General Otros temas

¿Educar?

¿Queremos que nuestros hijos estén preparados únicamente para trabajar, o queremos prepararlos para que puedan ser felices?, ¿tiene que ser el trabajo lo único importante en sus vidas, o queremos que alcancen su plenitud como seres humanos libres y felices? No me cabe duda de que todos los padres desean que sus hijos puedan ser felices. Pero ¿está nuestro sistema educativo, la educación que les estamos dando, preparando a nuestros hijos para serlo? ¡NO! Nuestro modelo educativo, creado para dar respuesta a las necesidades laborales que impuso la revolución industrial, relega a un segundo, tercer o último plano aquellas disciplinas que no sean las estrictamente necesarias para favorecer la producción. En cualquier lugar del mundo se priorizan asignaturas como lengua o matemáticas. Tras ellas van las demás asignaturas y, finalmente en último lugar, las relacionadas con el mundo del arte. La reciente decisión de dejar de considerar las carreras artísticas como licenciaturas universitarias es una muestra más del estado de la educación.

Father and son de Cat Stevens puede ser una buena elección para que, si quieres, nos acompañe en este viaje:

Nuestro sistema educativo tiene un diseño deliberadamente orientado a cercenar la creatividad, la imaginación, la capacidad de desarrollar nuestra faceta más creativa, una faceta poco productiva según el canon de la productividad al uso. Asociamos trabajo con dinero, y dinero con felicidad. Ese es nuestro gran error. Primero, porque en los tiempos que corren el trabajo ya no es sinónimo de dinero, ni garantía de seguridad; y segundo porque el dinero nunca ha dado la felicidad. Basta con repasar las estadísticas de suicidios a nivel mundial para comprobar que a mayor renta per cápita mayor tasa de suicidios, o simplemente recordar que en España, por ejemplo, la cifra de enfermos de depresión en 2010 superaba los seis millones y que el consumo de antidepresivos y ansiolíticos se ha multuplicado por cinco en los últimos quince años. En un momento como el actual donde trabajar para otro es un riesgo, ya que podemos ser despedidos si no hay trabajo, si cae la rentabilidad de la empresa para la que trabajamos o simplemente si la deslocalizan buscando costes más bajos, educar para producir, para integrarnos en estas estructuras empresariales sacrificando todo lo demás, es un gran error. Hoy todo fluye, todo es relativo e inseguro. Y en un entorno así las capacidades creativas e imaginativas son las que mejor pueden adaptarse. Educamos a nuestros hijos para ser eficientes (para hacer bien lo que otro les dice que hagan), pero no para ser eficaces (hacer bien lo que se tiene que hacer sin que nadie les tenga que decir cómo hacerlo). Estamos aniquilando su iniciativa, su imaginación y su capacidad creativa, las mejores armas que tienen para defenderse de este entorno tan hostil y competitivo.

¿Por qué en los colegios se destinan infinidad de horas diarias a las matemáticas y solo alguna aislada a la semana a la danza, a la pintura, o a la música? Tienen más horas dedicadas al deporte que al arte. Educamos más sus cuerpos que sus almas. No se trata de que todos sean artistas, sino de que todos puedan llegar a ser felices, y la creatividad, la libertad creativa, es uno de los mejores caminos para llegar a la felicidad. No conozco a ningún matemático que haya alcanzado la felicidad resolviendo ecuaciones, pero sí a muchos niños siendo felices mientras dibujan con un lápiz. ¿Por qué les quitamos entonces el lápiz para darles una calculadora? ¿De qué me sirve recordar hoy la lista de los reyes godos o cómo se hace una raíz cuadrada, si soy incapaz de crear y de sentir?

