Cine/Teatro General

Aki Kaurismäki, porque los perdedores no son los que pierden…

Historias de perdedores, de gente sin nombre, de personas sin pasado y sin futuro, de todos los nadies que, a pesar de los pesares, viven su aquí y su ahora y son, a su manera, felices. Ese es el cine de Aki Kaurismäki, el genial director finlandés que con historias como “La vida bohemia”, “Ariel”, “Yo contraté a un asesino a sueldo”, “La chica de la fábrica de cerillas”, “Un hombre sin pasado” o la más reciente “Le Havre”, es capaz de emocionarnos y de hacernos reír con su particular y único sentido del humor. Sus personajes son personas que no necesitan hablar para contárnoslo todo, lo hacen a duras penas con monosílabos la mayor parte de las veces. Hablan con el silencio, con sus gestos, con sus ojos… Rezuman sabiduría y alegría en este mundo sin sentido que les ha tocado vivir. Viven en la calle, en destartalados contenedores o en bares de barrio donde, día a día y noche a noche, intentan sobrevivir en una sociedad que les margina, como margina a todo el que no puede, o no quiere, ser “productivo” o “fiel consumidor” de todas esas “maravillosas” cosas que nos venden a diario. Están fuera de la rueda, ni creen en ella ni se dejan embaucar por sus “encantos”. Son libres, libres para amar, para vivir y para disfrutar de cada momento de sus vidas. Son capaces de encontrarse, de reconocerse entre ellos, de conocerse y de amarse. También son capaces de trabajar y de hacer realidad sus sueños, pero la sociedad les cierra sus puertas simplemente porque no tienen un nombre o un número de un carnet de identidad. Hoy, no tener nombre o papeles, significa no existir, no ser, pero ellos nos demuestran que la vida, la verdadera vida, está más allá, mucho más allá, de tener un trabajo, una casa o de luchar para pagar una hipoteca. Vivir es amar, y las cosas que verdaderamente importan ni se pueden ni se podrán jamás comprar.

Tras trabajar como cartero, lavaplatos y crítico cinematográfico, empezó, como muchos, haciendo cortometrajes. Tiempo después buscó afanosamente financiación para su primer largo, y, como casi todos, nunca la encontró. Fue entonces cuando decidió unirse a su hermano Mika, también director, para crear su propia productora y sacar adelante sus proyectos: “Al revés que mi hermano Mika, nunca asistí a una escuela de cine: soy autodidacta. Pero cuando empecé a participar en las películas de Mika, era como si ya tuviese el cine en mi mente… Tal vez pensé en hacer cine porque no soy capaz de realizar ningún otro trabajo honesto. Cada día paseaba por las calles de Helsinki intentando conseguir dinero para beber, pero cada vez resultaba más difícil obtenerlo. Entonces nos dijimos: empecemos a hacer películas. Uno de nosotros propuso que escribiéramos un guión, otro preguntó sobre qué, y yo contesté sobre esta asquerosa vida nuestra”

Debutó en el largometraje con una particular adaptación de “Crimen y castigo”, la novela homónima de Dostoyevski. ¿Por qué precisamente con ese tema y con esa obra tan difícil de adaptar al cine?: “Decidí hacerla tras leer el libro de Truffaut sobre Hitchcook, en el que Hitchcook decía que jamás escogería ese libro para llevarlo al cine porque era demasiado difícil. Realmente fue muy difícil, pero ahí está, considerada ya como un clásico del cine finlandés”

La sencillez y austeridad de su estilo narrativo se manifestó desde sus primeros trabajos. Kaurismäki considera que “hay demasiados sonidos en el mundo, demasiado movimiento, demasiadas palabras”. A veces parece dar más importancia al ambiente y a sus personajes que a la trama de la película en sí. Sus personajes son seres inadaptados a este mundo que intentan sobrevivir siempre desde la no violencia. Nunca fuerzan las situaciones, simplemente las viven, se adaptan a lo que la vida les ha puesto en frente, y lo hacen sabiendo transformar el dolor en belleza, el sufrimiento en armonía y el silencio en luz… Ahí está una de las claves de la grandeza de sus películas: su profundo carácter poético. Las películas de Kaurismäki son auténticos poemas minimalistas donde siempre encontramos la belleza, incluso en los páramos más fríos y desiertos de los arrabales de cualquier ciudad europea. Su cine tiene mucho del Chaplin vagabundo y soñador, del Charlot idealista que vive en un mundo que no entiende y que le castiga sin piedad. Su cine es un canto a la soledad de los perdedores, esos que, aunque  a veces sin siquiera saberlo, no son los que de verdad pierden.

