Cine/Teatro General

Arte y compromiso

Soy de los que creen que la verdad del artista está en su compromiso personal con lo que hace, en el vivir y el hacer de forma consecuente con lo que piensa, en considerar la interpretación como un trabajo, pero no como un trabajo simple, vacío y rutinario, sino como un trabajo que exige en todo momento que le dedique el cien por cien de su capacidad. Interpretar es algo que solo se puede hacer desde la necesidad de hacerlo, de vivirlo. Y para ello creo que el artista debe mantener la mirada limpia del niño, una mirada generosa y altruista, una mirada pura, sincera, esa mirada que todo lo muestra porque todo lo ve. Estoy convencido de que el artista debe tener ilusión y amor por lo que hace, esa es su principal motivación y su principal fuerza, su razón de ser; no concibo dedicarse a la interpretación si no te gusta interpretar o si lo haces sin poner en ello todo lo que hay en ti, todo lo que llevas dentro. Interpretar es un acto de amor y de pasión, de generosidad absoluta y por ello de sacrificio, es un arte tan absorbente que exige que lo antepongas a todo lo demás, porque, pase lo que pase, “the show must go on”, el espectáculo debe continuar. Podrás hacerlo mejor o peor, pero siempre debes hacerlo con verdad, honestidad y dignidad.

Si quieres podemos invitar ahora a que Diego El Cigala nos recuerde algo que todo artista y toda persona nunca debe olvidar: que se vive solo una vez y que hay que aprender a querer y a reir…

Haber trabajado en el mundo de la empresa durante 25 años y haber llegado al de la interpretación casi a los 50 me permite tener una visión mucho más amplia de esta profesión que la que puedan tener los que han dedicado toda su vida solo a ella, y también hace que tenga tanta ilusión por ella que, a veces, no vea ni dificultades donde otros ven los serios problemas que padece nuestro sector, tan plagado de precariedad laboral, horarios abusivos, condiciones ilegales e inhumanas, tratos vejatorios, etc. No seré yo quien renuncie a defender los derechos del actor, desde luego, ya que es una reivindicación que comparto y hago mía como el que más, pero desde que llegué a esta profesión veo una serie de actitudes, exigencias y maneras que ni puedo ni quiero entender que, además, no se dan en los grandes monstruos de la interpretación o los artistas ya consagrados como podría suponerse, sino en muchos jóvenes que están empezando a dar sus primeros pasos e incluso en algunos que ni siquiera han llegado a eso. Estas actitudes negativas las he podido ver en jóvenes actores y actrices de gran talento aunque con poca o nula experiencia teatral que, tras hacer magníficamente bien una prueba para el papel protagonista, pretenden imponer sus caprichosas condiciones a todos los demás miembros del proyecto, sin importarles lo más mínimo la calidad o la viabilidad del proyecto, haciendo que su única preocupación sea que el montaje no afecte a sus planes personales preconcebidos de antemano o a cualquier “oportunidad” profesional que pueda surgir: que si “yo me voy de vacaciones a tal sitio pase lo que pase”, que si “mis vacaciones son inamovibles”, pues “que retrasen el inicio de los ensayos, porque yo me tengo que ir a la Conchinchina porque tengo comprado el billete por internet”, “pues lo siento mucho, pero yo no cambio mis planes, que los cambien los demás”, etc. etc. etc. Y también los he visto en actores y actrices que, tras llevar semanas de ensayos, de repente dan la espantada con los motivos más peregrinos: “me voy a estudiar al extranjero”, “me voy de vacaciones con mi pareja…”, o bien ” lo siento, dejo el proyecto porque me han propuesto un papel en una serie, o en un teatro público” o peor aún, ” te dejo porque voy a rodar con fulanito de tal y ya me entiendes, es una oportunidad a la que no puedo renunciar, de verdad lo siento”, y te dejan plantado a quince días del estreno.

