La mañana del once de septiembre de 2001 fue muy especial para mí. Como cada día, hojeé el periódico. Las noticias que había en él no llamaron mucho mi atención: nuevos recortes en el subsidio de paro, la celebración de una Diada más en Cataluña, la aparición del último disco de Bob Dylan… Sin embargo, la entrevista que venía en la última página me sacudió con fuerza. Hacía años que no había leído nada igual. Quien hablaba era David Bagué Soler, constructor de violines. Me quedé fascinado por la pasión con la que aquel hombre hablaba de lo que, para él, no era un oficio, sino una forma de vivir. “Yo hago mis violines con ganas, con rabia, devoción, pasión… Mis violines son malparidos, deformes, imperfectos… Sí señor, ¡porque la belleza nunca es simétrica! ¡Al contrario!” Aquel luthier, aquel último mohicano de cualquier época anterior a la revolución industrial hablaba de sueños y quimeras, del mundo que fue y del que aún podía llegar a ser…

 Después llegó la tarde, aquella fatídica tarde de sangre y muerte que estremeció al mundo, aquella triste tarde en la que, aunque solo sea un poco, morimos todos…

 Cuatro días después empecé a escribir este relato…

 
I/ SIEMPRE HAY UN POR QUÉ…

 –¿ Por qué quieres que te enseñe a construir un violín?—sonó grave la voz del maestro al otro lado de la puerta

–Lo necesito… necesito construir el mejor violín que se haya escuchado jamás— respondió Daniel

 –¿ Por qué?—insistió el maestro

 –No lo sé, sólo sé que necesito hacerlo—

 –¡Vete, no quiero perder el tiempo contigo…!—

 –Por favor, maestro, he venido desde muy lejos para aprender –

 –¡Vete!—

 –Maestro, por favor, déjeme entrar, le aseguro que no le haré perder el tiempo—

 –Si no sabes por qué ¡ perderás mi tiempo y el tuyo! ¡ Vete, te he dicho!

Daniel siguió en pie frente a la puerta. Había hecho un largo viaje hasta llegar allí y no tenía adónde ir. En aquel momento sintió frío. Las lágrimas que resbalaban por sus mejillas se confundían con la lluvia que caía desde hacía horas, años quizá. Solo, empapado y cabizbajo, empezó a andar. La noche era ya cerrada y las calles estaban desiertas. Su sombra le acompañaba al pasar bajo unas farolas amarillentas y cansadas que apenas iluminaban. Anduvo sin rumbo por las calles de aquella pequeña ciudad que, como su alma, parecía muerta. Sus pasos le dirigieron a un parque. Se tumbó a dormir bajo un enorme arce solitario que se erguía cerca del estanque. El viento se llevó la lluvia y, al poco, también las nubes. Si hubiera tenido fuerzas para abrir los ojos habría visto salir la luna.

El silencio del alba dejaba oír el lento movimiento de las hojas de los árboles. Algún pájaro madrugador había empezado a cantar cuando el joven se despertó. El olor a hierba mojada trajo a su memoria los recuerdos de su infancia. Cerró de nuevo los ojos para sentir la lejana caricia de los brazos de su madre. Había pasado tanto tiempo y, sin embargo, tan pocos años… Tras desperezarse y estirar sus entumecidos músculos, se levantó y miró a su alrededor. No había nadie. El parque era mucho más grande de lo que le había parecido cuando entró. Bordeó el estanque dejando que su mirada acariciara la estatua que había en él. Rodeada de nenúfares, la imagen blanca de aquella mujer de piel de piedra parecía querer devolverle la mirada. Se detuvo frente a ella y, en silencio, empezó a contarle todas sus penas.

 — Schisstt…—le respondió ella

 –¿Cómo? 

–Calla y escucha…—le susurró la estatua

 –¿Pero tú puedes hablar?—le dijo asustado

 –¿Y tú no puedes callar?—le contestó ella

 –Si, pero…

 –Schisstt… calla y escucha…

 –No oigo nada, ¿qué quieres que escuche?

 –¿Cómo vas a oír si no has aprendido a escuchar?

 –¿aprender a escuchar?

 –Si…, cuando aprendas a callar todos los ruidos que llevas dentro, empezarás a escuchar…

 –¿los ruidos de mi interior?

 –Schisstt… calla y escucha… solo calla… y empezarás a escuchar…

Daniel guardó un profundo silencio y aguzó su oído, pero no oyó nada. Volvió a intentarlo, pero no oyó nada. De nuevo lo intentó, pero no oyó nada.

–No oigo nada, ¿ qué tengo que hacer?—le preguntó

 El silencio fue la única repuesta de la estatua…

— ¿Qué quieres que haga? – repitió angustiado

Asustado por la terrible sensación de haber enloquecido buscó ayuda desesperadamente. Una persona, una presencia, alguien con quien compartir su miedo. Miró a su alrededor y no encontró a nadie. Volvió sus ojos hacia la estatua que, inmóvil, seguía mirándole. Inició entonces la huida. Con paso rápido se alejó del estanque. De vez en cuando se giró para comprobar que la estatua no le seguía. Ella permanecía allí, inmóvil, blanca, silenciosa…

 

II/ … CUYA RESPUESTA SUELE ESTAR MUY CERCA, AUNQUE CASI NUNCA LA VEMOS…

A lo lejos divisó una figura humana. Bajo un enorme sauce dormitaba un vagabundo. Daniel se acercó, pero no se atrevió a despertarle. Aquel hombre estaba en el más profundo de sus sueños. Desconcertado, sin saber qué hacer, aguardó unos instantes a su lado. Al fin se decidió.

 –Oiga, perdone…—dijo en voz baja

 No hubo respuesta. El vagabundo dormía tan profundamente que ni todos los gritos del mundo le habrían despertado.

 –¡Tiene que ayudarme!—le dijo con voz cada vez más angustiada—La estatua….la estatua ¡habla! ¿ no me oye? ¡Le estoy diciendo que hay una estatua que habla! ¡Despierte de una vez! ¡Hay una estatua que habla!

 Su angustia le impidió escuchar los pasos del oficial de policía que se aproximaba a su espalda.

 –¿Qué está haciendo, joven?—le preguntó

 –¡Alabado sea Dios! ¡Menos mal que está usted aquí! Estaba intentando explicarle a este hombre que la estatua del estanque me ha hablado…

 –¿Qué hombre?

 –Este

 –¿Cómo dice?—le preguntó el policía atónito ante lo que estaba viendo

 –Sí, éste, pero está tan dormido que no he podido despertarle

 –¡Sus manos! – le dijo con voz autoritaria.

 Daniel aturdido, extendió sus brazos. Casi sin darse cuenta se encontró esposado y camino de la comisaría. Al salir del parque, de nuevo en la calle, se cruzó con varias personas que le miraban asustadas. Todas se apartaban del delincuente que, inútilmente, trataba de explicarle al policía que no había hecho nada malo.

 — Oiga, yo no he hecho nada, la estatua… – se le oía sollozar

 Al rato entraron en la comisaría.

 –¿Qué traes por aquí?—preguntó otro oficial que dormitaba tras el mostrador

 — Nada, un pobre desgraciado que habla solo y que dice que le hablan las estatuas

 –Mételo en el calabozo, allí se le pasará…y, por lo menos, no hará daño a nadie

 Una oscura escalera le apartó del mundo exterior. El ruido sordo y frío de la llave al cerrar la puerta le dejó sumido en la penumbra de una habitación húmeda y maloliente. Sus ojos aún no se habían acostumbrado a la falta de luz cuando, desde el fondo del calabozo, una voz grave le preguntó

 –¿Tanto te cuesta callar y escuchar, jovenzuelo?

 Aterrorizado, dio un paso atrás buscando el cobijo de la pared en su espalda

 –¿Quién hay aquí?—gritó temblando

 –Tranquilízate, no te voy a hacer nada y, además, por mucho que grites no te van a oír, así que es mejor que te sientes y descanses

 –¿Quién eres?

 –¿No me reconoces? Si acabas de hablar conmigo en el parque

 –¿Tú?

 –Sí, yo, ¿no querías que te ayudara hace un momento?

 –… pero, ¿cómo es que el policía no te vio?

 –Ah…¡qué importa eso!… son tantas las cosas que no ven

 —  ¿Quién eres?

 –Y dale…¡qué manía con querer saber quien soy! ¿no te basta con saber que estoy aquí para ayudarte? Ahora descansa, eso te hará bien…

 –Pero, ¿cómo quieres que descanse si estoy encerrado en un calabozo sin saber por qué?

 –Ah…¡por qué!, ¡por qué! ¿Todavía no te has dado cuenta de que esa es la pregunta que te ha traído hasta aquí? Venga, descansa, ya tendremos tiempo para los porqués…

 

III/ SIEMPRE HAY QUIEN NOS DA CONSEJOS…

El vagabundo veló su sueño en silencio. Fue un sueño largo en el que le acompañaron maestros que no querían enseñar, estatuas que hablaban y vagabundos invisibles. El ruido de la llave le despertó. Al abrirse la puerta entró la luz y vio que estaba solo. En el frío calabozo solo estaban el oficial de policía que acababa de entrar y él. Ni rastro del misterioso vagabundo.

 –¿Qué? ¿Ya se te ha pasado o sigues hablando con fantasmas?—le preguntó jocoso el policía.

 –¿Fantasmas? No, no… estoy bien, ya me encuentro mejor…

 –Por esta vez te dejaré salir, pero que no te vuelva a ver borracho o haré que pases aquí una buena temporada. Ya te puedes marchar.

Daniel, aturdido, volvió al mundo exterior. La escalera le pareció interminable y la luz le cegó al salir. ¿Cuánto tiempo había pasado encerrado? ¿horas? ¿acaso días?… Su mayor preocupación era alejarse de la comisaría lo antes posible. Anduvo rápido y pronto se perdió entre las calles de aquella ciudad desconocida. Entró en un viejo café donde el tiempo, alguna vez, se debió parar a descansar. Sentado en una mesa, pidió al camarero una taza de café y un vaso de agua. Aquel hombre arrastraba los pies al caminar, cansado quizá de tanto ir y venir a ninguna parte. Absorto en sus pensamientos, Daniel dejó que su mirada se perdiera tras el humo del café. La vida seguía a su alrededor. Todas las mesas estaban llenas. Una pareja aquí, unos estudiantes allá… Destacaba la figura de un hombre solitario sentado junto a  una de las mesas de la esquina. Su cabeza no dejaba de ir del techo a los papeles que tenía sobre la mesa y de los papeles al techo. Una y otra vez repetía el mismo movimiento. Empezaba cerrando los ojos para luego, poco a poco, elevar la cabeza con un ligero vaivén, como siguiendo una danza invisible. Unas veces se perdía durante un rato por las alturas, otras bajaba frenéticamente y se ponía a escribir como un poseso. Aunque muchas veces repetido, aquel gesto tenía, sin embargo, algo de imprevisible. En ocasiones tachaba líneas enteras, o arrugaba las hojas entre sus manos y las lanzaba desesperadamente al suelo… era un movimiento extraño, ajeno a todo lo que le rodeaba, un movimiento que siempre volvía a iniciarse con un lento cerrar los ojos y aquel particular vaivén de cabeza. 

Atrapado por la curiosidad, no aguantó más y se acercó a él. Al aproximarse vio que las hojas de papel eran partituras. No le quiso interrumpir. Se quedó quieto con los ojos clavados en la pequeña mesa. Al rato aquel hombre bajó la cabeza y escribió todas las notas que acababan de dictarle las musas. Era una música triste, melancólica…

–¿Qué quieres?—le dijo de repente

–Lo siento, no quería molestarle…

–Pues lo has hecho, ¿Qué quieres?

–Construir un violín

–¿Construir un violín?

–Sí… el mejor violín que se haya escuchado jamás…

–No tienes ni idea de lo que quieres, ¿acaso no sabes que los únicos violines que suenan bien son los antiguos?

 –Pero yo quiero construirlo ahora, para eso he venido hasta aquí.

