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La voz del viento

¿Qué conocemos de la cultura africana?, ¿A cuántos escritores africanos hemos leído?,  ¿A cuántos musicos africanos podrías nombrar?, ¿Qué comida africana hemos probado?, ¿Cuántos restaurantes africanos conocemos?. África es un continente inmenso, con infinidad de culturas y tradiciones ancestrales que para nosotros, los occidentales, es un perfecto desconocido. Sabemos más de los animales salvajes que viven en él que de los pueblos que lo habitan. Lo asociamos a pobreza, a guerra, a hambre y a sida. África, para la mayoría de nosotros, se reduce a eso: a dolor y a muerte. Sin embargo el primer ser humano nació allí. Durante miles de años sus pueblos han vivido en paz y armonía con la naturaleza. La mayoría de ellos carecen de tradición escrita y no han construido grandes monumentos. En nuestra mente las maravillas arquitectónicas del antiguo Egipto ni siquiera pertenecen a África. Para nosotros Tarzán y la mona Chita  son más africanos que Nefertiti y Tutankamon.

¿A qué se debe este profundo y desgarrador desconocimiento? La causa última hay que buscarla, quizá, en la mentalidad colonialista de nuestros abuelos que se ha transmitido de generación en generación, una mentalidad que considera a los africanos como pobres salvajes incapaces de valerse por sí mismos, incapaces de desarrollarse sin la imprescindible aportación del hombre blanco y su sacrosanta cultura, madre de todo lo que consideramos civilización y progreso. En la época de nuestros bisabuelos, la época en que cada país europeo pugnaba por colonizar más territorios “vírgenes” de África que su vecino, y explotar y esquilmar sus riquezas naturales, esa mentalidad que considera al negro africano como un ser inferior permitía a nuestros civilizados bisabuelos justificar las atrocidades que cometían allí. En la nuestra sirve para tranquilizar nuestras conciencias cuando a diario vemos a miles de niños muriendo de hambre. Son salvajes, incapaces de valerse por sí mismos, por eso les pasa lo que les pasa. Una aportación a Médicos Sin Fronteras o a cualquier otra ONG es el bálsamo con el que pretendemos cegar nuestra visión de la realidad. Esos millones de seres humanos que pasan hambre, esos miles de niños que cada día mueren por falta de agua, medicinas o alimentos, están así porque solo sirven para eso, no pueden adaptarse al progreso de la economía de libre mercado. Eso es lo que quieren que pensemos. De ahí que consideremos una gran obra de caridad hacer un donativo cuando lo que de verdad tenemos que hacer es un acto de justicia, devolver a esos millones de seres inocentes lo que durante años y años les hemos robado y les seguimos robando. Basta ya de hipocresía. No hablemos de caridad, sino de justicia.

Hace ya casi cincuenta años, Bob Dylan preguntaba “¿Cuántos años puede alguien existir sin que le permitan ser libre?, ¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza pretendiendo no ver?, ¿Cuántas orejas tiene que tener un hombre para escuchar el llanto de la gente…? Y nos respondía diciendo que la respuesta está volando en el viento. Son muchos los vientos que soplan en África. Aquí tienes la voz de esos vientos

Lo primero que el europeo, el hombre civilizado, hizo en África fue convertirla en su proveedor de esclavos. Comprar a un hombre era más rentable que pagarle un salario a cambio de su trabajo. El paso del tiempo hizo que los números ya no salieran porque al esclavo había que alimentarlo durante toda su vida y era más beneficioso concederles la libertad a cambio de un salario de miseria que les obligara a trabajar en condiciones infrahumanas. Las razones económicas se disfrazaron, eso sí, de razones “humanitarias” y se abolió oficialmente la esclavitud. Pero la letra pequeña de la abolición escondía otro tipo de esclavitud:

“¿Se puede aplicar el libre intercambio y el libre trabajo en las regiones donde la civilización no ha penetrado todavía? ¡No! Pararían el trabajo. En estas regiones es necesario el trabajo forzado. La explotación del sistema colonial es el ejercicio de una industria que consiste en dos operaciones:

1)     Procurar a las poblaciones indígenas la seguridad de la propiedad. El provecho de esta operación da como resultado el impuesto.

