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Cowboy Junkies o la belleza de las baladas tristes

Las baladas tristes tienen una magia especial, esa magia que es capaz de llegar hasta lo más hondo de nosotros para hacernos vibrar y sentir que todos los sueños siguen vivos, intactos, esperando a que nos atrevamos a vivirlos. En ellas es el alma la que canta, la que nos susurra suavemente al oído hablándonos de todas las vidas que vivimos y de las que no vivimos, de todos los mundos que construimos y de los que destruimos, de lo que somos, de  lo que fuimos, de lo que podíamos haber sido y, sobre todo, de lo que aún podemos ser. Están escritas desde lo más hondo del corazón y cuentan historias de soñadores y de perdedores que nos son muy familiares, historias que todos conocemos. No tienen fronteras porque son universales; tampoco tienen tiempo, porque son eternas. Traspasando países y décadas vienen y van, incansables. Escucharlas nos hace sentir bien porque nos hacen saber que no estamos solos, que nuestro dolor y nuestro sufrimiento no son únicos ni extraños, que alguien ha sabido ponerles música para compartirlos con nosotros, para cantar juntos nuestras penas y nuestros anhelos. Son canciones para escuchar solos, preferiblemente de noche, bien entrada ya la madrugada, cuando todo, menos nosotros, duerme, tumbados en la cama iluminados por la oscuridad, al helado calor de la desangelada barra de cualquier bar a punto de cerrar, o en cualquier carretera solitaria que nos lleve allí donde habita el recuerdo o el olvido…

Nos hablan como si fuesen amigas de toda la vida. Y lo son porque nos conocen, nos conocen muy bien. Se nutren de historias que, como la tuya o la mía, han tenido momentos de dolor, de esperanzas desechas, de sueños perdidos, de todos los mundos a los que jamás podremos llegar, de trenes que se fueron y de otros que nunca arrancaron, de amores no correspondidos, fracasados, cobardes, o simplemente de amores que podían haber sido y no fueron, de besos no dados, de abrazos negados, de oportunidades desperdiciadas, de derrotas sin remedio, de batallas que nadie podía ganar, de héroes rotos, de caminos sin retorno, de autopistas que no llevan a ninguna parte, de pájaros que jamás se atrevieron a volar porque ni siquiera supieron que tenían alas, y de otros que pasaron su vida en una jaula por miedo a ser libres, de poetas mudos y de pintores ciegos, de cantantes a los que abandonó la voz y de guitarristas que perdieron las manos… Las baladas tristes hablan de eso, de todo eso que los dos conocemos tan bien.

Todos conocemos las desgarradas canciones de Brel, de Piaff, de Cohen o de Waits. Los dueños de las canciones tristes suelen ser cantantes solitarios. No voy a hablar de ellos hoy aquí, sino de un grupo, los Cowboy Junkies que encarnan, como pocos, la infinita belleza del canto del alma desolada. Son canadienses y la semana pasada actuaron por aquí. Fue una serie de conciertos llenos de magia y de duende. Tuve la fortuna de asistir a uno de ellos. Su historia es una historia atípica dentro del panorama musical. A principios de los 70 dos amigos de la infancia de Toronto, Michael Timmins y Alan Anton, empezaron a hacer sus pinitos musicales. Michael tocaba la guitarra y componía, y Alan le acompañaba con el bajo. Formaron parte de algunas bandas que pasaron sin pena ni gloria. Probaron suerte en Inglaterra, pero el grupo en el que se integraron tocaba una música que, como ellos mismos reconocían, no querían ni escuchar. Decidieron regresar a Toronto para buscar nuevos caminos. A ellos se unió Pete, el hermano de Michael, también autodidacta, como ellos, que se encargaba de la percusión. Alquilaron una casa para tocar en el garaje. Lo llamaron Studio 547. Su música iba tomando cuerpo, pero les faltaba una voz solista. Michael, sin dudarlo, pensó en su hermana Margo, a la que le encantaba cantar y tenía una voz maravillosa, aunque nunca había cantado en público.

