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Atravesando espejos, o la necesidad de vivir contra la corriente

¿Estamos viviendo la vida que de verdad queríamos vivir? ¿Somos felices? ¿Qué es la felicidad? ¿Existe? ¿Qué hay que hacer: cambiar la realidad o cambiar nuestra percepción de la realidad? ¿Qué debemos cambiar para encontrar la felicidad? ¿Podemos hacer algo para no ahogarnos en el terrible vacío existencial tan extendido hoy en nuestra sociedad? ¿Realmente depende de nosotros lo que nos sucede en la vida? ¿Podemos vivir contra la corriente? Preguntas como éstas no tienen fácil respuesta, aunque tienen tantas respuestas como seres humanos existen. Todos, cada uno de nosotros, tiene las suyas. “El sinsentido común”, un clarificador libro de Borja Vilaseca que acaba de llegar a nuestras librerías, es una herramienta valiosísima para ayudarnos a encontrar nuestras propias respuestas a todas estas preguntas que, tarde o temprano, todos nos hacemos en algún momento de nuestra vida, una vida que hemos de vivir en el sinsentido de un mundo que, como decía Erich Fromm, está produciendo seres humanos enfermos para obtener una economía sana. Hemos antepuesto la economía a todo lo demás, incluso a nosotros mismos. Hoy todo gira alrededor de la economía, y los seres humanos han pasado a ser un recurso más, un recurso prescindible, manipulable y desechable. Esperar que tu felicidad, como un regalo, venga de esa sociedad, de sus falsas promesas o de sus criminales realidades, es, sin duda, uno de los mayores errores que puedes cometer en y con tu vida. Solo hay un camino, y es el que lleva al fondo de tu corazón; y solo hay una manera de recorrerlo: estando dispuesto a hacer caso del sabio consejo que nos dejó Mark Twain: “Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”

Pocas canciones como Dust in the wind (Polvo en el viento), de Kansas, pueden reflejar mejor el espíritu de esta entrada. Si quieres, deja que ahora nos acompañe:

En esta sociedad basada en el crecimiento, el mensaje que nos venden a diario es que cuanto más tengamos más felices seremos. Así de sencillo. Todo se basa en la promesa de placer, de confort, de seguridad y de felicidad que nos dará poseer esta cosa o aquella otra. La publicidad más agresiva no se conforma con prometernos esa felicidad futura que podremos llegar a tener, sino que llega incluso a sugerirnos que somos infelices porque no tenemos todas esas cosas. Es decir que nos venden la idea de que la felicidad es algo externo a nosotros, algo que no podremos conseguir si no compramos tal o cual cosa, si no hacemos esto o lo otro. Da igual que estén vendiendo un coche, un perfume o un rollo de papel higiénico: el mensaje siempre es el mismo, que tú no puedes ser feliz porque la felicidad no está en ti, sino en el producto que te están vendiendo. Si eres “afortunado” y puedes comprar ese coche, ese perfume o ese rollo de papel no tardas en darte cuenta de que aquella promesa era una mentira, que sigues siendo un infeliz y que la felicidad no estaba allí. No te preocupes, pronto acudirán de nuevo a ti para que compres un coche más grande, un perfume más caro o un rollo de papel más acolchado, prometiéndote que es allí donde está la verdadera felicidad, no la que ya habías comprado. Y si, por el contrario, no eres de los “afortunados” que pueden comprarse el puñetero coche, el perfumito de marras o el papel de water de colores, resulta que eres un pringao, un ser socialmente despreciable, un don nadie, un pobre desgraciado…