2)      Procurar a las poblaciones indígenas el hábito del trabajo. Esta operación se reduce a quitar a los indígenas lo suficiente como para obligarlos a trabajar para vivir: el provecho es inmediato.”

(Rey Leopoldo II de Bélgica. Bélgica fue la potencia colonial del Congo hasta su independencia, el 30 de junio de 1960)

Leopoldo II compró a título personal el territorio conocido hoy como el Congo, que ocupaba una superficie 80 veces mayor que la de Bélgica. La floreciente industria del automóvil demandaba caucho y los bosques del Congo, cínicamente bautizado como Estado Libre del Congo, eran la mayor reserva de caucho del mundo. La clave de su negocio residía en reducir los costes de producción al mínimo, para lo que no dudó en implantar un sistema de extrema dureza represiva donde los indígenas, mediante el terror, eran obligados a trabajar en condiciones inhumanas. En menos de quince años murieron quince millones de congoleños en el que hoy se conoce como uno de los primeros genocidios de la historia. Cuando veinte años después el negocio ya no era tan atractivo debido al incremento de la competencia, vendió aquel territorio (habitantes incluídos) a Bélgica por 25 millones de dólares.

“Cada cartucho que gastábamos lo teníamos que justificar con una mano humana”
(Knud Jespersen, oficial danés, 1898)

“Cien cabezas cortadas y en la estación abundan los víveres. Mi intención es humanitaria. He matado a cien, pero eso ha permitido salvar a quinientos”
(Léon Fievez, teniente, 1894)

“Si tomamos los hombres por la fuerza o los compramos, no tiene mayor importancia”
(Barón Van Eetvelde, gobernador de Boma, 1892)

“Si quemáis las cabañas una a una no os veréis obligados a ir hasta el final. Hemos de golpearlos hasta la sumisión absoluta o la extinción total”
(Alphonse Jacques, jefe de la fuerza antiesclavista belga, 1898)

“Estábamos ante un inmenso espectáculo de esclavitud. Las caravanas de la ruta a Boma dejan el camino lleno de cadáveres”
(Camille Varonslé, misionero, 1895)

“La región en la que me encuentro podría llamarse el país de los horrores. Dicen que Léon Rom, uno de los héroes de la prensa belga, tiene un parterre de flores completamente rodeado de cráneos humanos”
(Barón Wahis, gobernador general del Congo, 1895)

“Mi educación africana comenzó con los fusilamientos, los cañonazos y los incendios de poblados, que había que quemar para hacer entrar en razón”
(Charles Lemaire, Subteniente, 1902)

« Un soldado mató a tres personas porque de las seis cestas de caucho que habíamos llevado una no estaba bastante llena”
(Leke, poblado de Bokolo, 1904)

“Es muy noble la misión que los agentes del Estado tienen que cumplir en el Congo. Deben continuar el desarrollo de la civilización en el centro de África ecuatorial, recibiendo la inspiración directamente de Berlín y Bruselas. Situados cara a cara con la barbarie primitiva, en medio de costumbres sanguinarias que datan de miles de años, se ven obligados a reducirlas gradualmente. Deben acostumbrar a la población a las leyes generales. Y la más necesaria y saludable de todas ellas es indudablemente la del trabajo.”

(Rey Leopoldo II de Bélgica, 1898)

1890: Una libra de marfil se compra en el Congo a 1 franco y se vende en Liverpool a 13 francos

1924: Entre 1890 y 1924 murieron  quince millones de congoleses a causa de los trabajos forzados, las enfermedades, las deportaciones y los malos tratos.

1942: Se establecen ciento veinte días anuales de trabajo obligatorios para los congoleses como “esfuerzo de guerra”

1945: Las minas de Katanga aportan el uranio utilizado en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Los EEUU compran regularmente el 75% de todo el uranio congolés.

