General Pintura

De lápices, hadas y sueños: Marie Brozova

Callejear por las calles de Praga es dejarse llevar hasta perderse en un mágico jardín de belleza, un jardín donde todo es bello y armonioso, un paraíso lleno de parques y rincones donde se escucha el silencio y la alegría de sus gentes, una ciudad hecha para los ciudadanos donde aún reinan los tranvías y donde, de cuando en cuando, puedes encontrar una sorpresa que te traslada a ese otro mundo donde habitan la imaginación y los sueños. Una de esas sorpresas, sin duda, es la galería de arte de Marie Brozova. Ha dedicado su vida a pintar cuadros con lápices de colores, esos lápices que muchos, los más, dejamos atrás cuando perdimos nuestra infancia. ¿Qué queda hoy del placer de dibujar y pintar con aquellos dedos mágicos que todo lo llenaban de color? ¿Dónde ha ido el inolvidable perfume de la goma de borrar?, ¿Dónde están hoy aquellos sacapuntas con los que devolvíamos la vida y las ganas de vivir a aquellos ligeros pedazos de madera capaces de regalarnos todos los colores? A Marie Brozova le encantaba, de niña, pintar con sus lápices. Convencida de que la pintura era su vocación, siguió los pasos que todos los pintores siguen adentrándose en el mundo de las ceras y las pinturas. Fueron años los que pasó experimentando y buscando su propia forma de expresión, pero en los lienzos, los óleos y las paletas no encontró el placer que le daban los lápices. Por eso decidió desaprender y regresar al paraíso libre de la infancia, ese paraíso donde todo puede pasar porque no existe la frontera entre lo imaginario y lo real, entre lo que pensamos y lo que sentimos. Desde entonces se ha dedicado a pintar cuadros con lápices de colores, cuadros llenos de vida, de imaginación, de belleza y de magia.  

Y ya que vamos a hablar de los mundos de las hadas y de los sueños, nada mejor, quizá, que nos acompañe ahora, si quieres, una suave balada de Loreena Mckennitt

Marie Brozova ha vivido siempre a contracorriente. Tras abandonar sus estudios de pintura se fue a vivir al campo con su marido. En su casa no hay televisión, nevera o agua corriente. Vive en un contacto muy intenso con la naturaleza, una naturaleza siempre amenazada por el progreso de nuestra mal llamada civilización, y que es la musa de su pintura y de su mundo. De pequeña quería ser astrónoma. Le apasionaban las estrellas, sabía identificar las principales constelaciones en el cielo y se pasaba horas y horas hablando con su abuelo sobre el infinito o el Big Bang: “No puedo imaginar nada más hermoso que pasar una noche en el tejado mirando las estrellas, mirando a través de la ventana del universo”.

Su infancia fue feliz. Creció en una familia que creía que no había sueños imposibles y que hacía todo lo que estuviera en su mano para hacerlos realidad: “ Crecí en un ambiente de amor y aceptación que me dio mucha confianza en mí misma. Mi infancia estaba llena de imaginación. Fantasmas y hadas eran mis amigos. Viví en un contacto muy estrecho con la naturaleza. Veía un hada detrás de cada flor y un fauno con el que me detenía a hablar en cada árbol. Mi madre me enseñó a amar la naturaleza y a percibir el mundo de la sensibilidad y del color. No solo me leía cuentos de hadas, sino que se los inventaba partiendo de las cosas más cotidianas, de todo lo que yo había visto y me había interesado. Quizá por eso la imaginación es más importante que el mundo real en mi vida. Me siento más a gusto con los árboles, las flores y las piedras que con las personas.

“Hoy el mundo ha cambiado mucho. Si no se cultiva, la imaginación es un regalo que desaparece pronto. La imaginación se ha convertido en algo muy raro en nuestros días. Muchas veces, cuando estoy pintando en la calle, se me acercan niños que me dicen que no son capaces de leer un libro porque no pueden ver lo que hay más allá de las letras. Están creciendo en un mundo tan perfecto, con unos juguetes tan perfectos, que no necesitan soñar nada, mejorar nada. Pueden tener lo que quieren, pero no son felices. El milagro del regalo de la imaginación es que puede convertir hasta la vida más ordinaria en una historia excitante y maravillosa. Hoy todo se hace rápido porque se tiene que hacer rápido y los jóvenes se ven obligados a elegir lo que van a hacer en su vida antes de saber incluso qué es lo que verdaderamente les gustaría hacer. El mundo de hoy se concentra en la técnica y el progreso científico, en lugar de entender que la contemplación del arte es la esencia del alma humana, más allá de la lógica y de la razón. Creo que lo más importante es aprender a escuchar el latido de tu corazón y soñar mucho con lo que quieres hacer de tu vida. Solo cuando sueñas con algo muy detalladamente puedes hacer que ese sueño se convierta en realidad.” 