Y si la felicidad es algo que nos venden como si estuviera fuera de nosotros, qué decir de otro de los paradigmas de nuestra sociedad: la seguridad. Basta con analizar las consecuencias que han tenido los atentados del 11-S a nivel mundial para darnos cuenta de que el mensaje que nos llega día sí y día también es que el mundo está lleno de terroríficos enemigos y terroristas a los que solo nuestros sabios y aguerridos gobernantes pueden hacer frente. De nuevo la seguridad, como antes la felicidad, no es vendida como algo externo a nosotros. Necesitamos a otro, o a otros, para poder estar seguros; nosotros solos no podemos alcanzar la seguridad, ese es el mensaje universal, el nuevo dogma que debemos seguir sin siquiera cuestionarlo. Y en aras de esa hipotética y falsa seguridad, admitimos que recorten nuestros derechos, nuestra libertad, nuestra intimidad y nuestra dignidad con cosas como los absurdos controles de seguridad en los aeropuertos, con más controles y prohibiciones, con mayor gasto militar y hasta con nuevas guerras contra pueblos que no nos han hecho nada. Vayamos por partes: ¿sirven de algo esos exhaustivos controles en los aeropuertos? Para muchos sí, y se sienten más seguros gracias a ellos, hasta el punto de que están encantados de renunciar a su libertad a cambio de esa sensación de seguridad. Yo no lo creo, y no lo creo porque por la misma razón de seguridad esos exhaustivos controles tendrían que haberse impuesto en otros medios de transporte como el tren o el metro. En España hemos sufrido atentados, pero no en aviones como en Estados Unidos, sino en trenes de cercanías. ¿Por qué implantar los controles solo para los aviones y no para los trenes? Además, si un iluminado quisiese atentar contra un avión, con coger a una de las azafatas del cuello con sus manos y amenazar al piloto con matarla podría hacerse con el control del avión. Si eso llegara a pasar qué harían entonces nuestros gobernantes, ¿obligarnos a volar con las manos esposadas a la espalda para evitar nuevos atentados? Es absurdo, un terrible e inmenso absurdo.

Y si esto es lo que sucede con la seguridad “nacional”, ¿qué podemos decir de la seguridad “individual”? Hoy, o por lo menos hasta la aprobación de la última reforma laboral, la mayor parte de la sociedad asociaba seguridad a un contrato fijo, a una nómina, a trabajar en una gran empresa, etc. Es decir, de nuevo es un concepto que se asocia a algo externo, a algo que no depende de nosotros. En el mundo en el que trabajo, el de la interpretación, eso no es así. Todos, tanto el equipo artístico como el técnico, somos conscientes de que nuestro trabajo durará lo que dure la serie, la película o el montaje que estamos haciendo, y que cuando acabe lo más seguro es que nos iremos derechitos al paro. Y, sin embargo, seguimos trabajando en esto, porque es lo que nos gusta, y porque creemos que cuando este trabajo acabe seremos capaces de encontrar otro. Esta es la gran diferencia: que no consideramos la seguridad como algo externo a nosotros, sino como algo que depende de nosotros. Esta es la verdadera seguridad: creer en nosotros mismos, en nuestra capacidad para seguir adelante. No es un tema de inconsciencia, de egoísmo o de prepotencia, sino de autoestima y de amar lo que hacemos.

Y con la felicidad pasa exactamente lo mismo: es algo inherente a nosotros, no algo externo, algo que depende de otras personas o de otras cosas. Venimos al mundo con unas cartas, buenas o malas, con las que jugar la partida, pero quienes jugamos esa partida somos nosotros. Nuestras decisiones de hoy, por pequeñas que sean, son las que determinarán nuestro futuro. Podrán aparecer nuevas situaciones, problemas, dificultades o cambios, pero han sido nuestras decisiones las que han hecho que vayamos precisamente por el camino donde todas esas cosas aparecerán. Y les haremos frente de una u otra forma, y el resultado de esas nuevas decisiones es el que marcará los siguientes pasos que demos y el camino que sigamos. Atreverse a ser libre, y la responsabilidad que eso conlleva, es la decisión más importante que todo ser humano debe hacerse en algún momento de su vida.

