Cine/Teatro General

El maestro

Todos recordamos el nombre de algún maestro o maestra que marcó nuestra vida para siempre. Sin necesidad de recordarlo jamás lo olvidamos, porque forma parte de nosotros. Nos enseñó algo que siempre nos ha acompañado: a pensar. Maestros los hay buenos, malos y regulares, como en todo, pero quiero dedicar esta entrada a todos esos buenos maestros y maestras que aman su profesión y que alguna vez se cruzaron en nuestro camino. Sobre sus hombros recae la responsabilidad de ayudarnos a abrir nuestra mente, nuestro espíritu, de despertar en nosotros la inquietud y la necesidad de saber, el placer de descubrir, de aprender y de querer aprender. Siempre están allí. Nos ven crecer. Crecen junto a nosotros. Nos ven partir y, cada año, reciben con los brazos abiertos a otros con los que volverán a vivir la experiencia de compartir su sabiduría y su conocimiento para plantar dentro de cada uno  la semilla que les haga crecer y madurar. Y más tarde también les verá partir. Y ellos seguirán allí, haciéndose mayores, envejeciendo, viéndonos pasar y dándolo todo para prepararnos para que nos vaya bien en el viaje de la vida. Hay maestros que enseñan, maestros que muestran, maestros que preguntan, maestros que sugieren, maestros que responden y maestros que simplemente indican el camino a seguir, un camino en el que jamás nos sentimos solos, porque sabemos que su mano amiga siempre está cuando más la podemos necesitar. Son muchas las formas de enseñar, innumerables, pero todas tienen un único e imprescindible denominador común: el del amor a enseñar.

Cuando somos pequeños les vemos allí sentados en su imponente mesa frente a nosotros. Son, o nos parecen, grandes, mucho más que nosotros. No llevan uniforme, ni bata, como nosotros, y lo saben todo. Están solos. Son los únicos adultos que hay en la clase. Sempiternamente unidos a un pedazo de tiza y a un encerado, y con un libro que siempre miman entre las manos, nos observan tratando de entender cómo hacernos llegar todo eso que llevan dentro y que tantas satisfacciones les ha dado, y nos dará, en la vida. Su objetivo no es fortalecer nuestra memoria, sino nuestras ganas de aprender. Siempre encuentran la manera de despertar nuestra curiosidad, de abrir nuestra mente al mundo, de dejar que la belleza del mundo entre en nosotros. Y lo hacen con humildad, con amor y con paciencia. Son nuestro espejo. Lo saben. No pueden fallarnos. Siempre están alerta, observando y analizando esos pequeños detalles de nuestra forma de ser que indican que podemos tener algún problema. No son salvadores de la patria ni sanadores de almas, son héroes anónimos, héroes que deciden entregar su vida a hacer crecer las de los demás. Enseñan Historia, ayudan a crearla, pero saben que sus nombres jamás saldrán en los libros de Historia. Su profesión, la de maestro, es la más hermosa que existe. Porque ellos viven en nosotros, en lo que nos enseñan a hacer y en lo que nos indican no hacer, en lo que nos muestran y en lo que no esconden, en lo que dicen y en lo que callan, en todas esas pequeñas cosas que nos ayudan a ser seres humanos.

Jules de Goncourt dijo que el aprendizaje más largo es el de aprender a ver. Eso es lo que nos ayudan a hacer los maestros: aprender a ver, a verlo todo con claridad, desde diferentes perspectivas, a cuestionarnos una y otra vez lo que vemos, a ver más allá de lo que en apariencia vemos. .. En el mundo del conocimiento y de la sabiduría todos nacemos ciegos. Los maestros son, por así decirlo, nuestros lazarillos. Otra gran escritora, Doris Lessing, definió el aprendizaje diciendo que aprender es entender algo de repente que te hace entender toda tu vida de una forma nueva. Eso es lo que hacen los maestros con nosotros, enseñarnos a captar esos fogonazos que, de repente, iluminan nuestra vida y la cambian para siempre. También por eso los maestros son faros, faros que iluminan en la niebla de la vida.

La importancia de la educación y de los maestros es reconocida desde la antigüedad: Aristóteles no lo dudaba cuando dijo que «Aquellos que educan bien a los niños merecen recibir más honores que sus propios padres, porque aquellos solo les dieron vida, pero éstos el arte de vivir bien». Y Pitágoras decía “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres” y “educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”.

Los maestros no pretenden hacernos sabios ni vanagloriarse de su sabiduría. Simplemente están ahí para ayudarnos a aprender a vivir y a ser felices, o cuando menos a enseñarnos que tenemos derecho a serlo y que podemos llegar a serlo. Nos dan el mejor regalo que alguien nos puede dar: aprender a pensar. El pensar es lo que nos hace tener opinión propia, lo que nos hace libres. Eso es lo que nos dan los maestros: la libertad. Como decía Herbert Spencer, “Educar es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros”.

Son muchas y muy buenas las películas que han tocado el tema escolar y nos han reflejado la vida del maestro. No es fácil hacer una selección, pero he querido traer aquí algunas de las escenas de dos películas que reflejan perfectamente todo lo que estoy intentando explicar: “El Club de los poetas muertos” y “La lengua de las mariposas”. Parecen películas muy diferentes, pero no lo son. Ambas hablan del amor del maestro por enseñar, por abrirnos al mundo, por sembrar la semilla de la curiosidad en lo más hondo de nosotros, por ayudarnos a crecer y a encontrar el camino de la felicidad. Y ambas hablan también de la intransigencia y la falta de miras del poder con el que los maestros se han de enfrentar a diario en una lucha desigual, una intransigencia ignorante, injusta y cruel de quien se pavonea de su recta moral e inquebrantables principios, de quien se cree con derecho a estar por encima de los demás, de quien confunde tener autoridad con mandar y tener razón con imponer su razón, de quien utiliza las instituciones y lo público para su propio provecho y no para el de los ciudadanos, de quienes solo saben navegar en el mar de la hipocresía, los politiqueos y los dogmas, y naufragan irremisiblemente en el océano de la sabiduría, de la inteligencia y de la libertad.

Aquí tienes las cuatro secuencias de “El Club de los poetas muertos” que he seleccionado para ilustrar esta entrada. Seguro que las recuerdas.

 Y aquí dos inolvidables secuencias de esa joya que es “La lengua de las mariposas”: la del discurso de la libertad y la durísima e imprescindible secuencia final.

Por último, aquí tienes una selección de imágenes de “La lengua de las mariposas” que acompañan a Patxi Andión cantando el tema que compuso a los maestros, porque refleja perfectamente lo que siento hoy por todos esos maestros y profesores de nuestro país que están siendo atacados y vilipendiados desde el poder por pretender hacer bien su trabajo y defender sus, nuestros, derechos. La educación no es un gasto, sino una inversión, la inversión más rentable y segura que existe: nuestro futuro. ¡Va por todos ellos y ellas!

Quisiera acabar este pequeño homenaje con un precioso poema que Gabriel Celaya le compuso al maestro. Se titula: Educar.

Educar es lo mismo

que poner un motor a una barca,

hay que medir, pensar, equilibrar,

y poner todo en marcha.

Pero para eso,

uno tiene que llevar en el alma

un poco de marino,

un poco de pirata,

un poco de poeta,

y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar,

mientras uno trabaja,

que esa barca, ese niño

irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío

llevará nuestra carga de palabras

hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día

esté durmiendo nuestro propio barco,

en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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