La única forma de crear es atreviéndose a equivocarse, a fracasar, pero ¿no es precisamente lo contrario lo que hacen nuestros planes de estudio, castigar el error? Si no nos equivocamos, haremos las cosas bien, sí, pero serán las pocas cosas que sabemos hacer, y jamás llegaremos a conocer lo que habríamos sido capaces de hacer. Cada uno de nuestros hijos tiene sus límites. Dejémosles descubrirlos por ellos mismos sin añadir los que les ponemos nosotros. Su libertad está en poder alcanzar sus propios límites, y no los que les impongamos. Nuestro sistema educativo, fiel reflejo de los valores imperantes en nuestra sociedad, no está orientado a crear hombres y mujeres libres, creativos, imaginativos, con capacidad de analizar y de pensar por sí mismos, de tener opiniones propias, no está preparado para educar en valores como generosidad, solidaridad, compromiso o altruismo. Está creando individuos en los que la vertiente egoísta y egocéntrica es superior, muy superior, a la social. Un repaso a los referentes sociales a lo largo de los últimos decenios es un fiel reflejo de lo que está pasando: del Che Guevara de los sesenta se pasó al Mario Conde de los ochenta, y del Mario Conde de los ochenta a la Belén Esteban del siglo XXI, que podrá representar muchas cosas, pero no los ideales altruistas, solidarios, comprometidos y generosos que representaba el Che. Hoy no se quiere ser un buen actor, se quiere ser famoso; no se quiere ser un buen cirujano, se quiere ganar dinero con la cirugía plástica, no se quiere ser feliz, se quiere tener dinero. Y, por encima de todo, se quiere ser todo eso pero con el mínimo esfuerzo, o incluso sin él. Decenas de jóvenes a los y a las que no conozco de nada chatean a veces conmigo a través de facebook para pedirme que les presente a alguien porque quieren protagonizar una serie de televisión, o que les presente a algún productor porque “soy músico y me quiero forrar”. Son jóvenes que no han estudiado nada de interpretación ni han actuado jamás, que ni siquiera han leído un libro sobre interpretación, cine o teatro, son jóvenes que lo único que quieren es ser “famosos”. Cuando les digo que ser actriz o actor no es tan fácil, que hay que formarse, comprometerse con lo que uno quiere hacer, sacrificarse, estudiar, ensayar, pasar castings y más castings, esperar a que te llamen o aprender a buscarte la vida por ti mismo cuando nadie te llama, creen que les hablo en chino, que no tengo idea de qué va la película o, simplemente, que no les quiero ayudar. Tienen una visión totalmente distorsionada de la realidad. En su mentalidad, producto de los valores y referentes con los que les hemos educado, solo ven la alfombra roja, son incapaces de ver más allá. Sé que estoy generalizando y que eso es muy injusto con todos esos miles de jóvenes que sí son solidarios y están concienciados con los problemas de nuestra sociedad, pero por desgracia los otros son tantos, tantos…

Nuestros centros escolares, la universidad y todo lo que compone el sistema educativo, incluyendo en ello por supuesto la imprescindible función de los padres, no están hechos para fomentar la sensibilidad, para crear seres libres, y los valores imperantes en nuestra sociedad, esos valores que hablan de productividad, beneficio, especulación y demás, son los asesinos de la creación y de la libertad, los asesinos de la felicidad de nuestros hijos. Si castramos la sensibilidad y la creatividad de nuestros hijos, si les imbuimos el terror al fracaso, podremos hacer de ellos grandes productores y fantásticos consumidores, que en el mejor de los casos llegarán a tener grandes casas, barcos, coches o incluso aviones, pero nunca serán seres humanos felices.

¿Existe una escuela que anteponga la felicidad de los niños a todo lo demás?, ¿que considere más importante la felicidad del niño que su rendimiento académico?, ¿que eduque a los niños para ser libres y vivir en sociedad? Sí, hay muchas en todo el mundo y cada día son más las que aparecen para intentar paliar el grave problema que es la educación tradicional. Desde la Escuela Moderna de Ferrer Guardia, que, hace más de cien años, propugnaba la libertad como valor fundamental de la educación, han sido muchas, muchísimas, las experiencias educativas que han seguido esa línea. Hablaré de una escuela que sigue esta propuesta educativa desde 1927 y que sigue dando ejemplo a decenas de proyectos alternativos a la educación “tradicional” en todo el mundo: SUMMERHILL