De nada sirve achacar a las situaciones, problemas, dificultades o cambios externos nuestra felicidad o nuestra infelicidad. Nada de lo que nos pasa, absolutamente nada, es bueno o malo, simplemente es. Y lo que hace que sea bueno o malo es nuestra forma de percibirlo. Todo depende de cómo percibimos las cosas, de cómo reaccionamos ante ellas. Un viejo y sabio amigo me contó el otro día una hermosa historia: dos amigos salen a pasear en una preciosa mañana soleada y se detienen en un puesto de periódicos. “Buenos días, Juan – le dice uno de ellos al quiosquero- ¿cómo te trata la vida? Tienes buen aspecto, anda, por favor, dame el periódico.” A lo que el quiosquero, áspero donde los haya, contesta con un gruñido y de malos modos. “Muchísimas gracias, Juan, que pases un buen día, hasta luego” respondió de nuevo el amigo con la mejor de sus sonrisas. “No te entiendo- le dijo su amigo al alejarse del kiosko- ¿por qué eres tan amable y atento con un cretino como ése que no merece ni las gracias” “Porque él no es el dueño de mi alegría”

“Porque él no es el dueño de mi alegría”, ésa es la clave. No dejar que nuestro estado dependa de lo que sucede a nuestro alrededor. No dejarnos dominar por lo que nos provoca lo que sucede, porque, de hacerlo, nuestra vida se convierte en un interminable juego de acción/reacción en el que perdemos la iniciativa, la libertad de elegir, de ser nosotros. Ser libre significa poder decidir lo que vamos a hacer o a no hacer. Si nuestra reacción ante algo que pasa nos domina, habrá sido eso que ha pasado el que haya decidico por nosotros, no nuestra libertad. Podemos estar frente a situaciones duras, injustas, terribles, como la muerte por hambruna de los niños de Somalia, pero la clave está en cómo reaccionemos, en cómo respondamos a esas situaciones. Indudablemente no podemos evitar el dolor que vemos frente a nosotros, pero sí el sufrimiento que nos produce. Y esto no es egoísmo, sino todo lo contrario. Si frente a la muerte de esos niños reaccionamos hundiéndonos, dejándonos dominar por nuestro sufrimiento, no tendremos fuerzas para abrazar a su madre, para consolarla, para ayudarla a conseguir la leche que necesitan sus otros hijos… Hay que apender a distinguir entre dolor y sufrimiento. Un mismo hecho nos puede afectar de formas totalmente diferentes en función de cómo lo interpretemos. Si, por ejemplo, estamos en un andén de la estación del metro esperando y pasa un ciego y nos pisa, reaccionaremos al dolor del pisotón, pero no contra el ciego porque considereamos que no tenía intención alguna de pisarnos. Si, por el contrario, quien nos pisa es un energúmeno maleducado que ni siquiera nos pide perdón, nos dolerá el pisotón y además sentiremos rabia por la mala leche del cretino que nos ha pisado. El dolor,en este caso, sería el del pisotón, y el sufrimiento, lo que verdaderamente hará que reaccionemos de una u otra manera, el de las intenciones que atribuyamos al que nos ha pisado (no hace ni falta que el interfecto haya mostrado sus intenciones, nosotros ya las presuponemos de antemano y le juzgamos, y seguramente condenamos, sin darle siquiera derecho a defenderse)

No se trata de ser insensible, de no dejar que lo que pasa a nuestro alrededor (el dolor) nos afecte, sino de reaccionar positivamente frente a cualquier adversidad. Y eso es algo que depende única y exclusivamente de nosotros. Preguntarnos ¿por qué pasan las cosas?, ¿ por qué esta persona ha hecho esto o lo otro?, son preguntas sin respuesta que no nos llevan a ningún sitio y que bloquean nuestra respuesta. Para poder reaccionar, para poder hacer frente a esas situaciones, por duras que sean, lo que debemos hacer es aceptarlas, aceptarlas como son. No podemos cambiarlas ni podremos jamás llegar a entenderlas porque, seguramente, nosotros nunca las habríamos hecho. Aceptarlas es el primer paso para evitar que nos domine el sufrimiento, la rabia o la desesperación. No habremos podido evitar el dolor, pero sí el sufrimiento.

