Cine/Teatro General

Marlon Brando

La entrada de hoy está dedicada al que muchos consideran el mejor actor de todos los tiempos: Marlon Brando. De espíritu rebelde y una personalidad extraordinaria, rompió todos los cánones de la interpretación cinematográfica. Fue el primero en utilizar el que luego sería famoso “Método” basado en las enseñanzas de Stanislavski demostrando que esa forma de interpretar podía servir tanto para el Kowalski de Tennessee Williams como para el Julio César de Shakespeare. Elia Kazan, que le conocía muy bien y que ttambién conocía el Método, decía de él que Brando tenía un método, pero que no era el Método. Maestro indiscutible de todos los que han venido después, ha sido, sin duda, el actor al que todos han querido imitar o seguir. Con una voz muy particular y una forma de decir que casi parecía arrastrar las palabras, era, sin embargo, capaz de decir a Shakespeare con un impecable acento inglés y una dicción perfecta. Polifacético como pocos, camaleónico hasta el extremo, siempre dejaba su impronta en todos los papeles que interpretó. Nunca consideró que ser actor fuese algo excepcional, más bien al contrario, y se preguntaba  si también le aplaudirían si en lugar de ser actor fuese un buen fontanero. Brando era un actor y un ser humano al que podías amar u odiar, pero nunca te dejaba indiferente. Inteligente y comprometido con todas las causas que consideraba justas, jamás renunció a defender todo aquello en lo que creía: luchó por la defensa de los indios norteamericanos, contra el apartheid sudafricano y la discriminación racial en su propio país… Siempre vivió a contra corriente, la única manera de vivir que encontró que no le obligaba a traicionarse a sí mismo, porque como él decía, “hay que vivir de cualquier manera, sin regla alguna”.

Desde muy joven su fuerte carácter marcaría para siempre su vida. Nacido en Omaha, Nebraska, hijo de un representante de comercio muy severo y de una madre actriz alcohólica, nunca tuvo problemas con los estudios aunque sí con su innata rebeldía que le llevaba a enfrentarse siempre con cualquier autoridad que tuviera delante. Expulsado de varios colegios, su padre le obligó a entrar en la academia militar de Shattuck, de la que también fue expulsado. Trabajó como albañil durante tres meses pero, convencido de que aquello no iba con él, convenció a su padre para que le dejara ir a estudiar arte dramático en Nueva York donde vivía una de sus hermanas. Allí, para pagarse sus estudios, simultaneó sus estudios con trabajos de ascensorista, lavaplatos, botones, repartidor, etc. El destino quiso que Stella Addler, una de las fundadoras del Actor´s Studio, fuese quien se encargara de guiarle por el mundo de la interpretación y de pulir a aquel joven recién llegado de provincias que tenía un talento inigualable. Un día, durante la clase de interpretación, propusieron a los alumnos que actuasen como si fuesen gallinas en un gallinero que descubren una bocina. Mientras todos los estudiantes se pusieron a pasear moviendo sus brazos como si fuesen alas y haciendo sonar la bocina sin parar, Brando se encaramó encima de un armario y no hizo ni caso de la bocina. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, él dijo: Soy una gallina y no tengo ni idea de lo que es una bocina.

Prosiguió compaginando los más diversos oficios con su formación actoral pero, impetuoso como era, no tardó en debutar en el teatro, aunque no con el resultado que él deseaba. De su primer papel en un escenario guardaba un amargo recuerdo que jamás olvidó: “Estaba en Nueva York trabajando de ascensorista en un hotel. Ingresé en el cuadro escénico del New York School for Social Research de Piscator y en 1944 trabajé en Long Island, formando parte de una compañía de provincias. Tenía que aparecer en escena en el último acto y dar una mala noticia. La noche del estreno lo hice muy mal. Estaba tan cohibido que me formé un lío con el diálogo. Nadie se enteró de lo que estaba diciendo. Uno de los críticos escribió: El muchacho que hacia el final de la obra apareció en escena para dar la noticia del desastre, estuvo a punto de causar otro…”

