Cine/Teatro General

¿Quién teme a Virginia Woolf?

¿Dónde está la frontera entre la verdad y la mentira en el mundo de la pareja?, ¿dónde acaba la ficción y empieza la realidad?, ¿qué hay detrás de la máscara tras la que nos escondemos?, ¿qué pactos llegamos a hacer para poder sobrevivir?, tras las discusiones de pareja, ¿hay amor,?, ¿odio?, ¿u odio disfrazado de amor?, ¿qué hacer cuando ya solo vemos los hilos de la persona a la que en su día idealizamos?, ¿cortarlos?, ¿pretender no verlos?, ¿qué hacer cuando destruimos lo que más amamos?, ¿por qué lo destruimos?, ¿cuándo empieza el maltrato?, ¿empieza al dejar de admirar a la persona que amamos, al no aceptarla tal y como es en realidad, al querer cambiarla, al dejar de respetarla, al proyectar en ella nuestras propias frustraciones, o empieza incluso mucho antes, en nuestra propia concepción posesiva del amor?, ¿qué se esconde detrás de la violencia, qué tras el maltrato psicológico?, ¿la vida en pareja es realmente el anhelo de vivir un proyecto común o no es más que una huida de nuestra soledad…? Estas y otras muchas preguntas son las que Edward Albee hace al espectador en su “¿Quién teme a Virginia Woolf?.

Acaba de estrenarse en el teatro Romea de Barcelona (en la traducción de Josep Mª Pou) la versión en catalán dirigida por Daniel Veronese prodigiosamente interpretada por Emma Vilarasau y Pere Arquillué, junto a Mireia Aixalà e Ivan Benet, que posteriormente podría llevarse, en su versión castellana, al teatro Español de Madrid. Tuve la fortuna de poder ir al estreno de Barcelona y puedo decir que es uno de los montajes que más me ha impactado en muchos años. Todo en él es sensacional: la dirección, el trabajo de los actores, con una Emma Vilarasau fabulosa, como siempre, dando vida a la dominante Martha y un Pere Arquillué capaz de transmitir los sentimientos más contradictorios del dominado George, llevándole, y llevándonos a todos con él, de la vulnerabilidad y fragilidad más absolutas al cinismo extremo y la agresividad más estremecedora. Viéndoles se diría que Albee escribió esta obra pensando en ellos. Y Mireia Aixalà e Ivan Benet no se quedan atrás haciendo vivir la noche más surrealista y destructiva de su vida a la joven pareja a la que encarnan que, invitados a tomar la última copa a casa de Martha y George, se ven inmersos en el despiadado combate en el que han convertido su relación de pareja.

Fiel a su filosofía de que el teatro debe ser como un dardo lanzado en la oscuridad, Veronese huye de todo lo que él llama “teatroso”, de todo lo artificial, impostado, de todo lo que no sea auténtico y visceral. Exige de sus actores un compromiso total, un desnudarse plenamente partiendo del olvido de cualquier concepción previa sobre la obra y sus personajes. Les pide que hablen como lo harían en la vida real, pisándose unos a otros, hablando mientras realizan diferentes acciones, les pide que se quiten de encima todo aquello que sobra, que no es verdad y les exige un ritmo trepidante que mantienen a lo largo de todo el montaje. Veronese nunca había trabajado con estos actores y nunca había trabajado en catalán, una lengua que desconocía por completo cuando inició los ensayos. Pero eso no fue ninguna dificultad porque muy pronto todos se dieron cuenta de que hablablan el mismo idioma. Como él dice: “Les pedí a los actores que intentásemos sacarnos de encima las ideas teatrales que tenemos sobre este material para poder profundizarlo en la medida que se vaya desarrollando nuestro conocimiento. Obviamente no podemos dejar de tener ideas preconcebidas, pero lo más revolucionario del teatro resulta casi siempre estar muy cerca, a la vuelta de la esquina, pero no en nuestra propia calle. Confiemos que hay terrenos que no hemos visitado. ¿Cuáles son? Realmente no lo sé. Si los conociera de antemano lo echaría a perder. Solo espero que hayamos comprendido algo nuevo al final de este proceso, pues como sucede siempre, si eso nos pasa a nosotros es muy probable que también le suceda al público”