Del mismo modo debemos aprender a distinguir entre la realidad como es, la que nosotros vemos y la que nos gustaría que fuese. Los seguidores de dos equipos de fútbol, cegados por el amor a sus colores, verán una misma jugada del partido de formas totalmente opuestas: para unos será penalti y para otros ni siquiera falta. El hecho es el mismo, nuestra percepción es la que cambia, y lo hace movida por todos los fundamentos que tenemos en nuestra forma de ser: genéticos, educacionales, culturales, sociales, religiosos, económicos, etc. Obsesionarnos con querer tener la razón es uno de los mayores absurdos que podemos cometer. Cada uno tiene su razón, como cada uno ve la realidad a su manera, pero ni la razón ni la realidad son como las vemos. Pero eso no debe preocuparnos, porque hay otro factor que puede ayudarnos a manejar nuestras emociones, nuestra respuesta a lo que pasa a nuestro alrededor: su transitoriedad. Todo pasa, todo queda atrás, todo evoluciona… ¿qué seguidor de esos dos equipos recordará esa jugada dentro de quince años?, ¿a quién le importará…?

Una de las herramientas que Vilaseca propone en su libro es la de cambiar la pregunta que nos hacemos cuando nos sucede algo: sustituir ¿por qué ha sucedido? por ¿para qué ha sucedido?. Al hacerlo, estaremos cambiando radicalmente nuestro punto de vista sobre esa situación. En lugar de afrontarlo como algo que nos ha sucedido a nosotros y mortificarnos como víctimas, estaremos viéndolo como una oportunidad de aprender a conocernos a nosotros mismos. Los tibetanos, un pueblo que ha sufrido el genocidio por parte de las autoridades chinas y que sufre el dolor, la injusticia y la barbarie desde hace décadas, no ve a los chinos como enemigos, sino como oportunidades para practicar su paciencia. Por eso no hay odio en ellos, sino compasión, y resistencia, su lucha, es no violenta. El victimismo es la enfermedad más extendida en nuestra sociedad. Es lógico, nos han educado en él desde que somos pequeños: cuando un niño tropieza con una mesa, se cae y llora, no es extraño ver a su padre o a su madre pegando a la mesa delante del niño y diciéndole a la mesa, mientras le dan unos cuantos azotes, “Tonta, mala, has hecho daño al niño”. Es una reacción absurda, pero no inocua: la mesa estaba quieta, no tenía ninguna “culpa”, ha sido el niño el que ha cometido un error y ha chocado contra la mesa, pero con esa reacción, los padres, en lugar de ayudarle, están haciendo de él una víctima, una pobre víctima que ha sido atacada por una cruel y bárbara  mesa. El victimismo hace que siempre culpemos a otro de nuestro dolor, de nuestra insatisfacción o de nuestro sufrimiento. Y eso lo único que hace es que, al depender de otro, no podamos hacer nada para solucionarlo. Nos bloquea. Es una verdadera fábrica de frustrados que se pasan la vida quejándose y culpando a los demás de sus penas en lugar de analizar qué han hecho ellos mal y qué pueden hacer para mejorarlo o para que lo que ha pasado no vuelva a suceder.

Todas las cosas que afectan a nuesro yo más profundo nos son presentadas día y noche como algo externo a nosotros, algo que no podemos cambiar: la felicidad, la seguridad, la libertad, la responsabilidad… Por eso la vida, nuestra vida, está orientada a que no tengamos ni un solo momento para estar en soledad, en silencio, sin hacer nada más que estar con nosotros mismos, escuchando el silencio, aprendiendo a conocernos, a amarnos. Nuestras vidas son una huída de nosotros mismos. Nos tememos porque nos desconocemos. Y nuestro drama es que es imposible amar lo que no se conoce. Ese es el origen de la mayor parte de nuestras frustraciones y de nuestro sufrimiento. El miedo, el terror, a conocernos a nosotros mismos y, con ello, a tomar las riendas de nuestras vidas, a navegar contra la corriente.

