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Djivan Gasparyan, la melancólica voz de la libertad

¿A qué suena la libertad?, ¿Cuál es su voz? No es un grito, ni un susurro, sino un gemido del alma, un gemido melancólico, austero y sencillo que, traspasando todas las fronteras, es capaz de hablar todas las lenguas, habitar todos los corazones y dar vida a todos los sueños. A veces, la música da voz a la libertad. Eso es lo que pasa con la música de Djivan Gasparyan, el maestro del duduk armenio, esa especie de oboe que, nacido más allá del tiempo y del espacio, vuela con el viento para traernos el anhelo de libertad de todo ser humano. Ha sido Gasparyan quien ha convertido ese instrumento de pastores de la lejana Armenia en un instrumento solista universal, capaz de expresar todos los sentimientos del alma humana. El talento y la sensibilidad de Gasparyan hacen de él no solo un maestro del duduk, sino un maestro de la vida.

Nacido en 1928 en un pequeño pueblo cerca de la capital, Yerevan, en el seno de una familia humilde, cuando tenía seis años se trasladó a vivir a la ciudad. Su pasión era el cine, un cine mudo que, en las repúblicas soviéticas, era acompañado musicalmente no con un piano, como se hacía en Occidente, sino con los instrumentos musicales locales. Para él cine y duduk son una misma cosa. Los grandes maestros del duduk tocaban en bodas y en funerales, pero subsistían tocando en los cines, acompañando las aventuras en blanco y negro que Djivan quería vivir. Uno de aquellos maestros,  Magar Magaryan, al ver el interés del pequeño Djivan por el duduk, le regaló uno. Djivan se encerraba a tocarlo desde la mañana a la noche. Nadie le enseñó. No le hizo falta aprender música. La música salía de su alma. Tiempo después, fascinado oyéndole tocar, Magaryan le regaló un duduk de mucha más calidad.

Cuando tenía trece años, murió la madre de Djivan y a su padre le enviaron a luchar en la segunda guerra mundial. Se crió como un huérfano recorriendo las calles con su duduk para ganar algo con lo que poder alimentar a sus dos hermanos menores. Su talento natural y una sorprendente memoria fotográfica para recordar las melodías hicieron de él un virtuoso. En efecto, a Gasparyan le basta con escuchar una sola vez un tema musical para poder interpretarlo e improvisar sobre él. Aquel joven músico callejero dio su primer recital en solitario a los diecinueve años. En 1948 fue invitado a participar en un festival musical de la juventud presidido por Stalin. Los cinco mejores grupos fueron invitados a tocar en una cena ante el Politburo en pleno. Como premio le dieron un reloj con su nombre grabado que vendió inmediatamente para tener algo que llevarse a la boca.

En aquellos años entra en contacto con el Mugham, un tipo de música muy antiguo que combina notas y escalas y permite a los intérpretes improvisar libremente en sus composiciones. Hoy son pocos los músicos que saben tocar Mugham, y principalmente se encuentran en Azerbayán, Turquía e Irán. En 1948 le invitaron a hacer una prueba para entrar en el Ensemble de Tatul Altunyan, uno de los más conocidos de la época dedicado a la música armenia. En cuanto le escucharon le admitieron, pero no había tiempo para ensayar. Le contrataron un martes, ensayó el viernes y el sábado y el domingo ya dio su primer concierto con todo el repertorio incluido. Su memoria fotográfica para las melodías permitió que se obrara aquel milagro. Permaneció en aquel grupo durante 25 años hasta que, con 52 años, lo abandonó para estudiar música en el conservatorio Komitas, donde, tras graduarse, acabó siendo profesor de duduk.

A lo largo de su vida han sido muchos, innumerables, los premios que ha recibido: la medalla de oro al mejor músico armenio en 1956, cuatro medallas de oro en concursos organizados por la UNESCO, un premio WOMEX, un Globo de Oro, y la nominación al Grammy en 2007. Aunque el premio que más ilusión le hizo fue ser nombrado “Músico del pueblo” por el gobierno armenio.

Nadie sabe, ni siquiera él mismo, quién ha hecho famoso a quién, si él al duduk, o el duduk a él. Lo cierto es que su música ha enamorado a todo tipo de músicos del mundo entero que han querido tocar con él: Peter Gabriel, Sting,  Brian Eno, Michael Brook, Andreas Wollenweider, Lionel Ritchie, Nusrat Fatih Ali Khan, Ludovico Einaudi, Brian May, el guitarrista de Queen, o Hans Zimmer, con quien compuso alguno de los temas de la banda sonora de la película Gladiator, entre otros.