 — ¡Ahora, ahora, ahora!… violines modernos ¡ buaf! Al menos, en cuanto al lugar no te has equivocado. Aquí están los mejores constructores de violines. Hay muchos, pero ninguno conseguirá jamás construir un violín que suene como los de antes. Pierden el tiempo

–Yo tengo mucho y quiero aprender

–Bien, si es así ve a la Academia de Oficios. Allí te enseñarán todo lo que saben, pero eso y nada es lo mismo. ¡Jamás lo conseguirán!

Daniel salió del café decidido a demostrarle lo contrario. Estaba dispuesto a realizar su gran sueño y no iba a dejar que nada ni nadie lo pudieran impedir. Poco o nada le importaba la opinión de un músico solitario enfurecido porque las musas le habían dejado plantado. El iba a construir su violín, es lo único que sabía, lo único que merecía la pena saber. Los músicos saben de música, pero no saben nada de construir violines. Y además, aquel músico jamás había oído la música que él sentía en su interior. Estaba seguro de que el tiempo no era un luthier y de que él conseguiría hacer un violín que sonase como los de antes. Y eso es lo que iba a aprender en la Academia, a construir el mejor violín que se ha escuchado jamás.

 

IV/… QUE NO SIEMPRE RESPONDEN A NUESTRAS PREGUNTAS…

La Academia no estaba lejos. Era un inmenso edificio de piedra con enormes ventanales que destacaba sobre todos los de la única calle ancha que tenía la ciudad. Una puerta de la madera más gruesa que había visto jamás le separaba ahora de su sueño. Con el corazón encogido alargó su brazo para golpear una aldaba a la que casi no podía llegar. Un bedel perfectamente uniformado salió a recibirle. Tras una lenta mirada de arriba abajo accedió finalmente a acompañarle a la oficina de admisiones. Todo allí era grande: las mesas, las sillas, el mostrador,… Un sin fin de atareadas mujeres corrían de un lado para otro portando importantísimos papeles de los que debía depender, a buen seguro, el futuro del mundo. Daniel no había visto tanta actividad en toda su vida. El bedel habló con una de ellas antes de que le indicara que debía esperar. Su timidez y un profundo miedo a molestar hicieron que, pasados varios minutos,  se sentara en una de las sillas que había en el pasillo. Allí esperó a que alguna de aquellas mujeres le dijera algo.

Debieron pasar un par de horas ya que su estómago empezó a canturrear. Nadie se acercó a él, a pesar de que fueron muchas las personas que pasaron por su lado. Llegó a sospechar incluso que el vagabundo le había contagiado su misteriosa invisibilidad. Finalmente una mujer tan arrugada como delgada le hizo pasar a una pequeña sala.

–Y bien, ¿ qué desea Usted?

–Quiero aprender a construir un violín

–A ver… construcción de violines… – dijo revisando un ordenado expediente que portaba bajo el brazo — sí, queda una vacante en primer curso. ¿Sus referencias?

–¿Referencias?

–¡Sí, referencias, no pretenderá entrar aquí sin ellas!

–Verá, la verdad es que no tengo, yo solo quiero que me enseñen a construir un violín

–Esto se escapa del procedimiento normal. Tendré que consultar su caso con el Director de Admisiones. ¡Espere aquí!—le dijo mientras abandonaba la sala.

Daniel se quedó preocupado preguntándose qué era eso de las referencias, pero mantenía una secreta esperanza: todavía nadie le había preguntado por qué quería aprender a construir un violín. Conforme fue pasando el tiempo su inquietud fue en aumento. No tardó en llegar a la conclusión de que no iban a permitirle entrar en la Academia. Cuando ya casi estaba a punto de abandonar y marcharse por donde había venido, entró la mujer algo más vieja y arrugada que antes.

–Bien, el Director ha accedido a hacer una excepción con Usted. Será admitido.

La mujer empezó a rellenar los impresos de admisión. Las preguntas se sucedían una tras otra: Nombre, dirección, estudios, … A cada pregunta él respondía con un suspiro. Las gotas de sudor empezaban a caer por su frente. El fatídico por qué debía estar al llegar. Para su sorpresa no llegó y pudo respirar tranquilo.

–Bien, eso es todo. ¡Acompáñeme!—le dijo conduciéndole a toda prisa por un interminable pasillo –¡Espere aquí!—

La mujer desapareció tras el mostrador y, al rato, volvió con un libro muy grueso.

–Este es el libro de reglas de la Academia. Debe estudiarlo de inmediato ya que el incumplimiento de cualquiera de ellas está castigado con la expulsión.

–De acuerdo, ¿ y los otros?

–¿Qué otros?

–Los libros para aprender a construir violines

–Eso no es incumbencia del departamento de admisiones. ¡Acompáñeme!

La siguió por un laberinto de pasillos y pasillos hasta llegar a una escalera muy ancha. Subieron tres pisos que se le hicieron interminables. La escalera seguía pero él no se atrevió a mirar hacia arriba, nunca había estado tan alto. Tras recorrer unos cuantos pasillos entraron en una sala inmensa. Por lo menos debía haber cincuenta camas a cada lado del corredor central. Lo recorrieron a toda prisa.

–Esta es su cama – le dijo señalando la que quedaba más alejada de la puerta—Estoy muy atareada así que lea el libro de reglas. Allí encontrará todo lo que necesita.

–¿Y el taller?

–¡No me ha oído, le he dicho que estoy muy atareada! ¡Lea Usted el manual! — el eco de su voz todavía resonaba por la gran habitación cuando ella cerró la puerta.

Daniel se sentó en la cama y empezó a leer aquel libro. Reglas de buena conducta, normas de comportamiento,… En él encontró todo menos lo que realmente le interesaba. Inútilmente buscó entre aquellas páginas durante toda la tarde. Cansado, hambriento y decepcionado, cerró los ojos y se durmió.  

 

V/ SI DE VERDAD QUEREMOS ENCONTRAR LA RESPUESTA…

–¡Dejadle dormir, ya le conoceremos mañana!—les dijo su vecino de cama a cuantos se acercaron a ver al recién llegado. A punto estuvo de arrepentirse de sus palabras cuando, a medianoche, sus gritos le despertaron.” Déjeme entrar, maestro, déjeme entrar… ” repetía una y otra vez empapado en sudor.

–Vamos, tranquilízate… – la calidez de aquella voz acalló su angustia  y ambos durmieron hasta el amanecer. Daniel fue el primero en despertar. Por el rabillo del ojo oteó la sala. Unos tímidos rayos de sol se llevaron el miedo. Se sentó en la cama. Por su mente desfilaron, cogidos del brazo, el oficial de policía y la mujer delgada y arrugada. Se estaba frotando los ojos cuando oyó la voz de su vecino.

— Buenos días, novato…¿ al final has podido entrar?

— ¿Entrar, dónde?

— Eso lo sabrás tú, que no has parado de pedir que te dejaran entrar durante toda la noche…

— Ah, eso… es una larga historia… — le contestó sin atreverse a contarle nada de lo ocurrido desde su llegada a la ciudad– ¿cuándo empezamos las clases?

Antes de que se despertaran los demás, Daniel ya sabía todo sobre el funcionamiento de la Academia: horarios, asignaturas, profesores,… Lo que más le llamó la atención fue saber que iba a estudiar Religión y Matemáticas. No conseguía entender qué tenía que ver aquello con construir un violín. Aturdido y agotado, al caer la tarde se tumbó en la cama sin haber siquiera pasado por el taller. “Supongo que mañana nos enseñarán a trabajar con los formones y las gubias, tengo tantas ganas de sentir el olor de la madera…” fue su último pensamiento aquella noche.

Pero no fue así, ni el día siguiente ni los que vinieron después. Enjaulado en las aburridas paredes de  un aula que parecía bostezar, su vida le apartaba cada vez más de su sueño. Por no haber no había ni una triste ventana por la que dejar volar su imaginación. Del taller ni se hablaba. Lo más parecido a un violín eran las interminables clases de solfeo y las de Historia de la Música.

Por fin llegó el día señalado. A media tarde les llevaron al taller. Le sorprendió ver lo limpio que estaba. Nunca se había podido imaginar que una taller de ebanistería pudiese estar tan ordenado. Todas las herramientas colgaban de las paredes como si fueran un desfile militar: las sierras con las sierras, los buriles con los buriles…Nada podía escaparse de aquel orden milimétrico. Incluso el suelo relucía como si fuera nuevo, sin virutas, ni polvo, ni serrín. ¡En aquel paraíso había hasta ventanas!.

Un leve codazo de su amigo y un cómplice guiño de ojo le empujaron a entrar. Emocionado, se acercó a una de las mesas que tenía frente a él. Un grueso tronco de pino le esperaba. Se puso el mandil y aguardó impaciente.

— Van ustedes a hacer un cubo – sonó lejana la voz del profesor

— ¿Un cubo?—le dijo en voz baja al compañero que tenía a su lado

— ¿Qué pasa ahí detrás? ¿No sabe usted que no se puede hablar en clase?—gritó el profesor mientras se acercaba. Las sonrojadas mejillas de Daniel reflejaron los rostros de todos los alumnos que, al unísono, se habían vuelto hacia él.– ¿Y bien? ¿qué es eso tan importante que nos tenía que decir?.

— No, perdone señor, es que yo pensaba que nos iba a enseñar a construir un violín…

–¡ Y para eso están ustedes aquí!, ¿ o es que todavía no se ha enterado?. Pero lo primero es el oficio, ¿entiende? ¡el oficio! Eso es lo único importante: ¡el O-F-I-C-I-O-! ¡Así es que empezarán por el cubo!

— Y cuando lo terminemos, ¿construiremos el violín?

— Empezarán a fabricar su primer violín al llegar al tercer curso, ni antes ni después. Lo dice bien claro el Reglamento de la Academia. Así es que ¡Venga, a hacer el cubo!

El mundo se le vino encima. ¡Tres años hasta empezar a construir el primer violín!. ¡Tres años de Religión, Matemáticas y cubos!. ¡Tres interminables años!. Lentamente se soltó el mandil y lo dejó sobre la mesa. Su mirada recorrió por última vez las paredes del taller. Dio media vuelta y se marchó.

 

VI/ TENDREMOS QUE BUSCAR NUESTRO CAMINO…

De nuevo en la calle y sin tener adónde ir. Su destino parecía muy claro: vagar sin rumbo, sin dinero y sin esperanza de encontrar a quien le quisiera enseñar. Deambuló perdido durante todo el día. No debió quedar calle que no viera el paso cansado y lento de aquella alma en pena. “¿Cómo he podido ser tan estúpido?” se repetía sin cesar. Al caer la tarde, con el orgullo tan dolorido como sus piernas, buscó un puente bajo el que pasar la noche. El lento paso del agua le distrajo y se llevó su imaginación más allá de donde él la podía seguir. En aquel dejarse ir su alma fluyó por paisajes olvidados. Bosques y más bosques se sucedían en un interminable peregrinar que le llevó a la aldea donde nació. La vida allí, como siempre, seguía tranquila y apacible. El herrero trabajaba en su yunque, el viejo carpintero limpiaba su taller, los niños correteaban por la calle… Hasta él llegó el olor de las hogazas de pan que el panadero acababa de sacar del horno. ¡Parecían tan felices…!. Todo, menos él, seguía igual.

–¿ Qué tal jovenzuelo?, la vida no te ha tratado muy bien, ¿verdad?—no tardó en reconocer la voz del vagabundo.

— ¿Tú otra vez?

— Sí, ¿ o es que creías que no me volverías a encontrar?

— ¡Vete! ¡Déjame en paz! ¡No quiero saber nada de ti!

— Bueno, como quieras, pero eres tú el que ha venido y no yo.

— ¿Yo?

— Sí, no has dejado de seguirme durante todo el día

— ¿De seguirte yo?

— Sí, has estado buscándome por toda la ciudad

— Te equivocas, no tienes ni idea de lo que he hecho

— ¿No?… veamos… has malgastado hasta la última de las monedas que llevabas, has estudiado el libro más aburrido que se ha escrito jamás, de la Santísima Trinidad no has entendido ni una palabra, aunque con Pitágoras y compañía no te ha ido tan mal , pero lo del cubo… ¡eso ha sido lo mejor!

