Cine/Teatro General

Orson Welles

Actor, director de cine y de teatro, rebelde, inconformista y, por encima de todo, genio. Así era Orson Welles, posiblemente una de las personas que más han influido en la cultura del siglo XX. Con 23 años revolucionó el mundo de la radio con la emisión de “La guerra de los mundos” de H.G.Wells radiando el texto como si fuese una emisión en directo con interrupciones para dar las noticias de última hora de una invasión extraterrestre en New Jersey. Fueron miles las personas que salieron aquel día, hace ya más de 70 años, a la calle llenas de pánico convencidas de que la tierra estaba siendo invadida por marcianos. No contento con eso, la primera película que dirigió, “Ciudadano Kane”, está considerada por muchos como la película más importante e innovadora de la historia del cine. Su genial concepción del arte y su permanente espíritu rebelde hicieron que pasase su vida luchando con los grandes estudios de Hollywood para poder hacer sus películas con total libertad. Luchador infatigable contra la segregación racial y la injusticia social, fueron muchos, demasiados,  los enemigos que se ganó en su vida, una vida que siempre vivió como él quiso, sin dejar que nada ni nadie marcara el rumbo de su destino.

Para acompañar esta entrada nada mejor que un tema que nuestro imaginario no puede separar de la imagen de Welles huyendo por las calles y las alcantarillas de Viena en la película El tercer hombre

>Nacido en Wisconsin en 1915 en el seno de una familia católica, no tuvo una infancia fácil, sino todo lo contrario. Su padre era inventor (es el que inventó el faro para bicicletas) pero el alcoholismo acabó con él. Su madre era concertista de piano y fue quien orientó a Welles hacia el mundo de las artes. Sus padres se separaron cuando él tenía 4 años y se fue a vivir con su madre a Chicago. Poco después de cumplir los nueve su madre murió y fue educado bajo la tutela de Dudley Craft Watson. Un año después, con apenas cumplidos los diez, Welles se escapó de casa con una de las hijas de Watson. Les encontraron en Milwakee una semana después cantando y bailando en la calle para conseguir dinero. Le llevaron a una escuela, la Todd School, donde enseguida vieron que Orson era un niño prodigio y diseñaron una educación a su medida orientándola hacia los temas que más interés despertaban en él. Fue allí donde empezó a actuar y a producir sus primeras obras de teatro. Su primer montaje, con solo diez años, fue nada menos que “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mister Hyde”

Cuando tenía quince años murió su padre y gastó el poco dinero que heredó en viajar a Europa. En Dublín, al pasar frente al Gate Theatre, decidió entrar presentándose como un gran actor de Broadway para pedir que le hiciesen una prueba. El director del teatro no le creyó, pero accedió a hacerle la prueba. En cuanto le vio actuar le contrató. Poco después Welles hizo allí uno de los principales papeles en Jew Suss. El éxito fue tal que las críticas llegaron incluso a los EEUU. De vuelta a casa vio, sin embargo, que su fama había sido efímera y compaginó las interpretaciones en pequeños papeles con otras de sus pasiones: la escritura y el dibujo.

En 1933 tuvo su oportunidad en algunos montajes del Off- Broadway. Preparó intensamente dos papeles en un montaje de Romeo y Julieta. Las dificultades económicas hicieron que aquel montaje jamás llegase a estrenarse, pero Welles no se amilanó y organizó un festival de teatro dramático para el que invitó a varios de los técnicos del frustrado montaje de Romeo y Julieta y a algunos actores de compañía irlandesa con la que había trabajado. Obtuvo un éxito clamoroso que le permitió hacer una gira. Poco después conoció a John Houseman, que estaba haciendo pruebas a varios actores para incorporarlos en el Federal Theatre Project. En aquella época Welles era un actor casi desconocido con un inmenso talento. Houseman tuvo la habilidad de reconocer al genio que estaba en ciernes.

Para poder vivir complementaba sus escasos ingresos teatrales con trabajos como actor en la radio hasta que, finalmente, en 1936, Houseman le contrata para dirigir un Macbeth con la unidad de Teatro Negro del Federal Theatre Project. Aquel montaje fue revolucionario y fue conocido como el Voodoo Macbeth, ya que había situado la acción en Haití. De nuevo obtuvo un gran éxito y el montaje giró por diferentes Estados. Durante la gira, el protagonista se sintió enfermo y Welles le sustituyó personalmente pintándose la cara de negro. Con 20 años estaba considerado como un prodigio en el mundo del teatro. Ya en aquella época fue de los primeros directores en dar una importancia capital a la iluminación y a la capacidad expresiva y escénica de la luz.