Creada por Alexander Sutherland Neill, y actualmente dirigida por su hija Zoe, se fundamenta en estos cuatro principios: “Permitir libertad a los niños para crecer emocionalmente, darles poder sobre sus propias vidas y tiempo para desarrollarse naturalmente y crear una infancia feliz eliminando el miedo y la coerción por parte de los adultos”. Estos principios, inspirados en las teorías de Rousseau y de Wilhem Reich, que consideran que el desarrollo psicológico y emocional debe tener prioridad sobre el intelectual, hacen que Summerhill se diferencie del sistema educativo tradicional por:

– Creer en la bondad de los seres humanos (el egoísmo del niño no es malo en sí y, al crecer y socializarse, acaba por desaparecer y es sustituido de forma natural por valores altruistas y solidarios)
– Su objetivo principal es que los niños sean felices.
– Basa la convivencia en el amor y el respeto
– Prioriza el expresar las emociones y aprender a través de los sentimientos
– No hay exámenes, calificaciones, premios ni castigos
– La asistencia a clase es voluntaria, ningún niño es obligado a ir a clase
– El órgano rector de Summerhill es la asamblea semanal en la que participan con igual derecho a voto los profesores, los niños y el personal no docente. Cada persona, con independencia de su edad, de si es niño o adulto, o de cualquier otra clase de diferencia, tiene un voto, un voto igual al de todos los demás.
– El aprendizaje se da en la convivencia, el autogobierno y la asunción de la propia responsabilidad (es un internado mixto que también tiene alumnos externos, y que actualmente cuenta con un centenar de alumnos y una decena de profesores)
– Se da prioridad al juego y a las artes (teatro, danza, artes plásticas, etc.) sobre los libros de estudio
– Las normas de la escuela son construidas entre todos, y todos se sienten responsables de su gobierno

Las palabras de Neill sobre su concepto de lo que debe ser la verdadera educación son muy iluminadoras: “El único cuidado que habría necesidad de practicar en la escuela es la cura de la infelicidad. El niño difícil es el niño infeliz. Está en guerra consigo mismo y, por tanto, está en guerra con el mundo… Todos los crímenes, todas las guerras, todos los odios, se pueden reducir a una sola palabra: infelicidad. No tenemos nuevos sistemas de enseñanza, porque no consideramos que la enseñanza sea muy importante en sí misma…”

A nivel de enseñanza Summerhill parte de la base de que obligar a un niño a aprender algo en contra de su voluntad no tiene ningún sentido, porque, en el mejor de los casos, lo que pueda aprender será pronto olvidado. ¿Cómo pueden evaluarse entonces los niveles académicos de niños que se han formado sin exámenes y a los que no se les ha obligado a ir a clase? Neill parte de su propia experiencia como pedagogo durante más de sesenta años para afirmar que conforme el niño se desarrolla en muchos casos surge la necesidad o el impulso de querer aprender. A veces el impuso es directo, y a veces indirecto (quiero conocer esto para conseguir aquello). Es entonces cuando esos niños deciden ir a clase, donde aprenden lo que han aprendido los demás niños, pero lo hacen desde su propio convencimiento y motivación. La obtención de títulos tampoco representa ningún problema porque se presentan a los exámenes oficiales del ministerio para cada titulación.

