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Aprender a escuchar

Escuchar puede parecer una cosa sin importancia, algo que, como respirar, todos sabemos y podemos hacer. La realidad, sin embargo, nos demuestra que ni sabemos respirar bien ni sabemos escuchar bien. Inhalamos y exhalamos aire de forma inconsciente y automática, pero eso no es respirar bien, ser conscientes del acto de respirar concentrándonos en ello, canalizar bien el aire que inspiramos. Poco o nada importa que nuestra salud y nuestro bienestar dependan de nuestra forma de respirar, lo hacemos sin darle la menor importancia, y así nos va. Con la escucha nos pasa exactamente lo mismo: creemos escuchar, cuando en realidad solo oímos. Desde el punto de vista de la verdadera escucha, nuestro mundo es un mundo de sordos. No sabemos escuchar, porque escuchar no es únicamente oír lo que otra persona nos quiere decir, sino entenderlo plenamente. La verdadera escucha no se limita al sentido del oído, sino a todo nuestro ser en comunicación con el ser del otro. Tan importante como la comunicación verbal (que muchos ni siquiera practican), es la comunicación no verbal, una comunicación cuyos fundamentos la mayoría desconoce e ignora.

Si te apetece, El sonido del silencio, de Simon&Garfunkel, esa maravilosa canción que habla de los que oyen sin escuchar y de los que hablan sin decir… puede ser una buena compañía para esta entrada:

En el mundo de la interpretación hay muchas escuelas y muchos maestros. Dos de los más conocidos y que más han marcado la historia de la enseñanza son Konstantin Stanislavski y Sanford Meisner. La diferencia de la base de sus enseñanzas puede ayudarnos a entender lo que es la verdadera escucha. Para Stanislavski, el trabajo del actor era algo que debía surgir, iniciarse, en su propio interior (él hablaba de la memoria sensorial como motor del proceso de la actuación, aunque en sus últimos años llegó a la conclusión de que se había equivocado y que este punto de su metodología había sido malinterpretado muchas veces). Meisner nos dice todo lo contrario, que el proceso interpretativo viene de fuera, de lo que recibimos, que es el estímulo externo el que provoca nuestra reacción. Para Meisner el actor debe reaccionar “escuchando”, procesando y exteriorizando su reacción a lo que recibe del otro actor. Para él la base de toda interpretación es la “escucha”. El actor debe concentrarse en “escuchar” de verdad lo que el otro actor le está diciendo con su texto, con su forma de decirlo, con lo que dicen sus gestos, su postura, sus movimientos, sus silencios, su mirada, su respiración… en definitiva, con todo lo que nos está expresando. Para Meisner hasta el silencio habla, porque “contiene mil secretos”. Ambas técnicas interpetativas buscan la verdad, pero lo hacen por caminos diferentes. La principal diferencia entre Stanislavski y Meisner es, grosso modo, que mientras el primero busca el estímulo que provoca el proceso del actor en su propio interior, el segundo lo busca fuera, en lo que hay alrededor de él (puede ser otro actor, un libro, un espacio, una luz, etc.) Podríamos decir que mientras Stanislavski ( y Strasberg con el Actor´s Studio a la cabeza) es el “yo”, Meisner es el “tú”, el “otro” en el que hay que buscar el estímulo que nos permita interpretar desde la verdad.

