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Georges Brassens, la cálida voz de la anarquía

Hoy habría cumplido noventa años, pero hace ya treinta que murió. Se llamaba George Brassens. Fue un hombre libre, un hombre que amó la poesía y la vida, un anarquista que nunca se rindió, que jamás claudicó de sus ideas, que vivió consecuentemente con ellas y con su compromiso por crear un mundo nuevo, un trovador que cantó a las prostitutas y a los ladrones, a los amigos, a los perdedores, a la gente que se ama y que se besa, a la vida que pasa y al tiempo que no perdona, un hombre que cantó al amor, a la amistad, a la muerte y, sobre todo, a lo que él más amaba: la vida. Hombre de mirada melancólica, que sabe que lo que cuenta puede llegar a tu corazón, y hombre de sonrisa pícara, que sabe que, sin duda, ha llegado hasta lo más hondo. Nacido en Francia, era un ciudadano del mundo, porque las historias que contaba, sus historias, eran nuestras historias, esas historias universales que hablan de ti y de mi, de lo que somos y de todo lo que podríamos haber sido… Con unas melodías aparentemente sencillas y un lenguaje claro, preciso y enormemente rico, devolvió a la canción francesa la poesía que había perdido. El nunca se consideró un poeta, a pesar de que era de los mejores, sino un chansonnier, un trovador que cantaba al mundo en que vivía. Desde niño quiso dedicarse a la canción y a escribir. Jamás aprendió solfeo. Compuso más de doscientas cincuenta canciones. La autoridad, el ejército, el clero, la hipocresía y el poder fueron sus enemigos más íntimos, unos enemigos a los que combatió desde la más peligrosa de las armas: el sentido del humor. Su legado ha sido inmenso. Revolucionó la canción popular, la chanson, y con ella la canción protesta de todo el mundo. Sus canciones han sido traducidas a más de veinte idiomas y han sido cantadas como símbolo de rebeldía, de esperanza y de compromiso en todos los países que han sufrido y sufren dictaduras e injusticias.

Nacido en Sète, en el sur de Francia, en el seno de una familia humilde de clase obrera, no tardó en entender el significado de la anarquía. Castigado en el colegio a estar encerrado dentro de un armario, comprendió que la autoridad y el poder serían los enemigos a los que tendría que combatir durante toda su vida. Pero no todo fue malo para él en la escuela. Uno de sus maestros, Alphonse Bonnafé, le descubrió el mundo de la poesía y de la creatividad. Aquel humanista marcaría su vida para siempre: “Gracias a él abrí mi mente a algo mucho más grande. Incluso ahora, cada vez que escribo una canción, me hago siempre la misma pregunta: ¿le gustaría a él?”

A los quince años le expulsaron del colegio y se fue a vivir a París. Allí se pasaba horas en las bibliotecas públicas y adquirió una costumbre que mantendría durante toda su vida: acostarse al anochecer y levantarse de madrugada. En París trabajó en una fábrica de Renault hasta que fue bombardeada durante la guerra por los alemanes. Tras la ocupación nazi, fue condenado a trabajar en una fábrica de BMW en Alemania, de donde escapó un año después aprovechando un permiso de diez días. Huyó de nuevo a París. Allí no conocía a casi nadie y le resultaba difícil esconderse. Finalmente lo hizo en casa de Jeanne Planche, una amiga de una tía suya, que vivía con Marcel, su marido. La casa era pequeña y no tenía luz, gas, ni agua corriente. Brassens estuvo escondido sin salir de la casa durante cinco meses hasta que París fue liberado por los aliados. Sin embargo, se sentía tan a gusto con ellos que se quedó en aquella casa 22 años más: “Allí estaba bien, y desde entonces siempre he valorado la falta de confort” A Jeanne le dedicó la canción “La Cane de Jeanne” y a Marcel “Chanson pour l´Auverngnat” (Canción para el Auvernés):

“Esta canción es para ti
para ti, Auvernés. Que sin remilgos
me diste un poco de leña
cuando tuve frío,
tú que me diste fuego cuando
las paletas y los paletos,
toda la gente bienintencionada,
me cerró la puerta en las narices.
No era más que un poco de fuego de leña,
pero eso calentó mi cuerpo
y en mi alma arde aún
como un inmenso fuego de artificio.

