Cine/Teatro General

Audrey Hepburn

Nadie como ella ha sabido reflejar en la pantalla y en la vida real valores como bondad, sencillez, felicidad, alegría o solidaridad. Audrey Hepburn rompió todos los cánones y las modas de su tiempo para convertirse, sin quererlo, en un referente indiscutible de la elegancia, la distinción y la belleza. No hizo muchas películas, pocas más de una veintena, pero con ellas se convirtió en un icono de la historia del cine. Siempre antepuso su vida personal y sus ideales a su profesión. Se retiró en la cúspide de su carrera para poder estar con sus hijos y dedicó los últimos años de su vida a la lucha contra el hambre en el mundo a través de UNICEF, siendo una de las personalidades públicas más activas y pioneras en la defensa de los niños y de los derechos humanos. Como ella decía, “el amor no tiene nada que ver con lo que esperas conseguir, solo con lo que esperas dar, es decir, todo… Nací con una necesidad enorme de afecto y una necesidad terrible de darlo”

Nacida en 1929 Ixelles/Elsene (Bélgica), hija de una banquero inglés y de una aristócrata holandesa, pasó su infancia entre Bélgica, los Países Bajos e Inglaterra, donde estudió en un internado entre 1935 y 1938, tras el divorcio de sus padres. Su padre era simpatizante nazi, además de pertenecer a la unión británica de fascistas en la etapa que Audrey recordaría más tarde como “el momento más traumático de mi vida”. En 1939, estando con su madre y sus dos hermanastros en casa de su abuelo materno en Arnhem (Holanda), les sorprendió la invasión del ejército alemán y la ocupación nazi. Ante la imposibilidad de salir de allí, Audrey prosiguió sus estudios compaginándolos con clases de piano y ballet clásico, su verdadera pasión. Para evitar que sus orígenes ingleses pudiesen meterles en problemas, la madre optó por llamar a Audrey, Edda Van Heemstra, como ella, y la obligó a hablar siempre en holandés (llegó a hablar perfectamente inglés, holandés, francés, italiano y a defenderse con el alemán y el español).  Las penurias económicas y el hambre que pasó durante aquellos años de guerra le provocaron una fuerte anemia que marcó su débil constitución de por vida.

Llegó a ser una gran bailarina con un espléndido futuro. Durante aquellos años actuaba clandestinamente en Arnhem y daba el dinero que cobraba a la resistencia contra los nazis. En 1944 el desembarco de las tropas aliadas en Normandía hizo que las condiciones de vida en la zona ocupada por los alemanes empeorasen drásticamente, con más restricciones y racionamientos. La ciudad de Arnhem fue devastada por un bombardeo aliado. Su tío y un primo fueron fusilados por los alemanes por haber trabajado para la resistencia y uno de sus hermanastros fue detenido e internado en un campo de concentración. Poco antes de morir, Audrey comentó “Tengo recuerdos. Recuerdo estar en la estación de tren, veía cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo a un niño en particular, iban con sus padres, era rubio y muy pálido, llevaba un abrigo que le quedaba muy grande. Entraron en el tren. Yo era una niña, observando a un niño…”

Años después de aquellos sucesos, cuando Audrey ya era una estrella del cine, le propusieron trabajar en una película sobre Ana Frank, pero tuvo que rechazar aquel proyecto porque le era demasiado cercano a su experiencia personal:”Tenía exactamente la misma edad que Ana Frank. Ambas teníamos diez años cuando empezó la guerra y 15 cuando acabó. Un amigo me dio el libro de Ana en holandés en 1947. Lo leí y me destruyó. Lo leí sin saber lo que iba a encontrar en él. En aquellas páginas impresas estaba mi vida. No he vuelto a ser la misma, me afectó profundamente: Vimos fusilamientos. Vimos a hombres jóvenes ponerse contra la pared y ser tiroteados. Cerraban la calle y después la volvían a abrir y podías pasar por ese mismo lugar. Tengo marcado un lugar en el diario de Ana en el que dice que han fusilado a cinco rehenes. Ese fue el día que fusilaron a mi tío. En las palabras de esa niña yo leía lo que aún sentía en mi interior. Esa niña que había vivido entre cuatro paredes había hecho un reportaje completo de todo lo que yo había vivido y sentido…” Esas experiencias contribuyeron a que Audrey estuviera especialmente sensibilizada con la causa de los niños y las guerras durante toda su vida.