De toda su filmografía me gustaría destacar la película “Un hombre sin pasado”. Su trama es sencilla: un hombre que acaba de llegar a la ciudad es atacado salvajemente por unos desconocidos en un parque. Le roban y se ensañan con él. Ese hombre está a punto de morir y pierde la memoria. Se escapa del hospital donde le han llevado y cae desmayado en un desértico lugar del puerto, donde es recogido por unos niños que le llevan al contenedor donde viven con sus padres. Allí le cuidan y se recupera. A través de él conocemos la vida de los marginados, de los sin techo, de los que no tienen nada, de los que lo dan todo, y asistimos a su integración en ese mundo donde solidaridad y generosidad no han perdido todavía su significado ni su vigencia. En ese mundo inicia una nueva vida, se enamora, hace realidad sus sueños… demostrándonos que se puede, y se debe, vivir sin pasado, sin ese absurdo anclaje que nos impide vivir el presente. También nos enseña que se puede vivir sin futuro, porque el futuro no existe. Lo importante es el aquí y el ahora, nuestro aquí y nuestro ahora. “Yo me saqué de encima mi pasado. Sería algo bueno para todos. El pasado es una losa en los hombres, una terrible losa que nos ahoga”, dice Kaurismäki. “Un hombre sin pasado” es, sin duda, toda una lección de amor a la vida.

Su particular forma de ver el cine y la vida se manifiesta en todas sus películas, alguna de ellas (Juha) incluso muda. Su mirada sobre el cine actual es descorazonadora ya que es un enamorado del cine clásico y el que se hace ahora, sobre todo en Estados Unidos, no le interesa nada: “El cine es un negocio difícil. Una catástrofe económica. Seguro que voy a morir joven por culpa de este asunto. Ahora bien, esto era lo que quería cuando era joven y romántico. Hoy ya no soy joven, y tampoco romántico. Sin embargo el cine sigue vivo. No se puede decir lo mismo de la humanidad… Hollywood es una mierda. Ya no tienen orgullo. Lo digo porque todavía amo el cine. Europa no debe mirar a ese lado, porque Hollywood está muerto: no puede ser un referente… Puede que mis películas sean duras, pero yo intento hacerlas tan optimistas como puedo. Es un problema del mundo, no mío… El cine debería tener cada vez menos palabras e imágenes. Si quitas a las personas ya no necesitas los diálogos; la gente habla demasiado sin decir nada. Y si quitas la sombra, aparece la vida… No compito en certámenes porque las películas, el cine, no son una carrera de caballos. Me gustan los festivales, pero no la competición… Tengo mis principios, y entre ellos figura el de que mis pies no pisarán nunca California, y tengo entendido que Hollywood está en California. Cuando tenía cuatro años, la guardería no me gustaba. ¿Por qué debería gustarme ahora que ya paso de cincuenta?… No me interesa el cine que se hace. Solo veo películas antiguas. Antes el 99% de las películas de Hollywood eran malas. Pero había un 1% genial. Ahora solo hay 100% malas. Yo quiero entretener a la gente sin violencia. Antes a gente iba al cine a descansar…”

Suele trabajar siempre con los mismos actores: “ ¿Le preguntaban a John Ford por qué siempre trabajó con John Wayne? ¿Por qué cambiar de actores si son buenos? Me gustan mis actores, con ellos solo me basta silbar” Algunos de sus actores han comentado lo importante que es llevarse bien aprendido el guión al set de rodaje ,porque no es un director de más de dos tomas por plano: “Yo tengo dos métodos de trabajo, Si tengo guión, lo sigo. Y si no, improviso. Nadie más puede improvisar, ni el cámara ni los actores, solo yo”