Porque de eso trata la obra, del peligroso y descarnado juego por la supervivencia en que se ha convertido el matrimonio de Martha y George, un juego perverso del que solo ellos han fijado sus propias reglas, un juego cruel y despiadado en el que no hay tregua ni rendición posible y que, esa noche, se les va de las manos. A los dos les gusta jugar a ese juego de autodestruirse y de destruir al otro utilizando concienzudamente todo lo que conocen de su rival, sus puntos débiles, lo que saben que más les puede doler y que más daño les puede hacer. ¿Se aman?, ¿se odian…? lo único claro es que se necesitan, se necesitan para proyectar en el otro sus propias frustraciones, sus sueños rotos, su falta de esperanza. Ambos pertenecen al mundo universitario, él es un profesor de Historia frustrado y ella la hija del Rector de la Universidad, una hija a la que todos consideraban un buen partido y que, pudiéndose casar con cualquiera de los otros profesores eligió a George cuando era un joven que tenía un prometedor futuro por delante. El alcohol ha ido haciéndose cada día más presente en sus vidas, son un par de alcohólicos conscientes ya de que ni siquiera el alcohol puede ahogar la amargura que sienten. Su juego, como el alcohol, es una huida, una huida de sí mismos. Pero a los ojos de Albee la mentira no está solo en esa pareja harta ya de sí misma y de la vida. También está en la joven pareja que llega invitada a casa tras cuya fachada de aparente familia perfecta se esconden turbios intereses, hipocresías y manipulaciones que tarde o temprano acabarán por explotar. Albee (como Orson Welles hijo adoptado por una familia culta y adinerada que no tuvo una infancia feliz), refleja en esta obra sin ningún tipo de tapujos ni de adornos su pesimista concepción de la relación familiar y de pareja. El título en sí es ya toda una declaración de intenciones: está inspirado en la célebre canción ¿quién teme al lobo feroz, al lobo feroz, al lobo feroz? de Los tres cerditos, de Disney, y el nombre de Virginia Woolf tampoco está escogido al azar, ya que sus obras reflejaban los conflictos psicológicos y traumáticos de sus personajes y su propia vida fue un infierno depresivo que acabó en el suicidio.

Pero es una obra que tiene muchas, muchísimas lecturas. Si tenemos en cuenta que los nombres de la pareja protagonista son precisamente los del primer presidente de los EEUU y de su esposa, podemos ver claramente un desgarrador análisis de lo que para Albee es el poder. Desde esa óptica Virginia Woolf representaría a la sociedad. Albee no se para ante nada ni ante nadie. Arrastra a sus personajes hasta el límite y no solo no huye de los conflictos, sino que, como Tennesse Williams, los aborda hasta lo más hondo. Su teatro no es un teatro fácil ni hecho para que el público pase un buen rato: es un espejo que pone en el escenario frente al espectador que, desde su butaca, acongojado, siente que la barbarie que está pasando frente a él es algo que le resulta cercano, o que al menos le suena.

En el juego entre Martha y George hay un único tema tabú: la mención de su hijo ausente. George, desde el primer momento, le prohíbe a Martha mencionarlo. La presencia/ausencia de ese hijo se hace cada vez más sofocante. Martha rompe la regla del juego y habla de ese hijo al matrimonio invitado. George no se lo perdona. El final del segundo acto acaba dando pie al tercero cuando George le dice a Honey, la joven invitada, que ha recibido un telegrama en el que le anuncian que su hijo ha muerto. En la explosión final del tercer acto Martha se entera de la muerte de su hijo, y el espectador de que ese hijo jamás ha existido, que no ha sido más que una invención de Martha y de George para dar sentido, a su manera, a su matrimonio. La venganza de George ha sido terrorífica: le ha robado a Martha la ilusión que ella más quería. Un final abierto, sin embargo, permite albergar un rayo de esperanza, por pequeño que sea.

En el mundo de la pareja que nos presenta Albee no existe la frontera entre la ficción y la realidad, entre la imaginación y la vida real, entre la verdad y la mentira, como tampoco existe esa línea que separa el amor del odio, la libertad de la posesión. Sin duda, al llegar a casa, el espectador piensa en su inmensa suerte por no tener una relación como la de Martha y George, pero en el fondo de sí mismo se aterra pensando que, en algún momento, se ha sentido identificado de una u otra manera con alguno o algunos de los comportamientos que ha visto en escena, y se ha sentido identificado porque sabe perfectamente que también le pueden pasar a él y a ese aparentemente feliz mundo burbuja en el que se haya inmerso…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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