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Raimon Panikkar, la eternidad que vive en cada instante…

Hizo de su vida un viaje de encuentro, de diálogo y de sabiduría, un viaje del que “salí cristiano, me he descubierto hindú y regreso budista, sin dejar por ello de ser lo primero”. Científico, filósofo y teólogo, siempre tuvo conciencia de que cualquier conocimiento basado en la especialización, en dividir en partes la realidad, era inútil porque pertenecemos, formamos parte de un Todo. Para él, “aquello que llamamos progreso científico no es otra cosa que la proliferación de disciplinas especializadas que se escinden cada vez más para iluminarnos cada vez menos.” Entendía que “la sabiduría es armonía personal con la realidad, unión con el ser, Tao, Dios, nada…” y que para encontrarla lo que hay que hacer es no buscarla, sino dejar que nos encuentre, no ponerle obstáculos, o más aún, “comportarnos de tal manera que simplemente dejemos que la sabiduría sea, que sea ella misma, tanto si nos busca como si no.” En esa visión integral e integradora de la vida, Raimon Panikkar entendía que la filosofía era tanto sabiduría del amor como amor de la sabiduría, porque el amor verdadero es espontáneo, no tiene un porqué, ya que en el momento en que podemos explicar el amor, dar una razón del amor, deja de ser auténtico amor. Firme defensor de la meditación, la lectura, el silencio y el diálogo, vivió la mayor parte de su vida sin leer un periódico, escuchar la radio o ver la televisión, para poder escuchar la voz de los sin voz, el pulso mismo de la realidad. Tras haber pasado gran parte de su vida en India y como profesor universitario en EEUU, se retiró a vivir a un pequeño pueblo del prepirineo de Gerona llamado Tavertet, donde murió el año pasado.

Si quieres, la versión del Gayatri Mantra de Deval Primal puede ser una buena compañera para este viaje:

Tuve la fortuna de conocerle, aunque por desgracia muy brevemente, en Tavertet. Todo en él irradiaba paz, alegría, amor y serenidad. Cuando hablabas con él te hacía sentir que, en aquel momento, para él, tú eras lo más importante del mundo. Nunca tenía prisa, siempre encontraba tiempo para todo y para todos,  y vivía permanentemente dispuesto a dejarse sorprender por la realidad de cada instante. Le encantaba jugar con la etimología de las palabras, consciente como era de la enorme importancia de la palabra. Hablaba perfectamente casi una decena de lenguas y había profundizado mucho en el conocimiento de sus raíces y sus tradiciones. De padre indio y madre catalana, en él se conjugaba el equilibrio entre Oriente y Occidente, entre la visión lineal de la vida  y la circular. Por eso pocos tan adecuados como él para propiciar el diálogo intercultural e interreligioso, del que era un firme defensor: “Cuanto más nos atrevemos a caminar por nuevos senderos, más necesitamos estar enraizados en la propia tradición y abiertos a las demás, que nos advierten que no estamos solos y que nos permiten alcanzar una visión más amplia de la realidad”

Oírle hablar, escucharle, era un privilegio. Ameno como pocos, y erudito como el que más, sin embargo sabía adaptar su lenguaje a cada nivel de interlocutor que tenía frente a él. Ser consecuente consigo mismo y con sus creencias era su seña de identidad, una seña que él definía muy bien cuando decía “mi aspiración no consiste tanto en defender mi verdad como en vivirla” . Una vez alguien le preguntó dónde encontraba su identidad y él contestó: “Perdiéndola, no buscándola, no queriéndome aferrar a una identidad que aún no está realizada y que no se puede encontrar, desde luego, en el pasado, porque sería la copia de algo viejo. La vida es riesgo;  la aventura es novedad radical; la creación se produce todos los días, algo absolutamente nuevo e imprevisible…”

Jamás le olvidaré respondiendo a uno de sus alumnos que le había preguntado por lo que tenía que hacer para encontrar la iluminación, esa luz de la que Panikkar tanto hablaba: “No buscándola. Si estuvieras en el espacio, a medio camino del Sol y de la Tierra, no verías los rayos del Sol. ¿Significaría eso que los rayos del Sol no existen? No, sabes perfectamente que llegan a la Tierra, aunque desde esa posición tú no puedas verlos. Con la iluminación pasa exactamente lo mismo. Por mucho que la busques no la verás, pero no porque no la veas ha dejado de existir. Prepárate para dejarte iluminar, no te escondas tras ningún obstáculo…”

He querido que sea la palabra del propio Panikkar la que hable en esta entrada. Por eso he seleccionado algunas de sus respuestas en varias entrevistas que le hicieron (dos del periódico La Vanguardia y otra que le hizo Cristina Carrillo de Albornoz) en las que se refleja perfectamente su manera de ver y de vivir la vida:

Hoy es el último día del milenio. Esta noche mucha gente estará triste.