— ¿Y tú cómo sabes todo eso?

— Siempre preguntando, ¿eh?

— ¿Por qué dices que lo del cubo ha sido lo mejor? Al menos no te rías de mi…

— ¡Ay si no nos riéramos de nosotros mismos…!

— Pues ríete de ti mismo, pero a mi déjame en paz

— Pero si es lo que hago… Bueno, supongo que con el tiempo llegarás a entenderlo…

— ¿Qué tiene de bueno lo del cubo?

— Que te ha abierto los ojos. Empezaba a perder la esperanza de que alguna vez lo hicieras. ¡Hay que ver lo que te ha costado!. No sabía que eras tan tozudo.

— ¡Quiero aprender a construir un violín y lo voy a conseguir!

— Eso no lo dudo, como tampoco dudo que en la Academia jamás construirán uno que suene como el que tú quieres

— ¿Por qué lo dices?

— Verás, no es muy difícil darse cuenta. Allí saben mucho del oficio, de la técnica, de Matemáticas incluso, y no dudo de que todo eso sea importante… pero tu violín jamás sonará solo con eso… ¡le falta el alma, la pasión, la locura!

— ¿Y dónde aprendo eso?

— Busca dentro de ti, es ahí donde lo encontrarás. No esperes que alguien te lo enseñe. ¡Todo está dentro de ti! Solo tienes que dejarlo salir…

— ¿Y cómo puedo hacerlo?

— …no es fácil… es un camino que muchos no se atreven a recorrer… pero si realmente quieres hacerlo, lo harás.

— Sí, pero ¿cómo?

— Para empezar no seas impaciente, es un camino largo, que requiere valor y constancia, y a ti el valor te sobra, pero la constancia…

— Bien, estoy dispuesto, te escucho

— Bueno, al fin parece que te decides a dar el primer paso. Por ahí se empieza. Verás, lo primero es aprender a escuchar, pero escuchar con todo tu cuerpo y con toda tu alma y no limitándote a oír, que es lo único que has hecho hasta ahora. Esa es la puerta que conduce al camino…¿ves por donde voy?…¿te acuerdas de aquello de calla y escucha…?

— La estatua…

–Sí, la estatua… pero ya llegaremos a ella, antes tienes muchas cosas que aprender, jovencito, porque lo que tú quieres es construir un violín, ¿no? Pues si eso es lo que quieres debes empezar por aprender a trabajar la madera con tus manos. Fíjate bien que te digo a trabajar la madera con tus manos y no te hablo de técnicas ni oficios. ¡Qué poco aprenderás de quien confunde arte y oficio! Busca a quien ame lo que hace, sólo él te enseñará.

— ¿El maestro? ¿ aquel que no quiso ni abrirme la puerta?

— Él ama lo que hace, es cierto, pero tu todavía no puedes responder a su pregunta, ¿verdad?

— Sí, no sabría explicarle por qué quiero construir ese violín.

— Bueno, busca entonces a alguien que te pueda enseñar y que no necesite un por qué, estoy seguro de que no tardarás en encontrarlo, esta ciudad está llena de buenos ebanistas que aman lo que hacen…

 

VII/ … Y EMPEZAR A ANDAR…

A la mañana siguiente el joven salió a buscar su destino. Se sentía animado y alegre, quizá más de lo que lo había estado nunca. A paso ligero se adentró por las calles de la ciudad que, por primera vez, ya no le parecía extraña. Se sorprendió incluso al notar que las personas con las que se cruzaba en su camino parecían saludarle. A su alrededor todo eran sonrisas y cálidas miradas. El corazón latía muy fuerte en su interior cuando, al doblar una esquina, vio un pequeño taller de ebanistería.

— Así que quieres aprender a trabajar la madera con tus manos… eso está bien—le dijo el ebanista. Era una de esas personas de edad incalculable que respiran bonhomía por todos los poros de su piel. Sus lentes, siempre a punto de caer más allá de la punta de su nariz, le daban un aire despistado. Tras ellos asomaban unos ojos profundamente azules y vivarachos que lo habían visto todo. Su pelo, largo y blanco, enmarcaba un rostro sereno. Las arrugas delataban lo mucho que había vivido; las manos, delgadas y ágiles, todo lo que aún deseaba vivir… —sí, eso está bien… hace ya demasiado tiempo que no tengo quien me ayude, alguien con quien hablar…

Empezó a trabajar a cambio de cama y comida. No era muy diestro con las manos, todo hay que decirlo, pero su ilusión y entusiasmo lo compensaban con creces. El solo hecho de no tener que empezar haciendo un cubo le abrió un mundo nuevo. Seguía las explicaciones del artesano con atención, sin perder detalle. A veces pasaba largos ratos contemplando absorto el amor con el que aquel viejo trabajaba la madera. Sus manos parecían acariciarla lenta, muy lentamente. Otras veces el ebanista le cogía de la mano para llevarle frente a un tronco y preguntarle ”¿Ves lo que hay en su interior? ¡Tócalo! ¡Escucha lo que te está diciendo!”. Al principio le costó mucho reconocer los secretos de los troncos. En más de una ocasión se sintió terriblemente frustrado al comprobar que, tras acariciar la madera durante un buen rato, nada venía a su mente. “ No te desanimes, no es fácil, ellos hablan una lengua que tú aún no entiendes, pero pronto la aprenderás” solía responderle el viejo.

No tardó en llegar el tiempo en que Daniel acertaba alguna vez. Acertar es la palabra ya que, para él, aquel juego era todavía como una adivinanza. Su destreza con las herramientas iba en aumento. Los formones y él habían forjado una profunda amistad. No ocurría lo mismo con las sierras. Le costaba mucho no sentir la sensación de que le hacía daño a la madera cuando la cortaba.

— Deja que sean tus manos las que trabajen, relájate, es imposible que lo hagas si haces tanta fuerza con los dedos, déjalas fluir, toda esa fuerza no sirve para nada, lo único que hace es aprisionarlas y para crear deben ser libres, ¿entiendes? ¡Absolutamente libres!. Al apretar tanto puede que vayas más rápido, pero no te engañes, en realidad no vas a ninguna parte: recuerda que lo que tú haces es crear, y la creación ni sabe ni debe saber del tiempo. ¡Mira este reloj! Sus agujas solo saben dar vueltas sobre sí mismas en una aburrida noria que no termina jamás, y ¿adónde van? ¡ A ninguna parte! ¡Están condenadas a eso de por vida!. A muchos hombres les pasa lo mismo: dan vueltas y más vueltas sobre sí mismos sin saber que no van a ninguna parte… Mira los árboles en cambio… siempre están ahí, quietos, abrazados a la tierra, viviendo la vida y dando vida…

— ¿Pero no se aburren mucho siempre en el mismo sitio y sin hacer nada?

–¿Aburrirse sin hacer nada? Se aburrirían si tuvieran que estar siempre mirando un calendario para poder dejar que sus hojas nacieran, ellos viven de acuerdo con lo que son y con lo que sienten, ¡son libres!… por cierto, ¿cuántas hojas nacen de ti cada año?, ¿acaso no es eso hacer algo? ¡Es crear! ¿entiendes? Ellos crean, nosotros… nosotros solo hacemos. Puede que te parezca que no hacen nada, pero eso es porque no los conoces. Pasas por su lado sin mirarlos, pensando en tus cosas ni siquiera te fijas en ellos, crees que solo están ahí para hacer bonito o para darte sombra… eso es lo que siempre les pasa a los que dan vueltas, que no se fijan en los demás y, si alguna vez lo hacen, solo es para ver lo que pueden obtener de ellos y no lo que les pueden dar. Dices que están siempre en el mismo sitio, sí, es cierto, pero ¿qué tiene eso de malo si ellos no necesitan ir a ninguna parte? El problema lo tenemos tu y yo, que necesitamos ir de aquí para allá para seguir viviendo. ¡Ellos ni siquiera tienen que ir a buscar agua! ¡Deja de dar vueltas! ¡Ve al bosque! ¡Mira los árboles! ¡Escúchales! ¡Abrázalos!… tienen tanto que enseñarte…

Desde aquel día Daniel solía escarparse a pasear por el bosque a la menor oportunidad. Miraba asombrado a aquellos gigantes intentando escuchar cuanto le decían. No tardó en reconocer las diferentes especies, sus colores, su olor, el tamaño de sus hojas… No era extraño encontrarle abrazado al viejo tronco de un roble o de un arce adolescente. Allí, cerrados los ojos, tenía la sensación de que todos, árboles y él, formaban parte de lo mismo, eran lo mismo. Cada árbol tenía una historia que contarle. El pino le habló de la blancura de la nieve y de su música al caer, el abeto de los juegos de amor de las ardillas que corrían por sus ramas… El viejo ebanista tenía razón: había tantas cosas que aprender…

 

VIII/… PORQUE TODO CAMINO COMIENZA POR UN PRIMER PASO…

 Poco a poco su trabajo en el taller empezó a reflejar todo lo que iba aprendiendo. Sus dedos se relajaron y sus manos empezaron a crear, a dar vida. El viejo, divertido, no podía ocultar la sonrisa de sus labios al ver el asombro del joven ante sus propias obras. “Pronto, muy pronto empezará a comprender el lenguaje de los árboles…” solía repetirse mientras trabajaba.

— ¡Síííí! – dijo un día el artesano alborozado al ver que el joven había descifrado lo que guardaba en su interior un enorme tronco de arce—¡Una estatua! ¡La estatua de la mujer más bella que ha existido jamás! ¡Sabía que la verías!

— Pero, ¿ no es la estatua de la mujer del estanque?

— Sí, claro.¡ He aguardado tantos años hasta encontrarla…!

— ¿La conocía?

— No, pero la he amado durante toda mi vida.

— ¿Y eso?

— Verás, hace mucho tiempo vivió aquí. Era la mujer más hermosa de la ciudad. Todos los jóvenes la cortejaban, soñaban con ella. Mi abuelo era uno de ellos. Él era músico, ella… ella lo era todo. Cada día, al caer el sol, se encontraban junto al estanque. Él acudía con su amigo del alma: su violín. Ella con sus manos vacías y el corazón lleno de los versos más bellos. Cuando los últimos rayos de sol iluminaban el parque ella empezaba a recitarle sus versos al oído y él, cerrando los ojos, dejaba que su música, una música que le salía de lo más hondo, inundara la ciudad. Desde todas partes se podía oír su violín. Y todos, absolutamente todos, se paraban a escucharlo. Incluso el padre de ella, que no veía con buenos ojos a mi abuelo.  Era un hombre que entendía mucho de dineros y de números, pero que jamás tuvo la menor idea de lo que es el Amor. Por eso, para él, la felicidad de su hija se encontraba en el matrimonio que siempre había deseado, el matrimonio con el hijo del comerciante más rico de la ciudad.

— ¿Y qué pasó?

–Mi abuelo no tenía muy buena salud. Sufría mucho. Desde que nació había tenido una extraña enfermedad que no le dejaba respirar. Una de aquellas tardes ella llegó llorando al estanque. Su padre había decidido enviarla a vivir fuera de la ciudad. Tenía que irse a la mañana siguiente. Él la acompañó a su casa y, en un intento desesperado por evitar que se fuera, pidió hablar con el padre. Ella no llegó a saber lo que se dijeron, no le dejaron salir de su cuarto. Nunca más volvió a verlo. Aquella noche, de regreso a casa, él cayó fulminado. Su corazón, aquel que había compuesto la música más hermosa, se paró. Ella se enteró de lo sucedido por una carta anónima que le llegó algunos días después. Tras unas semanas en las que el dolor no la dejaba vivir, un médico certificó que estaba embarazada. Ocho meses más tarde, entre las frías paredes del convento donde estaba recluida, nació mi padre. No llegó a conocerle. Le dijeron que el niño había nacido muerto. Lo adoptó un ebanista del que aprendió el oficio que luego me enseñó. Algún tiempo después ella regresó aquí. Pasaron muchos años, muchos, pero no consiguieron llevarse su pena. Cuentan que cada tarde, al caer el sol, la veían pasear solitaria recitando sus versos junto al estanque. ”Abrazar la tierra, abrazarla para jamás soltarla, abrazarla para siempre… si lo que yo más quiero ya solo es tierra, si lo que yo más he amado no es más que tierra…” fueron los últimos versos que escribió. Un día, poco antes de caer el sol, no fue al estanque. Se adentró en el bosque que rodea la ciudad y … nadie más la vio… Poco después el ebanista le contó la verdad a mi padre. Fue entonces cuando decidió venir a vivir a esta ciudad. El sabía que, algún día, ella regresaría. Estuvo esperándola durante toda su vida.