A ti, Auvernés, cuando mueras,
cuando el enterrador te lleve,
que te conduzca a través del cielo
hasta el Padre Eterno.

Esta canción es para ti,
para ti, anfitriona que sin ceremonias
me diste cuatro pedazos de pan
cuando tuve hambre,
tú que abriste tu panera cuando
las paletas y los paletos
y toda la gente bienintencionada
se divertían viéndome ayunar.
No fue más que un poco de pan,
pero bastó para calentar mi cuerpo
y en mi alma arde aún
como un gran festín.

A ti, anfitriona, cuando mueras,
cuando el enterrador te lleve,
que te conduzca a través del cielo
hasta el Padre Eterno.

Esta canción es para ti,
para ti, desconocido, que sin ceremonias
con una sonrisa me sonreíste
cuando los gendarmes me detuvieron,
para ti, que no aplaudiste cuando
las paletas y los paletos
y toda la gente bienintencionada
reían al ver cómo me llevaban.
No fue más que un poco de miel,
pero calentó mi cuerpo
y en mi alma brilla aún
como un gran sol.

A ti, extranjero, cuando mueras,
cuando el enterrador te lleve,
que te conduzca a través del cielo
hasta el Padre Eterno”

Introducido ya en los círculos anarquistas, colaboraba con sus escritos en los panfletos de la Federación Anarquista. El tiempo pasado encerrado en soledad le había permitido empezar a componer sus propias canciones. Durante los cinco meses que pasó encerrado a su vuelta a París lo hizo acompañándose únicamente de una caja que usaba como percusión. Sus amigos le empujaban a cantar en cabarets, cafés y clubes del barrio, pero su enorme timidez le frenaba constantemente. Siempre fue muy reservado con su vida privada y eso de subir a un escenario a cantar era demasiado duro para él. Su idea era componer canciones y dárselas a otros para que las cantasen. En más de una ocasión los dueños de los clubes le dijeron que su música no era adecuada para su local hasta que, una noche, la cantante Patachou le empujó a subirse al escenario del cabaret de Montmartre que ella dirigía. A partir de aquella noche Brassens inició la carrera musical que le convirtió en verdadero mito.

Una de sus canciones más famosas es “La mala reputación”, todo un himno libertario:

“En mi pueblo sin pretensión
tengo mala reputación,
haga lo que haga es igual
todo lo consideran mal,
yo no pienso pues hacer ningún daño
queriendo vivir fuera del rebaño;
No, a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
no, a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
todos, todos me miran mal
salvo los ciegos, es natural.

Cuando la fiesta nacional
yo me quedo en la cama igual,
que la música militar
nunca me supo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
que el de no seguir al abanderado;
No a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
y a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
todos me muestran con el dedo
salvo los mancos, quiero y no puedo.

Si en la calle corre un ladrón
y a la zaga va un ricachón
zancadilla pongo al señor
y he aplastado el perseguidor
eso sí que sí que será una lata
siempre tengo yo que meter la pata;
No a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
y a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
tras de mí todos a correr
salvo los cojos, es de creer.

Ya sé con mucha precisión
como acabará la función
no les falta más que el garrote
pa’ matarme como un coyote
a pesar de que no arme ningún lío
con que no va a Roma el camino mío;
No a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe,
no a la gente no gusta que
uno tenga su propia fe
tras de mí todos a ladrar
salvo los mudos, es de pensar”

Humilde desde siempre, supo compaginar su amistad con sus amigos de la infancia y de los tiempos duros con la de las grandes estrellas como Jacques Brel o Lino Ventura, con quien compartía acciones humanitarias. Unió dos de sus grandes pasiones, el amor al mar y la amistad, en una de sus canciones, “Les copains d´abord”, donde habla de sus amigos como esos compañeros con los que realizamos, a bordo de cualquier navio, el viaje de la vida. Fiel a su ideología libertaria, siempre antepuso el hombre, el ser humano, sobre todo lo demás: “La única revolución es intentar mejorar uno mismo esperando que los demás también lo hagan”. Hoy el pensamiento de Brassens, su forma de ver y querer cambiar la vida, está más actual que nunca. No me cabe duda de que estaría acampado en cualquier plaza, con su inseparable guitarra, cantando junto al 15-M, disfrutando de esa poesía que, como él quería, vive en las calles. “Saturno” es una de sus más bellas canciones. Está dedicada al amor en la madurez, a las preciosas flores de otoño que son capaces de dar sus colores más bellos…