Pues no debería: el nuevo milenio. El nuevo año, el nuevo día. Es una nueva oportunidad.

¿Para tener buenos propósitos?

No, para darse cuenta de que, quien no vive el asombro y el milagro de cada día, no vive.

¿Por qué cree que tropezamos continuamente? ¿Hay algo que no entendemos?

¿Por qué queremos entenderlo todo?

Buena pregunta.

El amor no se entiende, no tiene porqués. Debernos vivir en lugar de controlar. Hace falta una mutación radical, pero para transformar nuestra vida necesitamos un coraje que no tenemos, por eso sufrimos.

¿Cómo empezar esa transmutación?

Entendiendo que lo más extraordinario es lo ordinario.

¿Nos falta esperanza?

Proyectamos la esperanza en el futuro y está en el presente. La esperanza es descubrir esa dimensión invisible, misteriosa y bella, de cada momento. Hay que profundizar.

Y usted, ¿cómo la descubrió?

No fue ningún tipo de revelación. Poco a poco la vida se te muestra tal como es. Hay que detenerse para descubrir que en cada momento está escondida la eternidad.

El miedo a detenerse, ¿es miedo al vacío?

Sí, y hay que comprender que el vacío es lo que nos permite llenarnos a cada instante. Esta es la gran lección del budismo: vacío y plenitud son facetas de la misma realidad.

¿Somos demasiado débiles?

¿Por qué queremos ser más fuertes de lo que somos? Yo soy débil, pero si tú me tiendes la mano, si confío en ti, seré fuerte. No debemos hacer del otro una entelequia.

Nos creemos autosuficientes.

Sí, y no queremos confesar nuestro miedo, y el miedo paralizante sólo desaparece cuando estamos vacíos. Vacíos de miedo a hacer el ridículo, a que nos traicionen…

A que nadie nos ame de verdad.

Todos los miedos son a la muerte, y cuando uno lo supera empieza a gozar de la vida. Pero no se consigue con voluntad.

¿Hay que convencer al corazón?

“Convencer”, sí; no hay que vencer nada. Cuando un corazón es puro entiende.

¡Pero nuestros corazones no son puros!

Están llenos de ambición y egoísmo. Reconocer nuestra debilidad nos hará fuertes. La hipocresía es el peor de los males

¿Existe la buena y la mala suerte?

Sólo cuando comparamos; es una proyección de la mente.

Nacer hoy en el Tercer mundo, ¿no es tener mala suerte?

Es la injusticia creada por la cultura occidental. Ellos nos mantienen con su deuda. Nos dan 1.000 millones de dólares cada día.

En lo individual podemos hacer algo…

Decídete: camina. ¿Por dónde? no lo sé. Descubre tus pasos. Pero si no confiamos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a confiar en el otro? Las ideas deben ser la encarnación intelectual de nuestra vida. Si la palabra no causa aquello que menciona, entonces es que somos unos hipócritas. Ya lo dice la Biblia: “Toda palabra es un sacramento”

Somos muy poca cosa.

Cada uno de nosotros somos únicos, y encontrar la unicidad de cada cosa y de cada persona es la sabiduría. Y si cada uno es único, no es miembro de una serie: católico, rubio, blanco. director general, obrero…

Los roles nos dan seguridad.

Pero no nos dan alegría. Yo prefiero estar alegre y ser libre.

Si busco la alegría no la encontraré.

¿Sabe por qué? Porque la alegría, como la vida, es una gracia, un don. Nos viene dado. Debemos arriesgarnos a vivir, a lo desconocido, a lo vulnerable y, en consecuencia lo bello. “Hago nuevas todas las cosas en cada instante”, dice la tradición budista.

