, vamos recorriendo las diferentes etapas de nuestro caminar rumbo a esa Ítaca que nos espera al final del viaje. Como en la vida, lo importante no es adónde nos dirigimos, sino lo que vivimos en nuestro viaje, en nuestro aquí y nuestro ahora. Como en la vida, los peligros que encontraremos en ese viaje no son más que los que nosotros mismos llevamos dentro y, como en la vida, la belleza de lo que veamos y vivamos no será más que lo que nosotros nos hayamos atrevido a dar, a compartir. Es uno de los poemas más bellos que se han escrito jamás. Refleja una profunda sabiduría, la sabiduría de un poeta que, sin necesidad de abandonar su ciudad natal, ha sido capaz de realizar todos los viajes. Son muchos los que han cantado este poema, muchos los que lo han recitado, y muchos más los que hemos aprendido a vivirlo. Es un océano de belleza sea cual sea la lengua en que se escuche. He optado por elegir, en el siguiente video, una versión en el griego original que es capaz de hacernos sentir el suave fluir de las olas del mar, el olor a sal y a vida, el inconfundible sabor de la aventura de saberse vivo… Aquí tienes su traducción:

“Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca

ruega que sea largo el camino,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

A los Lestrigones, a los Cíclopes

o al fiero Poseidón, nunca temas.

No encontrarás trabas en el camino

si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita

la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,

ni al feroz Poseidón has de encontrar,

si no los llevas dentro del corazón,

si no los pone ante ti tu corazón.

Ruega que sea largo el camino.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que – ¡con qué placer! ¡con qué alegría! –

entres en puertos nunca antes vistos.

Detente en los mercados fenicios

para comprar finas mercancías,

madreperla y coral, ámbar y ébano,

y voluptuosos perfumes de todo tipo,

tantos perfumes voluptuosos como puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

para que aprendas y aprendas de los sabios.

Siempre en la mente has de tener a Ítaca.

Llegar allá es tu destino.

Pero no apresures el viaje.

Es mejor que dure muchos años

y que ya viejo llegues a la isla,

rico de todo lo que hayas guardado en el camino

sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te ha dado el bello viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

No tiene otra cosa que darte ya.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado,

sabio como te has vuelto con tantas experiencias,

habrás comprendido lo que significan las Ítacas”

La Historia, real y documentada a veces, imaginada o soñada las más, es otro de los temas recurrentes en la poesía de Kavafis. No dejó mucha obra, solo ciento cincuenta y cuatro poemas breves, ya que era un perfeccionista exquisito que podía corregir un poema durante diez años antes de darlo por finalizado. De hecho jamás publicó un libro con sus poemas, sino que él mismo editaba pequeñas selecciones de los poemas que prefería para regalárselos a sus amigos. Hombre de profundas nostalgias y añoranzas de los tiempos que ya fueron, supo aprender a ver siempre la parte positiva de las cosas. Para él no ser un autor de éxito, un poeta reconocido, y estar siempre sin un duro, le permitía ser libre, no ser esclavo de sus lectores: “Pero al lado de todo lo desagradable y hostil de la situación, cada día peor, déjeme anotar – como una muestra de alivio de nuestras miserias- una ventaja. La ventaja es la independencia intelectual que se garantiza. Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana en independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad, de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrá circunstancias cuando, conociendo lo que el público piensa, lo que le gusta y compraría, hará algunos pequeños sacrificios, escribirá esta frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo sólo con pensarlo, que una frase debe ser cambiada, que haya que omitir algo…”

Como decía, la Historia es uno de sus temas preferidos. Pero tratándose de Kavafis no podíamos esperar que los personajes que eligiera de la Historia fuesen los grandes, los universalmente conocidos, ni sus momentos más gloriosos. Sin poderlo, o quererlo evitar, su poesía siempre trata de los pequeños momentos, de los personajes poco documentados que solo tienen unas pocas líneas en los libros de Historia. Son personajes y situaciones con los que Kavafis se siente más identificado, más cercano, más comprendido. Son personajes que le permiten crearlos a su imagen, soñarlos e imaginarlos como fueron, o como a él le hubiera gustado que hubiesen sido. Uno de sus poemas “históricos” más conocidos es “Esperando a los bárbaros”, una joya que nos habla de la decadencia, de nuestra decadencia, de esa decadencia que escondemos culpabilizando a los demás de nuestra inacción, de nuestro desencanto, de nuestra parálisis, de nuestra muerte en vida. He tenido la fortuna de encontrar el audio de la versión recitada por uno de los más grandes contadores de historias de la humanidad: el inigualable Vittorio Gassman:

“-¿Qué esperamos reunidos en el ágora?

Es que los bárbaros van a llegar hoy.

-¿Por qué en el Senado tal inactividad?

¿Por qué los Senadores están sin legislar?

Porque los bárbaros llegarán hoy.

¿Qué leyes van a hacer ya los Senadores?

Los bárbaros cuando lleguen legislarán.

– ¿Por qué nuestro emperador se levantó tan de mañana, y está

sentado en la puerta mayor de la ciudad sobre el trono, solemne,

portando la corona?