Colaboró con el mundo del cine en más de una ocasión a través de sus canciones e incluso llegó a trabajar como actor en la película “Porte de Lilas”, de su buen amigo René Clair. Que un hombre tan profundamente tímido como él aceptase interpretar un papel en el cine es una muestra más del alto valor en el que él tenía a la amistad. Jamás volvió a trabajar como actor. Se encontró a sí mismo malísimo. Aquí le tienes en una de las secuencias de esa película cantando una de sus canciones:

Solía acompañarse únicamente por una guitarra acústica y por su fiel Pierre Nicolas al contrabajo, aunque para las grabaciones añadía una segunda guitarra. Componía la mayoría de sus letras, aunque también musicó a muchos de sus poetas franceses favoritos, como Aragon, Hugo, Villon, Apollinaire o Antoine Pol.

Aquí tienes uno de los poemas de Pol, “Les passantes”, que viene a decir:

“Yo quiero dedicar este poema
a todas las mujeres que amamos
durante algunos instantes secretos,
a las que conocemos apenas,
a las que nos arrastra un destino distinto,
y que no se vuelven a ver más.

A la que vemos aparecer
un segundo en su ventana
y que, rápidamente, se desvanece,
pero cuya esbelta silueta,
es tan graciosa y delicada
que nos deja maravillados.

A la compañera de viaje
cuyos ojos, encantador paisaje,
hacen parecer corto el camino.
Que somos los únicos en comprenderla
y que dejamos sin embargo bajar
sin haber rozado su mano.

A las que ya están comprometidas,
y que, viviendo horas grises,
cerca de un ser demasiado diferente,
nos han dejado, inútil locura,
ver la melancolía
de un futuro desesperante.

Queridas imágenes vistas,
esperanzas frustradas de un día,
mañana estaréis en el olvido.
Con solo un poco de felicidad que tengamos
es raro que nos acordemos
de los episodios del camino.

Pero si hemos fracasado en la vida,
pensamos con un poco de ganas
en todas esas felicidades entrevistas,
en los besos que no osamos tomar,
en los corazones que debían esperarnos,
en los ojos que no hemos vuelto a ver.

Entonces, en las noches de hastío,
poblando nuestra soledad
con los fantasmas del recuerdo,
lloramos los labios ausentes
de todas las bellas fugaces
que no supimos retener.”

Nada mejor para despedir esta entrada que las palabras de homenaje que le dedicó Gabriel García Márquez cuando, en octubre de 1981, hace justo ahora treinta años, nos dejó, y con esa maravillosa canción, ese enorme canto a la vida en el que Brassens pedía que, cuando muriese, le enterrasen en Sète, esa pequeña ciudad de provincias donde nació, junto al Mediterráneo, y en la que, en cierta medida, nunca dejó, ni dejará, de vivir:

“Hace algunos años, en el curso de una discusión literaria, alguien preguntó cual era el mejor poeta actual de Francia, y yo contesté sin vacilación: Georges Brassens. No todos los que estaban allí habían oído antes ese nombre – unos por demasiado viejos y otros por demasiado jóvenes -, y algunos que le menospreciaban porque era autor de discos y no de libros dieron por hecho que yo lo decía por desconcertar. Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón. Para ellos, más que para el resto del mundo, Georges Brassens ha muerto la semana pasada a los sesenta años, frente al voluble mar de Sète que tanto amaba, y donde tenía su casa llena de flores y de gatos que se paseaban sin romperse entre la vida real y sus canciones. Sólo que no murió en ella; su discreción legendaria era tan cierta, que se fue a morir en la casa de un amigo para que nadie lo supiera. Y la mala noticia no se conoció hasta 72 horas después por una llamada anónima, cuando ya un reducido grupo de parientes y amigos íntimos lo habían enterrado en el cementerio local. No podía ser de otro modo: para un hombre como él, la muerte era el acto personal más secreto de la vida privada. Así fue siempre. Había nacido en 1921, en la casa de pobres de un albañil que deseaba para su hijo el mismo oficio. Como todos los niños con vocación vital, el pequeño Georges detestaba la escuela por lo que ésta tenía de cuartel. Una maestra desesperada acabó de rematarlo: lo encerró con llave en un ropero durante varias horas, y cuando por fin lo liberaron habían germinado en su corazón, para siempre, las semillas de la anarquía. Su odio a la autoridad y a toda norma establecida fueron el sustento de sus canciones más hermosas. Para él no había más luz en aquellas tinieblas que la independencia personal y el amor. Una vez cantó: “Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta”. El Partido Comunista francés puso el grito en el cielo en nombre de tantos compatriotas muertos de muerte rápida durante la resistencia.

