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“Uno es lo que ama”: Facundo Cabral

El sábado pasado asesinaron a balazos a Facundo Cabral. Como diría Machado, Cabral era, en el buen sentido de la palabra, un hombre bueno. Idealista como el que más, comprometido con todos los que le necesitaban, amante del amor, de la vida y de la belleza, místico, humanista y, por encima de todo, cantor, cantor de los caminos que jamás dejó de recorrer. Se definía a sí mismo como sereno anarquista, agitador espiritual y violento pacifista.  Seguidor de Cristo y de Gandhi, discípulo de Krishnamurti, voluntario con la Madre Teresa de Calcuta, amigo de Borges, de Chagall, y de tantos y tantos otros…. Con esas balas han querido quitarle la palabra, silenciarle, ahogar su voz para siempre. Jamás lo conseguirán porque él sigue vivo y vivirá en todos los que amamos su forma de ver y de vivir la vida. Por eso hoy le cedo íntegramente a él este espacio, La placenta del universo, para que sea su voz la que hable sobre lo que es amar y lo que es vivir…

“Un día antes de que yo naciera mi padre se fue de casa. Vivíamos mi madre y mis hermanos en la casa de mi abuelo, que era coronel. Todos los Cabral han sido militares y, cuando mi padre se fue, mi abuelo echó a mi madre de su casa. Así que nací en la calle. Yo estoy marcado por la calle. Y mi madre, que era una tremenda hembra en todo el sentido de la palabra, dijo: “No quiero ver más seres humanos”. En esa época no había nadie en la Patagonia, muy poca gente. Salimos para allá y en nueve años de caminata murieron cuatro hermanos de hambre y de frío, los fui viendo morir. Yo soy una especie de superviviente. Mi madre, era una fiesta, aun comiendo de la basura se arrodillaba y daba las gracias. Soy un plagio de ella. Cuando la gente dice que le gustan mis canciones, pienso: ¡caramba si la hubieran escuchado! Yo escribo poemas, ella vivía poéticamente; Cuando llegamos a la Tierra del Fuego, yo tenía nueve años, mi madre estaba muy enferma, se estaba muriendo, y mis hermanos vivían de milagro. En Tierra del Fuego aprendí a darle gracias a la vida: Nací sin un idioma y desnudo, pero siempre he llevado mi libertad con dignidad. Un día le escuché una frase a alguien que le dijo a mi madre: “Sara, me dijeron que hay un Presidente que le da trabajo a los pobres…”Pregunté dónde estaba ese Presidente y me dijeron que en Buenos Aires, y salí hacia Buenos Aires sin decirle nada a mi madre. A los cuatro meses ella me dio por muerto, por desaparecido. Fui a Buenos Aires colgado en camiones, en un carro, en un tractor, en una moto. Fue maravilloso. Conocí todas las maneras sociales de mi país, fue un viaje extraordinario. Me crucé con gente de mucho dinero que me llevaba en su auto cien kilómetros, gente que me llevaba a caballo otros veinte kilómetros, y, bueno, así llegué a Buenos Aires le pregunté a un vendedor de verduras que estaba en la Plaza Constitución: “Oye, ¿conoces a un señor que se llama Perón?, ¿Dónde puedo hablar con él?” Tras indicarme cuidadosamente la forma de llegar a la Casa Rosada, me dijo que los presidentes suelen ser gente muy ocupada y que era muy difícil que me atendiera, pero también me dijo que había leído en el periódico que al día siguiente estaría en la Catedral de la Ciudad de La Plata, celebrando el aniversario. Me pagó el tren y fue mi primer viaje de pago. Me compró un sándwich glorioso y yo salí y pasé toda la noche en la Catedral. A la mañana siguiente empezaron a llegar multitudes y a las doce llegó un auto espléndido, un auto descapotable, delante el chofer, el gobernador y atrás, de pie, a la izquierda, la señora Eva. Fue la primera cosa bella que ví en mi vida. Yo descubrí a la mujer con Eva Perón. A la derecha estaba Perón, con su uniforme de gala, ¡espléndido! Corrí hacia el auto y cuando estaba llegando me cazó un policía, pero Perón estaba saludando por se lado, lo vio y le dijo: “Déjelo que venga” Y fui hasta el auto, me subí al estribo y entonces me dijo: “¿Querías hablar conmigo?” Y le digo, “Sí, ¿hay trabajo?”. Hizo parar el auto en medio de la multitud. Le repito “¿Hay trabajo?” Y la señora Eva, que iba al lado, escuchó, se acercó y me dijo: “¡Por fin alguien que pide trabajo y no limosna! Por supuesto que hay trabajo, mi amor, siempre hay trabajo. Encárguese del niño”. Me llevaron a un lugar donde me dieron ropa nueva, me bañé después de meses y comí comida caliente. La señora Eva llegó como a las tres horas, ante el asombro de toda esa gente, y dijo: “Mi amor, tuvimos suerte, ya conseguimos un trabajo para tu madre”. Así fue como nos fuimos a vivir a una escuela de Tandil, a 400 kilómetros al sur de Buenos Aires. Mi madre estuvo internada un año. Le salvaron la vida.