Hay que huir de la rutina.

Sí. Hay que recordar que cada instante es irrepetible. La felicidad es una gracia que se nos otorga, por eso yo llamo religiosidad a la alegría de vivir. Y la alegría es la plenitud.

¿Somos dueños de nuestro destino?

Somos coautores. Hay un factor que depende de cada uno de nosotros, y es el de hacer de nosotros una obra de arte.

¿A fuerza de voluntad?

No. Esa es una de las fijaciones de Occidente. Nos hacemos a fuer de aceptar, de fecundar. Es una actitud, no una voluntad. Hay que tener los ojos abiertos y hacer las cosas porque quieres. no porque debes

Porque me da la gana.

Si no es un capricho, sí. Hay que distinguir entre aspiración y deseo. El deseo es lo externo, lo que nos hace sentirnos frustrados cuando no lo conseguimos. La aspiración es hacer aquello para lo que me siento inspirado, seguir el latido de la vida.

La mayoría trabaja por dinero.

Pues eso es ser un esclavo. Por eso no son felices, el trabajo es antinatura.

Pero tenerlo nos reconforta.

Ese es el gran desafío del milenio: una mutación espiritual. Si no, vamos al desastre. Todos lo sabemos, todos nos preguntamos: ¿qué sentido tiene mi vida?

¿No faltan respuestas?

No, nos falta coraje. No podernos vivir sin amor y sin conocimiento. El conocimiento, sin amor, engendra odio, y el amor, sin conocimiento, sentimentalismo. Pero, aun así, los hemos divorciado.

¿Debemos volver a unirlos?

Si. Conocimiento y amor es el dinamismo principal del ser humano. No busques más y ábrete. Con sentido crítico, pero ábrete. Escucha y danza al ritmo de la vida. Saboréala.

Sé que más que escribir, rescribe…

Hasta 27 veces rescribí De la mística…

…Y que jamás lee en público.

No hay que preparar el discurso, sino al orador. Yo no preparo los textos para leerlos en público, sino que me preparo a mí mismo en cada momento de mi vida para ser capaz de hablar.

Y sus silencios también se escuchan.

El silencio forja el sentido. Y lo estamos abandonando a cambio de una superficialidad banal e insulsa. Ruido a todas horas en todas partes para no tener que pensar.

No todos podemos ser monjes…

¡Todos estamos llamados a la meditación! ¡Todos la necesitamos! También todos necesitamos la soledad y el silencio tanto como la sociedad y las palabras.

…Ni políticos.

Ese es el grave error de nuestro tiempo: dejar la mística y la política a los profesionales. La vida espiritual y la vida política no son oficios, son dimensiones irrenunciables de cada uno de nosotros.

Que exigen esfuerzo: más cómodo delegarlas y luego quejarse de los delegados.

Todos estamos llamados a realizarnos en ellas. Sólo si somos todos políticos y monjes podremos realizarnos plenamente como personas. Si no, somos incompletos.

Vida completa: ¿otra contradicción?

Sobre lo que usted pregunta, la duración y el fin de la vida, me he inventado una palabrita, tempiternitat, que no es un tiempo ni largo ni corto, sino único…

No podemos decidir la duración, pero sí la intensidad de nuestras vidas.

La intensidad es parte de la singularidad. Somos singulares. Somos únicos… Miserere Domine, apiádete, Señor, porque ego sum pauper, soy un pobre… ¡Et unicuus! Y único, dice el salmo latino.

¡Unicuus! Esta singularidad… ¡Cada uno de nosotros es único!

Si alguien le dice que usted le gusta porque le recuerda a alguien, es que no le ama: cada uno de nosotros es único e irrepetible. Pero esa singularidad sólo podemos vivirla si renunciamos al pasado, que es sólo un recuerdo, y al futuro, que es sólo una ilusión, y vivimos en el presente tempiterno.

Y ha vivido ¿cuántos años…?

Seis mil años al menos. Yo no soy individualista: deploro el individualismo egoísta que nos impele a encerrarnos a nosotros mismos y nuestras circunstancias; yo he vivido también en esos hombres que vivieron seis mil años antes que nosotros y me siento igualmente responsable de sus vidas…

… ¿Y de sus crímenes?