“En realidad, Georges Brassens carecía por completo de instinto gregario. Llevaba una vida tan reservada, que todo lo que tenía que ver con él andaba confundido con la leyenda, y uno se preguntaba a veces si de veras existía. Aun en su época de mayor esplendor, hacia la mitad de los años cincuenta, era un hombre invisible. Nadie sabe cómo lo convenció René Clair de que actuara en una película, y él lo hizo muy mal, abrumado por la vergüenza de ser el centro de la atención; pero en cambio cantó una ristra de canciones originales que se quedaban resonando en el corazón. El tiempo – decía en una de ellas – era un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasaba no volvía a crecer jamás el amor.

“Le vi en persona una sola vez cuando su primera presentación en el Olympia, y ese es uno de mis recuerdos irremediables. Apareció por entre las bambalinas como si no fuera la estrella de la noche, sino un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado y unos zapatos deplorables, como los que usaba su padre para pegar ladrillos. Era un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca y un instinto poético que no se detenía ante nada. “Lo único que no me gustan son sus malas palabras”, decía su madre. En realidad, era capaz de decir todo y mucho más de lo que era permisible, pero lo decía con una fuerza lírica que arrastraba cualquier cosa hasta la otra orilla del bien y del mal. Aquella noche inolvidable en el Olympia cantó como nunca, agonizando por su miedo congénito al espectáculo público, y era imposible saber si llorábamos por la belleza de sus canciones o por la compasión que nos suscitaba la soledad de aquel hombre hecho para otros mundos y otro tiempo. Era como estar oyendo a François Villon en persona, o a un Rabelais desamparado y feroz. Nunca más tuve oportunidad de verlo, y aun amigos más cercanos lo perdían de vista. Poco antes de morir, alguien le preguntó qué estaba haciendo durante las jornadas de mayo de 1968, y él contestó: “Tenía cólico nefrítico”. La respuesta se interpretó como una irreverencia más de las tantas que soltó en la vida. Pero ahora se sabe que era cierto. Sin que casi nadie lo supiera, había empezado a morirse en silencio desde hace más de veinte años.

“En 1955, cuando era imposible vivir sin las canciones de Brassens, París era distinto. Los parques públicos se llenaban por las tardes de ancianos solitarios, los más viejos del mundo; pero las parejas de enamorados eran dueñas de la ciudad. Se besaban en todas partes con besos interminables, en los cafés y en los trenes subterráneos, en el cine y en plena calle, y hasta paraban el tránsito para seguirse besando, como si tuvieran conciencia de que la vida no les iba a alcanzar para tanto amor. El existencialismo había quedado atrás; sepultado en las cuevas para turistas de Saint-Germain-des-Prés, y lo único que quedaba de él era lo mejor que tenía: las ansias irreprimibles de vivir. Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado, creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos, embutidos como sardinas en una jaula de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela, cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.

“Ya para entonces, Georges Brassens había hecho su testamento cantado, que es uno de sus poemas más hermosos. Lo aprendí de memoria sin saber lo que significaban las palabras, y a medida que pasaba el tiempo y aprendía el francés iba descifrando poco a poco su sentido y su belleza, con el mismo asombro con que hubiera ido descubriendo, una tras otra, las estrellas del universo. Ahora, transcurridos veinticinco años, ya nadie se besa en las calles de París, y uno se pregunta asustado qué fue de tantos que se amaban tanto y que ahora no se ven en el mundo. Georges Brassens ha muerto, y alguien tendrá que poner en la puerta de su casa, como él lo pedía en su testamento, un letrero simple: “Cerrado por causa de entierro”.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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