Cine/Teatro General

Steve McQueen, porque la vida es más, mucho más, que una huida

Nadie como él ha sabido proyectar la imagen del solitario, del castigado por la vida, del hombre duro y tierno, y, por encima de todo, del hombre libre e independiente. Esa imagen le valió el apodo de The King of cool. Vivió la vida devorando cada instante, disfrutando de cada momento como si fuese el último. Tuvo dos grandes pasiones: las mujeres y la velocidad. Todos le recordamos por sus papeles en películas como “Los siete magníficos”, “El Yang-tse en llamas”, “La gran evasión”, “Bullit”, “El rey del juego”, “El caso de Thomas Crown”, “El coloso en llamas” o “La huida”. Él hizo que su vida fuese más, mucho más, que una huida. Su cuerpo murió a los 51 años. El no lo hará jamás. Se llamaba Steve McQueen.

Si quieres “The windmills of your mind”, de Noel Harrison, tema principal de la B.S.O.de la película “El Caso de Thomas Crown” protagonizada por él puede ser una buena compañera para este viaje.

Nació en Beech Grove, Indiana, en 1930. Nunca conoció a su padre. Le había abandonado poco antes de nacer. Se educó con un tío en Missouri hasta que, harto de su carácter rebelde, le envió a vivir con su madre a Los Ángeles. Tenía doce años. A los catorce su madre le internó en un reformatorio del que poco después se escapó. Vagabundeó sin destino y sin un duro trabajando como marinero, estibador, leñador o camarero hasta que, con diecisiete años, se alistó en los Marines, donde permaneció tres años. Tras dos años sobreviviendo con cualquier trabajo que le caía entre manos, a los 22 decide dar un cambio radical a su vida. Es entonces cuando toma la decisión de ser actor y se presenta a las pruebas del Actor´s Studio de Nueva York. Aquel año se presentaron más de dos mil solicitudes para entrar. Solo entraron dos: Martin Landau y Steve McQueen.

En 1953 trabaja como extra esporádicamente en alguna película. De aquellos años él siempre recordó que lo de actuar no le satisfacía demasiado (siempre admitió que su mayor interés por ser actor era la posibilidad que aquella profesión le ofrecía de ligar) y que actuando se sentía realmente incómodo. Más tarde modificó su manera de ver su trabajo interpretativo llegando a decir que nunca llegaría a ser todo lo buen actor que le hubiera gustado ser, pero que, aún así, llegaría a ser bueno. En 1955 consiguió el que fue su primer y único papel en el teatro, en Broadway. Sustituyó a un joven Ben Gazzara en la obra “Hatful of rain”. A partir del año siguiente empieza a realizar papeles capitulares en series de televisión y pequeños papeles de reparto en alguna película, como en “Marcado por el odio”, protagonizada por Paul Newman, con el que coincidiría protagonizando casi veinte años después “El coloso en llamas”. Entre 1958 y 1960 empieza a hacerse conocido gracias a su papel en la serie televisiva “Wanted: Dead or Alive”, lo que facilita que, en 1960, consiga uno de los papeles que impulsaron definitivamente su carrera cinematográfica en la película “Los siete magníficos”.

McQueen tenía una presencia ante la cámara que lo acaparaba todo. La cámara le amaba como ha amado a muy pocos. A pesar de eso, durante el rodaje de “Los siete magníficos”, estaba harto del trato preferente que le daban a Yul Brynner, el calvo ese, como le llamaba McQueen, que siempre tenía el caballo más alto, la pistola más grande y todos los primeros planos. Por eso, a pesar de su poderosa presencia escénica, McQueen se dedicó a “robarle” todas las escenas que pudo, arte en el que llegó a ser un consumado maestro. Un clásico del robo de escenas es uno de los planos iniciales de la película en el que va junto a Brynner en una carreta. Brynner lleva las riendas de la carreta y a su lado, en el lado más alejado de la cámara, va McQueen. Cualquier otro actor habría pasado totalmente desapercibido tras la imponente calva de Brynner en primer término encendiéndose un puro. Pero no Steve McQueen que durante la escena, en la que simplemente tenía que cargar su escopeta, se dedicó a hacer extraños movimientos con los cartuchos, como si escuchara lo que tenían en su interior o estuviera comprobando vete a saber tú qué, atrayendo inevitablemente la atención del espectador.

La década de los sesenta le consolidó definitivamente como una estrella de cine. Su papel en “La gran evasión”, en 1963, es el que le colocó en lo más alto de la profesión. Su pasión por los coches y las motos (tomó parte en muchas competiciones y estuvo a punto de abandonar su carrera como actor para ser piloto de carreras), le impulsaba a rodar personalmente todas las secuencias de acción y de persecuciones en las que intervenía. Nunca se dejó doblar a bordo de un coche o de una moto. La escena de “La gran evasión” en la que intenta escapar con una moto de los soldados alemanes por unos prados llenos de altas alambradas que salta con la moto, se ha convertido en un clásico de las escenas de acción. La rodó conduciendo él la moto. Para él, los especialistas, sencillamente, no existían. Otra de las secuencias de persecuciones más famosas de la historia del cine es la de la película “Bullit”, en la que McQueen en persona conduce un Ford Mustang a toda velocidad por las calles de San Francisco. Para él la competición lo era todo: “ No sé si soy un actor que pilota, o un piloto que actúa. Pilotar es mi vida. Cualquier cosa anterior o posterior no es más que una espera”.

En 1972, rodando “La huida”, conoce a Ali MacGraw, de la que se enamora locamente. Se divorcia de la que había sido su mujer durante dieciséis años para casarse con ella. En 1974, tras rodar “El coloso en llamas” junto a Paul Newman, se retira del cine. En 1978 se divorcia de Ali MacGraw y vuelve a ponerse frente a la cámara. Es en aquellos años cuando se siente más atraído por la dirección cinematográfica, algo que jamás llegó a hacer ya que murió dos años después, en 1980, rodando una película cerca de Ciudad Juárez, en Méjico, adonde había ido para que, como última esperanza, un curandero del que le habían hablado intentase curarle del cáncer de pulmón que acabó por matarle. Pocos meses antes se había casado con la que fue su última mujer.

Pocos actores tan carismáticos como McQueen podemos encontrar en la historia del cine. Hiciese el papel que hiciese, rodase la secuencia que rodase, siempre conseguía que el espectador se sintiese identificado con él. Era un tipo duro, sí, pero humano, muy humano. Como él mismo decía “ no sé qué tienen mis ojos de perro apaleado que hacen que la gente crea que soy bueno”. No sé si fue gracias a sus ojos o no, pero lo cierto es que fue uno de los mejores. En los últimos años de su vida desarrolló su vertiente más espiritual y mística, y más de una vez manifestó también su intención de cambiar definitivamente la interpretación por la dirección. El tipo sensible y solitario que vivía en su interior le ganaba día a día la partida al duro e independiente que aparentaba ser.  La muerte, esa muerte con la que él tantas veces había jugado a lo largo de su vida, no quiso darle esta vez una nueva oportunidad.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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