1961: En las tres excolonias belgas africanas (Congo, Ruanda y Burundi), los líderes más populares son eliminados por órdenes directas o indirectas de Bélgica. Mobuto Sese Seko, dictador del Congo apoyado por Bélgica, desvió anualmente a sus cuentas en bancos suizos el 20% del presupuesto nacional del Congo.

1967: De Gaulle patrocina la creación del grupo ELF para competir con las petroleras norteamericanas. Su servicio de protección de la seguridad administrativa (PSA) a menudo es acusado de paramercenario.

1996: Toda África tiene menos kilómetros de carretera que Polonia

La población africana representa el 10% de la población mundial, pero su PIB solo el 1%.

De los 53 países de África, 14 tienen conflictos armados y 37 se encuentran en situación de hambruna generalizada.

2000: En la Conferencia de Durban sobre racismo se pide que Bélgica sea considerada responsable del primer genocidio del siglo XX.

Los ingresos totales de cuarenta y ocho países subsaharianos igualan a los de Bélgica.

2002: El 80% de las reservas mundiales de coltán, mineral clave para las nuevas tecnologías, se encuentran en el Congo. Ericsson, Nokia, Siemens y Sony son los principales compradores de coltán.

Un tronco de madera de okume se compra en Guinea a 18 euros y se vende en España a 18.000

Patrice Lumumba, héroe de la resistencia frente a Bélgica, elegido democráticamente primer presidente del Congo,  fue quien firmó la declaración de independencia de su país. En el discurso de independencia, entre otras cosas, dijo: “Nuestras heridas, tras 80 años de régimen colonial, están demasiado frescas y demasiado dolorosas todavía para que podamos sacarlas de nuestra memoria. Hemos conocido el trabajo agotador exigido a cambio de salarios que no nos permitían ni calmar el hambre, ni vestirnos, ni vivir decentemente, ni hacer crecer a nuestros hijos como seres queridos. Hemos conocido las ironías, los insultos, los golpes que habíamos de soportar, mañana, tarde o noche, porque éramos negros. ¿Quién olvidará que el negro era tratado de “tu”, no porque fuese un amigo, sino porque el honorable “usted” se reservaba solo a los blancos? Hemos tenido que aceptar que nuestras tierras fuesen expoliadas en nombre de unos textos presuntamente legales que no hacían sino reconocer la ley del más fuerte. Hemos tenido que aceptar que la ley no era nunca la misma si se trataba de un blanco o de un negro, cómoda para unos y cruel e inhumana para los otros. ¿Quién olvidará los pelotones de ejecución en los que murieron tantos de nuestros hermanos, los calabozos donde eran arrojados brutalmente los que ya no querían someterse al régimen de una justicia de explotación y opresión?… La República del Congo ha sido proclamada y nuestro país está ahora en manos de sus hijos. Todos juntos, hermanas y hermanos, comenzamos una nueva lucha, una lucha sublime que llevará a nuestro país a la paz, a la prosperidad y a la grandeza. Mostraremos al mundo lo que puede hacer el hombre negro cuando trabaja en libertad y haremos del Congo un centro de irradiación para toda África. Pondremos fin a la opresión del pensamiento libre y lo haremos de tal manera que los ciudadanos gozarán de las libertades fundamentales previstas en la Declaración de los Derechos del Hombre. Suprimiremos cualquier discriminación y daremos a cada uno el lugar que le valdrá su dignidad humana, su trabajo y la dedicación a su país. Haremos reinar, no la paz de los fusiles y las bayonetas, sino la paz de los corazones y las buenas voluntades. Desde esa perspectiva, Bélgica, aceptando finalmente el sentido de la historia, no ha intentado oponerse a nuestra independencia y está preparada para prestarnos su ayuda y su amistad. Acaba de firmarse un tratado entre nuestros dos países iguales e independientes. Así, tanto en el interior como en el exterior, el nuevo Congo será un país rico, libre y próspero. Os pido a todos que olvidéis las disputas tribales que nos agotan y que nos ponen en peligro de hacernos menospreciar en el extranjero. La independencia del Congo marca un paso decisivo hacia la liberación de todo el continente africano…”