Meses después abandonó el Federal Theatre Project junto a John Houseman para crear el Mercury Theatre, una compañía de repertorio que contaba con actores como Joseph Cotten y Agnes Moorehead, que colaborarían en la mayor parte de sus proyectos durante muchos años. El primer montaje del Mercury Theatre fue una versión del Julio César de Shakespeare ambientada en la Italia fascista de la época. Las entusiastas ovaciones del público obligaban a interrumpir las representaciones a veces durante más de diez minutos. Fue entonces cuando creó el Mercury Theatre on the Air, para radiar obras teatrales y clásicos literarios en la CBS. El programa del 30 de octubre de 1938 marcó un antes y un después en la historia de la radio con la emisión de La guerra de los mundos, de H.G.Wells. Aquí tienes una pequeña muestra de lo que fue aquella emisión radiofónica:

La fama de Welles alcanzó inmediatamente todos los EEUU y le llovieron ofertas para producir y dirigir nuevos proyectos. Entre ellos estaba el contrato que le ofreció la RKO para que dirigiera dos películas cediéndole absolutamente el control de la producción: guión, casting, dirección, elección de técnicos y, lo más importante, el derecho al “final cut”, es decir, el montaje final de la película. Con este contrato Welles y la mayor parte del Mercury Theatre se desplazaron a Hollywood. Estuvieron trabajando en un par de proyectos (uno de ellos era una adaptación de “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad planteado con cámara subjetiva) que finalmente no fueron aprobados por la RKO. Sin embargo, el tercer proyecto que propuso sí fue aprobado: Ciudadano Kane, una película basada en la vida del magnate de la prensa norteamericana William Randolf Hearst. Escribió el guión junto a Herman J. Mankiewicz y John Houseman. También fue el productor, director y protagonista absoluto de la película. El guión original fue cambiado muchas veces por Welles porque quería crear un personaje del magnate mucho más complejo y misterioso que el del propio Hearst. Para hacerlo tomó como referencia a Howard Hughes, Robert McCormick y Joseph Pulitzer, y no dudó en añadir clarísimas referencias autobiográficas, sobre todo en la parte de la película que relata la infancia del protagonista a manos de un tutor legal.

En cuanto RKO aprobó el proyecto, Welles contrató a los mejores técnicos que conocía para que le ayudaran a llevarlo adelante (su experiencia como director se limitaba a un corto que había realizado unos años antes). Entre ellos estaba Gregg Toland, el director de fotografía que durante un mes le enseñó a Welles la técnica y los trucos que más tarde emplearía en la película, una película que se caracteriza y que ha pasado a la historia del cine precisamente por su planteamiento tan innovador y revolucionario en cuanto a guión (cuenta los 75 años de vida del protagonista, su ascensión al poder y su caída), la impresionante puesta en escena, la originalidad de los encuadres y los movimientos de cámara, la utilización del plano secuencia, los absolutamente innovadores juegos de luces y sombras, el extraordinario montaje hecho por el que después sería gran director Robert Wise, la maravillosa utilización de los flashbacks y las transiciones temporales, la forma de utilizar el sonido o la especialísima utilización del gran angular y la profundidad de campo (haciendo que durante toda una escena que pasa en primer plano podamos ver y oír lo que pasa en un lejano segundo plano, como en la célebre secuencia en la que la madre del niño cede su custodia legal mientras detrás, fuera de la casa, a través de una ventana vemos al chaval jugando con un trineo en la nieve).

La innovación de Welles en Ciudadano Kane fue tal que, por ejemplo, hacía que el compositor creara la música no al final de la película, como solía y suele hacerse, sino durante el rodaje, de forma que el montaje de la película se hacía, a veces, en función de la partitura musical.