He tenido la oportunidad de hacer recientemente un curso sobre iniciación a la técnica de Meisner, algo que sin duda recomiendo a todo el mundo, sea o no actor. Uno de los ejercicios consistía en ponerse frente a otra persona mirándola fijamente y decir algo que se nos ocurriera sobre lo que veíamos en la otra persona (desde algo físico al principio a estados o sensaciones que percibíamos más adelante). La otra persona debía limitarse a repetir la frase que había oído, que a su vez era repetida por su compañero y de nuevo por ella en una sucesión de repeticiones que solo se interrumpía cuando cualquiera de los dos percibía algún cambio, por pequeño que fuese, en el otro. En ese momento se iniciaba de nuevo el juego de la repetición con una nueva frase hasta que algo volvía a suceder y permitía cambiar otra vez de frase, y así sucesivamente. El objetivo de repetir no era otro que dejar nuestra mente en blanco, que no pensara, para podernos concentrar en lo verdaderamente importante del ejercicio: nuestra “escucha” del otro. Es un ejercicio que busca que aprendamos a escuchar de verdad, a escuchar con todo nuestro ser. Para mi sorpresa, el profesor y el resto de alumnos que presenciaban mis ejercicios, captaban en mis “oponentes” pequeños matices, reacciones sutiles que invitaban al “cambio” y que a mí se me escapaban por completo. Me di cuenta claramente de que, a nivel de comunicación no verbal, era un perfecto analfabeto funcional. No sabía identificar aquellos signos, ni mucho menos interpretarlos correctamente, no veía lo que estaba pasando frente a mí. No tardé en darme cuenta de que mi caso no era un caso aislado y que las actrices eran mucho más diestras que los actores a la hora de detectar esa comunicación no verbal a veces tan sutil. Mi conclusión no puede ser otra que la de que la mujer ha aprendido a escuchar más, a interpretar mejor la comunicación no verbal que el hombre. Quizá por ello las “escuchas” de las actrices suelan ser mucho más expresivas que las de los actores. Pensando sobre esto, al repasar diferentes situaciones y experiencias vividas, me di cuenta de que era cierto. Hay un ejemplo que lo corrobora perfectamente: si un hombre que está en un bar o sentado en un banco, mira a una mujer y ésta le responde con una sonrisa, en un porcentaje elevadísimo de ocasiones el hombre pensará que ha ligado y que las perspectivas de llegar a “hacer algo” con esa mujer son altas. Sentirá que está de enhorabuena. Para la mujer, sin embargo, la mayoría de las veces esa sonrisa no era ninguna señal relacionada con lo sexual o sobre la atracción que pudiera sentir por ese hombre, sino un mero gesto de cortesía, de simpatía, o de amistad. Si a este factor del diferente nivel de conocimiento de la comunicación no verbal añadimos el hecho de que el hombre tiene entre diez y veinte veces más testosterona que la mujer, se produce el cocktail que nos explica la diferente concepción que hombre y mujer tienen del amor y del sexo, o por qué en el tema del ligue el 99% de los hombres creen que son ellos quienes han iniciado el acercamiento a una mujer, cuando en realidad han sido ellas las que lo han propiciado sutilmente, cuando han querido y como han querido, dejando que él crea que es quien ha llevado la iniciativa…

Intrigado con este tema he buscado información que corroborara o desmintiera las conclusiones que saqué de ese curso, y lo cierto es que cuanto más he leído, más me he convencido de que son absolutamente ciertas: a nivel de comunicación no verbal las mujeres nos dan mil vueltas. Hace unos años la Universidad de Harvard hizo un experimento sobre la diferente interpretación de la comunicación no verbal entre hombres y mujeres. Consistía en pasar una serie de cortometrajes sin sonido en los que una pareja hablaba e interactuaba ente sí. Los sujetos del experimento tenían que descifrar o interpretar lo que le pasaba a la pareja. El resultado fue que el grupo de las mujeres acertó el 87% de las situaciones presentadas, mientras que el de los hombres solo acertó el 42%. Ahondando más en la importancia de este resultado cabe señalar que los hombres del grupo que se dedicaban a labores artísticas o comunitarias (enfermeros, etc.) y los homosexuales tenían un índice de acierto similar al de las mujeres, elevando considerablemente los resultados del grupo, lo que implica que el índice de acierto del resto del grupo era muy, muy inferior, a ese 42% que daba la media.

Esta mayor capacidad de observación de la mujer, de “escucha”, es lo que tradicionalmente se ha identificado como “intuición femenina”, que no es otra cosa que la habilidad necesaria para identificar las diferencias entre el lenguaje verbal y el no verbal. Las razones que explican la diferencia de comportamiento a nivel de comunicación entre hombres y mujeres son de índole cultural, educacional y social (la capacidad de observación de los pequeños detalles propia de los artistas, por ejemplo, que disminuye la diferencia de capacidad de interpretación del lenguaje no verbal entre hombres y mujeres) pero, sobre todo, las razones son físicas: estudios realizados a través de resonancias magnéticas han demostrado que mientras la mujer tiene entre catorce y dieciséis áreas del cerebro destinadas a evaluar el comportamiento de los demás, los hombres solo poseemos entre cuatro y seis. Ello confirma la realidad de por qué los hombres no podemos hacer más de dos cosas a la vez mientras las mujeres pueden hacer tres, cuatro y hasta cinco. A lo largo de una misma conversación una mujer puede hablar sobre temas no relacionados y utilizar cinco tonos de voz diferentes para cambiar de tema o para enfatizar algo. Desgraciadamente el hombre solo puede percibir tres tonos diferentes. Por eso muchas veces “perdemos el hilo” cuando ellas quieren comunicar con nosotros.