–¿ Y la estatua del estanque?

— Fue el padre de la muchacha el que, desolado, mandó traer a un escultor de tierras muy lejanas. La historia de aquella joven le impresionó tanto que tardó varios años en acabarla. Nunca la encontraba bien, siempre le faltaba algo… pero al final lo consiguió.

— … y entonces…¿éste árbol?

— No hemos podido evitar que lo talaran los leñadores… tarde o temprano acabarían por hacerlo, pero tú y yo le devolveremos la vida… tú y yo la llevaremos al único lugar donde ella quiere estar…

Pasaron los meses sin que ninguno de los dos saliera del taller. Incluso por las noches se les oía trabajar. Una tarde el ebanista y el joven salieron del pequeño taller. En sus brazos llevaban la estatua más bella que se ha creado jamás. Desde aquel día descansa junto a una modesta tumba apartada y solitaria  que hay en el cementerio de la ciudad.

 

IX/ … AL QUE DEBEN SEGUIR MUCHOS MÁS…

Muchas tardes el viejo ebanista se acercaba al cementerio. La profunda sensación de paz que sentía junto a la estatua  le atraía intensamente. Podía pasar horas a su lado. Toda la belleza estaba allí y él, extasiado, la contemplaba a la suave luz del atardecer, aquella hora mágica en la que se oía el melancólico llanto de un violín y el tierno susurro de unos versos. En ocasiones el viejo parecía hablar con la estatua.

— Veo que le estas ayudando mucho…—le dijo ella en más de una ocasión– … cuídale, todavía es muy joven, pero tiene algo que me trae tantos recuerdos… esa música que ha escuchado dentro de él suena casi como la que tocaba tu abuelo… ya sé que nunca has construido un violín y que es poco lo que podrías enseñarle… pero estás ayudándole a dar sus primeros pasos, a recorrer el camino… y eso es lo que verdaderamente importa… tú no lo hiciste solo, acuérdate de todo lo que te enseñó tu padre… sé que te sientes cansado y que crees que ya no te queda mucho tiempo… por eso debes enseñarle todo lo que sabes, para que siga vivo en él…

El viejo ebanista se aplicó a la labor con todas sus fuerzas. Poco a poco Daniel aprendió a dejar que sus manos expresaran lo que sentía su corazón. Pero las jornadas eran agotadoras. La ilusión del viejo y la vitalidad del joven hacían que cada día el trabajo empezara más temprano y acabara más tarde. Absortos en su trabajo apenas salían a la calle. El joven solo se permitía un momento de distracción cuando, cada tarde, a eso de las seis, sus ojos se perdían siguiendo a una muchacha que iba a buscar agua. Alta, delgada, con la piel morena de los pueblos nómadas, de melena negra y ojos verdes, aquella casi mujer acudía cada día puntual a su cita. Sus caderas parecían cimbrearse al caminar, pero aquel movimiento nada tenía que envidiar al que experimentaba el joven cada vez que sus ojos se cruzaban con los de ella. Su cuerpo, desde el primero hasta el último poro de su piel, se ponía a temblar. Inútil cualquier intento para evitarlo. Lo había probado todo: aferrarse con sus manos a una mesa, meterlas en los bolsillos, morderse la lengua… nada, absolutamente nada, era capaz de detener aquel temblor. Como tampoco nada era capaz de desviar sus ojos de los de ella.  El viejo, de reojo, le miraba divertido y, como si no se hubiera dado cuenta, aguardaba siempre a que la muchacha desapareciera por la esquina. Entonces empezaba a darle interminables instrucciones a su alumno: redondea este canto, pule un poco más aquel… aquello actuaba como un bálsamo y, al rato, Daniel parecía volver en sí. Al viejo nunca dejó de sorprenderle lo mucho que mejoraba el  trabajo que él hacía cada vez que la veía. “Si sigue así ya pronto no sabré qué enseñarle” se repetía para sus adentros.

Una tarde en la que ambos estaban muy atareados acabando una cómoda de cerezo que debían entregar a la mañana siguiente, la muchacha se retrasó. Aunque había mucho trabajo por hacer, el viejo a duras penas podía contener la sonrisa al contemplar el nerviosismo del joven que, como una cometa al viento, no paraba de ir de aquí para allá. Lo que más le divertía era comprobar que, adoptara la posición que adoptara y estuviese donde estuviese, sus ojos siempre permanecían clavados en la ventana. ”¡Qué pericia la de este muchacho” pensaba “ mira que es difícil, ¿cómo será capaz de hacerlo…?” se repetía intentando emular inútilmente aquellos movimientos. Al fin la muchacha apareció. Como siempre, sus ojos se buscaron.

— ¡Qué despiste el mío! ¡Nos hemos quedado sin agua!—le interrumpió la voz del viejo– ¿Te importa acercarte a por ella?

Daniel tardó un tiempo en reaccionar. Salió corriendo del taller y, al poco, ya estaba junto a la muchacha, cántaro al hombro. El viejo volvió a su trabajo en cuanto los vio desaparecer tras la esquina. Un suave cosquilleo atravesó su pecho. La cómoda ya estaba casi acabada cuando regresó.

— Perdone, ya se que me he entretenido mucho… – empezó a decir todavía sofocado.

— Nada hay que perdonarte, jovenzuelo. Viniste aquí para aprender y mucho es lo que has aprendido, pero todavía te quedan muchas cosas por conocer, cosas maravillosas que te darán la felicidad, pero esas cosas, por mucho que la madera y yo nos empeñemos en enseñártelas, no las encontrarás aquí. Están ahí afuera, esperándote… esperando a que vayas a buscarlas…

Aquella noche el ebanista dejó que Daniel acabara la cómoda. Sabía que nadie lo podría hacer mejor que él. Tumbado en su cama, poco antes de que amaneciera, oyó sus pasos al subir por la escalera, y se durmió tranquilo.


X/ LO IMPORTANTE DEL VIAJE ES LO QUE NOS PUEDE ENSEÑAR…

— ¿ Así que quieres aprender a construir un violín? – le preguntó una de aquellas tardes la princesa de piel canela. Su voz era como el susurro de un manantial. A él le encantaba oírla. No habían tenido la oportunidad de hablar mucho desde el día en que se conocieron. Con ella solía hablar en un idioma nuevo, una lengua sin palabras donde una mirada, una sonrisa o una caricia lo decían todo. Disfrutaba descubriendo los arcanos de aquel lenguaje, pero amaba su voz, aquella voz dulce que evocaba en su interior todos los sueños, esos pequeños recuerdos de lo aún no vivido…

— Sí, quiero construir el mejor violín que se ha escuchado jamás, y no me preguntes por qué, solo sé que necesito hacerlo.

— ¿Y por qué tiene que haber un por qué?. Las cosas se hacen, sin más, ¿ o es que, acaso, el agua del río se pregunta por qué tiene que bajar?,  el agua siente una fuerza que le impulsa a hacerlo y lo hace, simplemente se deja llevar y acaricia todo lo que encuentra a su paso. Y disfruta al hacerlo, por eso siempre canta y baila, como nosotros. ¿Nunca te has dado cuenta de que siempre estamos cantando y bailando? A veces cantamos de alegría, otras es la tristeza la que nos hace bailar, pero siempre lo hacemos, no sabemos vivir de otro modo: sentimos esa fuerza dentro y dejamos que nos lleve donde quiera, qué importa el sitio si, vayamos donde vayamos, al caer la tarde, volvemos a ver nacer las estrellas. Nos gusta mirarlas, dejar que  nos cuenten sus historias, compartir algún que otro secreto con ellas y bailar, bailar abriendo mucho los brazos, para poder cogerlas bien, porque a ellas les encanta cantar y bailar…

— ¿A las estrellas?

— Pues claro, ¿ cómo es que no lo sabes?

— Verás, a mi me gusta tumbarme por la noche y mirarlas. A veces les digo cosas, pero nunca se me ha ocurrido ponerme a bailar con ellas.

— ¿ Y por qué no?

— ¡Ah! ¿Ves? Ahora eres tú la que preguntas por qué…

— Yo no te pregunto por qué haces una cosa, sino por qué no la haces

— Bueno… mirar las estrellas, escucharlas, incluso hablar con ellas, es lo normal ¿no?, pero bailar…

— ¿A ti te gustan?

— Pues claro, si supieras la de noches que he pasado con ellas…¡ las amo con toda mi alma!

— ¿Y entonces por qué no bailas con ellas? ¿es que para ti amar es solo mirar, escuchar y hablar un rato? ¡ Menudo amor!, ¡Déjate llevar, entrégate!, ¡Dales todo lo que llevas dentro!

Esa noche Daniel se acercó al campamento que los gitanos habían levantado a las afueras de la ciudad. Desde lejos pudo oírles. Acordeones, guitarras y violines hacían sonar su música ancestral. Alrededor de un fuego que se elevaba en la oscuridad, todos cantaban y bailaban. Un círculo mágico formado por un sin fin de brazos abiertos giraba al son de una canción que hablaba de amor y de amistad. El joven no se atrevió a interrumpir y esperó a que sonaran los últimos compases. Ella le vio salir de entre las sombras y se acercó al que parecía el más anciano. Susurró algo en su oído. El viejo dio media vuelta y le miró a los ojos. Todos lo hicieron. De repente, sin mediar palabra, se agachó para recoger una botella y, usando la lengua que ella le había enseñado, le invitó a venir. Ambos dieron un largo trago, se miraron y rompieron a reír. Los ojos del anciano pidieron a los músicos que volviesen a tocar. Pasó su brazo por encima del hombro del joven y empezaron a bailar. Al rato sintió como el de ella también lo hacía. Uno a uno se fueron uniendo para cerrar de nuevo el círculo, y bailaron, cantaron y bailaron hasta el amanecer…  Aquella noche él no vio bailar  ninguna estrella.. no le hizo falta para saber que todas estaban allí.

Llegó el alba, y con ella el silencio. Poco a poco todos se fueron marchando. Daniel permanecía sentado frente al fuego. Por su mente chisporroteaban todos los momentos felices que había vivido, cuando sintió que la mano de ella cogía la suya. Le ayudó a incorporarse y, abrazados, se perdieron en el bosque. Ella se detuvo junto a un pequeño arroyo en el que se reflejaban los primeros rayos del sol. Sus ojos  brillaban con la cálida luz del amanecer. De pronto sintió el calor de unos dedos que, lentamente, acariciaban su piel. Era la primera vez que sentía aquel extraño fuego en su interior. No tardó en dejar que sus manos imitaran aquellos movimientos lentos y sensuales. Juntos recorrieron el camino más hermoso que él había soñado jamás. La besó, la abrazó con todas sus fuerzas y dejó que su alma susurrara en su oído una historia, la vieja historia de un violín, un violín que hablaba de estatuas, de árboles, de versos… y de bailes, y de ríos y de estrellas.

 

XI/… Y LO QUE NOS ATREVEMOS A COMPARTIR…

Al día siguiente, poco antes del atardecer, Daniel fue al cementerio. La muchacha iba con él. Recorrieron el sendero cogidos de la mano. Las hojas de los árboles, iluminadas por la luz dorada del crepúsculo, tiñeron de verde el camino. Era un verde intenso, vivo, un verde alegre.

