General Literatura

León Felipe, el alma silenciada de Rocinante…

Renunció a la vida fácil, cómoda y burguesa a la que parecía destinado para buscar su propia voz. La encontró en todos los que sufrían el dolor y la injusticia. Fue farmacéutico, actor, bohemio, traductor, profesor y, por encima de todo, poeta. Tuvo una vida de leyenda porque, como él decía, “los grandes poetas no tienen biografía, tienen destino” Conoció el dolor y el sufrimiento, padeció la injusticia, tomó partido por los que perdieron todas las guerras y sufrió la incomprensión y el exilio. Se llamaba Felipe Camino de Galicia de la Rosa. Le conocemos como León Felipe.

“LAS SIRENAS”

“Hoy tengo el vino dulce y en la sangre

el ritmo vago y sordo de una canción lejana y luminosa.

¿Quién canta al otro lado de las nubes?

¿No estaban muertas las estrellas?

Después que hayamos blasfemado

con la razón enfurecida,

hay que dejar abierta la loca ventana de los sueños,

porque ocurre que hay días

en que el hombre quiere engañarse y que le engañen…

y él mismo se embarca en la primera playa

y en el barco más frágil

para ir a buscar a las sirenas.”

Nacido en 1884 en un pueblo de la provincia de Zamora donde su padre era notario, estudió la carrera de farmacia, una carrera que probablemente le hubiera permitido vivir cómodamente el resto de su vida. Pero pronto se dio cuenta de que aquello no era su vida, sino la que otros querían para él. Entre la seguridad y la libertad nunca tuvo la más mínima duda y eligió ser un hombre libre. Tras regentar varias farmacias, vivir en Barcelona y separarse de la que fue su primer amor, lo dejó todo para recorrer España como actor en una compañía de cómicos ambulantes. Una condena por desfalco le llevó a pasar tres años en la cárcel.

Sus primeros poemas le llevaron a Madrid, un Madrid de la bohemia. Vivió en prostíbulos, en pensiones y en más de un  banco de la calle. En 1919 leyó en el Ateneo de Madrid su primer libro de poemas: “Versos y oraciones de caminante”, al que luego cambió el título por “Versos y blasfemias de caminante”

Buscando su lugar en el mundo se fue a Guinea, donde pasó tres años dirigiendo la administración de varios hospitales. Tras aquella experiencia regresó a España, pero fue por poco tiempo. Su espíritu aventurero y su carácter inquieto le llevaron a una tierra que estaba viviendo una revolución, Méjico, donde ejerció, como su adorado Antonio Machado, de maestro. Allí conoció a Berta Gamboa, otra profesora de la que se enamoró locamente y con la que fue a vivir a Norteamérica. Es allí donde empieza a trabajar en otra de sus pasiones: la traducción. Tradujo los poemas de uno de sus poetas favoritos, Walt Whitman. Como la de Whitman, su poesía también era un canto de libertad. Además de poesía tradujo mucho teatro, su otra gran pasión, fundamentalmente obras de Shakespeare y teatro inglés renacentista. Desgraciadamente la mayor parte de sus traducciones se han perdido y hoy no queda nada de ellas.

“SÉ TODOS LOS CUENTOS”

“Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan solo lo que he visto.

Y he visto:

que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan

con cuentos,

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

y que el miedo del hombre…

ha inventado todos los cuentos.

Yo sé muy pocas cosas, es verdad,

pero me han dormido con todos los cuentos…

y sé todos los cuentos.”

Al estallar la guerra civil regresa a España para ponerse al lado de la República y luchar contra el fascismo. En 1938, cuando la guerra ya está prácticamente perdida, se exilia definitivamente a Méjico, donde ejerce de agregado cultural de la embajada de la República española hasta el final de la guerra: “Llegué a Méjico por primera vez montado en la cola de la revolución. Corría el año 1923. Después, aquí he vivido por muchos años. Aquí he gritado, he sufrido, he protestado, he blasfemado, me he llenado de asombro…” Ya nunca abandonaría Méjico, donde murió en 1968.

“¡EH, MUERTE, ESCUCHA!”

“Y ahora pregunto aquí: ¿quién es el último que habla,

el sepulturero o el Poeta?