Trabajé embolsando papas. Un día el dueño del campo nos llevó al Club Social de Balcarce como premio. Fue la primera vez que comí con cubiertos. Cuando estábamos comiendo el postre dijo: “Bueno, apurando, apurando, porque ya llegó la hora y tenemos que ir a escuchar al maestro.” No sabíamos de qué estaba hablando, y nos llevó a un salón cercano donde apareció don Atahualpa Yupanqui, el señor al que mi madre se le ponía en pie antes de nombrarlo. Muchos años después, le dije en París a Don Atahualpa, porque después fuimos muy amigos: “¿Sabe que yo le debo el mundo a usted?”. “¿Cómo a mí?”, “Yo camino por el mundo y canto por usted, por aquella primera vez que yo lo escuché en el Club Social de Balcarce” y dije “¡qué maravilla de oficio! Vivir y caminar, y contar lo vivido” Y es lo que hice con mi vida.

A los catorce años acabé confinado en un reformatorio. Trabajaba en el campo y de noche en el campo se hace fuego, se come el asado y da vuelta la guitarra, se canta y se toma ginebra y vino. Yo no sabía que era alcohólico. Yo no me di cuenta de que el alcohol me ayudaba a no ver, yo no quería ver. Había robado algunas botellas y un día la policía se enojó, me metieron en una cárcel de menores y me dieron cuatro años de prisión. Pero fue extraordinario. Caí preso a los 14 años porque era muy violento, rompía cosas y era analfabeto, pero fue extraordinario porque Dios siempre estuvo al lado mío. Me metió en la prisión para que dejara de ser un ignorante. Ahí había un jesuita que me llevó a vivir a una biblioteca muy pequeña donde recontaba las historias de los libros, hasta que me entusiasmé tanto que le dije: “Simón y ¿cómo hacemos?”, “Mirá, si yo tengo tiempo y vos tenés ganas, te enseño a leer”. Entonces estudié. Lo que eran los seis años de colegio primario y de secundaria los hice en tres.”

A los 17, cuando me faltaba un año, me escapé. Él me ayudó. Y ahí me encontré con un vagabundo que me enseñó el Sermón de la Montaña. “¿Sabes lo que te acabo de dar? Un programa de vida” Y ese fue mi programa de vida. Cuando estuve en la cárcel el padre jesuita nunca me permitió meterme en la Biblia. Decía: “Vos sos muy chiquito y tenés mucho odio todavía para entrar en esa hoguera. Eso es para hombres. Hay que esperar”

Tengo suerte con la gente. El plan de vida que han hecho para mí es extraordinario. Llegué con 17 dólares a Caracas y no conocía a nadie. Tomé un taxi para que me llevara a Radio Caracas Televisión y le dije al chofer: “Oye, tengo 17 dólares, ¿hasta dónde llego?” Y me dice: “No mucho”. Le digo: “Hagamos un pacto. Si dentro de tres o cuatro días me ves en televisión, o sea, si me fue bien, búscame en el mejor hotel de Caracas, El Tamanaco, y yo te pago 200 dólares del viaje”.  Me responde: “Eh, que estamos de joda”. “Estamos de joda, le digo, ¿por qué crees que naciste?” Y le gustó el chiste y me dijo: “Cabrón, tú eres el primer argentino que me cae bien” Y me llevó hasta la emisora… El portero, claro, no me dejó entrar, pero justo en ese momento llegaba Renny Ottolina. Me dijo: “¿qué pasa acá?, ¿y tú, que haces?” Le digo que cuento lo que veo, lo que ví en el pueblo de ayer, lo cuento en el pueblo de hoy, y lo que ví en el de ayer y en el de hoy, lo cuento en el pueblo de mañana… “¿Y hasta dónde vas a llegar?” me pregunta. Le digo que, hasta ahora, voy a la India. Le pareció simpática la cosa y me dejó entrar para un ensayo en su show, que era extraordinario. Me puse a cantar y, de repente, todo el mundo escuchaba… “ Y esa canción, ¿de quién es?”, “Mía”, le respondí. “¿Tienes temas para cantar una hora?” “Sí, tengo más”. “Bueno, te doy mil dólares y grabamos un programa los dos solos” Salió fantástico y fui a vivir al Tamanaco. A los poquitos días vino a verme el chofer del taxi, que estaba tan contento que no me quería cobrar. Me dijo: “No vayas a creer que vine a cobrar mis 200 dólares, yo estoy feliz de que te haya salido bien” Y nos hicimos grandes amigos. Soy el padrino de su primera hija.

