Cine/Teatro General

El gran Redford

Conocido principalmente por su faceta de actor y por haber sido considerado como uno de los grandes sex symbols de Hollywood, la vida de Robert Redford encierra muchas cosas más. Es una de esas personas que ha vivido su vida intensamente a contra corriente, uno de esos botes, como diría F. Scott Fitzgerald, que avanzan hacia delante a pesar de que son, somos, incesantemente arrastrados hacia abajo. Su infinita curiosidad por las cosas y su profundo amor al arte y a la naturaleza son dos de las coordenadas que más han marcado su vida. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de defender aquello en lo que cree: la defensa de la naturaleza, los derechos humanos, la justicia social y todas aquellas causas con las que se identifica. Además de actor, su relación con el mundo del cine se ha centrado en la dirección y, sobre todo, en la creación de Sundance, el festival de cine independiente más importante del mundo.

Nacido en 1936 en Santa Mónica (California), en el seno de una familia humilde (su padre trabajaba de lechero y su madre como ama de llaves), se crió en el barrio hispano de la ciudad. A pesar de ser buen estudiante y tener gran facilidad para el deporte, lo que haría que le concediesen una beca para ir a la universidad, su carácter rebelde nunca dejó de aflorar en su juventud, una juventud marcada por la bebida y las pandillas callejeras. Siguiendo los trabajos de su padre (había entrado a trabajar para la Standard Oil), se trasladó a vivir al valle de San Fernando. La prematura muerte de su madre a causa del cáncer, cuando Redford tenía 18 años, y las dificultades de comunicación con su padre, le llevaron a abandonar los estudios y a trabajar en una plataforma petrolífera para ahorrar lo suficiente para comprar un billete a Europa, adonde vino para probar su suerte como pintor, reflejo de una vocación artística que guiaba su búsqueda de su lugar en el mundo. Tras un año de vida bohemia por las calles de Florencia y de París regresó a Estados Unidos con una idea muy clara en la cabeza: quería dedicarse a la escenografía. Alguien le recomendó que estudiase interpretación para poder comprender mejor el mundo escénico. El jamás había pensado ser actor, pero en cuanto lo probó ya no lo pudo abandonar. Allí encontró la forma de expresar todo aquello que llevaba dentro y que pugnaba por salir.

En la American Academy Of Dramatic Arts de Nueva York conoció a Lola, una estudiante con la que se casó y a la que estuvo unido durante casi treinta años. Fue ella la que le ayudó a dejar la bebida. Al año de casados tuvieron su primer hijo, un hijo que moriría en la cuna poco después de muerte súbita. Fueron años de mucho dolor y sufrimiento, años de inseguridad y de pobreza. Redford centró toda su atención en su carrera como actor para salir adelante. Sus principios no fueron fáciles. A las dificultades de todo actor que empieza, la belleza de su rostro infantil condicionaba enormemente el tipo de papeles que le llegaban. De hecho jamás, que yo recuerde, ha hecho de villano o de malo en el cine. Gangster o forajido del Oeste, todos sus papeles tenían ese lado humano que hacía que el espectador siempre le considerase como el bueno y no como el malo de la película. Empezó a tener algunas apariciones esporádicas en series de televisión como “Alfred Hitchcock presenta” o “Perry Mason”, y su primer papel para el cine le llegó en 1962, con “Matar por placer”, una película de guerra en la que conoció al que inmediatamente se convirtió en gran amigo Sidney Pollack, con quien llegaría a trabajar en seis películas a lo largo de su carrera. El alejamiento de su padre en aquella época era ya manifiesto. Su padre jamás aceptó que su hijo se dedicase a la interpretación, algo que nunca consideró como un trabajo serio.

Su fuerte espíritu independiente le lleva ya a crear por aquel entonces su propia productora, Wilwood Enterprises, que produciría su primera película años más tarde, en 1969. El papel que le abrió todas las puertas le llegó en Broadway en 1963, en el montaje teatral “Descalzos por el parque”, para el que su director Mike Nichols, se empeñó en Redford, al que había visto en televisión. Hollywood le contrató para varios papeles secundarios en películas como “La rebelde”, con Natalie Word o “La jauría humana”, con Marlon Brando. La adaptación al cine de “Descalzos por el parque” (1967) fue su primer papel protagonista en el cine, un papel al que inmediatamente le siguieron otros que le consolidaron como lo que es: uno de los más grandes de Hollywood. Entre los papeles más recordados de su carrera, sin duda está el que hizo en “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy and The Sundance Kid), en 1969, formando junto a Paul Newman una de las parejas más famosas de la historia del cine, con el que volvería a trabajar y de nuevo dirigidos por George Roy Hill en “El golpe”.