Qué duda cabe que el concepto y la propia existencia de Summerhill han supuesto a lo largo de sus más de ochenta años de historia una amenaza para el sistema educativo tradicional y para los valores imperantes. Ha sido atacado acusado de crear analfabetos, seres inadaptados para integrarse en la sociedad regida por horarios y jerarquías, de ser “buenista”, de hacer vivir a los niños en una “burbuja” que nada tiene que ver con la vida real, etc. etc. etc. Estos ataques alcanzaron su clímax en 1999 cuando el gobierno de Tony Blair intentó cerrar la escuela por “la errática asistencia a las clases, porque el curriculo que sigue la mayoría de ellos afectará negativamente a sus opciones futuras, porque muchos niños presentan niveles bajos de lectura, escritura y matemáticas y porque se permite que los chicos y las chicas compartan los servicios y usen un lenguaje soez”. La respuesta de Zoe, la hija de Neill, fue contundente: defendió su caso en los tribunales y ganó. En 2008 la BBC hizo una serie de tv de 4 capítulos cuya trama fue precisamente esta desigual lucha de David contra Goliat que representó este conflicto con el gobierno británico. Muy en la línea de su padre, Zoe manifestó que “enviar inspectores del ministerio a Summerhill  es como enviar a los ateos a que inspeccionen las iglesias”. Y sobre el primer ministro Blair y los ataques menospreciando la propuesta educativa de Summerhill, afirmó que prefería que “Summerhill formase un barrendero feliz, a un primer ministro neurótico” Antiguos alumnos, como la actriz Rebeca de Mornay, acudieron a la prensa para manifestar su apoyo incondicional a Summerhill, porque consideraban un crimen que el gobierno pretendiese cerrarla.

Puede que Summerhill tenga sus fallos y que no sea la escuela perfecta, pero sigue ahí, viva después de más de 80 años de ataques y dificultades, demostrando que otra educación, una educación que anteponga la felicidad y la libertad del niño a todo lo demás, es posible en el mundo de hoy y en nuestro entorno. Medir la educación de los niños por sus resultados académicos, es como medir la felicidad de un país por su Producto Interior Bruto (PIB). La felicidad de un país debería medirse, en todo caso, por un Índice de Felicidad Interior Bruta (en el que países como Bután estarían a la cabeza, a pesar de estar en la cola del PIB). En cualquier caso, viendo los resultados de la educación tradicional en el mundo desarrollado, cada vez se ve más clara la necesidad de implantar métodos educativos alternativos que preparen al niño para poder ser un ser humano libre y feliz, y no un simple consumidor y aborregado votante más.

Y si esta lamentable y dramática situación de la educación es la que nos encontramos en nuestro primer mundo, la que padecen los niños de los países del tercer mundo es criminal. Poder estudiar, aprender a leer y a escribir, es la única forma que esos niños tienen de no estar condenados a trabajar en los trabajos más duros e inmundos. La educación es la llave que les puede abrir la puerta de un nuevo mundo que sea más benévolo, o cuando menos no tan malévolo, con ellos. Pero el mundo en el que viven no les permite alcanzar esa llave. Están condenados, desde que nacen, a realizar los peores trabajos para alimentar a los suyos, a sufrir la violencia del hambre y la injusticia. La educación les puede hacer libres, pero a nadie interesa que sean libres. La educación les puede ayudar a salir de la miseria, pero a nadie interesa que salgan de la miseria. La educación les puede convertir en seres humanos, pero a nadie interesa que sean seres humanos.

Una película española que acaba de estrenarse, y que recomiendo encarecidamente, Katmandú, de Icíar Bollaín, plantea este tema con toda su crudeza. A través de la figura de Laia (soberbiamente interpretada por esa maravilla de actriz que es Verónica Echegui), una maestra catalana que va a Katmandú a dar clases y descubre otra realidad que le enseña que ese es su lugar en el mundo, su espejo en el cielo, asistimos a la extrema dificultad que para esos niños y niñas es, simplemente, poder ir a la escuela. No se trata de que sea gratuita, que lo es, sino de que por el simple hecho de asistir a la escuela no pueden trabajar y llevar dinero a casa, un dinero que su familia necesita para no morir de hambre. Solo la determinación, el compromiso, el sacrificio, la imaginación y la capacidad de adaptación de esa maestra logran romper ese círculo vicioso que condena a esos niños a la muerte y al olvido. Podemos cambiar nuestras vidas, ella misma lo ha hecho, y ese es un valor inestimable que podemos y debemos transmitir a todos los niños, a los del tercer mundo y a los del primero, porque todos tienen derecho a ser libres y, sobre todo, a ser felices.

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

Todas las entradas
Categorías
Clandestino en Facebook
Facebook By Weblizar Powered By Weblizar