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Sexismo en el cine y la televisión

Con gran sorpresa y vergüenza nos enteramos por la prensa que no pudo fallarse el Premio Nacional de cine porque el jurado no cumplía con los requisitos de igualdad requeridos: Faltaban mujeres. En un mundo donde realmente existiera la igualdad, donde las mujeres no estuviesen relegadas a un segundo, tercer o último plano, o simplemente a no existir, una situación así jamás se habría producido. Sin embargo se ha producido porque nuestro mundo, y ya no digamos el del cine o la televisión, discrimina día sí y día también a la mujer. No se trata tan solo de los arquetipos que a diario nos venden en la televisión, ni de la tradicional diferencia de trato en los desnudos cinematográficos, y de tantas y tantas cosas más, se trata, sencillamente, de que se esconde deliberadamente a las mujeres cuando pasan de los cuarenta y largos, se las hace dejar de existir. Tienen que ser apetitosas sexualmente o, simplemente, no ser.

Para esta entrada, Carly Simon y su “Eres tan creído” posiblemente sea una inmejorable compañía: “Eres tan creído, probablemente pensarás que esta canción es sobre tí…”

En el cine y la televisión la mujer deja de existir (salvo honrosas y contadas excepciones) cuando cumple los cuarenta y pico. Desaparece hasta que, convertida ya en una abuela de las de toda la vida, una abuela de las de la Fabada Litoral con pañuelo y ciento cincuenta años encima, vuelve a aparecer en papeles secundarios cargados de topicazos. En mi profesión, el mundo de la interpretación, la desigualdad es pavorosa. Todos los papeles secundarios o de reparto para personajes que oscilen entre los cuarenta y pocos y los setenta y muchos son siempre, o casi siempre, para hombres. El arquitecto, el abogado, el policía, el médico, el vagabundo o el político suelen ser hombres en todas las películas y series de televisión españolas. Y no estoy hablando de las que se hacían hace 20 o 30 años, no, estoy hablando de las que se hacen hoy en día. ¿Es que, acaso, no hay arquitectas, doctoras, abogadas o políticas de esa edad en nuestro país? No, haberlas haylas. ¿Será entonces que no hay actrices y por eso tienen que ser hombres quienes sistemáticamente encarnen esos papeles? No, en España hay muchas más actrices que actores, y generalmente, además, mucho mejores que nosotros. ¿Puede ser quizá que el público al que van dirigidas esas series y películas sea mayoritariamente masculino? No, las estadísticas demuestran que quienes ven más televisión y van más al cine son la mujeres, como también son ellas quienes leen más novelas y van más al teatro. Emma Vilarrasau me comentó hace un par de años que Núria Espert, a la vuelta de un viaje que había hecho por Japón, le había contado su sorpresa al ver que practicamente el 80% del público teatral en Japón era femenino. Cada día parece más claro que mientras las mujeres disfrutan con la cultura los hombres lo hacemos con los deportes. No tienes más que observar un poco lo que pasa en el metro o en el autobús. Ahora son muchas las personas que aprovechan los trayectos para leer, hace años eran realmente muy pocas, pero si te fijas en lo que leen te darás cuenta de que mientras las mujeres suelen leer libros (novelas generalmente), los hombres leen periódicos (gratuitos en su inmensa mayoría o, cómo no, exclusivamente de deportes, que no en vano son los que tienen mayor tirada en este país).

¿Cuál puede ser la causa entonces de la injusticia y el disparate que supone marginar así a las actrices? Sencillamente que estamos en un mundo y en un país que, querarmos admitirlo o no, es profundamente machista; que pertenecemos a una profesión, como tantas otras, donde los que tienen el poder son hombres; que estamos en un mundo donde quienes escriben las historias son mayoritariamente hombres; un mundo que no solo no ha descubierto el encanto de la mujer madura, sino que se empeña en que nadie pueda llegar a conocerlo, a saborearlo y a disfrutarlo, un mundo donde la estética prevalece sobre la ética y donde valores como igualdad, justicia o inteligencia son diariamente machacados por quienes, pudiendo poner fin a esta situación, se complacen en demostrar su poder imponiendo con todos los medios a su alcance el prototipo de mujer joven, delgada, guapa, sexy, coqueta, tonta, sumisa y pechugona. Para ellos, sencillamente, las demás mujeres no existen o no deberían existir. En nuestra querida España de hoy es casi tan difícil que mujeres de cincuenta y tantos protagonicen una película o una serie, o que simplemente tengan papeles secundarios asiduamente, como que un futbolista reconozca abiertamente que es gay.

La influencia del cine y la televisión en la sociedad es enorme, eso nadie lo pone en duda.Y si en nuestro cine y nuestra televisión la mujer, la verdadera mujer, está marginada como lo está y ha sido condenada a no existir, no debe extrañarnos que las estadísticas digan que un 3% de los hombres consideran abiertamente como normal y admisible el maltrato, y lo que es más preocupante, ¿cuántos más lo considerarán también así y los practicarán en sus casas aunque jamás se atrevan a admitirlo públicamente? Son muchas las causas de la violencia de género, pero no me cabe duda de que una de ellas, y no de las menos importantes, es el trato discriminatorio que la mujer recibe en nuestro cine y en nuestra televisión. 

En una de mis primeras películas, El próximo Oriente, Fernando Colomo, su director, me preguntó que de dónde había salido yo, porque llegué al mundo de la interpretación cuando, cumplidos ya los 45 cuando, tras más de 25 años en el mundo empresarial, me encontré en el paro y sin un duro.  Tras contarle mi historia me dijo que yo era un “chollo” y que, en esta profesión, jamás me faltaría trabajo porque, en este país, la mayoría de los papeles para personajes secundarios de 50 están escritos para hombres, los protagonistas no quieren hacerlos, y muchos de los pocos secundarios que quedan de esa edad han pasado tanta hambre durante tantos años que según qué papeles no los pueden hacer porque no dan la imagen. Terrorífica, pero por desgracia acertada, visión de la realidad del cine en este país. Pero más terrorífica aún es la otra conclusión a la que esta reflexión conduce: si en un mundo en el que los papeles secundarios son sistemáticamente para los hombres y a pesar de eso muchos tienen la marca del hambre grabada en su rostro, ¿cómo están todas las actrices que simplemente por ser mujeres ni siquiera han tenido la oportunidad que ellos han tenido?

No sé equivocó el bueno de Colomo. Jamás me ha faltado trabajo y soy de los pocos privilegiados que puede decir que vive,  malvive sería más exacto, de esta profesión, que tiene la inmensa fortuna de vivir de hacer lo que más le gusta.  Precisamente por eso y porque veo como cada día las actrices están marginadas y condenadas a no existir, me siento en la obligación de denunciar esta situación. El problema del sexismo no está en la composición del jurado que otorga el Premio Nacional del cine, sino en la propia estructura de esta industria y de esta sociedad, y mientras sigamos callando o mirando a otro lado jamás se hará justicia con esos seres humanos que han cometido uno de los peores delitos que se pueden cometer en nuestro país y en el mundo de hoy: nacer mujer y cumplir años.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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