Sus interpretaciones en “Tal como éramos”, “El gran Gatsby”, “Los tres días del Cóndor” o “Todos los hombres del Presidente” destacaron en su filmografía de la década de los 70. Sin embargo, su claro compromiso con la defensa de la naturaleza ya empezó a reflejarse entonces en la selección de los papeles que elegía y en su propia forma de vida, en una granja en el Estado de Utah, totalmente alejado del mundo del cine y del artisteo. Una de las películas que interpreta entonces, “Las aventuras de Jeremiah Jonson”, cuenta la historia de un hombre que lo deja todo para irse a vivir en la naturaleza salvaje. En “El jinete eléctrico”, otra cinta que rodaría años después, da vida a una vieja gloria del mundo del rodeo que, alcoholizado y desengañado de un mundo falso y vacío, secuestra a la gran estrella del show, un caballo pura sangre al que no puede soportar ver encerrado y tratado así por más tiempo, para soltarlo y que viva en libertad junto a los caballos salvajes. Ese amor por los caballos llevaría a Redford a dirigir e interpretar la adaptación al cine que hizo de la novela “El hombre que susurraba al oído de los caballos”, junto a Kristin Scott Thomas, y a una jovencísima Scarlett Johansson, que mintió a Redford sobre su edad para que le diera el papel.

Uno de los papeles que más se recuerdan de Redford y que mejor reflejan la imagen que tenemos de él, sin duda, es su soberbia interpretación del aventurero inglés Denys Finch Hatton en “Memorias de África”, una de las más bellas historias del amor llevadas al cine, basada en la propia vida de la autora de los libros en los que se basa: Isak Dinnesen, la condesa Von Blixen. Allí Redford muestra todas sus dotes de seductor para encarnar a un hombre solitario, aventurero y libre que no tarda en aprender el poco valor que tiene la libertad cuando se uno enamora. La constante lucha entre mantener nuestra independencia, nuestro espacio vital propio, y la necesidad de compartirlo todo con la persona amada, le lleva a decir en un momento de la película una de las más bellas definiciones que he escuchado sobre lo que es el amor, el estar enamorado, para un hombre que ama la libertad y la soledad por encima de todo. Simplemente dice: “Has roto mi soledad”

Unos años antes de rodar “Memorias de África, en 1980, Redford dio por primera vez el paso de ponerse al otro lado de la cámara para dirigir “Gente corriente” (Ordinary People), una verdadera obra maestra por la que Redford recibiría el Oscar al mejor director. En todas las películas que ha dirigido siempre ha plasmado sus más profundas inquietudes. “Un lugar llamado milagro” era un bucólico canto a la naturaleza y la vida en el campo; “El río de la vida” refleja otra de sus máximas obsesiones, la incomunicación entre padres e hijos, y la última que ha dirigido “Leones por corderos”, se plantea cual debe ser el posicionamiento de la sociedad estadounidense ante la guerra.

1980 fue un año de profundos cambios en la carrera cinematográfica de Redford. A su pérdida de la virginidad como director le siguió la creación de un instituto, el Instituto Sundance, donde ayudar a los jóvenes que empezaban a dar sus primeros pasos en el mundo del cine. Lo hizo sin contar con apoyo alguno de la administración, y lo hizo en el estado de Utah, donde reside. Allí proporciona gratuitamente estancia y docencia  a cargo de grandes profesores y profesionales para jóvenes promesas de la industria del cine.  Al comprobar la calidad de los trabajos de los alumnos del instituto decidió crear un festival donde pudiesen ser exhibidos. Ese es el origen del Festival de Sundance, el más importante actualmente de cine independiente del mundo. De él han salido películas como “Reservoir dogs” y directores como los hermanos Cohen. En un guiño a su carrera como actor, carrera que desde entonces cada vez fue espaciando más y más, Redford bautizó al instituto y al Festival con el nombre de Sundance, su inolvidable personaje de The Sundance Kid en “Dos hombres y un destino”

Redford posee una extraordinaria sensibilidad y un profundo conocimiento técnico que le llevan a ser capaz de poder plasmar tras la cámara, intercalando planos cortos con primeros planos y planos generales, una maravillosa historia de amor en una simple escena de un baile. Aquí vemos a Redford y Scott Thomas en “El hombre que susurraba a los caballos” diciéndoselo todo sin necesidad de utilizar ni una sola palabra, dejando que la cámara capte todo lo que puede decir una mirada, una caricia o un silencio…

Uno de los personajes más fascinantes que Redford ha interpretado es el gran Gatsby, aquel joven solitario de fortuna de origen oscuro creado por F. Scott Fitzgerald, que en medio de la década de los veinte, la maravillosa década del jazz, dedica por completo su vida a recuperar el pasado, un pasado en el que quedó el único amor de su vida que, faltando a la promesa de esperarle, se ha casado con otro. Todo en su vida gira para recuperar aquel gran amor, y todo, absolutamente todo, es posible para él, hasta cambiar el pasado. Si el gran Gatsby vivió para cambiar el pasado, el gran Redford vive para cambiar el presente, nuestro presente…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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