Puedo entender, muy a mi pesar, que antepongan trabajos más rentables como el cine o la televisión al teatro independiente. Es muy difícil, por no decir imposible, poder vivir del teatro en este país. Los afortunados que suben a un escenario muchas veces tienen que compaginarlo con otros trabajos (apariciones capitulares en series, rodajes de anuncios, etc.). Es una pena, pero hay que entenderlo y respetarlo. Por eso entiendo y respeto que un actor o una actriz ponga reparos a comprometerse con un montaje teatral que le exija una exclusividad laboral que le impediría trabajar en otra cosa, pero que ponga pegas y problemas insolubles por querer irse de vacaciones me parece de una falta absoluta de profesionalidad, madurez, generosidad y humanidad. En esta profesión hay que tener claro lo que de verdad quiere uno ser, porque ser actor no es salir por la tele, ganar dinero y ser famoso, ser actor es un modelo de vida, de compromiso con lo que uno hace. Desde fuera de la profesión se tiene la impresión de que esto es coser y cantar, que no es más que ponerse delante de una cámara o en un escenario, soltar el texto y ya está, y que de ahí a los Goya, los Max o la alfombra roja no hay más que un paso. hay una imagen muy extendida de que los actores somos noctámbulos, juerguistas, irresponsables y vagos por naturaleza y que lo nuestro es un chollo porque trabajamos un ratito y nos pagan un montón, generalmente de subvenciones. Desde fuera se valora como dificultad el que nos aprendamos un texto o que lloremos en el momento justo en el que tenemos que hacerlo. Los que estamos dentro sin embargo sabemos que no hay nada más alejado de la realidad que esa imagen que venden irresponsablemente de nosotros. Ser actor es tener la humildad de aceptar un papel pequeño y hacerlo grande, es darse por entero a los demás, es renunciar a muchas cosas, es atreverse a fracasar cada día, es saber aprender de los fracasos, es no dejar de ser tú mismo si te llega el éxito, es saber que todo en esta profesión es efímero y que igual que hoy puedes estar en lo más alto mañana nadie se acordará de tí, es pasar verdaderos apuros económicos, es tener que esperar a que te llamen sabiendo que nunca lo harán cuando más lo necesitas, es ensayar y ensayar, es estudiar y estudiar, es reciclarte continuamente, es trabajar y cuidar siempre la única herramienta que tienes, tú mismo, para tenerla preparada cuando surja la oportunidad, es estar informado de lo que pasa en el mundo en el que vives y tomar partido, es no desanimarte cuando pierdes un casting tras otro, es subirte al escenario aunque ese día se haya muerto una persona a la que adoras, es madrugar cada día que ruedas y repasar hasta la madrugada las secuencias que tienes el día siguiente, es estar siempre preparado para dar lo mejor de tí mismo, es pensar en los demás antes que en tí, es estar acostumbrado a no rodar jamás cronologicamente, es estar preparado para que te cambien el plan de rodaje o incluso el texto de la secuencia que vas a rodar sin apenas tiempo para estudiar el nuevo texto, es saber aceptar que den por buena una secuencia que tú sabes que puedes hacer mucho mejor, es esperar, esperar y esperar, siempre esperar… Y sentir que,aún así, es la profesión más bella del mundo. A todos esos que se llaman actores y que anteponen sus caprichos a su trabajo, su egoísmo a darse a los demás, quiero contarles y dedicarles lo que me pasó el año pasado cuando sustituí a un actor para un par de bolos en la obra “El secuestro”, de Paloma Pedrero, la versión reducida de “Caídos del cielo”, en un montaje de su compañía, “Teatro del Alma”, formada por actores profesionales y por personas sin hogar. Mi personaje era Amadeo lanza, un indigente sabio y filósofo que contaba su historia al público en un precioso monólogo desde proscenio. No tenía que dar ninguna réplica, ni nadie tenía que dármela, por lo que podía ensayar perfectamente solo. Lo hice cada mañana durante un mes en un Centro Cultural.  Durante aquel mes, una de aquellas personas sin hogar estuvo cada mañana conmigo en el escenario. De nada me sirvió decirle que no era necesario que estuviese allí ya que no tenía que darme ninguna réplica y que yo podía ensayar solo. El se limitó a mirarme fijamente a los ojos, sonreir y decirme: “Ya lo sé, pero yo quiero estar aquí para que no te sientas solo…”

Tengo 53 años, llevo ocho en esto, y  por encima de todo sueño con poder llegar a subir un día a un escenario para protagonizar un montaje interesante, porque el teatro es lo que más me gusta, es lo que llevo dentro, porque solo el teatro me permite ser libre y responsable de lo que hago en escena, sin depender de lo que quiera el director de la película o el montador de la serie de turno. Interpretar para cámara es una experiencia maravillosa, pero no puede dar lo que te da el teatro: el contacto directo con el público y el saber que eres libre, que ahí arriba solo estás tú con los demás actores, que eres dueño de ti mismo, que todo puede pasar, que estas al borde de lo más sublime y del más estrepitoso de los fracasos. Estaría dispuesto a un sinfín de sacrificios para conseguir hacer realidad ese sueño. Por eso no entiendo ni puedo entender que haya quien, considerándose a sí mismo actor, anteponga sus vacaciones, el billete de internet o el capricho de turno, a un montaje teatral. Para mí no son actores ni podrán serlo jamás.