¿He aprendido a decir: Belleza, Luz, Amor y Dios

para que me tapen la boca cuando muera,

con una paletada de tierra?

No.

He venido y estoy aquí,

me iré y volveré mil veces en el Viento

para crear mi gloria con mi llanto…” 

La guerra y el exilio marcaron profundamente su poesía. En 1939 publicó su poemario “Español del éxodo y del llanto”. Pocas voces como la de León Felipe han expresado con tanta fuerza la voz y el sentimiento del pueblo español. Su condición de exiliado y su férrea independencia, una independencia que le llevó a no seguir ninguna tendencia literaria, hicieron que fuese un poeta marginado, ignorado y ninguneado por los más.

La poesía de León Felipe tenía un marcado rasgo autobiográfico. Aquí tienes a Héctor Alterio, maravilloso, como siempre o incluso hasta más que siempre, recitando su poema autobiográfico  “Escuela”, escrito poco antes de morir, cuando él decía de sí mismo que era “un roto y viejo violín”

“REVOLUCIÓN”

“Siempre habrá nieve altanera

que vista el monte de armiño

y agua humilde que trabaje

en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también

-un sol verdugo y amigo-

que trueque en llanto la nieve

y en nube el agua del río”

La voz de cantantes como Paco Ibáñez o Joan Manuel Serrat rescataron del olvido varios de sus desgarrados gritos de libertad convirtiéndolos en himnos de una generación que creció bajo la dictadura franquista y que vio en ellos un rayo de esperanza.

Comprometido siempre con la dignidad del ser humano, León Felipe decía, en sus versos, cosas como:” Empieza por contar las piedras;/ luego contarás las estrellas”; “Lo que importa no es llegar solo ni pronto, sino con todos y a tiempo”; “Poetas, nunca cantemos/ la vida de un mismo pueblo/ ni la flor de un solo huerto/ Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros”, ó “En un mundo injusto, el que clama por la justicia es tomado por loco”

La voz de uno de nuestros más grandes actores, Paco Rabal, da vida aquí a uno de sus más duros y bellos poemas: “¡Qué lástima!”, versos autobiográficos de un hombre que, por encima de todo, entendió que ser hombre significa no perder jamás la libertad ni la dignidad.

 

 

“QUE LASTIMA!”

“¡Qué lástima!

que yo no pueda cantar a la usanza

de este tiempo lo mismo que los poetas de hoy cantan!

¡Qué lástima

que yo no pueda entonar con una voz engolada

esas brillantes romanzas

a las glorias de la patria!

¡Qué lástima

que yo no tenga una patria!

Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa

desde una tierra a otra tierra, desde una raza

a otra raza,

como pasan

esas tormentas de estío desde ésta a aquella comarca.

¡Qué lástima

que yo no tenga comarca,

patria chica, tierra provinciana!

Debí nacer en la entraña

en la estepa castellana

y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada:

pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,

y mi juventud, una juventud sombría, en la montaña.

Después … ya no he vuelto a echar el ancla

y ninguna de estas tierras me levanta

ni me exalta

para poder cantar siempre en la misma tonada

al mismo río que pasa

rodando las mismas aguas,

al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.

¡Qué lástima

que yo no tenga una casa!

Una casa solariega y blasonada,

una casa

en que guardara,

a más de otras cosas raras,

un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada

y el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla.

¡Qué lástima

que yo no tenga un abuelo que ganara

una batalla,

retratado con una mano cruzada

en el pecho, y la otra mano en el puño de la espada!

Y, ¡qué lástima

que yo no tenga siquiera una espada!

Porque …. ¿qué voy a cantar si no tengo ni una patria,

ni una tierra provinciana,

ni una casa

solariega y blasonada,

ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla,

ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?

¡Qué voy a cantar si soy un paria

que apenas tiene una capa!

Sin embargo…      en esta tierra de España

y en un pueblo de la Alcarria

hay una casa

en la que estoy de posada

y donde tengo, prestadas,

una mesa de pino y una silla de paja.

Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla

en una sala

 muy amplia

y muy blanca

que está en la parte más baja

y más fresca de la casa.

Tiene una luz muy clara

esta sala

tan amplia

y tan blanca…

Una luz muy clara

que entra por una ventana

que da a una calle muy ancha.

Y a la luz de esta ventana

vengo todas las mañanas.