Poco después tuvo otra oportunidad en la comedia I remember Mama… y en 1946 llamó la atención por su interpretación naturalista en Truckline Café, dirigido por el que después sería el director que le lanzó a la fama: Elia Kazan. La enorme presencia escénica de Brando que, invariablemente, atraía siempre la atención del espectador, hizo incluso que el propio Kazan tuviera que modificar la escenografía y sus entradas en escena ya que, literalmente, se comía al resto de actores. Kazan quería montar la obra de Tennessee Williams “Un tranvía llamado deseo”, y, aunque el personaje original de Kowalski se alejaba del perfil de Brando ya que era más mayor y grueso, Kazan le recomendó a Brando que fuera a ver personalmente al propio Williams para convencerle de que él tenía que ser Kowalski. En cuanto le vio Willimas no lo dudó ni un momento: “Es exactamente el personaje que me hubiera gustado crear. Tómenselo como una presunción mía o bien como un homenaje, como prefieran, pero es cierto que cada uno de sus gestos, todo lo que hace, responde a las coordenadas del personaje que tengo en mi cabeza y me confirma esta convicción”.

Tras dos años de representar el Tranvía en Broadway y de rechazar varias propuestas cinematográficas, en 1950 Brando aceptó debutar en el mundo del cine en “Hombres”, una película producida por Stanley Kramer: “Firmé un contrato con él porque me gustó su mirada. Tiene una mirada inteligente y honrada. En seguida le aprecié. Además era el primer productor de cine independiente decidido a luchar contra las grandes compañías. Me alegré de trabajar para él. Nuestra película fue un fracaso comercial, pero el esfuerzo era sincero y eso es lo importante.” Entre otras cosas aceptó ese papel porque le permitía demostrar y demostrarse a sí mismo que era un actor capaz de interpretar registros muy diferentes a los de Kowalski. La película trata de un grupo de excombatientes mutilados. En ella Brando interpreta a un exsoldado paralítico de cintura para abajo. Fiel a su forma de trabajar y de preparar los personajes, pasó un mes en un hospital militar observando a los militares heridos. Ajeno por completo a las convenciones de la industria cinematográfica, actuó según su propio criterio creando una interpretación sensible e introspectiva que rompía con todos los moldes vistos hasta entonces.

No deja de sorprender, y muchos se lo recriminaron, que abandonara definitivamente los escenarios tan pronto para dedicarse por entero al cine. Brando era un monstruo de la escena, en el ambiente teatral se sentía mejor tratado y mucho más integrado que en el del cine y habría podido hacer una carrera teatral fabulosa, pero, sin embargo, en 1949 se bajó del escenario para nunca más volver a subirse a uno.

El propio Kazan, que había apostado fuerte por él para dar vida a Kowalski (inicialmente le ofrecieron el papel a Burt Lancaster, diez años mayor que Brando), dirigió la versión cinematográfica de El tranvía que le catapultó a la fama y que le valió su primera nominación al Oscar al mejor actor. La mezcla de brutalidad salvaje y vulnerabilidad que Brando le dio a su Kowalski han pasado a formar parte de la historia del cine:

La interpretación fue la tabla de salvación para aquel joven rebelde que se abría paso en un mundo que desconocía: “Cuando interpreto me transformo. Me quema dentro una especie de fuego, una especie de delirio. Y me siento fuerte, feroz como un león. Sólo esto. Si soy un buen actor o no, es algo que nunca he sabido. Lo siento.” Tras el rotundo éxito de El tranvía, Brando volvió a repetir con Kazan en “Viva Zapata” y volvió a repetir nominación al Oscar. A continuación aceptó enfrentarse a un nuevo reto en su carrera: interpretar al Marco Antonio de Julio César, dirigido por Joseph L. Mankievicz, que le supuso una nueva nominación al Oscar. Su impresionante monólogo ante el pueblo de Roma con el cuerpo inerte de César, al que acaban de asesinar, a sus pies, es toda una lección de interpretación: 

Un año después, en 1954, haría Salvaje y otra nueva película dirigida por Elia Kazan: La ley del silencio (On the waterfront), que le valió una nueva nominación al Oscar que esta vez sí consiguió. Ambientada en el mundo de los estibadores portuarios y de las mafias que lo controlan, Brando interpreta a un joven exboxeador que se debate entre seguir los consejos de su hermano mayor (un Rod Steiger fabuloso, como siempre), para que renuncie a sus escrúpulos y su visión idealista del mundo y acepte ser corrompido. La escena entre ambos en la parte trasera de un taxi está considerada como una de las más memorables de la historia del cine. Sin embargo Brando nunca le concedió excesiva importancia a esa escena a nivel interpretativo sino que consideraba que el mérito de la escena consistía en que lo que en ella se plantea crea una fuerte empatía con el espectador.