Soy de los que creen que el escenario es un espacio sagrado, un espacio mágico donde todo puede pasar, porque es un espacio reservado a la verdad, a la generosidad y a la humildad. Sin esas tres cualidades no existe el teatro. Recomendaría a esas personas que anteponen sus caprichos al interés general del montaje que se replanteasen seriamente lo que quieren hacer en su vida, porque si no están dispuestos a sacrificarse por los demás jamás llegarán a ser actores o actrices, y una vez replanteado, que pasasen una temporada trabajando en todo lo que, más allá de la interpretación, hace posible que una obra suba a un escenario: dirección, producción, escenografía, promoción, distribución, etc. En 1997, la que ahora es mi compañera, Paloma Pedrero, ya anticipaba el triste futuro al que estábamos empujando a nuestro teatro: “Un escenario ha sido y sigue siendo para mí algo sagrado. Un lugar donde los seres humanos dotados de talento para la expresión, desnudan su cuerpo y su alma para hacerse objeto vivo de una comunicación honda y transformadora. El escenario es ese marco, el altar en el que los personajes de un espléndido cuadro comienzan a moverse y a hablar. De allí salen voces, colores, música, gentes cambiantes, paisajes cambiantes. Pero, sobre todo, de allí sale energía vital. Una energía que llega directamente hasta el espectador, que lo mueve y lo conmueve, que lo toma y lo llena, que lo alerta y transforma. Y para que esto, que solo puede ocurrir en el teatro, ocurra de verdad, del interior del escenario tiene que brotar pureza. O dicho de otro modo: una expresión libre, exenta de condición, restricción o plazo. En esta definición está lo que entiendo por espíritu creador. El elemento necesario para traspasar la cuarta pared y llegar al público más allá de los resultados.

Nuestro teatro, las gentes del teatro de hoy, estamos contaminadas de voces extrañas a nuestro arte. No sé bien a qué se debe. Tal vez a una suma de factores desgraciados sobre los que habría que reflexionar sin demora. Pasan por mi pensamiento algunas circunstancias históricas: el materialismo actual, el auge de la supertecnología, el acoso de la información, la tendencia al aislamiento personal o familiar, la apatía hacia la política, el descreimiento en el otro, la relación patológica con la televisión, el alejamiento de los ritos espirituales… Las gentes del teatro necesitamos ejercitar la humildad, nuestros egos están desorbitados y enfermos. Tenemos que dejar de fingirnos triunfadores, aceptando que no reposamos ni en tronos de reyes ni en sillones de poderosos. Porque quizá solo reconociendo la pérdida y la fragilidad de la silla de enea en la que nos sentamos, podremos recuperar la salud y el arte. Somos perdedores, sí. Pero, ¿quién quiere ser un triunfador de los de hoy? De los que se llevan, de diseño. De los que han perdido el mundo del ensueño…”

Soy de los que aun no ha perdido el mundo del ensueño. A mi edad ya no creo que lo pierda. Quizá para muchos soy un perdedor, uno más. Pero no para mí. Puede que lo que se esconde tras esta visión del teatro no sea otra cosa que la propia actitud frente a la vida, la actitud de anteponer la libertad a la seguridad, los ideales y los sueños a la cotidiana y castrante realidad, saber lo que significan todas las Ítacas y que Utopía está más allá y que no impora si existe o no…

Uno de los más grandes genios de la historia de la interpretación y del cine, John Cassavetes, padre del cine independiente, que actuaba en películas comerciales para poder conseguir el dinero con el que financiar sus propias películas, definía todo esto muy claramente. Nadie mejor que él para acabar esta entrada: “Son muchos los que quieren trabajar como yo lo hago, o trabajar conmigo, pero no es cierto. No quieren pasar por lo que hay que pasar para trabajar de esa manera. Quieren protegerse. Tienen miedo. No quieren arriesgarse. Como artista que soy opino que debemos probar cosas diferentes; pero, por encima de todo, tenemos que atrevernos a fracasar. Los que consiguen las cosas no son los que se quedan al margen y piden permiso para todo, sino los que se zambullen de cabeza. No quiero el reconocimiento, la fama es insoportable. ¿Ves esta casa? Cuando la compré pedí prestados 50.000 dólares y hoy, treinta años después, sigo debiendo 50.000 dólares. ¿Qué te dice eso de mi carrera? Llevo más de treinta años haciendo películas, y ninguna de ellas ha hecho de verdad mucho dinero. Pero no hay nadie en el mundo que pueda decirme que no conseguí lo que quería. Y ese es el sentimiento más grande que he tenido en mi vida. El fallo está en que se respeta el negocio, se reverencia el dinero, no el arte. El cine es un arte, un arte hermoso, ¡es magia! Con las herramientas de las que disponemos tratamos de cambiar la vida de la gente. ¡Me encantan mis películas!. Son todo lo que hay en mis hijos, todo lo que hay en mi familia, todo lo que hay en mis amigos. Sí, amo esas películas. Son películas sinceras, directas, que tratan de cosas que quizá no sabemos, pero que nos hacen preguntas, esas preguntas que la gente se hace todo el tiempo. Cuando haces una película no puedes ir a buscar diez centavos y querer regresar con un millón. Hay que ir a por todas. Fracases o no, hay que ir a buscar lo que, cuando terminemos, nos habrá hecho mejores personas. Me gusta trabajar con amigos, y para los amigos, en algo que pueda ayudar a alguien. Algo con humor y tristeza a la vez; cosas sencillas. Lo importante es tomar conciencia de que hay distintas maneras de hacer cine y diferentes aproximaciones, y eso depende de lo que tú eres. ¡Lo que quiero decir es que no quiero que nadie me imite!”.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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