Durante aquellos años trabajó como enfermera voluntaria en un hospital holandés en el que atendió a un joven soldado británico herido, Terence Young.  Dos décadas después Young la dirigiría en “Sola en la oscuridad”. Acabada la guerra se trasladó con su madre a Ámsterdam, donde prosiguió sus estudios de ballet. Su situación económica era precaria y necesitaba empezar a trabajar para traer dinero a casa. Eso fue lo que la empujó a dejar su vocación de bailarina y a empezar a trabajar en el mundo de la interpretación en una película educativa (Holandés en siete lecciones). Para abrirse paso en el mundo de la interpretación se fue a vivir a Londres, donde empezó a trabajar en algunos musicales (High Button Shoes). Su primer papel en una película británica fue como recepcionista de un hotel en One Wild Oat. Tras trabajar en otras producciones con pequeños papeles, la suerte llamó a su puerta mientras rodaba Monte Carlo Baby, ya que fue elegida para protagonizar el musical de Broadway, Gigi. Audrey ganó el Theatre World Award por ese papel y siguió actuando durante varios meses. Allí se fijó en ella William Wyler, que estaba buscando una joven actriz para coprotagonizar la película Vacaciones en Roma, junto a Gregory Peck. Aunque los estudios querían que el papel fuese para Elizabeth Taylor, Wyler se enamoró de la espontaneidad y la frescura que Audrey mostró en la prueba que le hizo, prueba en la que la engañó diciéndole que no la estaba grabando para que ella se sintiera más relajada. Wyler no lo dudó ni un instante: “Tiene todas las cosas que busco: encanto, inocencia y talento. Además es muy divertida. Es absolutamente encantadora. No dudamos en decir que es nuestra chica.”

Gregory Peck era una estrella consagrada y su nombre aparecía en el poster original de la película mucho más resaltado que el de la joven Audrey desconocida. Cuando murió Peck, su representante desveló que antes del estreno de Vacaciones en Roma el actor le había llamado para exigir que cambiasen el poster y que resaltasen el nombre de Audrey tanto como el suyo. Peck jamás lo mencionó. Por aquel papel Audrey ganó el Oscar a la mejor interpretación.

 

 

El éxito fue inmediato y Audrey se convirtió en la joven revelación con la que todos querían trabajar. Billy Wilder la contrató para protagonizar Sabrina, junto a Humphrey Bogart y William Holden. Fue en el momento de hacer las pruebas de vestuario de esta película cuando Audrey conoció al modisto Givenchy, encargado del vestuario. Givenchy esperaba a Miss Herpburn para las pruebas pensando que se trataba de Katharine Hepburn, y se llevó una gran decepción cuando le dijeron que la Hepburn que protagonizaría la película era la casi desconocida Audrey. Sin embargo, Givenchy se quedó fascinado por la elegancia natural de Audrey, tanto que fue el modisto que la vistió durante toda su vida. Aquí la tienes cantando La vie en rose en Sabrina:

Tras haber compaginado el rodaje de Vacaciones en Roma con las representaciones de Gigi, en 1954, protagonizó otra obra de teatro (Ondine), con el que poco después se convertiría en su marido: Mel Ferrer. Por su papel en Ondine recibió el premio Tony. Aclamada por el público y la crítica, pronto se convirtió en una de las actrices más taquilleras de Hollywood. Durante esa época trabajó con todas las primeras figuras de la industria del cine. Una de las películas que protagonizó entonces, Arianne (Love in the afternoon), le permitió trabajar con Gary Cooper en la que sería una de sus última películas y el gran Maurice Chevallier. Dirigida nuevamente por Billy Wylder, Audrey interpreta en esta comedia romántica a Arianne, la ingenua y humilde hija de un viejo detective privado (Maurice Chevallier) especializado en casos de infidelidades conyugales y divorcios, que tiene un archivo con las historias de amor más inverosímiles entre las que destacan las de un maduro millonario solterón norteamericano (Gary Cooper), que ha seducido a la mitad de las mujeres de París y por ello es odiado por la mitad de los hombres de París. Una indiscreción permite que Ariane se entere de que uno de esos maridos despechados va a asesinar al galán y parte rauda en su ayuda. Tras muchas peripecias consigue salvarle sin desvelar su identidad. Enamorada perdidamente de Gary Cooper, con quien empieza a verse a menudo, no tiene mejor idea que inventarse un pasado amoroso equiparable al de él. Para ello no duda en utilizar toda la información que hay en los archivos de su padre… La estrategia da resultado ya que Cooper se siente tremendamente atraído por la misteriosa Ariane y le encarga al detective una investigación para saber quién es aquella joven que le ha sorbido el seso. El viejo detective no tarda en darse cuenta del engaño, pone sobre aviso a Cooper, le cuenta la verdad, que su hija jamás ha tenido una sola historia de amor, y le pide por favor que no le haga daño…

Un par de años después, en 1959, Audrey protagonizaría una de las películas con la que ella se sintió siempre más identificada: Historia de una monja, por la que nuevamente estaría nominada al Oscar, aunque en esta ocasión ganó el premio Bafta. El hecho de que se tratase de una historia basada en hechos reales, de que conociera a la monja, de que fuese belga como ella, y que, como ella, hubiese sufrido una guerra, marcó profundamente a Audrey.

En 1961 realizó una de las películas por las que siempre será recordada: Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s) dirigida por Blake Edwards. Su imagen comiendo un croissant frente al escaparate de la joyería o cantando Moon River sentada en el alfeizar de una ventana  forman parte no solo de la historia del cine, sino de la cultura universal del siglo XX. El guión estaba escrito por Truman Capote y originalmente se había pensado en Marilyn Monroe para ese papel. Capote no recibió de buen grado el cambio de actriz, cuya imagen se apartaba mucho del personaje que él había escrito (en el guión original se trataba de una prostituta de lujo bisexual). Rehizo el guión (pasó a ser heterosexual y lo de su trabajo como meretriz quedó tan en el aire que pasa casi desapercibido), y la película se convirtió en uno de los filmes más importantes de la historia del cine. Audrey siempre reconoció que fue uno de los papeles que más le costó interpretar: “Soy introvertida. Actuar para ser una chica extrovertida es la cosa más difícil que he hecho en mi vida”.

Otra de las películas míticas de Audrey es, sin duda, My fair lady, junto a Rex Harrison, que llevaba dos años interpretando esta obra en los escenarios junto a una desconocida Julie Andrews. Harrison se molestó mucho cuando supo que el papel no iba a ser para Andrews. Audrey había rechazado el papel y había pedido que se lo dieran a Andrews, pero cuando supo que los estudios iban a dárselo a Elizabeth Taylor, lo aceptó. Al enterarse Harrison dijo: “Se supone que la protagonista debe sentirse incómoda en los bailes europeos. La maldita Audrey jamás ha vivido fuera de los bailes europeos, para ella es sentirse como un pez en el agua”. Poco después de acabar el rodaje Harrison reconoció su error y siempre que le preguntaron quién era la mejor actriz con la que había trabajado a lo largo de su carrera decía que había sido Audrey Hepburn en My fair lady.  Todas las canciones de Audrey que aparecen en la película fueron dobladas por la cantante Marni Nixon. Sin embargo Audrey cantó todos los temas con su voz, aunque no se incluyeran en la versión final de la película (pueden escucharse en los extras del dvd). Años después Audrey manifestó que, de haber sabido que la iban a doblar en los números musicales, jamás habría aceptado rodar la película. Las paradojas de la vida hicieron que el Oscar de aquel año se lo llevase Julie Andrews por su papel en Mary Poppins.