Considerado como uno de los grandes mitos del cine, jamás aceptó integrarse en el mundo del show business de Hollywood: “Cuando decidí ir a Hollywood era un joven lleno de confusiones y presunciones. Muy perezoso, con poca cultura y tan solo un poco sagaz. Por lo tanto era bueno para hacer cine… Aquí las pasiones dominantes son el temor y el dinero. La gente es esclava de su riqueza. El teatro está constituido por grupos compenetrados que trabajan para un fin. El cine, en cambio, está formado por multitud de departamentos, cada uno de los cuales trabaja por su cuenta… Cada mes recibo un par de guiones de vaqueros y varios de películas de gánsters. Los devuelvo sin molestarme en dar una respuesta. No me gusta matarme para ganar dinero. Pero en mi carrera si se quiere ganar algo, uno se ve en la necesidad de vivir en Hollywood para estar a mano cuando el estudio te necesita. No es que considere el dinero como un pecado. Sin embargo creo que es una inmoralidad que sea él quien te gane a ti y no tú a él. Me da náuseas que en América el ser pobre esté considerado peor que ser un criminal… Aborrezco la forma que tiene Hollywood de comprar a un actor con dinero, como si se tratase de una mercancía cualquiera. Todos los productores hacen películas sin alma, únicamente para ganar dinero. Y eso no sería nada si lo admitiesen, pero todos creen ser unos artistas, cuando en realidad no son más que unos simples comerciantes.”

Apasionado de la percusión (siempre que podía se refugiaba tocando los bongos y los tambores africanos de su colección particular), no dudó en aceptar un papel en la comedia musical Ellos y ellas (Guys and Dolls), donde tenía que bailar y cantar junto a Jean Simmons, a pesar de que ninguno de los dos  lo había hecho nunca. Brando siempre recordó aquel rodaje como uno de los más divertidos de su carrera.

Durante aquellos años se permitió rechazar papeles que han pasado a formar parte de la historia del cine: el de Gary Cooper en Solo ante el peligro, el de Charlton Heston en Ben-Hur, el de Peter O´Toole en Lawrence de Arabia… e incluso el de Robert Redford en Dos hombres y un destino.

Su posicionamiento político de izquierda y la defensa de las causas que consideraba justas eran una de las prioridades más importantes en su vida, más incluso que la interpretación: “No creo que exista en la tierra oficio más estúpido que el del actor. La lucha contra los prejuicios raciales es la única cosa en la que aún creo y por la que aún soy capaz de batirme con cierta convicción. Para mí el mundo es una gran porquería y lo detesto con todas mis fuerzas. Pero con exasperada incoherencia me obstino en pensar que puede ser o llegar a ser mejor. Pero en ese sentido el camino es largo, lleno de necesidades y de locos insensatos que sería necesario extirpar. Extirpar con rabia y violencia… Soy un divo, un personaje del cine. Y mi gesto no pasa inadvertido. Espero que muchos individuos famosos, mimados por la fortuna y la popularidad, decidan imitarme. Señores, el mundo va mal. Aquí todos lo repiten constantemente, pero luego se quedan quietos. Inútiles. Sin iniciativa. Yo me considero un ciudadano del mundo. El día en que me toque reventar, quiero sentirme tranquilo…  Un tipo como yo resulta siempre un fastidio para todos. En mi país te acusan de comunista y pretenden haberte clasificado. ¡Pero qué comunismo! Yo estoy a favor de la justicia, de la paz. Este es mi verdadero partido, mi ideal, mi nuevo trabajo… Lucharé como un condenado contra la terrible injusticia y estupidez de los hombres. Solo a través de una lucha constante y del compromiso de todos se puede avanzar y llegar a la verdadera justicia social.”