Porque los bárbaros llegarán hoy.

Y el emperador espera recibir

a su jefe. Y más aún ha preparado

un pergamino para dárselo. Allí

le escribió muchos títulos y nombres.

-¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores salieron

hoy con sus togas púrpuras, bordadas;

por qué se pusieron brazaletes con tantas amatistas,

y anillos con magnificas, brillantes esmeraldas;

por qué toman hoy día valiosísimos bastones

en plata y oro espléndidamente labrados?

Porque los bárbaros llegarán hoy

y tales cosas deslumbran a los bárbaros.

-¿Por qué tampoco los valiosos oradores acuden como siempre

a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?

Porque los bárbaros llegarán hoy,

y los aburren las elocuencias y las arengas.

-¿Por qué comenzó de improviso esta inquietud

y confusión? (Los rostros qué serios que se han puesto.)

¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas

y todos regresan a sus casas pensativos?

Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.

Y unos vinieron desde las fronteras

y dijeron que bárbaros ya no existen.

Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.

Esos hombres eran una cierta solución”

Kavafis se sabía incomprendido y se sentía extraño en una sociedad que no entendía, y que no le entendía. A sus pinitos como periodista le siguió un aburrido trabajo administrativo durante más de treinta años en el Ministerio de Riego egipcio. Un trabajo tan frustrante y anodino como aquel no podía saciar su ansia de vida y de libertad, pero le permitía sobrevivir a duras penas y, sobre todo, le dejaba libres las tardes y las noches para perderse intentando encontrarse a sí mismo, algo que hizo durante toda su vida. De carácter profundamente tímido y reservado, no contaba con muchos amigos. Hasta la muerte de su madre, solía utilizar a alguno de ellos como vigilante para que le avisara si su madre venía a buscarle cuando, entrada ya la noche, se dejaba caer por los burdeles bisexuales donde, a falta de amor, se extasiaba gozando del sexo y la belleza. Pero Kavafis, lejos de ser la Catherine Deneuve de “Belle de jour” (aquella burguesa “felizmente” casada con un médico que saciaba su apetito sexual ejerciendo como prostituta por las tardes), aunque vivía diferentes vidas por la mañana y durante el resto del día, no escondía su condición de homosexual ni su pasión por la belleza, explícitamente reflejados en muchos de sus poemas. En esos poemas, Kavafis recrea, más que recuerdos, la ardiente nostalgia de las pasiones y los deseos no vividos.

Esa terrible sensación de saberse un extraño, de no pertenecer a nada ni a nadie, queda patente en muchos de sus poemas, como en este maravilloso “Lo oculto”, de 1908

“Por cuanto hice y por cuanto dije

que no traten de encontrar quién era yo.

Un obstáculo se alzaba y transformaba

mis acciones y mi modo de vivir.

Un obstáculo se alzaba y me detenía

muchas veces cuando iba a hablar.

Mis acciones más inobservadas

y mis escritos más ocultos

-sólo por allí me entenderán.

Mas acaso no vale la pena gastar

tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.

Más tarde -en la sociedad más perfecta-

algún otro, hecho como yo,

ciertamente surgirá y actuará libremente”

O en este desgarrado poema, “Murallas”, que expresa como pocos la sensación del aislamiento y la soledad existencial de nuestra sociedad:

“Sin consideración, sin piedad, sin recato

grandes y altas murallas en torno mío construyeron.

Y ahora estoy aquí y me desespero.

Otra cosa no pienso: mi espíritu devora este destino;

porque afuera muchas cosas tenía yo que hacer.

Ah cuando los muros construían cómo no estuve atento.

Pero nunca escuché ruido ni rumor de constructores.

Imperceptiblemente fuera del mundo me encerraron”

Como ese profundo erotismo que irradia toda su poesía, presente en muchos de sus poemas, como en este “Una noche”

“El cuarto era pobre y vulgar,

oculto en los altos de una taberna equívoca.

Desde la ventana se veía la calleja,

sucia y estrecha. Desde abajo

llegaban las voces de algunos obreros

que jugaban a las cartas y que se divertían.

Y allí en la cama humilde, ordinaria,

poseí el cuerpo del amor, poseí los labios

voluptuosos y rojos de la embriaguez –

rojos de tal embriaguez, que también ahora

cuando escribo, ¡después de tantos años!,

en mi casa solitaria, me embriago nuevamente”

Quizá uno de sus poemas eróticos más famosos sea “Vuelve”. Aquí lo tienes, en italiano, en la impresionante voz y forma de decir de Marcello Sacerdote:

“Vuelve otra vez y tómame,

amada sensación retorna y tómame –

cuando la memoria del cuerpo se despierta,

y un antiguo deseo atraviesa la sangre;

cuando los labios y la piel recuerdan,

cuando las manos sienten que aún te tocan.

Vuelve otra vez y tómame en la noche,

cuando los labios y la piel recuerdan….

Pocos como Kavafis han sabido reflejar el inexorable paso del tiempo. Son muchos los poemas que ahondan en esta visión tan cavafiana, el de “Un anciano” que puedes escuchar versionado por Lluís Llach ,es uno de los más bellos que se han escrito:

“Es un anciano. Agotado y giboso,

estragado por los años, y por intemperancias,

con paso lento atraviesa la calleja.