Sí, también soy responsable de sus crímenes y culpas y sé que puedo lavarlos viviendo rectamente. Vivo cada momento convencido de que la vida es un don único como yo… ¡Qué alegría ser consciente de eso!

¿Usted lo es desde niño?

Mi padre era hindú y mi madre catalana.

Hoy ya no es una mezcla tan exótica.

La inmigración tiene un peligro, el de banalizar su cultura y la nuestra en una amalgama insulsa; de nuevo la superficialidad nos amenaza, pero la mezcla es también una oportunidad de profunda comunión; la de asimilarlos a ellos… ¡Y asimilarnos a ellos!

Sin mezcla, no hay fecundidad.

Por eso necesitamos asimilarlos a ellos y asimilarnos a ellos: ninguna cultura que se encierra en sí misma sobrevive.

¿Sigue siendo usted sacerdote?

Sí, celebro misa. Dependo de la diócesis de Varnasi (Benarés). Soy sacerdote pero no un funcionario vaticano, aunque en comunión con Roma. Y, en la cadena del saber que formaron mis maestros hasta mí, distingo a Jesús de Cristo.

¿Por qué volvió de América?

Hubo un momento en que era feliz allí en el campus, en una casa magnífica, profesor, todo cuanto se pueda desear, unas bibliotecas inacabables y mucho cariño… Pero sentí que mi sitio estaba aquí, Tavertet, entre estos muros y montañas… ¿Escucha qué silencio?

Regálenos algún pensamiento de los Veda que tradujo del sánscrito

La muerte no muere y por lo tanto en la muerte misma está la inmortalidad.

Su padre era hindú y su madre, católica. ¿Qué educación recibió usted?

Mi madre tenía sentido de la libertad; el hecho de que ya en 1916 se casase con un indio casi expulsado de Inglaterra por sus actividades nacionalistas dice mucho. Y mi padre me educó ‘a la india’, que es como decir ‘dejando hacer’. Yo nunca he dirigido mis pasos, ha sido el azar, acabé en la India (en la diócesis de Varanasi) y descubrí mi otra mitad.

¿Se sintió hindú?

Yo me he sentido siempre indio y español. Soy occidental y oriental. Por nacimiento y educación vivo experiencias de la tradición occidental tanto cristiana como secular (porque no pertenezco a ninguna orden) y de la india, tanto hindú como budista. He necesitado tres cuartas partes de mi vida para decir esto.

¿No se ha sentido…

… esquizofrénico? Lo he evitado yendo a las raíces de ambas culturas. Lo principal es ser consciente de que no hay una religión autosuficiente. Unos debemos aprender de los otros.

En su Fundación Vivarium habla de interculturalidad…

Lo que intento no es que todos seamos cristianos ni todos hindúes. Buscamos un diálogo que nos fecunde mutuamente. Ello no implica un totum revolutum, sino recibir y aprender sin imponer. No se debe tener miedo de la diversidad. En Occidente se teme a los musulmanes, pero en la India tienen miedo de los cristianos. La paz no será nunca posible sin conocimiento del otro.

Usted se dice un hombre de paz…

Sí, pero ésta no se puede imponer, se recibe. Porque tengo una idea de paz te impongo mi democracia. Es algo peligroso.

Usted siempre evitó la guerra.

Cuando estalló la guerra civil, me fui a Alemania porque nos perseguían y estudié tres años en Bonn. Luego, la Segunda Guerra Mundial me cogió en España. La vida es irse liberando poco a poco; al final uno adquiere su propia libertad, también en el terreno intelectual. Por ello, me he dedicado a la filosofía para profundizar. He inventado la palabra ‘microdoxia’. Los microdóxicos son los que empequeñecen la doctrina, la reducen. Es lo que le sucede a una parte de los cristianos. La tradición profunda cristiana no es microdóxica. Cuando la Iglesia se convirtió a Constantino y no Constantino a la Iglesia, arrinconamos el misterio trinitario y nos convertimos en monoteístas, lo que es muy útil para justificar un imperio, un emperador, un Papa, una realidad piramidal. El cristianismo debe volver a sus bases.

Dios es amor.

Yo intento remozar el título: el amor es Dios y donde hay auténtico amor, allí está la divinidad.