Gasparyan concibe la música como un todo capaz de llegar a lo más hondo del ser humano. Esa visión mística de la música y de la vida le ha llevado a fusionar la música del duduk con el jazz, el rock, la música clásica, el flamenco… “ Me gusta la música clásica, el jazz, y disfruto mucho escuchando otros estilos de música si están bien interpretados. Hay quien considera que el duduk no debería mezclarse con otros tipos de música. ¿Por qué no debería incluirse el duduk en las orquestas sinfónicas? Dicen que una persona es más rica cuanto más comparte con los demás. Lo mismo pasa con el duduk. Mi idea es que el duduk puede abrir nuevos proyectos, nuevas aventuras, y mezclarse con otros tipos de música. Mi sueño es que nuestro instrumento tradicional armenio, como el violín, la guitarra o el piano, pueda ser tocado en todo el mundo y no solo por armenios”

A sus 84 años, Gasparyan sigue ensayando varias horas diarias con la misma ilusión que cuando era un niño. Ama el duduk, y el duduk es su vida. Consciente de que el futuro de este instrumento, como el de todas las cosas, pasa por abrirse a los demás y no encerrarse en sí mismo, es plenamente coherente con su pensamiento y busca nuevos caminos cada día. Su hija ha comentado en más de una ocasión que jamás le ha oído repetir una interpretación, buscando siempre expresar algo nuevo, algo auténtico que le salga de lo más hondo de su alma. Aquí le tienes interpretando el célebre Adagio de Albinoni.

El tema que tienes en el siguiente video, interpretado por Zara, una cantante armenia, y Gasparyan, tiene un significado muy especial. Se llama Dle Yaman, y es una canción tradicional armenia que fue recogida por el músico Komitas Vardapet (1869-1935), fundador de la  música clásica armenia moderna. Komitas fue condenado a muerte por los turcos durante el genocidio armenio, pero la presión internacional y de los intelectuales consiguió que le perdonasen la vida. Sin embargo, todos sus seres queridos fueron asesinados en aquel genocidio y él jamás pudo recuperarse de la conmoción emocional que sufrió. El dolor le volvió loco. Murió en un hospital psiquiátrico. Desde entonces, el pueblo armenio le rinde homenaje a él y a todos los que cayeron con esta canción.

Gasparyan ha defendido siempre su compromiso político con la justicia y con la libertad. Ama a Armenia, su país, como el que más, y por eso siempre lo ha defendido desde la no-violencia. Cuando Armenia invadió a su vecino Azerbayán a causa del conflicto de Nagorno-Karabagh, Gasparyan incluyó en su repertorio las composiciones de Alim Qasimov, el músico azerbayano por excelencia. El tema del segundo video de esta entrada (Remember me) es de Qasimov. Y del mismo modo ha colaborado siempre con músicos turcos, como Erkan Ogur, a pesar de que el imperio otomano fue el autor del genocidio del pueblo armenio en 1915, que causó más de un millón y medio de muertos. Para Turquía el tema del genocidio armenio sigue siendo tabú un siglo después. Sobre lo latente de este conflicto no hay más que ver la furibunda reacción que estos días está teniendo el gobierno turco contra Francia por haber aprobado una ley que prohíbe negar la existencia del genocidio armenio a manos de los turcos. Gasparyan perdió a su abuelo en aquel genocidio, pero su postura no violenta es meridianamente clara: “No puedo responsabilizar a la gente de hoy por lo que pasó hace cien años. No todos los turcos son asesinos. Como en cualquier parte del mundo, también hay mucha gente buena en Turquía”.  En el año 2000, tras varios intentos fallidos por culpa de las pegas administrativas que le imponían as autoridades turcas, Gasparyan tocó por primera vez en Turquía. “Mi actuación fue como invitado dentro de un concierto de Andreas Wollenweider. Antes del concierto nadie sabía quienes tocarían además de Wollenweider. Cuando mi nombre fue anunciado se produjo un momento de silencio impresionante, que precedió a uno de los aplausos más intensos que he recibido en mi vida”. La respuesta de Gasparyan fue grabar un disco en Estambul con Erkan Ogur. Aquí tienes uno de los temas que tocaron juntos.

La relación de Gasparyan con el cine ha sido muy estrecha. El cine le dio el duduk, y él le ha dado al cine composiciones que forman parte de su historia, colaborando en las bandas sonoras de películas como Dead Man Walking, Doctor Zhivago, Gladiator, The Crow, Russia House, etc. Su inquietud y su sensibilidad como ser humano le han llevado a apoyar todas las causas que cree justas, desde festivales para recaudar fondos contra el Sida, al homenaje a Nelson Mandela que se le rindió en Hyde Park, Londres, el 27 de junio de 2008 con motivo de su 90 aniversario. Aquí le tienes tocando en aquel homenaje junto a otro maestro del duduk: su hijo. La voz del duduk seguirá sonando mientras quede en la tierra un solo ser humano que ansíe la libertad.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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