La puerta estaba cerrada. Saltaron la valla y se adentraron en el silencioso mundo de los muertos. ¡Cuántos sueños, ilusiones y anhelos dormían a su alrededor! Al fin, bajo la tierra, descansaban para siempre. Una intensa sensación de paz lo inundaba todo. Solo un pequeño pájaro revoloteaba inquieto por allí. Parecía buscar algo desesperadamente. Sus movimientos, rápidos y a veces bruscos, delataban su angustia. “ No es un pájaro, es el espíritu de un beso no dado” le susurro la muchacha al oído “ y volará así hasta la eternidad…”

Pasearon entre las tumbas arropados por un manto de silencio. Las lápidas contaban la pequeña historia de los que allí dormían: Nacido el día… En la mayoría un nombre, un nombre y un par de fechas, como si su vida se hubiera limitado solo a eso. Los muertos se fueron y con ellos se llevaron sus amores y sus sueños… los vivos, los vivos se quedaron… naufragando en el mar del olvido. Una palabra les llenó de alegría, una palabra escrita bajo el nombre de una tumba sencilla y solitaria, una palabra que dormía junto a un pequeño ramo de claveles rojos, la palabra “poeta”. Abrazados, permanecieron largo rato frente a aquella lápida que les mostró que el Amor, el verdadero Amor, va más allá de la muerte…

Con los últimos rayos del sol volvieron hacia el centro del cementerio. Absorto en sus pensamientos, se perdió. “Tiene que ser por aquí” se repetía cada vez que, tras un pequeño rodeo por aquel laberinto blanco, volvía a aparecer en el mismo sitio. Cuando ya estaba a punto de desistir encontró su salvación. Al fondo de un camino vio la figura de un hombre que venía hacia ellos.

— Perdone, ¿puede indicarnos dónde está la estatua de la mujer de madera?

— Claro, no es difícil encontrarla. Id por este camino hasta el final, allí escucharéis la música de un violín , no tenéis más que seguirla…

No habían andado mucho cuando alcanzaron el final del camino. Se detuvieron para escuchar la música del violín, pero no oyeron nada. Él se giró buscando al hombre solitario. Ya no estaba allí. De repente la empezaron a oír. La reconoció al instante. ¡Era la música que siempre había escuchado en su interior!, una música clara, limpia, una música llena de color, de pasión… Apretó la mano de la muchacha y aceleró el paso. Su corazón latía con fuerza. A lo lejos, bajo el enorme árbol solitario, vio a la estatua susurrando sus versos abrazada a un violinista que tocaba la música más hermosa que se ha escuchado jamás…

— ¡Vamos, corre!, ¡ quiero que la conozcas!—le dijo a la muchacha. 

— No… déjales así. Han esperado mucho tiempo este momento… no quiero que por nuestra culpa vuelen más pájaros esta noche…

La besó con todas sus fuerzas. Volvieron tras sus pasos recorriendo lentamente el camino que, iluminado ya por la luna, se había teñido de azul. La dejó en el campamento y regresó a la ciudad. La música de aquel violín solitario sonaba en su interior…

 

XII/ A VECES LO QUE NOS PARECE MÁS OBVIO SIMPLEMENTE OCULTA LA VERDAD…

Entre encuentro y encuentro la vida del joven transcurría en el taller. Era mucho lo que quería aprender del viejo ebanista, y mucho más lo que necesitaba que la muchacha le enseñase. Mientras él le adentraba en los secretos de la madera, ella lo hacía en los de su corazón, de él aprendió que la madera tiene alma de poeta, de ella que el violín tiene cuerpo de mujer.

— ¡No, no, no! ¡Córtalo por aquí!—le reprendía el artesano en ocasiones—No debes malgastar tanta madera. Has aprendido a descubrir el secreto que duerme dentro de cada tronco, pero también debes saber lo que puedes hacer con lo demás. Y debes saberlo antes de cortar.

— Pero si nos sobra madera, tenemos toda la que podemos necesitar y mucha más

— … nos sobra madera… nos sobra madera… ¡como si la madera fuese nuestra!

— ¿acaso no lo es? Yo vi como se la pagaba a los leñadores

— Pagué su trabajo, no la madera que trajeron. No podemos comprar ni vender lo que no nos pertenece. La madera pertenece a la tierra, forma parte de ella, nosotros la utilizamos, pero eso es todo, no tenemos ningún derecho a creer que es nuestra, ¡ni nuestra ni de nadie!

— ¿ Y el dinero que pagaron por la cómoda?

— Pagaron nuestro trabajo, el tuyo y el mío, y nada más

— Pues aquel hombre se fue muy feliz pensando que la cómoda era suya…

— ¿ Y eso que demuestra? Demuestra que aquel pobre hombre era un  ignorante, pero no que la cómoda fuera suya. Si todos pensasen como él este mundo se acabaría enseguida, en dos días ya no quedaría ni un solo árbol y con los árboles… ¡Imagínatelos! ¡Ese mar es mío! ¡No, es mío, yo lo compré antes…! ¡Vaya disparate!

— Usted dirá lo que quiera, pero aquel hombre cree que la cómoda es suya

— Te equivocas, todos saben que tarde o temprano, cuando mueran, todo lo que tienen pasará a sus hijos, y a los hijos de sus hijos… ¿ y qué es lo que les pasarán? ¿la cómoda? ¡No! ¡Les darán nuestro trabajo! Un trabajo que tiene forma de cómoda. Puede incluso que a sus hijos no les guste y que vendan la dichosa cómoda o que la cambien por otra cosa, pero lo que venderán es el trabajo que tú y yo hemos hecho. Y si nuestro trabajo ha sido bueno, les darán mucho dinero por él, sino no recibirán nada a cambio, ¿ lo entiendes?

— Yo sí, pero aquel pobre hombre… yo creo que para él, como para la mayoría, la propiedad es lo más importante

— ¿La propiedad lo más importante?, ¡No! ¡Y eso lo saben todos!, ¿o es que acaso has visto a alguno de ellos comprando una estrella? No lo hacen, ¿verdad que no? Y si no lo hacen es porque las estrellas están demasiado lejos para que les puedan servir de algo. Sólo compran lo que tienen cerca. Y ¿tu crees que lo verdaderamente importante depende de cosas como la distancia? ¿Tú dejarías de amar a esa muchacha solo por estar lejos de ella?

— No, claro

— Pues ahí está el problema, que todos se engañan a sí mismos. Se engañan pensando que pueden comprar cualquier cosa sólo por que está cerca, ¿ te das cuenta? ¡Solo porque está cerca!

— ¿Y el paraíso? ¿ Acaso no son muchos los que sacrifican su vida queriendo comprar la vida eterna?… estará de acuerdo conmigo en que eso está muy lejos…

— ¿Comprar la vida eterna? No hay nadie que haga eso, lo que hacen es ganarse el derecho a entrar en el paraíso, a estar en él, ¿entiendes? Es como en el teatro, tu pagas una entrada a cambio de ver cómo se representa una obra, pero a nadie se le ocurriría creer que con el dinero que ha pagado ha comprado la obra o a los actores. Así que, ¿ qué es lo que verdaderamente compras? ¡El trabajo de los demás!

— ¿Usted cree en el paraíso, la vida eterna y todo eso?

— La verdad es que no tengo ni idea, y si quieres que te diga la verdad, eso no me preocupa demasiado…

— Entonces, ¿no es usted religioso? ¿no cree en Dios?

— Yo no sé si Dios nos creó a nosotros o si fuimos nosotros los que le creamos a él. Antes había muchos, ahora dicen que solo hay uno. No sé si Jesús era Dios, ni me interesa saberlo. Solo sé que dijo que el Amor es lo único verdaderamente importante y que nos enseñó a amar, a amar hasta a nuestros propios enemigos y nos mostró como hacerlo. Yo solo creo en eso. Y si Él no fuera Dios, o no existiese el paraíso, ¿qué pasa?, ¿ sería mentira todo lo que dijo? ¿estaría mal todo lo que nos enseñó? ¡No! Te diré aún más, siento una enorme sensación de pena al escuchar a todos esos que hablan de sacrificios a cambio de la vida eterna, ¡No han entendido nada! ¡Serían capaces de echar al fuego el Sermón de la Montaña si se enterasen de que el paraíso no existe!

— Y entonces, ¿ los curas? ¿cree usted en ellos?

— Verás, a mí los curas no me gustan demasiado… yo no necesito sus paraísos y mucho menos sus infiernos… además… cuando yo quiero hablar con los árboles, hablo con los árboles, ¿entiendes? Yo no sabría qué decirles a los curas, y me temo que ellos tampoco a mí… así que es mejor dejarlos en sus iglesias y que me dejen a mi en mi taller. Puede que otros sí los necesiten, supongo que por eso están ahí después de tantos años…¡Pero bueno, mozalbete!, tu y yo hablando aquí de los curas y sus dioses ¡y el trabajo sin hacer!

Siguieron trabajando durante toda la tarde. A eso de las seis, como cada día, Daniel salió tras la muchacha. El viejo, cansado, cenó algo y se fue a dormir. Tardó mucho en conciliar el sueño. No estaba seguro de que el joven hubiese entendido lo que en verdad le había querido enseñar al hablarle de la propiedad. Por su cabeza volaban los árboles, las cómodas, los curas… Siguió dándole vueltas y más vueltas hasta que, al fin, se le ocurrió la solución. Acababa de dormirse cuando le despertó el primer gallo. Bajó corriendo al taller. Sus piernas parecían las de un niño.

Cuando volvió Daniel vio al viejo ebanista trabajando en su mesa. Todo estaba como siempre, todo excepto un pequeño cartel que había colgado sobre la ventana. Lo leyó detenidamente. Volvió a leerlo y alzó los ojos buscando los del viejo que, divertido, le sonreía. Miró de nuevo el cartel y lo leyó por tercera vez:” La tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos. Antiguo proverbio indio”.

Aquella tarde, abrazado a la muchacha, Daniel no dejó de hablar de la tierra, de sus árboles, de sus dioses… su entusiasmo rozó el éxtasis cuando le explicó que la propiedad no existe. Ella, sorprendida por el arrebato de alegría que podía provocar algo que había sabido desde siempre, guardó silencio y dejó que hablara hasta bien entrada la noche. Luego, le calló con un beso.

 

XIII/ SON MUCHAS LAS PALABRAS QUE PERDEMOS EN EL CAMINO…

Los meses fueron pasando y llegó el tiempo de los días cortos. El otoño se había llevado todas las hojas. Desde la ventana del pequeño taller dejaba que su imaginación volara con los gruesos copos de nieve que empezaban a caer. Solía elegir uno cualquiera al azar y lo seguía en su caída. Amaba la lentitud de sus movimientos, su soledad en medio de aquel océano tranquilo, su luz, su silencio… Nunca dejó de sorprenderle que un baile solitario y anárquico de miles de copos fuese capaz de formar aquel manto tan perfecto en el que cada uno encontraba su lugar, en el que ninguno sobresalía sobre los demás. Le gustaba dejar que su vista se perdiera sobre ese manto inmenso y frágil que, poco a poco, lo cubría todo. Algunos días, antes del amanecer, salía a pasear para escuchar el sordo crujido de aquel mar blanco bajo sus pies. Andaba hasta los aledaños del bosque. Desde allí contemplaba la agonía de las últimas nieblas que, calladas, se dejaban atravesar por los primeros rayos del sol. La pequeña ciudad empezaba a despertar. De sus chimeneas salía el humo del invierno, ese humo cálido y etéreo que detiene su ascensión empujado por una mano invisible.

Uno de aquellos días, al regresar al taller, encontró al ebanista tendido en el suelo. Sus manos estaban abiertas, sus ojos cerrados. Todavía respiraba. Se agachó rápidamente y le zarandeó con fuerza. Su cuerpo, viejo y cansado, no respondió. Asustado, lo cogió entre sus brazos y salió corriendo a la calle. El hospital no estaba lejos.

Al traspasar la gruesa puerta de madera se encontró frente a una enorme sala repleta de camastros. El silencio sepulcral solo era roto por el desgarrado quejido de uno de los enfermos que, delirando, luchaba inútilmente contra la muerte. Unas cuantas monjas con el delantal tan blanco como sus almas intentaban ayudarle. Un olor desagradable e intenso invadía la sala.