¿Le ha costado mucho a usted mirar sin juzgar?

Años, pero pienso que lo he conseguido. Y a descubrir que lo que llamamos ‘error’ es una verdad de la cual se abusa.

Usted defiende vivir cada momento, ¿en qué sentido?

En el de vivir cada momento como algo único y, por tanto, divino. Ese don de vivir el presente lo estamos perdiendo. Vivir con intensidad no es vivir con aceleración, sino con contemplación. Estamos demasiado angustiados proyectándonos constantemente hacia un futuro incierto. Hemos destruido la espontaneidad. Hemos convertido la vida en algo aburridísimo. La gente que vive sin futuro es feliz. Si vives, intenta estrujar la vida al máximo, pero con lo que tienes; sin querer convertir la existencia en sueños que luego se frustran porque no tengo dinero o talento, sin que por ello defienda la pasividad.

Pero es a lo que invita la sociedad de hoy, a soñar.

Sin meditación, sin silencio, sin interioridad, no se puede vivir. Una cosa es la esperanza y otra, la espera. Hay que volver a experimentar la importancia de lo cualitativo frente a la cuantitativo. Es el inicio de la paz.

La sabiduría védica también tiene un concepto de sacrificio profundo. Se dice que en India se vive la pobreza de otra forma, casi de una forma resignadamente bella.

Una cosa es la pobreza y otra, la miseria. La miseria es desdichada; la pobreza puede ser una bendición. Es no estar atado a nada, ni siquiera a la vida. No tener miedo ni a la muerte.

Parece que usted es pobre. ¿A qué le ha costado más trabajo renunciar?

A mí mismo, pero cuando lo consigues, eres feliz. No deseo nada. Aspiro a vivir con plenitud. La causa final es la primera de las causas. Hacer todas las cosas para un fin es perder la inocencia, ser utilitarista. Si uno puede contestar racionalmente a quien ama cuando te pregunta: «¿Por qué me amas?», es que ya no lo amas. Las cosas reales (verdaderas) no tienen por qué.

¿Es como la globalización?

A la Torre de Babel moderna la llaman ‘globalización’. Es la versión laica del paraíso que queremos crear en la Tierra: una democracia mundial, un capitalismo mundial, una banca mundial. La globalización no funcionará. Ya decía Pericles: «La democracia es sólo posible donde el estratego, el jefe, conoce el nombre de todos los ciudadanos». El paraíso está entre nosotros, en el amor de unos a otros. Donde reina el ordenador no hay faz humana.

 Y ¿qué hay del diálogo entre Oriente y Occidente?

Son dos mundos que se acercan y que se alejan. Permítame un inciso: el 50 por ciento de la población mundial vive con menos de dos euros al día. Esta visión monocentrista elitista es la realidad que discuto. Estados Unidos tenía hace un siglo una población del 75 por ciento de agricultores; hoy son el dos por ciento, pero ello bastaría para alimentar a toda la humanidad; sin embargo, no es rentable. La espiritualidad no es optar por los pobres, sino por los derechos sociales. Un día escuché al presidente de las Cámaras de Comercio de Estados Unidos decir que «la humanidad había vivido en las cavernas hasta que ellos descubrieron la democracia, la libertad y el mercado mundial». Es aberrante, pero quienes creen esto dominan por lo menos un cierto mundo.

Pero el Primer Mundo se está acercando al Tercero…

Este Primer Mundo está sufriendo una crisis muy positiva y la esperanza vendrá de esa crisis porque se ha tocado fondo. En la India se ve Occidente como un paraíso donde toda mujer es guapa, todo hombre es rico. Es cierto que existe un entusiasmo claro de Occidente por Oriente, pero el de Oriente hacia Occidente es mil veces mayor, roza con la adoración.

Justamente la superficialidad puede ser ese impulso que nos lleva a vivir una vida acelerada.

El mundo moderno, desde que se inició la ciencia de Galileo, es una carrera cada vez más vertiginosa hacia la aceleración. Se ha conseguido acelerar todo: las máquinas, los transportes… pero el hombre no se puede acelerar. Nos falta el espíritu contemplativo que permite que las cosas se sedimenten naturalmente por su propio peso e importancia. La sociedad actual está en crisis porque confunde lo urgente con lo importante. La sabiduría es la que compagina ambas. En esto no hay recetas.