Pocos meses después de proclamar la independencia del Congo una sublevación independentista de la provincia de Katanga (una de las más ricas del país) auspiciada y apoyada por EEUU y Bélgica acaba por derrocar a Lumumba, que huye para intentar salvar la vida, pero las tropas de la ONU allí desplazadas le niegan su protección y es entregado a la policía del régimen del dictador Mobutu. El 17 de enero de 1961 es torturado y asesinado por oficiales belgas asesorados por agentes de la CIA y soldados de Mobutu. A la mañana siguiente se cumple la orden de hacer desaparecer sus restos.

Seis meses antes del asesinato de Lumumba, en la ceremonia de independencia del Congo, el rey Balduino de Bélgica había dicho: “Señores, la independencia del Congo es el resultado de la obra concebida por el genio de Leopoldo II llevada a cabo por el coraje tenaz y continuada con la perseverancia de Bélgica. Reconocemos con alegría y emoción que el Congo accede, en pleno acuerdo y amistad con Bélgica, a la independencia y a la soberanía internacional… El gran movimiento de independencia que se está produciendo ahora en todo África ha encontrado en los poderes belgas la más alta comprensión…”

Actualmente los países subsaharianos que tienen más de una tercera parte de su población seropositiva son: Costa de Marfil, Ghana, República Popular del Congo, República Democrática del Congo, Namibia, Sud África, Mozambique, Botswana, Zimbawe, Zambia, Malawi, Ruanda, Burundi, Uganda, Tanzania, Kenia y Etiopía.

Los que tienen una renta per cápita inferior a 200 dólares al año son: Mozambique, Tanzania, Uganda, Somalia, Etiopía y Chad.

Y los que la tienen entre 200 y 400 dólares anuales son: República Democrática del Congo, Ruanda, Burundi, Kenia, República Centroafricana, Sudán, Níger, Nigeria, Mali, Burkina Faso, Ghana, Togo, Benin y Guinea ecuatorial.

El umbral de pobreza según el Banco Mundial es 2 dólares al día, es decir, 730 dólares al año.

Los países africanos que destinan a la exportación más del 90% de lo que producen son: Argelia, Libia, Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, Liberia, Togo, Nigeria, Camerún, Guinea Ecuatorial, República Popular del Congo, República Democrática del Congo, Ruanda, Uganda, Burundi, Etiopía, Somalia, Tanzania, Zimbawe, Zambia, Angola, Botswana y Namibia.

El Congo tiene el 80% de las reservas mundiales de coltán, un mineral imprescindible para las industrias electrónicas como la telefonia móvil y la indústria armamentística. El coltán se extrae en condiciones precarias y sin las mínimas medidas de seguridad en minas de baja profundidad. Un minero puede extraer un kilo de coltán al día. Por ese kilo le pagan 10 dólares. Ese mismo kilo se vende en el mercado por 500 dólares. Para abaratar los “costes de explotación” se utiliza a niños de entre 7 y 10 años para extraer el coltán de las minas, ya que al ser pequeños pueden trabajar mejor en los estrechos túneles propios de esas explotaciones mineras. Los niños cobran 25 céntimos por día. Dos mil niños mueren al día en esas minas. Un kilo de coltán vale la vida de dos niños.

En 1996, EEUU, preocupado por la posible pérdida del control de la producción del coltán del Congo, patrocinó la invasión de las zonas mineras congoleñas por fuerzas militares de países vecinos como Ruanda y Uganda. Esa guerra todavía continúa y ya ha causado 5.000.000 de muertos. Es una guerra que no aparece en los medios de comunicación porque no interesa que sepamos de ella: dejar de comprar móviles compulsivamente podría arruinar este espléndido negocio. Esa guerra no parará porque las grandes empresas y los gobiernos no quieren que pare. Si se paraliza la guerra no se hace negocio con el coltán, que se quedaría en el Congo. Quien controla el coltán controla nuestra vida, nuestro mundo.