Aquí me siento sobre mi silla de paja

y venzo las horas largas

leyendo en mi libro y viendo cómo pasa

la gente al través de la ventana.

Cosas de poca importancia

parecen un libro y el cristal de una ventana

en un pueblo de la Alcarria,

y, sin embargo, le basta

para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.

Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa

cuando pasan

ese pastor que va detrás de las cabras

con una enorme cayada,

esa mujer agobiada

con una carga

de leña en la espalda,

esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias de Pastrana,

y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.

¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana

siempre y se queda a los cristales pegada

como si fuera una estampa

¡Qué gracia

tiene su cara

en el cristal aplastada

con la barbilla sumida y la naricilla chata!

Yo me río mucho mirándola

y la digo que es una niña muy guapa…

Ella entonces me llama

¡tonto!, y se marcha.

¡Pobre niña! Ya no pasa

por esta calle tan ancha

caminando hacia la escuela de mala gana,

ni se para

en mi ventana,

ni se queda a los cristales pegada

como si fuera una estampa.

Que un día se puso mala,

muy mala,

y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,

por esta calle tan ancha,

al través de la ventana,

vi cómo se la llevaban

en una caja muy blanca…

En una caja muy blanca

que tenía un cristalito en la tapa.

Por aquel cristal se la veía la cara

lo mismo que cuando estaba

pegadita al cristal de mi ventana …

Al cristal de esta ventana

que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja

tan blanca.

Todo el ritmo de la vida pasa

por este cristal de mi ventana …

¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima

que no pudiendo cantar otras hazañas,

porque no tengo una patria,

ni una tierra provinciana,

ni una casa

solariega y blasonada,

ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla,

ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada,

y soy un paria

que apenas tiene una capa  …

venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!”

 

En Norteamérica le consideraban un Quijote, algo que él, humilde, jamás admitió de buen grado, ya que se consideraba a sí mismo el Rocinante sobre el que cabalga el hidalgo caballero.

“EL GRAN RELINCHO”

“La gente suele decir,

los americanos,

los norteamericanos suelen decir:

León Felipe es un “Don Quijote”

No tanto, gentleman, no tanto.

Sostengo al héroe nada más.

Y sí, puedo decir,

y me gusta decir:

que yo soy Rocinante.

No soy el héroe

pero le llevo sobre el magro espinazo de mis huesos…

y le oigo respirar…

y he aprendido a respirar como él…

y a relinchar…

y a blasfemar…

y a injuriar…

y a maldecir…”

Rocinante y Don Quijote estuvieron muy presentes en su obra, una obra que, hoy más que nunca, expresa el sentir del pueblo español y se alza contra la injusticia, la falta de compromiso, el egoísmo y la insolidaridad, esos enormes molinos contra los que hoy tenemos que batallar…

“EL RELINCHO”

“Rocinante…

¿No recuerdas nada de tu infancia?

¡Haz un esfuerzo!… ¡Recuerda!

¡¡Recuerda!!

¿Fuiste alguna vez potro salvaje?

¡¡Recuerda!!

¿Quién te domó?

¿Cómo te hiciste amigo del hombre?

¿Tuviste un maestro duro de látigo y espuela?

¿Cuándo te pusieron el freno?

¿Cómo aprendiste a obedecer?

La palabra “Justicia”

¿No la habías oído nunca antes de servir a tu señor?

¿Cuándo vino a ser la palabra “Justicia”

un látigo mágico para ti?

Recuerda esto bien: ¿Cuándo la palabra “Justicia”

pronunciada por tu señor,

(con aquel modo enfático y vesánico

del caballero del delirio)

cuándo, cuándo por primera vez

te encabrita eléctricamente

y te hace relinchar

hasta sacudir furiosamente el firmamento

y hacer temblar a las estrellas?

¿Cuándo relinchaste por primera vez

como en el retrato de Picasso?

¿Cuándo fue cuando al conjuro  solo

de la palabra “Justicia”

que diste aquel

rabioso relincho, Rocinante?

¡Oh, qué relincho!

¿Quién ha relinchado nunca así?

¡España… una vez relinchaste de ese modo!

¿Cuántos años hace?

No sé… Pero bien se me alcanza

que ya nunca más volverás a relinchar de esta manera.”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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