Para Audrey “ vivir es como visitar un museo. Solo al final de la visita puedes darte cuenta de la belleza que has contemplado, de lo mucho que has visto y que has sentido, pensar en ello y recordarlo, porque durante la visita no tienes tiempo para hacer todo eso…” Profunda conocedora del alma humana, solía decir que “ puedes conocer mejor a una persona por lo que dice de los demás, que por lo que  los demás dicen de ella.” Su espíritu idealista y su visión altruista de la vida fueron una constante que marcó todas sus decisiones. Siempre supo que había venido a este mundo para ayudar a quien la pudiera necesitar: ” Siempre se necesita una mano que ayude, ellas están en el extremo de tus brazos. Mientras nos vamos haciendo más viejos, ellas nos recuerdan que una mano es para que te ayuden, y la otra para ayudar.” Dedicó su vida a vivir intensamente su aquí y su ahora donde más la pudieran necesitar: ayudando a la resistencia contra los nazis durante la guerra, como enfermera en un hospital, interpertando películas, estando con sus hijos, visitando a enfermos de sida y a niños hambrientos en África, dando ruedas de prensa para concienciar a la gente de la necesidad de acabar con el hambre y la injusticia en el mundo…

Tras My fair lady vinieron tres nuevos éxitos: Cómo robar un millón y…, Dos en la carretera y Sola en la Oscuridad. Poco después Audrey abandonó su carrera de actriz para dedicarse a su hijos. Reapareció en 1976 junto a Sean Connery en Robin y Marian y luego realizó un par de películas más, de las que donó a causas humanitarias todo lo que cobró. La última que rodó fue Para siempre (Always), dirigida por Steven Spielberg, en la que interpretaba a un ángel. Dedicó la última parte de su vida a la labor con la que más identificada se sentía: la defensa de los niños y de los derechos humanos como embajadora de UNICEF, con la que había estado vinculada desde 1955. Tres meses antes de su muerte, ya desahuciada, hizo su último viaje a Somalia para ayudar a los niños que estaban muriendo de hambre. Quiso poner fin a su vida como la había vivido: amando y dándose a los demás. Sus hijos crearon y gestionan una fundación que lleva su nombre para continuar con su labor humanitaria ayudando a los niños. Puedes visitarla (y si quieres hacer un donativo para una de las últimas causas por las que Audrey luchó en vida, la de los niños de Somalia, que por desgracia sigue tan actual como hace 20 años) en :
http://www.audreyhepburn.com/menu/index02.php

 

A su muerte, Gregory Peck, que a lo largo de toda su vida fue uno de sus más íntimos amigos, recitó su poema favorito: Unending love (Amor eterno), de Rabindranath Tagore:

 

Te amé de tantas maneras y de tantas formas,
de vida en vida, de época en época,
Siempre…

Mi corazón hechizado,
hizo una y otra vez un collar de canciones
que tomaste como un regalo
y usaste alrededor de tu cuello,
a tu modo y de tantas formas,
de vida en vida, de época en época,
Siempre…

Donde quiera que escucho
las viejas historias de amor,
su antiguo dolor y ese viejo cuento
de estar juntos o separados,
me detengo y una y otra vez
miro al pasado y al final de todo,
emerges tú
revestida con la luz de una estrella polar,
traspasando la oscuridad del tiempo,
y te conviertes en una imagen
que recordaré por siempre.

Tú y yo flotamos aquí,
en la corriente de un corazón lleno de amor
de uno por el otro.
Jugamos al amor
al lado de millones de amantes,
hemos compartido la tímida dulzura
del primer encuentro,
las mismas lágrimas de angustia
en cada despedida.

El viejo amor,
el que se renueva una y otra vez,
Siempre…

Hoy, este amor está a tus pies,
encontró su morada en tí.

Ese amor,
el amor cotidiano de todos los hombres,
el amor del pasado, el amor de siempre,
el regocijo universal, la pena universal,

la Vida misma,
la memoria de todos los hombres,
las canciones de todos los poetas
del pasado y de siempre,
se funden en este Amor,
que es el Nuestro.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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