Cine/Teatro General

Teatro Tribueñe, sueño, utopía y realidad

Hay muchas formas de entender el teatro: como arte, como un trabajo, como un acto cultural, como un entretenimiento, como un evento social … pero solo hay una de vivirlo de verdad: amarlo sin límite. Eso es lo que hace Teatro Tribueñe: amar el teatro. Solo quien entiende que el teatro es un compromiso con la vida y con uno mismo, y un acto de amor con los demás puede hacer lo que hacen ellos: regalarnos cada semana la experiencia de vivir algo maravilloso y único que, en este mundo que nos ha tocado vivir, está en serio peligro de extinción. No en vano una de las obras del repertorio de esta compañía es “El Jardín de los cerezos”, ese formidable canto a un mundo y a un estilo de vida que desaparecen porque no pueden sobrevivir a la presión de los tiempos que vienen, tiempos regidos por conceptos como prisa, beneficio, especulación o egoísmo, y donde valores como belleza, poesía, calma o compromiso ya no tienen cabida. Pero, a diferencia de la mayoría de montajes de El jardín en los que se rinde culto a la dignidad de la pérdida, a la nostalgia de lo perdido, el montaje de Tribueñe, como el propio espíritu de Tribueñe, se centra en lo que los personajes, los componentes de Tribueñe, no están dispuestos a perder: su identidad, su necesidad de amar y de ser amados, y su inquebrantable convencimiento de que vivir es dar. Solo así se entiende que pueda existir una compañía estable de repertorio formada por una decena larga de actores que cada fin de semana representa tres obras (“Ligazón”, de Valle-Inclán, “La casa de Bernarda Alba”, de García Lorca y “El jardín de los cerezos”, de Chejov) en una sala cuyo aforo no llega a las ciento cincuenta localidades. No viven del teatro, sino para el teatro. Esa es la grandeza de su compromiso, de su amor al teatro: vivirlo y hacérnoslo vivir. Asistir a cualquier representación de esta compañía es una experiencia única, una inmersión en un universo poético donde todo es posible. La propia sala Tribueñe tiene una atmósfera especial que te sumerge en un universo donde solo caben la poesía, la belleza y la verdad. Allí, sentado junto al centenar de privilegiados espectadores que han conseguido su entrada para esa tarde, te sientes como un auténtico voyeur, un silencioso mirón que se adentra furtivamente en las paredes cerradas de la casa de Bernarda Alba o paseando por ese inmenso jardín de los cerezos que el mal llamado progreso está a punto de talar. Ante ti pasa todo, vive todo, muere todo… en ese sublime canto a la vida que es el teatro.

Existe el teatro público, sí, y también el teatro comercial. Malvive el alternativo en estos tiempos de crisis y recortes. Son muchas las compañías y los proyectos que cada día mueren en este sacrosanto país nuestro de peineta, fútbol y pandereta. Pero allí, en medio de ese océano atractivo y misterioso que es atreverse a vivir poéticamente la vida, sobrevive Tribueñe, esa pequeña balsa donde, cada día, un grupo de actores/náufragos hace que el milagro de ofrecer esta comprometida forma de entender la vida y el teatro, sea posible. Hay temporales y galernas a su alrededor, sí, pero ellos son buenos navegantes conscientes de que lo importante no es el destino, sino el viaje, de que hay una Ítaca que les ha hecho el regalo de hacerles partir y de la que no deben esperar nada, y de que también hay una Utopía que cada día les impulsa a seguir navegando y a la que deben, porque quieren, entregarlo todo. Tribueñe es Ítaca, pero sobre todo es Utopía, porque Tribueñe es Chejov, es Lorca y es Valle-Inclán, ese Valle-Inclán que amargamente advierte: “ He asistido al cambio de una sociedad de castas y lo que yo vi, no lo verá nadie. Soy el historiador de un mundo que acabó conmigo. En este mundo que presento de clérigos, mendigos, escribanos, putas y alcahuetas, lo mejor con todos sus vicios eran los hidalgos, lo desaparecido. Mi obra viene a reflejar la vida de un pueblo en desaparición. Mi misión es anotarlo antes de que desaparezca”

Son muchas, desde luego, las cosas que destacan de esta forma de hacer teatro, pero hay una que impacta profundamente: las imágenes que, una tras otra, van sucediéndose ante el atónito espectador que, boquiabierto, se siente un marinero más de esa nave, esa Argos renacida, que con pulso firme y rumbo cierto sabiamente dirige Irina Kouberskaya. El inicio, por ejemplo, de El jardín de los cerezos es un canto poético al inexorable paso del tiempo y de la vida. Sobre un apenas casi iluminado escenario azul en el que vemos una solitaria vía de tren y escuchamos el eterno fluir de la vida de cualquier vieja estación, todos los personajes, sombras de ellos y de nosotros mismos, van deambulando a cámara lenta portando sus maletas en una cadenciosa danza en la que se entrecruzan sus caminos y sus vidas. Es poesía, esencia teatral, en estado puro. Y qué decir de la magistral simpleza escenográfica en la que unos simples remos de madera pintados de blanco que se clavan en lo que antes fueron las maletas, nos muestran el inmenso paisaje del jardín. No le preguntes al espectador por los remos. Te dirá que allí solo había cerezos. Los personajes mueven remos y maletas y nos transportan del jardín a la casa, de la casa a la estación, de la estación a ese no lugar donde habitan los sueños, todos los sueños…

Es maravilloso ver cómo se puede crear tanto con tan poco. Austeridad y sobriedad jamás han sido sinónimos de pobreza. Solo la mente del necio o del avaro puede concebirlos como tales.  Y en el particular idioma de Tribueñe significan esencia y belleza. Todo en el teatro de Tribueñe está orientado a dar vida al texto y a los personajes. Incluso una puesta en escena barroca como la de su Casa de Bernarda Alba, está construida sobre la elegante belleza de lo sencillo. Lorca nunca llegó a ver representada su Bernarda Alba. No me cabe duda de que le habría encantado ver este montaje donde su texto permanece intensamente vivo inmerso en una esplendorosa sucesión de poderosas imágenes de la España más profunda donde encontramos todos los mitos y los símbolos que nos hacen ser quienes somos.