Otro de los puntos interesantes que Vilaseca toca en su libro es el de nuestro egocentrismo y el del miedo a vivir nuestro aquí y nuestro ahora. Todo lo que pasa en esta sociedad es analizado desde nuestra perspectiva personal como algo que gira en torno nuestro. Somos el centro del mundo, los demás no importan. Cada uno debe defender sus intereses porque los demás no lo harán por él. En lugar de plantearnos qué puedo hacer yo para mejorar este mundo, lo que hacemos es preguntarnos qué puedo conseguir de este mundo para mejorar mi situación. Y así nos va. Llevamos unas gafas de grueso “yo-mi-me-conmigo” que nos impiden ver la realidad. Y sobre esos cristales tan opacos, encima solemos poner otros que nos hablan de un pasado idealizado que jamás existió o de un futuro maravilloso que no existe y que nos impiden ver lo único que verdaderamente existe: el presente, impidiéndonos vivirlo plenamente. Y cuesta tanto quitarnos los cristales de esas gafas…

Otro libro maravilloso, “Spoon River”, de Edgar Lee Masters publicado en 1915, narra la vida de un pueblo imaginario a partir de las historias que Masters escribe desde los epitafios de las tumbas de su pequeño cementerio, contándonos la vida de cada uno de sus habitantes. Spoon River está repleto de historias preciosas, y tiene una que, precisamente, habla de todo esto. Es la de Ernest Hyden:

“Mi mente era un espejo: veía lo que veía, sabía lo que sabía. En la juventud mi mente sólo era un espejo en un coche que iba a toda velocidad, atrapando y perdiendo fragmentos del paisaje. A través del tiempo, el espejo sufrió grandes arañazos, el mundo de afuera entró y mi ser interior pudo mirar hacia fuera. Éste es el nacimiento del alma en el dolor, un nacimiento en el que se gana y se pierde. La mente ve al mundo como una cosa aparte, el alma lo ase, y el mundo, con ella, es una sola cosa. Un espejo rayado no refleja imagen alguna—Este es el silencio de la sabiduría”

La mente, nuestra mente, es ese espejo, un espejo al que la vida va desgastando a base de arañazos. Pasamos, así, de reflejar todo lo que vemos, de ser absolutamente vacíos, de no tener ni ser nada y limitarnos a reflejar lo que pasa frente a nosotros, a permitir que todo eso vaya pasando a través del cristal, a través de los arañazos que nos ha ido haciendo la vida, para que entre en nosotros y podamos, al fin, dejar que nuestro ser interior, nuestra alma, nuestro verdadero yo, empiece a mirar hacia fuera. Un espejo es algo muerto, sin vida, algo que no es nada si no tiene algo frente a él. Y cuando lo tiene no es más que su reflejo, algo totalmente externo, frío, vacío y yermo. Y nosotros vivimos agazapados detrás de ese espejo, creyéndonos protegidos por nuestras convicciones y certezas que impiden que la realidad, que la vida, nos alcance. Hay quien a lo largo de su vida no sufre ni un solo rasguño, y hay quien antes de llegar a la adolescencia tiene su espejo completamente rayado. Hay quien cuida y limpia ese espejo cada día intentando reparar las rayadas y quien apura el primer rasguño para mirar hacia fuera a través de él. Hay espejos que, a la primera rayada, se rompen en mil pedazos, y los hay que llegan a ser, rasguño a rasguño, cristales limpios, puros y transparentes… Todo depende de nosotros, de lo que de verdad queramos hacer con nuestro espejo, con nuestra vida.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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