Gran parte de nuestros males llegan con Descartes, dice usted. ¿A qué se refiere concretamente?

Todo empezó porque en la escuela de Descartes los dominicos le decían una cosa y los jesuitas, otra. Como los dos tenían autoridad, no se fió de nadie. Se metió en sí mismo y buscaba la certeza, concluyendo con el cogito ergo sum famoso. Sólo las ideas claras y distintas le dan certeza confundiéndola con la verdad. Y eso influenció la intelectualidad del mundo: de la preocupación por la certeza hemos pasado a la obsesión por la seguridad.

¿Se refiere a Bush?

Evidentemente, o quien sea. Y con esa obsesión hacemos guerras preventivas. En la tradición musulmana se decía: «Si encuentro un desconocido, puede que sea un ángel», ahora lo hemos sustituido por un terrorista. Hemos progresado, ¿verdad?

Usted dice que los islamistas son más tolerantes. ¿Qué quiere decir con esto?

Yo no defiendo a nadie, pero constato que el fundamentalismo cristiano es mucho más peligroso, sutil e inteligente que el islámico. Es un hecho histórico que el islam ha sido más tolerante. Ahora hay pequeños grupos extremistas que la prensa engrandece. Hay que tener muy claro que una fe fanática no es fe. Es solamente fanatismo, pero esto es muy limitado. Indonesia, Tailandia, India, Irán y Sudán son los países con mayor número de musulmanes y no hay ni una gota de sangre árabe.

Usted ha tenido momentos de crisis que llegó a compartir con el entonces cardenal Ratzinger. ¿Ha llegado a perder su fuerza?

Todos tenemos momentos bajos pero nunca me he dejado dominar por ellos; nunca me he obsesionado pensando: «He perdido el equilibrio o mi cuerpo no puede más». Somos muy responsables de nuestra salud, también demasiado machistas, tanto hombres como mujeres.

¿En qué sentido?

Somos una civilización masculina. Hemos perdido la gran capacidad de transformar lo que recibimos adaptándonos a ello. Estamos siempre en guardia.

Usted también dice que estamos aterrorizados y obsesionados con el trabajo.

La palabra ‘trabajo’ viene de tripalium, instrumento de tortura. En castellano tenemos una bellísima palabra que nos hemos dejado robar: ‘faena’ es decir, hacer, crear, construir. Crear una sociedad, eso debería ser el trabajo.

¿Ha llegado usted a sentir el nirvana, la meta?

Quien dice que ha llegado es que no lo ha hecho. El nirvana no es una reflexión. Yo tengo otra palabra más connatural a la cultura cristiana: me siento resucitado porque vivo. Uno llega a esta resurrección cuando permite la muerte, muerte a su ego, a su egoísmo. La vida, como decían los Vedas, no muere…

 

 

En este video (solo he encontrado la versión inglesa subtitulada al italiano, lo siento), Panikkar nos habla de la forma que, para él, tenemos de ver el mundo: a través de la ventana que cada uno de nosotros tenemos delante nuestro. Cuanto más la limpiemos, mejor veremos lo que hay fuera, más allá, la vida, aunque siempre tendremos esa ventana delante nuestro. También nos dice lo importante que es amar al vecino para poder escucharle de verdad cuando nos habla de lo que él ve a través de su ventana, porque eso nos recuerda que nuestra visión no es la única, que no vemos la totalidad de lo que hay más allá, del mundo, y también que no estamos solos y que compartiendo, dialogando con los demás podremos ver más…

En este otro video, en italiano y sin subtítulos, nuevamente pido disculpas, nos habla de su experiencia en India y de la lección de amor que recibe de una mujer india que, sin tener nada, es capaz de darlo todo. Sin duda, Raimon Panikkar practicó en vida lo que un sabio dijo alguna vez: “Todo cuanto retuve lo perdí; solo me queda lo que di…” Cuando murió, su cuerpo fue incinerado. La mitad de sus cenizas está depositada en una pequeña tumba en Tavertet. La otra mitad fue arrojada al Ganges… Él sigue vivo en todo lo que nos rodea, en ti, en mí… y en la eternidad de este instante.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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