La Sala Tribueñe nace en 2003 en el barrio de Ventas, en Madrid, en lo que anteriormente había sido una ferretería, de la mano de Hugo Rodríguez de la Pica, un joven humanista que ha dedicado su vida a navegar en las procelosas aguas del folclore español, de la canción popular, del baile y del teatro, y de Irina Kouberskaya, actriz y directora teatral rusa afincada en nuestro país desde principios de los setenta y que ha colaborado con el TEI (Teatro Experimental e Independiente), el TEC (Teatro Estable Castellano), la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático) y con el Laboratorio de William Layton. Los tres montajes que tienen actualmente en su repertorio han conseguido los premios Ciudad de Palencia a la mejor dirección (Ligazón en 2007 y La casa de Bernarda Alba en 2011), y El jardín de los cerezos los premios a la mejor dirección, mejor interpretación (Irina Kouberskaya) y mejor compañía en el Festival Internacional de Teatro de Chéjov en Yalta, ciudad natal del dramaturgo.

Pero decir Tribueñe no es solo hablar de una maravillosa Sala de teatro o de una formidable compañía teatral, sino de un modo especial de concebir y de vivir el hecho teatral. Todas las personas que están involucradas de una forma u otra en Tribueñe viven el teatro de forma generosa, comprometida, con absoluta dedicación y entrega. Llevan años juntos, compartiendo esta experiencia vital, y eso se nota en el escenario y en todo lo que hacen. Tienen una forma parecida de entender la vida, tanto la espiritual como la más próxima y terrenal, una forma que ellos definen claramente en estas palabras: “El aprendizaje de nuevos lenguajes, de nuevas lecturas de textos ya consagrados y de otros por descubrir, es uno de los motivos que nos mueve en el diseño de la programación. El desconocimiento del ser humano en sus facetas biológicas y genéticas nos motiva a trabajar desde la dimensión poética; antes de su dimensión tecnificada, antes de la domesticación de la vida, aceptar el reto del impulso creativo.

“La fascinación por vivir en cada instante “la enorme alegría de crear” que decía Lorca, el mundo de la inspiración como estado revulsivo y vital, es nuestro leitmotiv. El estudio de la mitología, el universo de los símbolos, el sentido antropológico como el punto de unión de la diversidad cultural son algunos de los puntos de inflexión de nuestra propuesta.

“ Es, en definitiva, el desarrollo de la sensibilidad en un entorno hostil lo que constituye nuestro credo. Defender los susurros poéticos para comprender a aquellos artistas que apuestan por abrir un paréntesis a la sensibilidad. Convocamos en una disponibilidad encendida para estar a la altura de la llama de los poetas y tender hacia un Hombre Poético, hacia un Teatro Poético…”

¿Y qué sabe la poesía de mapas o fronteras? En este precioso viaje hacia el universo poético, hacia la concepción poética de la vida, Tribueñe no solo nos acerca a nuestro teatro, sino que sale de gira por Yalta o San Petersburgo a mostrar a públicos cercanos a nosotros que, sin embargo, viven a miles de kilómetros de aquí, el teatro de Lorca o de Valle. Es una experiencia fascinante. Y el resultado, no podía ser de otra manera, es espectacular: “Lo desconocido es otro nivel de libertad del pensamiento… Iba a ver una farsa y me encontré en un templo… No existe dramaturgia como esta en Rusia, ni semejante tradición teatral, ni actores para interpretar este género. Por eso creo que Irina Kouberskaya ha hecho casi un imposible, trayendo para el público ruso este mundo inmenso, intenso y absolutamente desconocido…” (Petersburgo Teatral, Irina Mitrievskaya).

“Mi trabajo como directora consiste en denunciar la pertinaz existencia de la maldad y los espejos cóncavos que la sociedad pone delante de los seres humanos, para que se vean perversos, feos, esperpénticos, falaces y faltos de la mínima dignidad…” nos dice Irina Kouberskaya. Su amor al teatro no se limita a llevar la dirección artística de la sala Tribueñe, a dirigir la compañía o a actuar en ella, sino que también imparte cada año un curso de interpretación abierto a todo aquel que quiera asistir. Entre enero y mayo, todos los miércoles, da clases en dos grupos, uno por las mañanas y otro por las tardes. Entre la veintena de alumnos puedes encontrar a actores profesionales, músicos, bailarines o a personas que nunca se habían aproximado al mundo de la interpretación. Irina es capaz de sacar de cada uno de ellos todo lo que lleva dentro. Y, fiel a su filosofía, el precio de esos cursos, como el de las entradas de su sala, está al alcance de cualquier bolsillo, en un ejemplo más de que Tribueñe no vive del teatro, sino para el teatro. Si quieres tener la experiencia de adentrarte con ellos en ese maravilloso viaje hacia el universo poético que es Tribueñe todavía estás a tiempo, la matrícula está abierta… Allí nos veremos.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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