Y sin embargo, cuando entra a su casa para ocultar

su ruina y su vejez, considera

la parte que él aún posee en la juventud.

Adolescentes ahora los versos suyos recitan.

Por los vivaces ojos de éstos pasan las visiones suyas.

Sus espíritus sanos, voluptuosos,

sus cuerpos armoniosos, firmes,

se conmueven con su propia expresión de la Belleza”

O en esta verdadera joya que es “Voces”

“Voces ideales y amadas

de aquellos que murieron, o de aquellos que han

desaparecido para nosotros como los muertos.

A veces hablan en nuestros sueños;

a veces las escucha nuestro espíritu en el pensamiento.

Y con su rumor por un instante retornan

ecos de la primera poesía de la vida nuestra –

como una música, en la noche, lejana, que se apaga”

He dejado para el final el tema de la ciudad, esa ciudad que tanto marcó a Kavafis y a su poesía. Su ciudad es Alejandría, esa Al-Iskandariyah que llegó a tener la mayor biblioteca del mundo, cuatro mil palacios, cuatro mil baños, doce mil comerciantes en aceite, doce mil jardineros, cuatrocientos teatros y sitios de diversión… y que, cuando nació Kavafis, no era más que una decadente ciudad de veraneo para los cairotas poblada por apenas ciento cincuenta mil personas. A esta ciudad, a su decadencia, al crimen que el paso del tiempo cometió con sus piedras y sus gentes, es a la que Kavafis dedica la mayor parte de su obra. A veces, pocas, nos habla con nostalgia de su glorioso tiempo pasado, de su grandeza perdida. Casi siempre nos trae esa otra Alejandría, esa Alejandría de sucios callejones, de cafés y burdeles, de chaperos y de adolescentes anónimos que creen que su belleza durará siempre… Alejandría es el destino, el inexorable destino que nos espera a todos al final del camino, o agazapado tras cualquier recodo dispuesto a terminar con nuestro viaje. Refiriéndose al barrio de mala muerte de Alejandría en el que vivía, Kavafis solía decir que ese barrio era el espíritu y que fuera estaba el cuerpo.

Esta visión de Alejandría como algo eterno que nos verá pasar a unos y a otros, y que seguirá viva cuando hayamos muerto, es abordada en el poema “Que el dios abandonaba a Antonio” que le dedica a la muerte sin gloria de Marco Antonio, un hombre que todo lo tuvo… y que todo lo perdió:

”Cuando de repente, a medianoche, se escuche

pasar una comparsa invisible

con músicas maravillosas, con vocerío –

tu suerte que ya declina, tus obras

que fracasaron, los planes de tu vida

que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.

Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,

di adiós a Alejandría que se aleja.

Sobre todo no te engañes, no digas que fue un

sueño, que se engañó tu oído:

no aceptes tales vanas esperanzas.

Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,

como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,

acércate resueltamente a la ventana,

y escucha con emoción, mas no

con los ruegos y lamentos de los cobardes,

como último placer los sones,

los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,

y dile adiós, a la Alejandría que pierdes”

Kavafis no idealiza Alejandría, simplemente la admite y la ama como es, con sus virtudes y con sus defectos, unos defectos que eran graves para una persona como él: “Ya me he acostumbrado a Alejandría, y es verdad que, aunque fuese rico, aquí me quedaría. A pesar de esto, cómo me disgusta esta ciudad. Qué problemática, qué carga son las ciudades pequeñas, cuánta falta de libertad. Aquí me quedaré (otra vez no estoy tan seguro de lo que quiero) porque es como mi país natal, porque está ligada a mis recuerdos. Pero cómo un hombre como yo – tan distinto- necesita una gran ciudad. Londres, digamos. Cuando llegan las frías horas de la noche, pasa continuamente por mi mente…”

Pero, hombre sensible y sabio como era, Kavafis sabe que somos nosotros quienes marcamos el destino que elegimos para nuestras vidas, que vivamos donde vivamos, será lo que llevemos dentro lo que nos empujará hacia la felicidad o nos someterá al más terrible de los sufrimientos: la anodina y vacía existencia de quienes viven sus vidas como una simple espera de la muerte. Eso es lo que nos plantea en otro de sus más célebres poemas, La ciudad, recitado aquí en el griego original, un despiadado alegato contra todos los que no se han atrevido a vivir sus vidas, todas sus vidas, hecho por un hombre que, por encima de todo, amó la belleza: “Contemplé tanto la belleza, que mi vista le pertenece”

“Dices “Iré a otra tierra, hacia otro mar

y una ciudad mejor con certeza hallaré.

Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,

y muere mi corazón

lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.

Donde vuelvo mis ojos sólo veo

las oscuras ruinas de mi vida

y los muchos años que aquí pasé o destruí”.

No hallarás otra tierra ni otra mar.

La ciudad irá en ti siempre. Volverás

a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;

en la misma casa encanecerás.

Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques

-no hay-,

ni caminos ni barco para ti.

La vida que aquí perdiste

la has destruido en toda la tierra”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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