Apasionada de la literatura, especialmente la rusa ( no en vano Dr. Zhivago es una de sus novelas favoritas), adora la música, aunque prefiere el silencio. “Para crear necesito silencio, espacio y paz. Y si puedo hacerlo en el escenario de los recuerdos de mi infancia mucho mejor, porque es ahí donde siento la estrecha conexión con la tierra bajo mis pies y con el cielo sobre mi cabeza, como una ventana abierta al universo”.  En 2004, Marie Brozova creó el proyecto de la defensa de los lápices de colores, una experiencia vital que ha hecho que los cuadros pintados con lápices de colores dejen de verse como juegos de niños y sean considerados como arte. Pinta cuadros en gran formato (en AO, el tamaño más grande que existe de papel), y en su galería vende reproducciones firmadas con sus siglas MAB. Pintar uno de sus cuadros puede llevarle más de ciento cincuenta horas y, ante la incredulidad de la gente de que aquellos cuadros estaban pintados únicamente con lápices de colores, empezó a pintar en la calle, a acercar su arte a la calle para compartir con la gente ese mundo tan especial en el que ella vive. Suele regalar a entidades benéficas muchos de los originales que pinta.  El Orfanato de Praga o el Hospital Infantil de Oncología y Hematología son algunos de sus beneficiarios.

La temática de su pintura es diversa y muy variada, aunque suele hacer series sobre los temas que le interesan: las cartas del Tarot, calendarios, ciudades y pueblos checos… En sus cuadros siempre hay flores, árboles, estrellas, arco iris o lunas. También la soledad es una de sus temáticas principales cuando aborda la figura humana. En sus cuadros no es difícil ver a seres solitarios recorriendo un camino o navegando bajo un puente. Pero su soledad no es una soledad triste o melancólica, sino onírica, porque soñar es algo que hacemos cuando estamos solos.

Pintar con un lápiz de color es como volver a subir a un árbol ¿Cuánto hace que no te subes a uno?, ¿Cuánto que no pintas con lápices de colores?, ¿Cuánto que no sueñas despierto?. Allí, subidos al árbol de nuestra infancia, soñábamos con ser  piratas, capitanes o princesas, y éramos piratas, capitanes y princesas. Todo cambió cuando bajamos, o nos bajaron, de aquel árbol. Los árboles eran  nuestra vida, y nuestro árbol, porque todos teníamos uno, era nuestro mundo. Ahora pasamos de largo, ya no los vemos porque ya ni los miramos. Hemos perdido los árboles y los sueños, la capacidad de soñar y de vivir nuestros sueños. No es que ya no pintemos con lápices de colores, es que ya ni siquiera lo hacemos con acuarelas, ceras ni témperas. Hemos dejado de pintar. Nos hemos secado. Los niños son felices jugando a las canicas. Los ancianos a la petanca. Solo cambia el tamaño de las bolas; el juego, el placer del juego, sigue intensamente vivo. Pero ¿con qué hemos sustituido los lápices de colores? Con nada. Un papel en blanco ya no es para nosotros una invitación a emprender un viaje más allá de nosotros mismos, un viaje que nos lleve a ese no lugar donde habitan las hadas, los piratas y los sueños. Pero no todo ha muerto. En lo más hondo de nosotros mismos hay algo que vibra profundamente cuando, al pasar frente al escaparate de una papelería o de una tienda de pintura, vemos una enorme y preciosa caja de lápices de colores abierta, con todos los lápices perfectamente ordenados esperando que nos decidamos a pintar de nuevo. ¿Has olvidado lo que sentiste cuando te regalaron tu primera caja de lápices de colores? Acércate a una papelería, abre una, huélela, acaricia los lápices, disfruta contemplándolos lenta, profundamente, y verás que todavía hay algo de aquella alma libre de tu infancia que vive en ti. Los lápices de colores, como una canción o un perfume, tienen un poder fascinante capaz de hacer variar nuestro estado de ánimo y nuestra percepción de la realidad, de evocar nuestros más tiernos recuerdos y de llevarnos allí donde no duermen los sueños, por eso los lápices de colores no son, como tantas veces nos han dicho, un juguete de niños, sino que son la llave del alma, de nuestra alma…

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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