La neuropsiquiatra Louann Brizendine, en su libro “El cerebro femenino”, comenta sobre el resultado de sus investigaciones que ” en los centros del cerebro para el lenguaje y el oído, por ejemplo, las mujeres tienen un 11% más de neuronas que los hombres. El eje principal de la formación de la emoción y la memoria – el hipocampo- es también mayor en el cerebro femenino, igual que los circuitos cerebrales para el lenguaje y la observación de las emociones de los demás… Los hombres, en cambio, tienen dos veces y media más de espacio cerebral dedicado al impulso sexual, igual que centros cerebrales más desarrollados para la acción y la agresividad… Los hombres también tienen procesadores mayores en el núcleo del área más primitiva del cerebro – la amígdala-, que registra el miedo y dispara la agresión. Ésta es la razón por la que algunos hombres pueden pasar de cero a una lucha a puñetazos en cuestión de segundos, mientras que muchas mujeres intentarán cualquier cosa para evitar el conflicto. Pero el estrés psicológico del conflicto se registra más profundamente en zonas del cerebro femenino…”

Además, centrándonos en el tema del lenguaje corporal, se da otra circunstancia que agudiza la dificultad de comunicación entre el hombre y la mujer. Una de las pautas inconscientes de comportamiento no verbal es la que se conoce como “efecto reflejo” o conducta del espejo. Cuando dos personas establecen una comunicación, a nivel gestual una empieza a reflejar, a imitar, inconscientemente las señales no verbales, gestuales, de la otra (no solo a nivel más externo, como podría ser el cruzar las piernas, adaptar nuestra posición al ángulo que tenemos con respecto a la persona que tenemos delante, mover las manos, etc., sino también a un nivel mucho más sutil como la dilatación de las pupilas, acompasar la respiración, etc.). Este proceso inconsciente de mimetización hace que las dos personas empaticen, que se sientan a gusto una con la otra. El cerebro de la mujer, como comentaba antes, tiene una capacidad muy superior a la del hombre para captar y expresar emociones. La mujer es capaz de utilizar una media de seis expresiones faciales básicas en un periodo de escucha de diez segundos con el objetivo de reflejar y opinar sobre las emociones de su interlocutor. Su rostro reflejará las emociones que exprese su interlocutor. El hombre, por el contrario, solo realiza un tercio de las expresiones faciales que las mujeres son capaces de hacer. Por eso su rostro, cuando escuchan, es mucho más hierático, más rígido e inexpresivo que el de la mujer. El hombre oculta sus emociones tras una máscara, una máscara que, a veces, llega a ser un rostro impenetrable. Está convencido de que esa máscara le “protege”, le hace sentir que tiene el control, y por eso no expresa facialmente sus emociones como lo hacen las mujeres. Eso no quiere decir que no sienta, ya que siente las mismas emociones que las mujeres, pero evita mostrarlas en público. Este diferente modo inconsciente de actuar entre el hombre y la mujer obedece a razones evolutivas. En la prehistoria, antes de la aparición del lenguaje verbal, cuando el hombre de las cavernas salía a cazar no necesitaba expresar sus emociones, muy al contrario, expresarlas le podía generar más de un conflicto con sus congéneres, que podían interpretar sus señales faciales como signo de debilidad o de amenaza. La mujer, por el contrario, al quedarse en la cueva cuidando a sus niños, necesitaba desarrollar toda su atención en las expresiones faciales de sus hijos para poder identificar si se encontraban mal, si necesitaban algo, etc. Ese comportamiento atávico mantenido durante tantos años arraigó en nuestros genes y se ha mantenido hasta nuestros días en nuestro inconsciente. Quizá esto, unido al miedo escénico, o simplemente al terror a perder una autoimagen tras la que me siento seguro, explique lo que mis compañeras del curso de Meisner me decían cuando hacían el ejercicio de repetición conmigo: “veo que tienes emociones, que estás sintiendo, que estás vivo, pero te escondes detrás de una coraza para no dejar salir tus emociones, y no hay manera de sacarte de ahí”. Puede que este no sea un handicap insalvable para actuar frente a una cámara, especialmente si es de cine, porque capta todos los matices, pero sí lo es para el teatro, así que ya sé los deberes sobre los que tengo que trabajar en ese proceso continuo que es la formación de un actor. Me queda un largo, larguísimo, camino.