Margo era formidable, pero se sentía incapaz de cantar en público. Nunca lo había hecho ni tenía intención de hacerlo. Tanto es así que puso como condición, para incorporarse al grupo, cantar solo delante de su hermano Michael. Su invencible vergüenza no le permitía ir más allá. Michael y los demás aceptaron. Con el paso del tiempo Margo fue atreviéndose a cantar delante de los demás miembros del grupo, bautizado desde entonces como Cowboy Junkies (que vendría a ser algo así como Vaqueros Colgados). Pero faltaba  lo más difícil: cantar ante el público. Margo venció aquella dificultad de una manera muy original: cantando de espaldas al auditorio. Lo hizo durante varios años hasta que, poco a poco, fue venciendo su timidez y se atrevió a cantar frente a él. Descubrió que tenía alas y que podría volar. Y decidió volar. La mayor parte del tiempo lo hizo cantando con los ojos cerrados. Lentamente fue atreviéndose a abrirlos, a mirar y a ser plenamente consciente de que era mirada y admirada. Hoy, más de veinticinco años después, tiene un encanto maravilloso en el escenario, un encanto formado a partes iguales por su timidez, su sencillez, su humildad y su melancólica belleza, y no es extraño verla enrollarse durante minutos y minutos al presentar las canciones contando historias al público mirándole directamente a los ojos. Solo el momento justo antes de salir a escena, el interminable paseo que hay desde la entrada en el escenario al micro, se le hace eterno. Para superarlo siempre hace tres cosas que le recuerdan lo que más le gusta, estar en casa: plancha personalmente el vestido que llevará en el concierto, coloca un ramo de flores junto al lugar donde ella cantará, que arregla personalmente tras el telón minutos antes del concierto mientras el público va entrando en la sala concentrándose en el cuidado de las flores en una especie de mantra que la tranquiliza. Y el tercer elemento “hogareño”  que siempre utiliza en sus conciertos es su taza de humeante té, a la que suele acariciar mientras canta y de la que va bebiendo durante toda la actuación. Los acordes de la primera canción le permiten templar sus nervios y entrar, y hacernos entrar, en ese mundo mágico de su voz donde todo, absolutamente todo, es posible.

Sus primeros discos no tuvieron gran repercusión, pero cuatro años después, en 1989, realizaron una grabación en directo ya legendaria: las Trinity Sessions, grabadas en la iglesia de la Trinidad de Toronto en un solo día. Unían, siempre lo han hecho, temas propios, normalmente compuestos por Michael, con versiones de temas de los músicos a los que más admiran: Bruce Springsteen, Bob Dylan, Lou Reed, Neil Young, U2, Townes Van Zandt, Vic Chesnutt, etc. Siempre han imprimido un sello muy particular a sus interpeteaciones. Las Trinity Sessions les colocaron en las listas canadienses y les abrieron las puertas de los Estados Unidos. Desde entonces han sido nueve los álbumes publicados (7 de ellos con material propio), más de cuatro millones los discos vendidos, tienen su propio sello discográfico (Talent records), que les permite mantener su independencia y han permanecido unidos durante todo el tiempo, a diferencia de la mayoría de las bandas, que difícilmente aguantan juntas tantos años. Ellos lo achacan a que tres de sus cuatro componentes, los Timmins, vienen de una familia numerosa y que para ellos estar en los Junkies es como estar en casa. Y el cuarto, Alan, les conoce desde que todos llevaban pantalones cortos y siempre ha sido considerado como uno más de la familia.

Los directos de los Junkies son soberbios, y especialmente los acústicos. La sensualidad de la voz de Margo se eleva sobre la suave guitarra de Michael transportándonos a un manantial de belleza donde todo es claro y cristalino. Escuchar cualquiera de sus temas tocados en acústico es como dejarse llevar por un bosque que despierta con los primeros rayos del alba en el que nos adentramos sabiendo que no estamos solos, que todos nuestros sueños y recuerdos van con nosotros, porque nuestra soledad jamás está sola. También están con nosotros los que ya se han ido, todos esos seres queridos a los que nunca más volveremos a ver, pero sabemos que están ahí, con nosotros, porque viven dentro de nosotros, en lo más hondo, y seguirán vivos mientras nosotros les recordemos. Ese es uno de los poderes más fascinantes de las baladas tristes como las de los Junkies: volver a la vida a los que ya partieron.