Para que te hagas una idea de lo que esta película representa como innovación en el lenguaje audiovisual, he seleccionado tres escenas donde podrás apreciar la particular forma de narrar de Welles mediante transiciones por barrido, la importancia que concede a la iluminación, y la original y sabia utilización de los movimientos de cámara. En la primera, un viejo (Joseph Cotten de mayor), nos habla del joven Kane y de su matrimonio, que define como un matrimonio como cualquier otro, para pasar a ver la realidad de ese matrimonio y su progresivo deterioro. Para mostrárnoslo sin necesidad de explicaciones, Welles utiliza la técnica de la transición por barrido, en la que vemos la escena del desayuno de la pareja a lo largo del tiempo y nos cuenta, elípticamente, su progresivo deterioro. Cada paso de tiempo se separa mediante el paso de una cortinilla oscura y la aparición de los personajes vestidos de diferente manera, acusando físicamente el paso del tiempo y, sobre todo, mostrando inequívocamente actitudes cada vez más frías y hostiles. El decorado del fondo también refleja el paso del tiempo. La música (un suave vals al principio y una música mucho más agresiva después), enfatiza la percepción que tiene el espectador de que la pareja se está distanciando. El plano final muestra, no podía ser de otra manera, la incomunicación total de dos seres que no tienen ya nada que decirse, y el distanciamiento de la pareja, que queda reflejado en la distancia que les separa en la mesa y que hasta entonces no hemos visto porque la cámara encadenaba una serie de plano/contraplano de los actores. Sutilmente Welles cambia la posición de la mujer en el segundo paso de tiempo, alejándola del lado de él para situarla finalmente al otro extremo de la mesa (te pido disculpas por la mala subtitulación, pero no he encontrado otra copia disponible mejor):

En la segunda  secuencia que he elegido nos encontramos a un Kane que acaba de comprar su primer periódico (que convertirá en uno de los precursores de la prensa más amarilla anteponiendo conceptos como cifra de ventas o manipulación a valores intrínsecos del periodismo como la veracidad de la información y el respeto a la verdad) haciendo cambiar la primera página de la edición para incluir su personal declaración de principios (por supuesto totalmente contrarios a lo que realmente hace). Fíjate en como Welles utiliza aquí la luz. Cuando Kane se acerca a la mesa para firmar la declaración, sus dos compañeros están iluminados y el papel donde ha escrito la declaración también, pero él, en medio de ambos, permanece en la sombra, sugiriendo al espectador que no está frente a un hombre claro que juega limpiamente sus cartas, sino todo lo contrario, un ser misterioso que se esconde para ocultar sus verdaderas intenciones. La posición de la cámara tampoco es casual, nos ofrece un plano contrapicado de Welles que transmite la sensación de que es un ganador, de que, pase lo que pase, él va a ganar:

En la tercera secuencia puedes ver la originalidad del movimiento de cámara que nos lleva desde el cartel luminoso con el nombre de la cantante atravesando una claraboya que hay en el tejado a una pequeña mesa donde está esa cantante totalmente derrotada y perdida, a la que vemos a través de un plano picado que nos indica que es una perdedora, y que, pase lo que pase, va a perder:

La crítica aclamó la película considerándola como una verdadera obra maestra. Sin embargo, a pesar de estar considerada hoy quizá como la mejor película de la historia del cine, tuvo un sonado fracaso en taquilla. Dos fueron las causas principales de ese fracaso: que el público de 1941 no estaba preparado para asimilar lo que veía en la pantalla y, sobre todo, el boicot y las presiones que los medios de comunicación de Hearst hicieron contra la película intentando por todos los medios que no llegara a estrenarse. No lo consiguieron, pero fueron muchas las plumas que Welles y la RKO dejaron por el camino. La presión de Hearst llegó incluso a amenzar con no publicar en sus periódicos anuncios de las películas que estrenaban las productoras que no boicoteasen el film y llegó a conseguir que los grandes estudios hiciesen una oferta a RKO para comprar los derechos de la película y poder, así, destruirla.

La película, a pesar de contar con nueve nominaciones en los Oscar de aquel año, pasó sin pena ni gloria por las salas norteamericanas. Diez años después cineastas franceses como Truffaut y Godard la utilizaron como paradigma de lo que a partir de entonces pasó a denominarse como cine de autor, lo que facilitó el nacimiento de la Nouvelle Vague. En los sesenta se convirtió en una película de culto en los ambientes universitarios. Los sucesivos pases en las televisiones de todo el mundo y sus innumerables ediciones en dvd permitieron, finalmente, que Ciudadano Kane diera beneficios económicos casi cinco décadas después de estrenarse.