Pero este no es un tema que nos ataña exclusivamente a los que nos dedicamos al mundo de la interpretación. A nadie se le escapa la importancia de la comunicación no verbal. Muchas veces es menos importante qué decimos a cómo lo decimos. Una misma frase puede significar exactamente lo opuesto a lo que nos están diciendo. Por ejemplo, no es lo mismo que un avatar nos diga “Te veo” con los ojos cerrados y su mano en el corazón, a que Robert de Niro nos diga “Te veo” señalando nuestros ojos y mirándonos fijamente. La frase es exactamente la misma. El significado, justamente el opuesto. Dicen los expertos que la palabra, lo que decimos, representa el 7% de lo que comunicamos, que el tono en el que lo decimos oscila entre el 20 y el 30% y que nuestro lenguaje corporal representa entre el 60 y el 80% de nuestra comunicación. En cualquier caso, lo que no es la palabra supone el 93% de todo lo que comunicamos. Y sin embargo, el estudio de la comunicación no verbal, la sinergología, algo fundamental para saber movernos en el mundo de hoy, sea cual sea nuestra profesión y nuestra forma de vida, no se da como asignatura en ningún plan de estudios general, solo en algunas especialidades universitarias o en cursos especializados. ¿Cuántos problemas de pareja y de familia se habrían evitado o no habrían llegado siquiera a producirse si todos tuviésemos un nivel de interpretación de la comunicación no verbal elevado?, ¿cuánta violencia se podría evitar?, o más pragmáticamente para aquellos que lo prefieran: ¿cuántos buenos negocios se habrían podido sellar si ambos interlocutores de la negociación dominasen la comunicación no verbal?, o lo que es peor, ¿cuántos se han perdido por no haber sabido interpretar correctamente lo que nuestros interlocutores nos estaban diciendo de manera no verbal…?

Una anécdota refleja claramente la importancia capital que la comunicación no verbal tiene en el mundo de hoy, en el mundo de la imagen: el primer debate político televisado en el mundo fue el que enfrentó a los candidatos John F. Kennedy y Richard Nixon en las presidenciales norteamericanas de 1960. Kennedy se presentó con un traje azul oscuro, bronceado, maquillado y sonriente, mientras que Nixon lo hizo con un traje gris, demacrado por el cansancio y una reciente lesión de rodilla, muy pálido y sin permitir que le maquillaran. Los resultados de las encuestas sobre quién fue el ganador del debate fueron sorprendentes: una inmensa mayoría de los que vieron el debate por televisión dieron a Kennedy como ganador, mientras que la gran mayoría de los que lo oyeron por la radio dieron a Nixon como vencedor.

La clave de la comunicación no verbal está en los pequeños detalles: la posición de las manos, la de los ojos, la de los pies, la de nuestros brazos, la de nuestro cuerpo con respecto a nuestro interlocutor, la del de nuestro interlocutor con respecto al nuestro, su mimetismo con nosotros, el nuestro con el suyo, el efecto reflejo, la forma de fumar, de usar las gafas, de jugar con cualquier objeto en las manos, la forma de mirar, de mostrar o no las muñecas, de poner las piernas, de movernos, de andar, etc. etc. etc. Solo una observación atenta nos permitirá ir conociendo los significados de cada gesto, de cada actitud, por mínimo o sutil que sea. Saber identificarlos es fundamental. Puede hacerse de forma totalmente inconsciente, lo que, como hemos visto, es más sencillo para las mujeres, o también puede aprenderse, en un largo y lento proceso que nos permite aprender a percibir los pequeños detalles, aprender a identificarlos, aprender a“escucharlos”, aprender, en definitiva, a escuchar…

Si te interesa el mundo de la interpretación, aquí tienes el primero de una serie de siete videos de Sanford Meisner en los que puedes hacerte una idea de su forma de enseñar y de vivir la interpretación. No he encontrado ninguna versión subtituada al castellano, lo siento. Corresponde a la época en la que ya le habían operado varias veces de garganta y tenía que hablar ayudándose de un micrófono. Siguió dando clases hasta que murió, a los 93 años. Para Meisner “actuar” es “hacer”, y es algo a lo que hay que quitar todo lo que intelectualmente nos impida hacerlo de verdad. Hay que seguir el impulso que nos llega del otro sin pensar, el actor no debe pensar, debe “vivir” en la escena.  Para Meisner un gramo de comportamiento vale más que mil palabras. Su definición de la actuación “actuar es la habilidad de vivir plenamente en cualquier circunstancia imaginaria”, te indica lo difícil que es llegar a ser un gran actor, un proceso que él siempre decía que, al menos, costaba 20 años intensos de dedicación y práctica. Largo es el camino, muy largo… ¡pero precioso!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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