Depositó el cuerpo inerte sobre el único camastro vacío. Al hacerlo se dio cuenta de lo poco que pesaba. No tardó en acercarse una de las monjas. Sus manos recorrieron lentamente la frente del ebanista. Daniel reconoció en ellas la ternura con la que él le había enseñado a trabajar. Aquella mujer permaneció a su lado hasta que llegó el médico. Ambos se agacharon y empezaron a reconocer al enfermo. Tras una espera que se le hizo interminable, alzaron la vista. La mirada del médico le hizo saber que la enfermedad era grave; la de la mujer que aún había esperanza. Pasó el resto del día sentado junto al viejo, tratando de recordar todo lo que había vivido a su lado. Le costó mucho hacerlo. Su mente estaba inundada por todas las cosas que quisiera haberle dicho…

— Esto ya no está en tus manos – le interrumpió la monja poco antes del anochecer—es poco lo que puedes hacer por él. Ni siquiera te ve, su alma está ahora muy lejos de aquí. Pero puedes estar tranquilo, no está sufriendo, mira su cara, ¿has visto alguna vez tanta sensación de paz? Ve a descansar, él necesita que estés fuerte…

— No quiero irme, necesito estar junto a él. ¡Tengo que ayudarle!

— Y le ayudarás, pero para eso tienes que descansar. Vete a casa. Ahora no puedes hacer nada más. 

Salió del hospital. La terrible sensación de haberle dejado solo le empujó a deambular por las calles. Sus pies se hundían en un manto blanco que ya no crujía, su corazón en el desierto negro de la soledad. Anduvo durante horas sin importar adónde. Cualquier sitio era mejor que regresar al taller. Inútilmente intentó huir de la ausencia que, como su sombra, le seguía en silencio.

— ¿Cómo vas a luchar con esos ánimos? – en seguida reconoció la voz del vagabundo que, sin saber por dónde, había salido a su encuentro.

–¡Tú otra vez!

— ¡Sí, yo otra vez! ¡ Y todas las que hagan falta para que dejes de sentirte el ser más desgraciado del mundo!

–¿Y cómo quieres que esté? ¡Él lo es todo para mí!, me lo ha dado todo ¡y yo no puedo darle nada! ¡ Ni siquiera puedo decirle nada!

—  Ah… las palabras no dichas y los besos no dados…¡duelen! ¿eh?

— ¡No sabes como!

— Como siempre, te equivocas. Lo sé y puede que incluso mejor que tú. Por eso estoy aquí, para que no hagas que vuelen más pájaros, esta ciudad ya tiene demasiados. ¿Qué has visto en el hospital?

— He visto dolor y sufrimiento

— ¿Y qué más has visto?

— No he visto nada más, ¡allí solo hay dolor y sufrimiento!

— ¿ Y amor?, ¿ no has visto amor?

— ¡Desde luego! Aquella mujer…

— ¡Exacto! ¡Aquella mujer! Y ¿qué es lo que la diferencia de ti? Que ella lo da todo, que no espera nada a cambio, que lucha, lucha contra el dolor y el sufrimiento

— Pero a mí no me ha dejado hacerlo, yo quería quedarme para cuidarle y me ha dicho que me fuera a descansar ¡ A descansar! ¿Te imaginas? ¡A descansar!

— Ella te ha dado lo que necesitas, como a todos los demás. A ti no te podía curar con brebajes y pócimas, por eso te ha dado su consuelo y el mejor de los consejos.

— ¡Pero yo no puedo descansar! ¡Necesito hacer algo!

— Ahí está el problema. La sensación de no poder hacer nada te impide descansar y, si no descansas, tampoco harás nada. ¡Perfecto!

— ¡Pues sí, eso es!

— ¿ Y bien?

— ¿ Y bien? ¿qué quieres que haga? ¡No le puedo ayudar, tampoco puedo descansar, no puedo hacer nada!

— ¡Menuda facilidad la tuya para construir círculos en los que encerrarte! ¡ábrete de una vez!

— ¿ Que me abra? ¿crees que con eso le ayudaré?

— ¿ Y porqué tienes que ayudarle sólo a él?

— ¿Qué quieres decir?

— Que te des de una vez a los demás. Ese hospital está lleno de gentes que sufren, que necesitan a alguien que les ayude, pero están solos, con ellos solo están esas pobres monjas. Necesitan tu ayuda ¡ Todos necesitan tu ayuda! ¡ Empezando por ti! Mañana, en cuanto amanezca, ve al hospital y dales todo lo que llevas dentro…

— ¡Eso es!

— Pues venga, ya puedes empezar. Ve  a descansar, que mañana será un día muy largo…

Regresó al taller. En pie, junto a la mesa de su maestro, dejó que sus ojos recorrieran lentamente la habitación. Sus manos acariciaron la pequeña figura de madera en la que el viejo ebanista había estado trabajando durante los últimos días. Cerró los ojos y le sintió junto a él. Una infinita sensación de paz recorrió su cuerpo. Al rato se tumbó en la cama. Puede que él no fuera Dios ni que aquel fuera el séptimo día, pero aquella noche, al fin, descansó.

 

XIV/…QUE SÓLO PODEMOS ENCONTRAR EN LOS DEMÁS

A la mañana siguiente salió corriendo hacia el hospital. Al llegar, fue directamente hacia el camastro del viejo ebanista. El seguía allí, dormido, con aquella inmensa sensación de paz que iluminaba su rostro. Cogió su mano y la empezó a acariciar. Fueron muchas las cosas que se dijeron a través de la piel. Al rato se incorporó para buscar a la monja que estaba lavando a uno de los enfermos que había al fondo de la sala.

— ¿En qué puedo ayudar?

La mujer alzó la vista sin dejar su trabajo. No le hizo falta preguntarle nada.

— Anda, ayúdame a incorporarlo, a mi edad ya no me sobran las fuerzas…

Pasó sus brazos por la espalda del enfermo. Sintió la humedad de sus llagas, su hedor. Todo el dolor y el sufrimiento del mundo parecían haber hallado cobijo en aquel maltrecho cuerpo. Al dejarlo tendido de nuevo sobre el camastro se encontró frente a un rostro que, agradecido, le sonreía. Ni un quejido, ni un lamento, sólo una sonrisa. Tras el primer enfermo ayudó a lavar a muchos más. Poco a poco dejó de oler aquel hedor insoportable. Sus manos ya no sentían la humedad de las llagas. La monja no tardó en dedicar sus cuidados a otros enfermos dejando que fuera él  quien se encargara de lavarlos.

Fue pasando de un camastro a otro llevando un poco de agua y de ternura. Vio muchas sonrisas aquella mañana. Los que aun podían hablar solían contarle su historia. Entre el agua y el jabón, aquellas historias resbalaban para hablarle de un pequeño mundo que fue o de uno enorme que podía haber sido. Eran historias que sabían de soledad, de búsqueda, de tristeza, de esperanza… historias que hablaban de mundos perdidos y olvidados.

— Sabía que volverías – le dijo una anciana pequeña y blanquecina – lo sabía, ¿ está fuera la carroza?

— ¿Cómo?

— Que si está fuera la carroza…

— …Si…sí… está frente a la puerta

— ¿Con el cochero de librea de oro y los caballos engalanados?

— … con el cochero de librea de oro y los caballos engalanados… – le respondió Daniel sin saber a qué se refería.

— ¡Vamos! ¡Vamos ya! – le dijo aferrándose a su brazo con todas sus fuerzas

— Todavía no, aún tengo muchas cosas por hacer…

— ¿Entonces? ¿cuándo?

— Pronto, muy pronto

— ¿Mañana?

— …Si, puede que mañana…—le dijo acariciando su frente con ternura

–… mañana…—le oyó decir mientras se alejaba

Volvió junto al viejo ebanista que, dormido, parecía estar muy lejos de allí, paseando, quizá, por un jardín lleno de árboles y estatuas. Se sentó a su lado y empezó a lavarle lentamente.

— Veo que, además de los cuerpos, has lavado más de un alma…—le dijo la monja que, silenciosa, se había acercado hasta él.

— ¿Lo dice por aquella pobre mujer?

— Sí, hoy le has dado un poco de felicidad… ya me ha contado que has vuelto con la carroza y el cochero de librea de oro y que mañana la llevarás contigo…

— Sí, confío en que para entonces ya se le haya olvidado

— No confíes mucho, lleva esperando este momento desde antes de que tu nacieras.

— ¿Tanto?

— Sí, la encontraron vagando por las calles. Nadie sabe de dónde vino ni quién es. Habría muerto de hambre si no la hubiesen traído aquí. Llevaba muchos días sin comer, hablando sola. Algo debió hacerle perder la razón. Desde entonces ha estado siempre en esa cama contándonos que un día  alguien vendría a buscarla…

— ¿Quién?

— Eso no lo sabemos. Ella cuenta que, cuando era joven, se enamoró de un muchacho que trabajaba en el campo. Era muy pobre y quería partir a buscar fortuna. Le pidió que no se fuera, que prefería ser feliz con lo poco que tenían. Él le habló de su sueño, un sueño que brillaba más que el oro, le habló de un nuevo mundo en el que las casas eran grandes, en el que los señores tenían carrozas y criados con librea… De nada sirvió que ella le dijera que no necesitaba nada de todo aquello para ser feliz, que lo único que quería era estar a su lado. Su insistencia solo consiguió de él una promesa, la promesa de que regresaría algún día… al poco, se marchó.

— ¿ Y ella qué hizo?

— Esperarle. Toda su vida no ha sido más que una larga espera…

Al atardecer regresó al taller. La muchacha le esperaba junto a la puerta. Le tranquilizó saber que la salud del viejo no había empeorado. El la besó y le contó la historia de aquella pobre mujer que renunció a su vida por el sueño del hombre al que amaba. Se abrazaron y subieron a la habitación. Al principio sus besos fueron intensos, ardientes. Sus jóvenes cuerpos se buscaron, entre susurros y jadeos, como dos caballos desbocados. Sus almas, abrazadas, se amaron con locura. Después, al calor de las brasas de aquella hoguera, todo fue ternura, caricia y ternura. Pasaron varias horas abrazados, acariciándose en silencio.

— Tengo una idea – le dijo mientras acariciaba su melena negra– ¿me ayudarás?

Acababa de amanecer cuando Daniel entró en el hospital. Tras guiñarle un ojo a la monja le quitó la manta que llevaba en las manos y se acercó a la anciana. La rodeó con la manta y la cogió entre sus brazos para llevarla hasta la puerta. Un carromato recién pintado tirado por dos caballos engalanados de fiesta les esperaba. Junto a él había un joven gitano vestido con un uniforme reluciente que parecía una librea. Se adelantó hacia ellos y la cogió de la mano.

— Permítame, señora—le dijo mientras la ayudaba a subir.

Recorrieron la calle principal de la ciudad durante horas. De arriba abajo y de abajo arriba, incansables. La gente, atónita, salía de sus casas para contemplar el espectáculo. Nunca habían visto algo así. Ella, con una sonrisa que casi no le cabía en la cara, les saludaba a todos con la mano. Ellos le correspondían saludando y haciendo reverencias. El sol, radiante, tampoco quiso perderse aquel paseo. Poco antes del mediodía, la anciana, abrazada al amor reencontrado, cerró los ojos y se durmió.

Regresaron al hospital y, con cuidado, la tendieron en su cama. Ella siguió durmiendo plácidamente arropada por un dulce sonido de cascabeles. Nada ni nadie la podía despertar de su gran sueño. La monja miró divertida a Daniel que, subiéndose las mangas, se aprestaba ya a coger la jofaina de agua y el jabón.