Harto de no poder controlar el resultado final de su trabajo, acabó dirigiendo finalmente un western que produjo con su propia productora: El rostro impenetrable (One-Eyed Jacks), que el tiempo se ha encargado de convertir en todo un clásico, a pesar del fracaso comercial que tuvo en su estreno. Atraído constantemente por lo nuevo, por los retos, no dudó en abordar la comedia en Dos seductores (Bedtime Story), junto a David Niven, en la que interpretan a un par de caraduras gigolós que se dedican a vivir de las mujeres en la Costa Azul. El contraste entre la distinción y la elegancia del personaje de Niven y la vulgaridad y la ordinariez del personaje de Brando, le permitió elevar su vis cómica hasta extremos inimaginables. De esta película Brando siempre comentó que era de las pocas en las que cada noche tenía ganas de que llegara la mañana siguiente para rodar con Niven, que le hacía reír a carcajadas.

 

En esta época solía retirarse a vivir largas temporadas en Tetiaroa, una isla que compró en Tahití, y que había descubierto durante el rodaje de Rebelión a bordo. Aquel rodaje también le dio la oportunidad de enamorarse de Tarita Teripaia, actriz de Bora-Bora con la que compartía el cartel y que sería su tercera esposa. De él decía Tarita: “ Conocí a Marlon durante el rodaje de Rebelión a bordo. Al final Marlon estaba enamorado de mí y quería seguirme hasta el fin del mundo. Fue todo muy bello. Pero tenía miedo. Era un extranjero y nuestro amor resultaba difícil. Después, cuando fui conociendo el grado de locura de Marlon, un grado de locura poco habitual en un ciudadano de la civilización tecnocrática, fui convenciéndome de su encanto especialísimo y de lo fácil que iba a resultar nuestro amor…”

Hombre solitario y terriblemente independiente, nunca pudo, ni quiso, integrarse en el mundo del star system hollywoodiense. Consideraba que la televisión era una institución diabólica para ir superando el grado de cretinez de las generaciones, y no soportaba la relación con la prensa: “Estoy harto de palabrería. Incluso los periodistas que me entrevistan falsean mis palabras para sustituirlas por lo que creen más interesante para el público. Me preguntan qué cosa como para el desayuno, cuál es la medida de mi camisa, qué impresión me produjo la canción de Los Tres Cerditos cuando era niño. Y luego, si prefiero las chicas, apostar en las carreras o jugar con un yo-yo. Y claro, ¡no sé qué responder! Incluso si no digo más que sí o no, cuando leo el periódico, me entero de que sólo como yogurt, que pienso convertir Los Tres Cerditos en una ópera y que he creado un nuevo tipo de yo-yo al que he denominado Sellhey Winters, porque estoy secretamente enamorado de ella… Puede incluso que termine en una casa con piscina, paseando en coche descapotable y cenando todas las noches en Ciro´s, o donde sea que suelen cenar los artistas de cine. ¡Puede que así termine, pero no será porque no haya intentado evitarlo!” 

La llegada de los setenta supuso para Brando un resurgir que pocos esperaban. Queimada (Burn), de Gillo Pontecorvo y su inolvidable creación de Don Vito Corleone en El padrino (The Goodfather), fueron los pilares sobre los que Brando apuntaló su resurrección, una resurrección que consolidó definitivamente con otra de las creaciones más importantes de su carrera, el Paul de El último tango en París, un papel que él consideró como el más personal de todos los que había interpretado, en el que Bertolucci le dejó improvisar hasta el extremo de que el protagonista de la película acabó pareciéndose más al propio Brando que al Paul del guión original.