Tras Ciudadano Kane, Welles llevó adelante el otro proyecto que contemplaba su contrato con la RKO: la historia de la saga familiar de los Amberson. Contó para ello, cómo no, con sus incondicionales amigos del Mercury Theatre. El retraso en el rodaje y los malos resultados comerciales de Ciudadano Kane hicieron que la RKO renegociase el contrato con Welles durante el rodaje quitándole el derecho al “final cut”. Eliminaron cincuenta minutos de lo rodado por Welles, rodaron escenas añadidas, cambiaron el orden de montaje de las secuencias y añadieron un final feliz que no tenía la versión de Welles. Fue la primera vez que Welles se enfrentó a un gran estudio para defender su libertad creativa. A partir de entonces esa lucha fue la constante de su vida ya que él consideraba el cine como un arte y no como una industria o un negocio, pero quienes tenían el dinero y el poder, como suele acaecer, no tenían esa visión idealista del arte, sino más bien la contraria.

En esa época de cambios y disputas con los estudios, Welles saca a relucir otra de las características de su polifacética personalidad, la de escritor comprometido políticamente con sus ideales. A principios de los 40 tiene una columna de opinión en el New York Post, que le granjea nuevos y acérrimos enemigos opuestos a su defensa de los derechos de los negros y en contra de la segregación. En 1943 se casa con la que entonces era un mito viviente: Rita Hayworth, con la que estuvo casado cinco años (se divorció al acabar el rodaje de La dama de Shanghai, película mítica del cine negro que Welles protagonizó y dirigió, y que incluye una antológica escena de un tiroteo en una sala llena de espejos que luego muchos han intentado imitar)

Una película que dirigió en 1943 sobre la caza de un criminal de guerra nazi que vive clandestinamente en América (The stranger), le permite tener un éxito de taquilla que le ayuda a limar asperezas con los grandes estudios y a romper su imagen de director problemático y la reputación de sus películas de ser veneno para la taquilla. La polémica, sin embargo, no le fue ajena tampoco a esta película, que fue vetada en varios Estados del Sur más conservador de los EEUU por su temática y por la pública postura antisegregacionista de Welles.

Resuelta momentáneamente su crítica situación financiera, produjo y dirigió la versión musical de “La vuelta al mundo en 80 días”, de Julio Verne, con temas musicales nada menos que de Cole Porter. Sus socios en la producción le dejaron plantado y él invirtió hasta el último duro en aquel proyecto que nuevamente le arruinó. Consiguió, finalmente, convencer al presidente de los estudios Columbia para que invirtiese en aquel proyecto a cambio de producir, dirigir e interpretar una película para la Columbia. Aquella película fue “La dama de Shanghai”, que fue aclamada en Europa pero pasó sin pena ni gloria por los EEUU.

Los problemas con los estudios hicieron que se centrase entonces en la interpretación de películas dirigidas por otros. Harto de los EEUU se fue a Europa, donde protagonizó algunas de sus películas más famosas. Enamorado desde siempre de Shakespeare, consiguió que Republic Pictures le financiase una versión de bajo presupuesto sobre Macbeth, donde de nuevo destacaría la utilización de largos planos secuencia y la profundidad de foco tan característicos de Ciudadano Kane.  Financieramente fue un nuevo desastre, aunque nuevamente triunfó en los ambientes culturales europeos. Una película dirigida por Carol Reed sobre una novela de Graham Greene, “El tercer hombre”, le encumbraría de nuevo como el gran actor que era. Aquí le tienes en la famosa escena de la noria junto a su inseparable Joseph Cotten:

Con el dinero que conseguía en las películas de otros que él interpretaba dirigía sus propios proyectos. Othello, realizada con enormes dificultades financieras entre 1949 y 1951, fue otro de sus grandes sueños hechos realidad. A pesar de ganar la Palma de Oro en el festival de Cannes, no se estrenaría en los EEUU hasta pasados tres años.

Durante estos años compagina sus interpretaciones cinematográficas con programas y series de televisión que dirige, entre ellas una serie de documentales sobre diferentes partes del mundo vistas con su particular visión entre las que se encuentra un documental sobre el País Vasco. Su relación con España sería siempre muy estrecha, habiendo realizado aquí varias de sus películas (“Mr. Arkadin”, o “Campanadas a medianoche”, la última parte de su trilogía Shakesperiana que, a través de la historia de Falstaff, incluye fragmentos de cinco obras diferentes de Shakespeare). Fue un enamorado de los toros y gran amigo de toreros como Dominguín o Antonio Ordóñez, en cuya casa de Ronda está enterrado.