Uno de los protagonistas destacados de todas las películas de Kaurismäki es la música. Adora el rock de los primeros tiempos, el Rhythm & Blues, y suele incluírlos, de una forma u otra, en las tramas de sus películas. No en vano creó un grupo totalmente surrealista, los Leningrad Cowboys, con zapatos de punta y tupés infinitos, para hacer un corto que, poco después, dio lugar a dos largometrajes con algunas de las secuencias más hilaranrtes de la filmografía de Kaurismäki 

Su última película, “Le Havre”, es un delicioso canto a la humanidad donde, a través de la figura de un chaval subsahariano que, en su viaje clandestino a Londres, es abandonado por error en la ciudad portuaria de Le Havre, asistimos a una historia donde valores como amistad, amor o solidaridad nos muestran todo su significado. El chaval es recogido por Marcel Marx (prodigiosamente interpretado por André Wilms), que le esconde y protege mientras le ayuda a preparar la continuación de su viaje a Londres. La elección del personaje de Marcel Marx y de André Wilms no son arbitrarias. Fue uno de los personajes de “La vida bohemia”, dirigida por Kaurismäki 30 años antes. Es un guiño a aquella película y a sus seguidores, un guiño que, según el propio Kaurismäki, es una especie de brindis al sol porque, como él reconoce, “ es un guiño a una película que no vio casi nadie, desde otra película que tampoco verá casi nadie…” Esta vez el personaje de Marcel Marx, un intelectual que hace treinta años intentaba abrirse paso en el difícil mundo de la literatura, es ahora un limpiabotas callejero. No es un escritor venido a menos, sino un soñador que ha elegido vivir en la calle. Es una opción de vida.

“Le Havre” nos haba de los submundos de la inmigración ilegal, de esos centros de internamiento de extranjeros que son los nuevos campos de concentración de la civilizada Europa. Kaurismäki sabe bien de lo que habla, él mismo es un emigrante que huyó del frío y el aburrimiento de su Finlandia natal para venir a vivir al Sur, a Portugal, donde vive desde hace 20 años: “Europa no está reaccionando a un problema gigantesco: la inmigración, que no solo afecta a zonas más obvias como Italia, Grecia o España. Estamos atontados. África está marcada por unas fronteras falsas gracias a Reino Unido. De aquellos polvos vienen estos lodos. Los políticos viven acunados en sus Mercedes, sus vuelos privados… No es que merezcamos mejores políticos, es que los buenos ya estuvieron y no volverán. Ahora solo les interesa el dinero y el poder. La corrupción, más que crematística, es mental…”

Su compromiso político siempre ha sido muy claro. Renunció a ir a Los Ángeles a la ceremonia de los Oscars cuando “Un hombre sin pasado” fue nominada a mejor película en habla no inglesa, porque no quería visitar un país que estaba en guerra, y renunció también a ir al Festival de Cine de Nueva York al enterarse de que el gobierno de George Bush Jr. había negado la entrada en el país al director iraní Abbas Kiarostami: “Yo estaba en el aeropuerto, con mi billete en la mano, cuando me enteré de que le habían negado la entrada a Kiarostami, una de las personas más pacíficas del mundo, así que pensé que si no querían dejar entrar a un director iraní ¿para qué querrán dejar entrar a uno finlandés? Prefiero no ir a los sitios donde no me quieren”. Kaurismäki siempre ha protestado por la situación de los presos extranjeros en EEUU tras los atentados del 11-S, y contra la política exterior norteamericana.

La visión libertaria de Kaurismäki se hace cada día más necesaria en un mundo que margina y sacrifica a los que no le son rentables, a los que no se integran, a los que se atreven a nadar contra la corriente y a despreciar los valores sobre los que se basa el sistema. Viendo sus películas, esas deliciosas historias llenas de humor y de esperanza de seres aparentemente tristes y fríos que habitan los desolados parajes de los vertederos del primer mundo, entendemos que los que verdaderamente pierden no son los perdedores cuyas vidas nos cuentan, sino los aborregados gregarios que buscan inútilmente la felicidad dentro del sistema.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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