La personalidad, la voz y la forma de cantar de Margo son el distintivo de la banda, ese sello que les hace únicos. Sin ella no podría entenderse lo que son los Cowboy Junkies. Dedicarse a la música era algo que jamás había entrado en sus planes. Ella quería casarse, tener siete hijos y vivir tranquilamente en el campo, que era lo que había visto en su casa. Pero no es una mujer que pueda encuadrarse en el arquetipo de “ama de casa” tradicional. Se casó en 1988 con Graham Henderson, un abogado que fue a verles a un concierto y que, desde entonces, ha llevado todos los temas legales y administrativos de los Junkies. Antes de casarse Margo le avisó de una cosa muy importante para ella: que si un día la llamaba Bruce Springsteen y le pedía que se fuera con él, ella se iría. Él acepto. Margo ha versionado muchos de los temas de Bruce, le ha conocido personalmente, pero sigue viviendo feliz con su marido y su único hijo en Toronto y en una vieja  granja centenaria que tienen en Ontario. Aquí tienes la impresionante versión que han hecho de la que para mí es una de las baladas más hermosas que se han escrito jamás: el Thunder Road de Bruce.

Los Junkies viajan en autobús cuando van de gira. En su web www.cowboyjunkies.com (maravillosa, por cierto) puedes ver sus comentarios sobre sus vivencias cuando están en la carretera. Sus comentarios sobre su reciente visita a nuestro país no tienen desperdicio. En esa web que te recomiendo no dejes de visitar, encontrarás toda su discografía, sus historias, algunos temas inéditos (no te pierdas las exclusivas que tienen en acústico y, sobre todo, el cd que ha grabado Margo en solitario, Margo´s corner, con temas de Cat Steves, Bruce, Leonard Cohen, etc)

La belleza está en todas partes, incluso en el dolor, como demuestra la música de los Junkies, que son capaces de transformar la tristeza en consuelo, lo más doloroso en lo más hermoso. Es el sufrimiento el que nos hace crecer. Aprendemos de nuestros errores, no de nuestros aciertos. Por eso las lágrimas son para el hombre lo que el agua es para los árboles. Puede que en el sufrimiento no haya felicidad, pero sí hay esperanza, esa esperanza que nos empuja a levantarnos y a seguir adelante. Las baladas de los Junkies hablan de caídas, sí, pero también de personas que, por encima de sus heridas, son capaces de levantarse y de caminar de nuevo. Entre sus temas propios hay uno compuesto por Margo que es una verdadera maravilla: Misguided Angel, el ángel descarriado. Aquí lo tienes.

Actualmente están inmersos en la grabación de las Nomad Series, una colección de cuatro cd´s de los que ya han grabado los tres primeros (Renmin Park, Demons y Sing in my meadow). Renmin Park, el primero, recoge las experiencias que Michael vivió durante la temporada que pasó  con su familia viviendo en China junto a otros músicos. Es la experiencia de un hombre extraño en un mundo desconocido y de cómo, conforme se superan los miedos y nos atrevemos a conocer a los demás, podemos avanzar.

Los Cowboy Junkies son gente sencilla que recorre el mundo con sus canciones, asombrándose y disfrutando de todo lo que ve. Gente que, al acabar sus conciertos, sale al hall para charlar personalmente con el público, su público, un público que esa noche ha escuchado el susurro del alma…

Y puede que nada mejor para acabar esta entrada que la fabulosa versión que Margo hace del Dance me to the end of love del maestro por excelencia de las baladas tristes, Leonard Cohen. Pura alma, pura sensibilidad, una irresistible invitación para soñar… y vivir nuestros sueños.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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