En los años 60 y 70 (cuando Cabral fue uno de los representantes más importantes de la canción de protesta latinoamericana), “yo quise cambiar el mundo, pero el mundo me cambió a mí. Si hubiese un jesuita en cada lugar, no habría fracasado nunca la revolución. De hecho está vigente, lo que pasa es que, por el momento, el dinero hace más ruido…”

… Yo fui muy amigo de Krishnamurti. Lo conocí en el 74. Decía que la vida no es como debería ser, sino como es. Cuando lo ví de esta manera, cuando me di cuenta de que era lo que tenía que ser, sentí una gran tranquilidad. Cualquiera diría que eso es fatalismo, pero no lo es. De cualquier manera, yo trato de ver la forma de llegar por el camino más correcto y más compartido a un cierre de vida, para eso existe el libre albedrío. Un día le pregunté a Krishnamurti: “¿Hasta cuándo voy a caminar, maestro?” Y me dijo: “Hasta que te metas en tus propias botas”. Hace un tiempo que sentí que por fin me metí en mis botas. O por lo menos hice lo posible…

…La canción “No soy de aquí ni soy de allá” nació de una improvisación durante un concierto. Había venido a verme mi buen amigo Jorge Cafrune, que me pidió que le dedicara una canción. Viéndole ahí, con su imponente barba, me recordó a Abraham y la orden que recibió: “Abandona tu tierra natal y la casa de tu padre y ve al país que yo te indicaré. Haré de ti una gran nación” El Señor le dijo a Abraham “No soy de aquí…” y ya, ¡apareció la canción! Al día siguiente todos me pedían aquella canción, pero yo no conseguí recordarla, la había improvisado. Un periodista me invitó a cenar y me regaló un pequeño paquete con un lazo rojo: era un cassette donde habían grabado el concierto y escuché con emoción que apareció la canción. No era mía. No es mía. De lo menos que uno puede ser dueño es de una canción, porque uno se sienta a escribir un poema o una novela o un ensayo, pero la canción llega sola, es como el amor…

…Un día, de pronto, me encontraba en la televisión con un señor muy importante de la televisión argentina y le dije: “¿Sabes qué? Me voy, me voy porque estoy perdiendo mi libertad” Había tantos intereses alrededor mío que yo realmente sentía que me estaba estafando a mí mismo y me fui muchos años. Pasaron otros años, llegó la democracia o estaba por llegar, cuando volví a Argentina…

… Puedo vivir en un desierto con los tuareg, puedo vivir solo, amo la soledad, fue mi mejor amante, además siempre me resultó fiel. Cuando yo volvía al hotel siempre estaba esperándome; no me falló nunca. No podría convivir con el éxito, no ese éxito desmesurado con prolijidad. Yo camino tranquilo, no grabo a propósito, los libros en general me los edito yo mismo, hago todo lo posible por seguir siendo underground…

… Un día entré a tomar un café a la cafetería del hotel en San José de Costa Rica. Yo tenía 40 años y ella llegó, como la canción, fue mi canción, sigue siendo mi canción. Fue la única pareja así. Ella tenía 18 años y era bellísima. Y yo soy un animal que le presta mucha atención a toda esa cosa erótica: me gusta ver, me gusta tocar. Yo no me perdí nunca la fiesta, me gusta el fuego… Entonces, ella estaba con sus padres y yo supe que era mi mujer, así que me acerqué a ella y le dije: “Oye eres mi mujer, te vine a buscar”. Los padres me miraron como diciendo “¿Y este loco?” Ella me miró. Ella tan bella y yo tan feo. Los padres no pudieron reaccionar, hoy son grandes amigos míos. Fui a su cuarto, hizo sus maletas y se vino a mi habitación y, bueno, fueron cinco años viajando por todo el mundo. En una ocasión yo venía de cantar en la universidad de Harvard. Yo debía encontrarme con ella y con nuestra hija para seguir a Chicago, pero me retrasé dos horas y perdí el vuelo. Ellas sí subieron y murieron. Ella de 23 y la niña de un año…

… Después pensé “Padre, ahora va a ser tan liviano, ¿qué me puede pasar después de esto?” Cuando me diagnosticaron el cáncer fue como si me hubieran dicho que tenía gripe, porque eso fue un shock tan grande que me dejó como un fantasma… Más tarde aprendí una cosa genial que me trajo, no felicidad, pero sí una gran paz, que es más que felicidad. Aprendí que lo que uno ama, o lo que uno amó, no muere, aprendí que lo que yo todavía no he amado aún no ha nacido. A mí no me pueden decir que se murió, yo no lo creo, porque está en mi corazón. La Madre Teresa, que murió, Octavio paz, otro que no está, Borges… todos viven conmigo. Ellas siguen vivas, yo les sigo escribiendo canciones…