 

XV/ EN TODOS LOS CAMINOS ESCUCHAREMOS MÚSICAS Y CANCIONES …

Los días se sucedieron entre el hospital, la muchacha y el taller. Las horas parecían alargarse, empeñadas en ayudarle a que encontrara tiempo para todo. Ni siquiera se perdió uno de aquellos paseos por el bosque que tanto le gustaban. Por las mañanas, en el hospital, visitaba a todos los enfermos a los que, entre jabón y jabón, les hablaba de lo maravilloso que había amanecido el día y de la alegría de la gente por las calles. Sus ojos, contagiados por la ilusión que irradiaban los suyos, podían verlo todo. Escuchó muchas historias, aunque no tantas como las que él mismo les contó. Para todos tenía algo, aunque solo fuera una anécdota o una palabra amable. Solía entretenerse más con los que, dormidos, parecían no escucharle. Con ellos eran sus manos las que hablaban de cariño y de ternura. El médico le había dicho que no podían oírle. “¿Qué sabrán los médicos de estas cosas?, ¿acaso han estado ellos así alguna vez?” solía repetirse para sus adentros mientras les susurraba sus pequeñas historias al oído. Siempre dejaba al viejo ebanista para el final. Para él guardaba la mayor parte de su tiempo. Le hablaba de las cosas del taller, de la muchacha, de la música del cementerio, de la estatua, de los árboles… a veces le hacía preguntas. Que los demás no pudieran escuchar sus respuestas a él poco le importaba.

Pasaba las tardes en el taller, acabando los últimos trabajos. Sus manos acariciaban la madera como lo hacían con los enfermos. ¡Había tanta ternura en aquellos movimientos! A veces la muchacha le ayudaba y él le enseñaba todo lo que sabía. No dejó de sorprenderle la rapidez con la que ella aprendió a relajar la fuerza de sus manos, ¡con lo que a él le había costado! Una intensa sensación de felicidad estremeció su cuerpo. Poco antes de que el sol cayera salían del pequeño taller para acudir puntuales a su encuentro con los bosques. El amor les esperaba. A veces ella llevaba un violín para que él lo tocara. Le gustaba ver el baile de sus dedos sobre el mástil y la pasión con la que movía el arco. Su música acunaba el sueño de los árboles. A ella le encantaba escucharlo y reconocer, de vez en cuando, las canciones que su pueblo ha cantado desde siempre, esas canciones llenas de melancolía y esperanza que hablan de amores perdidos o de los que ya se fueron.

— Lo tocas muy bien, ¿ no crees que, en lugar de querer construir un violín, podrías concentrarte en llegar a ser un gran violinista?

— Puede que llegue a ser un buen violinista… pero esa música que escucho en mi interior…¡ soy incapaz de tocarla! Sé que no he nacido para eso, me falta el alma, el don… ¿me entiendes?

— Yo no sé mucho de esas cosas, me gusta tu música, y eso me basta, pero supongo que tú necesitas algo más…

— Necesito poder escuchar esa música que oigo en mi interior, por eso quiero construir ese violín, para que alguien la pueda tocar con él. Hay muchos buenos violinistas, pero ya nadie sabe construir un buen violín.

— ¿Pero qué tiene de especial ese violín?

— Verás, los verdaderos violines están hechos con pasión, con locura, con esa locura que nos hace romper todas las ataduras y nos hace libres. Los viejos maestros, como Stradivarius o Guarnerius, murieron hace tiempo. Ya nadie hace violines como ellos. Los de ahora son muy hermosos, son perfectos, pero no suenan ¡les falta el alma, la libertad! En realidad lo que suena  no son los violines, sino los músicos, su cuerpo, su corazón, el buen violín no es más que una prolongación de sus almas… por eso es tan difícil hacerlos. Cada músico tiene su violín, su alma y sé que yo podré dársela.

–¿Y tanto cuesta hacerlos?

— No, los violines ya están hechos, están dentro de cada árbol, lo que yo tengo que hacer es quitar lo que les sobra, pero no es fácil. Mira ese arce, dentro hay un violín, yo solo tengo que ayudarle a nacer, pero el parto es muy largo. Primero hay que talar el árbol y luego… luego dejar que su madera repose durante quince años… es entonces cuando mis manos le ayudan a nacer…

— ¿Hay que esperar quince años?

— Sí… no es mucho…

— Si ya sabes tanto de violines, ¿para qué quieres que te enseñe un maestro?

— Yo sé cómo se construye el cuerpo de un violín, pero no sé darle vida,  no sé nada de su alma…

La muchacha cerró los ojos y se abrazó a él. Apoyó la cabeza en su pecho y, mientras él hablaba, empezó a escuchar una música lejana, una música misteriosa llena de melancolía y de magia, la música del violín solitario que pugnaba por nacer.

 

XVI/ …Y TAMBIÉN EL SONIDO DEL SILENCIO

Llegó la primavera, y con ella volvió el verde a la ciudad. La luz y la alegría lo inundaron todo. Se abrieron las ventanas; el corazón de las gentes también. Los niños volvieron a jugar por las calles. Las mujeres y los árboles se pusieron sus mejores vestidos, salieron las flores. Los hombres guardaron sus abrigos negros…

Al caer la tarde la fiesta se apoderó del campamento gitano. Sonaron los violines y se encendieron los fuegos. La muchacha y el joven bailaron sin parar en el centro del círculo mágico que formaban todos los demás. Eran canciones alegres. Un ritmo infernal llevaba sus caderas de aquí para allá, en una incansable invitación a la vida. Ella, descalza, con una oscura falda que le llegaba a los pies y una blusa blanca atada a la cintura, no dejaba de dar vueltas. Su piel morena brillaba a la luz de la hoguera. Él, también descalzo y con los brazos abiertos, giraba a su alrededor mirando las estrellas. Los vasos se llenaron de vino; los corazones vaciaron las penas. Sonaban las palmas. La voz de un anciano cantaba una vieja canción, una canción que hablaba de pasiones y de amores y que todos, al unísono, coreaban sin parar. Y luego vino otra, y otra, y otra más… ¡Era tanto lo que aquel pueblo sabía del amor!

El cuerpo de Daniel, agotado, no pudo seguir el vagar de su alma más allá de las estrellas. Se sentó junto al fuego y, dando palmas, contempló extasiado la alegría infinita de aquellas gentes que celebraban la vida bailando y rompiendo vasos contra el suelo. Sus pies no dejaban de moverse, su cabeza tampoco. Los ojos le iban de aquí para allá siguiendo el movimiento sensual de las caderas de la muchacha que bailaba y bailaba en el centro del círculo. Todo lo que él había soñado desde siempre estaba allí, todo menos el ebanista, con quien le hubiera gustado compartir aquel mundo nuevo.

— ¿Cómo está tu amiga?—le preguntó al acercarse un joven gitano al que le costó reconocer sin librea.

— Sigue bien, viviendo en su mundo y en su sueño, como hacemos todos…

— ¡Pues, venga, a celebrarlo!—le dijo tendiendo su mano abierta

Se incorporó, se unió al círculo y allí, abrazado a los demás, siguió bailando hasta que, ya de madrugada, ella le cogió la mano y se lo llevó a dormir bajo las estrellas. Nunca en su vida se había sentido tan feliz.

Con las primeras luces se levantó y salió corriendo hacia el hospital. ¡Tenía tantas cosas que contarle a su viejo amigo!

Al llegar, le extrañó encontrar a la monja junto a la puerta. Parecía estar esperándole. En cuanto estuvo a su lado, le abrazó con todas sus fuerzas. El viejo ebanista había muerto.   

 

XVII/ AL CAMINAR DEBEMOS APRENDER A ESCUCHAR…

Aquella misma tarde lo enterraron. En el cementerio, junto a la estatua de madera, el joven cavó una tumba con sus propias manos. Le acompañaron la muchacha, la monja y todos los gitanos. No se dijo ninguna oración. Un violín triste y solitario elevó su plegaria al cielo.

De vuelta a la ciudad, se encerró en el taller. No quería ver a nadie. Con lágrimas en los ojos dejó que sus manos acariciaran la mesa en la que le había visto trabajando por última vez. Después se sentó en el suelo, con la espalda apoyada a la pared. Una intensa sensación de rabia y de impotencia se apoderó de sus pensamientos. Atrás quedaba la tristeza, delante sólo el odio, el odio a la injusticia.” ¿Por qué ha tenido que morir?, ¿por qué él?, ¿por qué?”, se atormentaba una y otra vez.

Los días que vinieron, con sus noches, no le vieron ni comer. Sentado junto a la pared pasaba las horas sumido en la desesperación. Las cuencas de sus ojos se fueron hundiendo, su mirada, aquella mirada siempre inquieta y alegre, desapareció. Las huellas del dolor desdibujaron su rostro juvenil. Aquellos días fueron años para él.

— ¡ Venga, anímate! – le dijo el vagabundo que, sin verlo, se había sentado a su lado– ¡No puedes seguir así!

— ¡Déjame en paz! ¡ No tengo ganas de nada!

— Lo sé… pero tienes que intentarlo ¡Levántate!

— ¿ Para qué? Ahora que por fin había encontrado lo que había buscado durante tanto tiempo…¡ me lo quitan! ¡ me lo han quitado!

— Me, me, me, yo, yo , yo… ¿ qué te crees?, ¿ que en este mundo sólo sufres tú?

— Para ya, no empieces con tus sermones… no los podría aguantar

— Son ellos los que te aguantarán a ti. Recuerda si no cómo te sentías en el calabozo, o cuando te encontré tirado bajo un puente… tu mundo, como ahora, se había hundido, pero supiste levantarte

— Entonces solo había perdido  mi dinero

— ¿Y?

— Pues que ahora es la muerte la que me ha quitado lo que yo más quería

— Ahora, como entonces, sientes dolor… un dolor mucho más grande…por eso tu esfuerzo por vivir tiene que ser mucho más grande. Es el dolor lo que nos hace crecer. Apagaste con un poco de agua aquella hoguera, ahora tendrás que tirar mucha más si quieres apagar este incendio… pero nunca lo apagarás con más fuego, deja ya de quemarte a ti mismo…

— ¡Qué fácil es decirlo! ¡Pero por mucha agua que tire nunca más le volveré a ver!

— ¿Ah, no? ¡ Busca en los ojos de los demás!, ¡ Acércate a los que sufren! ¡Dales tu mano para que se puedan levantar! Hazlo, y al hacerlo le verás a él… ya nunca más volverás a estar sólo, cuando venzas el dolor, te darás cuenta de que él vive dentro de ti. ¡Enseña a los demás lo que él te enseñó! Solo de ti depende que él viva o muera para siempre.

Daniel se quedó en silencio. La noche era ya cerrada cuando se durmió. En cuanto amaneció, se levantó y se dirigió al hospital. Abrió la puerta y avanzó lentamente hasta el centro de la habitación. Sus ojos se clavaron en la cama vacía donde había estado el ebanista, pero no se detuvo. Siguió andando y, secándose las lágrimas, cogió de nuevo el agua y el jabón. “¿Cómo andamos esta mañana? “ se le oyó decir mientras se acercaba al enfermo que tenía a su lado…

 

XVIII/ …PORQUE SÓLO CUANDO, DE VERDAD, APRENDEMOS A ESCUCHAR…

— Todavía te sientes muy sólo, ¿ verdad? – le dijo la estatua con ternura una de aquellas tardes que, como todas las demás, Daniel se acercó a la tumba de su amigo. Desde que había muerto buscaba el cobijo de aquella inmensa paz que sólo sentía cuando estaba allí. Era la única sensación que le ayudaba a vencer la angustia de la ausencia. A veces le hablaba, le contaba lo que había estado haciendo durante el día o lo que haría al día siguiente. Le hablaba de las cosas pequeñas, aquellas que a él tanto le gustaban…

— Me cuesta mucho seguir sin él

— Sé lo que sientes, esa extraña sensación de vacío, de que has perdido una parte de ti…

— Sí, una parte muy importante de la que ni siquiera me pude despedir. ¡Me hubiera gustado poder decirle tantas cosas…! Siento como si él me lo hubiera dado todo y yo no hubiera podido darle nada.

— Poco puedo ayudarte… las palabras no dichas van a un lugar donde ya no las podemos alcanzar… pero todavía te quedan muchas cosas por aprender y, si quieres, me gustaría enseñártelas.

— ¿Podrías?

–¿A estas alturas todavía me preguntas lo que puedo hacer…?

— …perdona…

— ¿Qué tal si volvemos al principio? ¿ te acuerdas? “Calla y escucha…”

— Sí, ¡ cómo olvidarlo!