El destino, y la tozudez y buen hacer de Brando, hicieron que el papel de Don Vito Corleone fuese finalmente para él. Los estudios habían pensado en Lawrence Olivier primero y en Burt Lancaster después, pero Brando pidió que le hiciesen una prueba en la que presentó el personaje que había creado en su casa solo frente a un espejo y más tarde frente a una cámara, maquillándose a sí mismo. De nuevo ser muy joven para un papel determinante en su carrera (tenía 48 años cuando rodó El Padrino) no fue un obstáculo para un actor con la determinación y el carácter de Brando. Esta interpretación le valió su segundo Oscar, un premio que se negó a recibir en solidaridad con los indios norteamericanos, aprovechando la ceremonia para que una actriz india leyese una carta suya denunciando su explotación y el trato que habían recibido de la industria del cine.

Alcanzar la fama tan joven y ser considerado un sex symbol le habían marcado profundamente hasta que, en su madurez, consiguió superarlo: “Me habían impuesto el cliché de guapo a la fuerza, del musculoso a toda costa que debía seguir el juego. Ahora le diré que el hecho de que se me haya caído el pelo, haya engordado unos cuantos kilos y me hayan salido algunas arrugas no me preocupa. Soy un actor, no un sex symbol, ¿no? Este ha sido el equívoco que ha envenenado mi existencia y ha reflejado a Marlon Brando bajo una luz falsa a los ojos del público.”

En los últimos años de su vida Brando, que se había retirado varias veces del mundo de la interpretación, tuvo que volver a ponerse frente a la cámara para conseguir el dinero suficiente para poder sufragar los enormes gastos que tenía fundamentalmente para atender la defensa jurídica de uno de sus hijos acusado de asesinato.  A esta época pertenecen sus intervenciones breves en títulos como Apocalypse Now, de nuevo de Francis Ford Coppola o Superman.  A pesar de ser uno de los actores que dinamitaron los sueldos de la industria del cine llegando a cobrar un millón de dólares por día de rodaje, el dinero no era su principal motivación para seguir trabajando, y, a veces, donaba la totalidad de lo que cobraba a las causas humanitarias que quería apoyar. De estos años Brando siempre comentó que lo mejor que le había pasado fue haber conocido a uno de los mejores actores norteamericanos de la nueva generación con el que mantuvo una estrecha amistad: Johnny Depp. Aquí les tienes compartiendo escena en Don Juan de Marco, el rodaje en el que se conocieron.

La vida le dio muchos golpes ( a la condena de su hijo por asesinato le siguió el suicidio de una de sus hijas) y los últimos años de su vida fueron muy duros para él. Arruinado y solo,  murió el 1 de julio de 2004 en su casa de Mulholland Drive, en Los Ángeles, una casa que tuvo que vender para hacer frente a los gastos de la defensa de su hijo y que compró su buen amigo Jack Nicholson, que le dejó vivirla sin cobrarle ni siquiera un alquiler que jamás habría podido pagar. Sin embargo nunca perdió su dignidad ya que, como él dijo, “he decidido aceptar la muerte y la vejez con serenidad, no puedo estropear estas interpretaciones, que serán las definitivas…”

De él se ha dicho que era un divo, que era muy exigente y que se empeñaba en negarse a aprender sus diálogos. Es cierto, el propio George C. Scott le dijo una vez que ¿por qué no podía decir dos veces igual una frase? A lo que Brando le contestó que lo hacía porque sabía que él sabría reconocer cual era el pie que le daba en cada ocasión. Brando consideraba que memorizar los diálogos restaba espontaneidad y verdad a la interpretación. En muchas de sus películas obligaba a poner carteles fuera de plano para poder leer sus textos y, según se cuenta, en las secuencias que se rodaban plano contra plano, llegó incluso a poner los carteles pegados en la frente del actor o la actriz que le estaba dando la réplica. Más de una vez le criticaron su forma de trabajar improvisando y cambiando sus diálogos permanentemente, a lo que él contestaba que él trabajaba con actores y que un actor que no es capaz de improvisar no es un actor.

A Brando no le gustaba conceder entrevistas (ni firmar autógrafos, que se han convertido en verdaderas piezas de coleccionista), aunque cuando las concedía daba mucho juego, como en esta que puedes ver para acabar esta entrada en la que a la pregunta de ¿qué es la interpretación? seguida por la inolvidable banda sonora de El padrino, Brando contesta haciendo hablar al silencio como solo él sabía hacerlo…

 

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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