… Un día la Madre Teresa de Calcuta me dijo una frase extraordinaria: “Mi amor ¿sabes qué es lo único que te puede matar? El amor que te está sobrando, ¿dónde lo vas a poner? Ponélo en algún lugar o te va a aplastar. Vení conmigo”. Y empezamos a trabajar, a sacar de la basura, allá en Calcuta, a esos niños que sus familias tiran allí para que mueran quemados; comenzamos a salvar niñas y a criarlas, a bañar leprosos. De allí me iba al Lincoln Center a cantar y volvía corriendo. Me salvó, hizo gloriosa la segunda etapa de mi vida y hoy soy un tipo inmensamente feliz, libre y con todos los amores puestos, porque lo que no puedo llevar adentro no es mío. Creo que mi trabajo ha llegado al punto culminante porque me doy cuenta de que ahora contagio esa felicidad…

… Hace un tiempo estaba en el Aula Magna de la Ciudad Universitaria, en Caracas, llena de un público donde todos eran jóvenes, menos una viejecita, además, muy humilde. Todo el mundo la veía extrañado porque era como si la Madre Teresa estuviera en un concierto de los Rolling Stones. Era muy raro. Antes de que terminara de cantar, ella se subió al escenario, y yo tuve que parar porque ella subió a saludarme y no había terminado “No soy de aquí ni soy de allá”, la última canción del concierto. Ella subió y me dijo: “Señor Cabral, perdone que le interrumpa pero le quiero dar un beso y un abrazo” Los muchachos estaban todos encantados con esa viejecita que cortaba la canción y subía a darme un abrazo ya mismo. Y entonces ella me dijo: “¿Sabe?, estoy tan feliz porque usted me contó un cuento hoy. Es más, mire, ¿sabe qué era lo que más me gustaba a mí cuando yo era niña?, que mis padres me contaran un cuento” Ya se iba y se volvió para decir: “Un día fueron a la Isla de Margarita y la barca naufragó y murieron los dos. Me quedé sin cuento, claro. Me llevaron a un asilo de monjas y yo todas las noches esperaba mi cuento, pero pobrecitas, estaban tan ocupadas, tantos niños… Pasó el tiempo y yo esperaba; siempre seguí esperando mi cuento. Yo necesitaba mi cuento y no aparecía. Me casaron con un señor que traía cosas al asilo que no sólo no me contaba cuentos, ni siquiera me hablaba; yo lo único que sabía era que cada vez que llegaba borracho íbamos a tener un hijo más” La viejecita hace como que se va, pero se devuelve: “… Y yo esperando mi cuento, y me quedo sola con mis niños, porque él se fue también, y los voy criando, siete hijos, me dice, como Sara, como usted contó de su madre, y ya ve que la vida se los lleva, la vida te los presta un rato, pasan por uno y se los lleva la vida. Yo sola esperando mi cuento llego a esta edad y viene usted y me cuenta un cuento, ¿cómo no lo voy a querer?”… Y me vuelve a abrazar. Los muchachos del Aula Magna, ya enloquecidos, la aplaudían. Fue maravilloso. Después me dice: “Esta noche aprendí para qué sirve un cuento: cuando era niña servía para que me durmiera en paz, y ahora me cuenta usted un cuento para que yo me pueda morir en paz, porque tengo un cáncer terminal.¡Que Dios lo bendiga!” En ese momento supe para qué subo al escenario. Alguien se muere en paz porque uno le contó un cuento. Ella no sabía que los dos estábamos en la misma situación…

 …Hace algunos años descubrí Oxford, y en cuanto lo ví me dije: “Acá me gustaría despedirme de la vida”, porque ví una gran biblioteca y pocos cuartos, y sólo aceptan gente sola, y no hay música funcional, ni aire acondicionado. Y dije: “Acá me sentaría a leer a Thomas Mann, a Italo Calvino, a Marguerite Yourcenar, releería algunas cosas de Borges, y moriría en paz con todos estos libros alrededor, en un sillón inglés…”

Está claro que el destino no quiso que Facundo Cabral muriese sentado en un confortable sillón de Oxford, rodeado por los libros que tanto amaba, sino que se empeñó en que lo hiciera como había vivido siempre, en el camino, tras un concierto, de la manera más insospechada posible. Supo transformar como pocos el dolor en belleza, la ceguera que le acompañaba en sus últimos años en luz, y su paso por este planeta al que tanto quería, en un auténtico canto a la esperanza y a la libertad.  Se ha ido, pero no ha muerto, porque, como él decía siempre, “uno es lo que ama”, y aquí somos muchos los que le seguimos amando…

PD Todos los textos de Facundo Cabral pertenecen a la entrevista que le hizo Leonardo Padrón, y a la que le hizo Isabel Peláez para el periódico El País.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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