En 1959, Universal Studios le contrata para dirigir y coprotagonizar junto a Charlton Heston otra de las películas que han pasado a formar parte de la historia del cine: “Sed de mal” (Touch of evil), basada en una novela de Whit Masterson que Welles reconocería años después que ni había leído cuando escribió el guión. Fue el propio Heston, en la cumbre de su carrera por aquel entonces, quien más insistió a la Universal para que Welles dirigiera la película. A pesar de que de nuevo aparecieron los durísimos enfrentamientos con los estudios por la forma de dirigir de Welles, sus constantes retrasos y excesos de presupuesto que llevaron a que los estudios rodasen nuevas escenas, suprimiesen algunas de las rodadas por Welles y cambiasen el montaje, la película es una verdadera obra maestra. El inolvidable plano secuencia con el que se inicia la película es, posiblemente, uno de los mejores inicios de película de la historia del cine. Aquí lo tienes. Fíjate en los movimientos de cámara, en la utilización de la luz, en la impresionante puesta en escena…

En 1960 empezó a rodar el que sería uno de los proyectos más importantes de su vida: Don Quijote. Era el sueño con el que siempre había soñado. No encontró estudio que quisiera financiarlo, así que lo hizo él personalmente con los ingresos que le reportaba trabajar como actor en otras películas. El rodaje empezó en Méjico, pero las dificultades económicas hicieron que se alargase durante años por lo que tuvo que cambiar de actores, localizaciones, etc. Welles jamás llegó a acabar su Don Quijote, que quedó incompleto, como otros muchos proyectos de este incomprendido genio del cine que, de no haber tenido que pasar media vida buscando financiación para sus películas, podría habernos dejado una generosa colección de obras maestras.

Otra de las películas que dirigió fue “El proceso”, basada en la novela de Kafka. De ella decía que sería la película que se llevaría al cielo. A lo largo de su vida compaginó sus trabajos en el teatro y en el cine con la realización de programas de televisión y doblaje. Otra de sus grandes pasiones era la magia. Siempre dijo que guardaba su maletín de trucos de mago por si algún día le iba tan mal en el mundo del cine que tenía que cambiar de profesión. Uno de los programas de televisión que realizó en 1968 se llamaba “Orson´s bag”, e incluía gags cómicos, comentarios sobre viajes y escenas de su siempre adorado Shakespeare. Aquí le puedes ver recitando el monólogo de Shylock en “El mercader de Venecia”:

Uno de sus últimos proyectos, “The other side of the wind”, estaba casi rodado cuando las dificultades financieras que siempre le habían acompañado aparecieron de nuevo. Esta vez, cansado ya de bregar y bregar con los estudios norteamericanos, consiguió una financiación muy atípica para una película: iraní. El problema que tuvo esta vez es que cuando la película ya estaba en su fase final y casi preparada para ser estrenada, se produjo la revolución de los Ayatolahs en Irán que depusieron al Shah. Diferentes pleitos de derechos de propiedad de esa película han impedido que llegase a estrenarse incluso más de treinta años después de haberse rodado. La avaricia de los especuladores y los financieros ha seguido a Welles incluso hasta más allá de su tumba. Es un verdadero crimen contra la humanidad tener hoy oculto ese material casi acabado.

Welles tenía opiniones muy claras y personales sobre todo aquello que le apasionaba. Del cine decía que “Es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta”. De su pasión por la escritura solía lamentarse diciendo que “ lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”. También tenía muy claro que la interpretación se debía hacer siempre desde la verdad, desde el fondo de ti mismo. Por ello consideraba, como puedes ver en esta pequeña entrevista, que la creación de un personaje es como la escultura: tienes que ir quitando aquellas partes de ti que no van con el personaje para dejar visibles sólo aquellas que sí coinciden con él:

Welles murió de un ataque al corazón en 1985. Aquí le tienes en una entrevista televisiva que concedió una semana antes de morir en la que cuenta cómo su vida ha sido una constante lucha con los estudios por poder hacer cine en libertad, por defender la creación artística frente al negocio, por reivindicar que el cine es un arte y no una mercancía en manos de financieros y especuladores a los que sólo les preocupa el beneficio final que aparece en la última línea de  la cuenta de resultados. Hay quien considera que Welles fue un ególatra, un idealista o un ingenuo. Yo particularmente estoy convencido de que fue un genio que jamás renunció a lo que creía: que lo que verdaderamente importa no es ganar dinero, sino crear arte, que vivir es comprometerse, y que cambió radicalmente la forma que todos tenemos de ver y hacer cine. Y por eso le estoy inmensamente agradecido.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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