La mayor tragedia del Congo no es ser pobre, que no lo es, sino tener grandes reservas de las materias primas que históricamente más le han interesado a los países desarrollados: Seres humanos hasta el siglo XIX, caucho en el XIX, diamantes en el XX y coltán en el XXI.

En África 3000 niños mueren al día por culpa de la malaria, son más de un millón los que mueren cada año por culpa de esta enfermedad que es curable. El coste de la vacuna para la gripe A se acerca a los 8 euros, el de la malaria no llega a los 50 céntimos…

“Con menos del 1% de las inyecciones económicas de los gobiernos para salvar al sistema financiero global se podría resolver la calamidad de millones de personas que son víctimas de la hambruna” (Josette Sheeran, directora del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas)

Con el dinero que los consejeros y altos directivos de las 35 empresas cotizadas en el IBEX 35 español cobraron en 2008 más de cuatro millones de niños habrían tenido casa, comida y escuela.

Dar acceso a la escuela a todos los niños de 6 a 15 años del mundo costaría menos de lo que los estadounidenses gastan en cosmética en un año… o los europeos en helados.

El total de las “ayudas” del primer mundo al tercero en 2003 ascendió a 54.000 millones de dólares; el servicio de la deuda (amortizaciones e intereses) que el sur le pagó al norte ese año fue de 436.000 millones.

“Por cada niño que muere de hambre en el tercer mundo, hay un asesino en el primero” (Jean Ziegler, ex-Relator para la Alimentación de Naciones Unidas)

Desde las instituciones financieras encargadas de salvaguardar el orden económico mundial (Fondo Monetario Internacional, Banco mundial, Organización Mundial del Comercio, etc.) hemos obligado a estos países a malvender sus inmensas riquezas naturales a empresas multinacionales que son las que, al controlar el mercado, ganan miles de millones. Y les hemos obligado a hacerlo apoyando a líderes corruptos afines a nuestros intereses; derrocando a líderes honestos e idealistas como Lumumba; provocando guerras tribales; vendiendo armas a guerrillas financiadas por países como EEUU; ahogándoles con el peso de la deuda externa, una deuda que ni pueden ni podrán pagar jamás; impidiéndoles crear no ya lo que conocemos como un estado del bienestar, sino un mínimo de derechos sociales; gravando con aranceles sus exportaciones y protegiendo nuestras economías con subvenciones a la agricultura, la ganadería, etc. Las ONGs y otras muchas instituciones y personas llevan reclamando desde hace décadas que el primer mundo destine aunque solo sea el 0,7% de su PIB a ayuda al desarrollo. Hace casi 40 años la ONU asumió el 0,7% como objetivo. Solo cuatro países desarrollados (Dinamarca, Luxemburgo, Holanda y Suecia) lo han cumplido. Con la excusa de la crisis, una de las partidas que más recortes ha sufrido precisamente ha sido esta. Frente a la idea interesadamente propagada desde muchos sectores y medios de comunicación de que tenemos que dedicar nuestros escasos recursos a ayudar a “nuestros” necesitados y que no tenemos dinero para dar a los pobres de otros países, como si existieran muertos de primera o de segunda clase y como si estuviésemos planteando la cuestión como una obra de caridad o de beneficencia, debemos replantearnos profundamente nuestra manera de pensar y de mirar hacia continentes como el africano, ya que el origen de su pobreza estuvo en el afianzamiento de nuestra riqueza, y lo que les impide hoy salir de ella es el sistema económico que nosotros imponemos, que hace que nuestro nivel de vida se asiente sobre la explotación de esos países a los que condenamos a la hambruna y a la muerte. Esta situación no puede ni debe mirarse como si fuésemos magnánimos y caritativos benefactores de los pobrecitos negritos de África, sino como lo que en realidad hemos sido y somos: sus verdugos y asesinos.

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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