— Durante este tiempo has aprendido a escuchar, has conseguido acallar muchos de los ruidos que llevabas en tu interior y has aprendido a mirar las cosas con todo tu ser… Ahora ya puedes verlas como en realidad son, y amarlas, porque ya las conoces. Ese era el paso más difícil, porque solo podemos amar lo que conocemos…

— ¡Pero todavía hay tantas cosas que no conozco!

— Tranquilo, ya las conocerás, tu ya has aprendido a escuchar y eso es algo que no se olvida jamás… A ver, ¿dónde se quedó el viejo ebanista?… ¡Ah, sí…! te enseñó a trabajar con tus manos y te habló de los secretos de la madera… ¿llegó a hablarte de la canción de los árboles?

–¿ La canción de los árboles?

— Ya veo que no. Quizá no tuvo tiempo, porque era lo que más le gustaba. Recuerdo cuando se la enseñé, ¡nunca he visto a alguien disfrutar así! Verás… cada árbol tiene su canción… el arce, el ciprés, el abeto, incluso la palmera tiene la suya. Cada árbol tiene una. Unas son alegres, otras melancólicas, pero todas son maravillosas. Depende mucho de su forma de ser, porque los árboles tienen su propia forma de ser, ¿sabes?,  no es lo mismo vivir en medio de un bosque que hacerlo en soledad.

–¿Eso te lo enseñaron ellos?

— Sí, pero yo ya había escuchado su canción mucho antes, por eso me fui a vivir con ellos. Bueno, como te decía, no tiene nada que ver la canción de un roble que vive en un robledal con la de un pino, y ni siquiera con la de un roble solitario. Todas son diferentes, aunque a veces pueden parecer iguales. ¿Cómo te lo explicaría? Mira, para los árboles todos los hombres sois iguales. Ahora bien, ¿lo sois? ¡No!, cada uno es diferente, tiene sus propias costumbres, sus recuerdos, sus sueños… y conocer y aceptar esas diferencias es lo que os enriquece, lo que os hace ser seres humanos.

— Sí

–Pues con los árboles pasa igual. Nosotros nos veis a todos iguales, unos más claros y otros más oscuros, pero todos verdes, cuando lo único que tenemos en común es que todos tenemos raíces, tronco y ramas. Y eso es porque no nos conocéis. Pero cada árbol es diferente, tiene su propia vida, sus amores, sus recuerdos, sus sueños… ¡y no me extraña que no nos conozcáis! ¡si no os conocéis ni entre vosotros mismos! Ese es vuestro problema, por eso lleváis miles de años guerreando unos contra otros, ¡porque no os conocéis!… y así es imposible que os aceptéis. Sólo intentáis conocer a otro cuando queréis cambiarlo o conseguir algo de él. ¿Tú has visto alguna vez a un olivo queriendo que un cerezo dé aceitunas o quitándole sus cerezas?, ¿verdad que no?

— No, desde luego

–¿Entonces?, ¿cómo es posible que os cueste tanto entenderlo? A veces pienso que nosotros lo entendemos porque llevamos muchos más años aquí y que, con el tiempo, algún día vosotros también llegaréis a entenderlo… nunca pierdo esa esperanza ¡Aquí estás tú para demostrármelo!… Pero bueno, volvamos a los árboles… ¿Dónde estábamos?.. ¡Ah, sí, en que cada uno tiene su forma de ser!… Bien, supongo que eso te ha quedado claro. Ahora te hablaré de algo que conoces bien: el estado de ánimo.

— ¿El estado de ánimo?

–Sí, los árboles, como tú, tienen su propio estado de ánimo. Unas veces estás triste, otras muy alegre, otras, sin saber por qué, te sientes feliz, ¿ a que sí?

— Sí

— Pues con los árboles pasa igual. A veces están melancólicos, a veces alegres, a veces incluso enamorados y, entonces, son felices. No se sienten igual por la mañana que al mediodía, y mucho menos al atardecer. A esa hora todos cantan. Sus canciones siempre hablan de sentimientos. Algún día escucharás la canción triste del ciprés, o los cantos de los naranjos cuando llega la primavera… la canción más hermosa se la oí a un arce que lloraba junto al tronco seco de un viejo abeto al que había partido un rayo… era una canción que hablaba de los muchos años que habían estado juntos, de sus recuerdos, del silencio, de la luz de la luna… 

— Me encantaría poder escuchar esas canciones

— Lo harás muy pronto… verás, igual que el agua hace crecer a los árboles, las lágrimas hacen crecer a los hombres… todo lo que tú has sufrido te ha enseñado a escuchar… ve al bosque y abre tu corazón, abre tu alma… enseguida las empezarás a escuchar… sigue al viento, deja que sea él quien te guíe, te ayudará, él sabe mucho de los árboles, es la música de su canción… ahora descansa, ya es muy tarde y será mejor que vuelvas…

Daniel se abrazó a la estatua y, tras hablar un rato con el viejo ebanista, emprendió el regreso a la ciudad. La luz de la luna y la de la soledad iluminaban sus pasos. Al llegar a la verja del cementerio alzó la vista al cielo y la dejó volar sin rumbo entre las estrellas. De repente empezó a oír la lejana música de un violín. Siguió andando. Se detuvo junto a cada árbol que encontró en su camino… tardó mucho en volver al taller. La muchacha gitana le estaba esperando. El le habló de la canción de los árboles, ella de la música del viento… la noche de fuego y pasión.

 

XIX/ …PODEMOS ENCONTRAR TODAS LAS RESPUESTAS

El paso de los años se llevó el dolor de la ausencia. Una muchacha, una monja y una estatua le habían ayudado a hacerlo. Unos cuantos árboles y un puñado de enfermos y gitanos también. Jamás se había sentido tan feliz. Estaba enamorado, y había aprendido a escuchar. Compartía su felicidad con todos los que le rodeaban. Sus trabajos en el taller eran muy apreciados y venían desde muy lejos a encargarlos. Todo parecía sonreírle. Todo menos una cosa, su gran sueño, construir el mejor violín que se ha escuchado jamás. Todavía no había encontrado la respuesta. Todavía existía un por qué. No había noche en la que pudiera olvidarse de ello. Era como un martilleo constante que retumbaba en su cabeza: por qué, por qué, por qué…

— ¡ Cómo duele, eh!—le dijo el vagabundo al que se había encontrado una noche en la que, harto de no poder dormir, había salido a pasear

— Es horrible, ¡nunca llegaré a saber contestar esa dichosa pregunta! Después de los años que han pasado, de todo lo que he aprendido…

— Bueno, ya estamos huyendo otra vez, como en los viejos tiempos, ¿eh? Te encierras en tu círculo y vuelta a empezar: me, me, me, yo, yo, yo, mi, mi, mi…¡Qué pesado eres cuando te pones así! ¿es acaso esa la maravillosa música del violín que suena en tu interior?

— Bien sabes tú que no…

— ¡Y tú!

–¿ Y qué quieres que haga?

— ¡Lo que siempre has hecho! ¡Levantarte y seguir adelante! ¡Ve a casa del maestro!

— ¿ Y de qué me servirá? ¡No sé contestar a su pregunta!

–¡ O sí!, ¡si no lo intentas nunca lo sabrás!

Las calles estaban desiertas a aquella hora de la noche. Daniel paseó largo rato buscando en cada esquina la respuesta a su por qué. Una parte de él quería ir a la casa del maestro, la otra le empujaba a dar vueltas y más vueltas con tal de alejarle de allí. Sus pasos le llevaron hasta el parque. Entró en silencio y, como en respuesta a una llamada, se dirigió al estanque. Se acercó a la estatua que, a esa hora, aún dormía. Aguardó a que abriera los ojos y le preguntó

— ¿Qué puedo hacer?

— Ve tranquilo a casa del maestro – le respondió—allí encontrarás la respuesta. Todo lo que has aprendido durante estos años te ayudará. El viejo ebanista te enseñó a amar las cosas pequeñas, la muchacha te enseñó a amar con pasión, la monja a amar a los demás y yo, yo he intentado enseñarte a amar a todo lo que te rodea… como ves, todo lo que has aprendido no son más que cuatro maneras de amar… cuatro formas de amar que no son más que las patas que aguantarán la mesa en la que construirás tu violín…

Salió del parque con paso decidido. No tardó en llegar a la casa del maestro. Antes de llamar a la puerta hizo un último y desesperado intento buscando la respuesta. Por su mente pasaron muchos porqués, pero no el por qué. Aun así cerró los ojos y golpeó la aldaba. Oyó unos pasos que se acercaban a la puerta. Una voz le preguntó qué deseaba desde el otro lado. El le respondió.

— ¿ Y por qué quieres aprender a construir un violín?—le preguntó finalmente el maestro

— Porque… necesito que todos los demás también puedan escuchar la música que oigo en mi interior…

Daniel permaneció en silencio frente a la puerta. Los primeros rayos del sol empezaban a salir. La puerta, lentamente… se abrió.

 

EPÍLOGO

El nueve de Octubre, por la tarde, me dirigí al taller de David Bagué. Había intentado localizarle inútilmente por teléfono. Necesitaba conocerle, hacerle saber lo que su entrevista en el periódico había significado para mí, decirle que

Me había hecho volver a escribir tras casi tres años sin poder hacerlo. Me acompañó mi madre. Ella, también escritora y poeta, y mucho más soñadora que yo, había vivido muy de cerca la magia de mi reencuentro con la escritura. Yo sabía que sus dos mundos, el de David y el de ella, tenían que encontrarse. Necesitaba que se conocieran.

La casa de David es pequeña, sencilla, de dos plantas. Sobre su puerta, una oxidada placa de hierro forjado nos habla de la época en que se construyó: 1877. Es una de esas pocas casas que aún se resisten a morir en las estrechas calles llenas de vida del barrio de Gracia de Barcelona.

Al llegar al portal, nos sorprendió ver que, en lugar de aburridos e impersonales números, el botón del timbre tenía dibujado un violín. Lo apreté varias veces, pero nadie respondió. Aguardé unos minutos y volví a intentarlo, pero nadie respondió. Un vecino nos dijo que esperásemos, que el constructor de violines no debía estar lejos.

Poco después vi una figura solitaria aproximarse desde el fondo de la calle. La luz de los últimos rayos de sol a su espalda iluminaba sus pasos. Inmediatamente supe que era él: su mandil le delataba. Me acerqué y le dije: “¿David?”. “Sí, hola ¿cómo estás?” respondió el luthier. Sus ojos, su voz y sus manos me hablaron de lo mucho que amaba la vida. Tras hacer girar una enorme llave antediluviana, abrió la puerta que nos separaba de su paraíso. Una pequeña sala que olía a música fue lo primero que vimos. “¿Qué aquella entrevista te ha hecho escribir este libro en quince días?” repetía una y otra vez cuando le entregué mi manuscrito. Le expliqué lo mucho que sus palabras me habían impactado, les hablé de mis tres largos años sin escribir apenas nada y de cómo, de pronto, gracias a él, todo había comenzado a fluir de una manera enfebrecida. Su mensaje me había llegado a lo más hondo y, como a mí, a todos los demás náufragos que lo habían leído.

Nos hizo pasar a su santuario, un pequeño taller que olía a barniz, a madera, a arte y a pasión. Un sin fin de violines colgados escuchaba nuestra animada charla. El hablaba de su mundo, un universo creativo donde solo caben el amor y los sueños. David, que a los catorce años ya había construido su primer violín, desde niño tenía una visión. Había dejado que su mirada se perdiera a través de un pequeño agujero que había en la caja de un viejo violín. Su imaginación le ayudó a entrar en él y, una vez dentro, al mirar hacia arriba recorriendo sus paredes, se sintió tan pequeño como cuando entraba en la Basílica de Santa María del Mar. Allí encontró aquella sensación de paz que solo había sentido en las catedrales, esa extraña sensación que sentimos al escuchar el silencio de las iglesias vacías. Las paredes del violín se elevaban hasta el cielo por donde, a través de ventanales y rosetones, entraba la luz de todos los colores.

Ricci, Paganini y Savall nos escuchaban en silencio. Yo hablé de un libro maravilloso escrito por el Archiduque Luis Salvador de Austria: “La canción de los árboles”. Mi madre empezó a recitar sus versos con pasión y David a hablar de la música. Lo hizo de tal manera que hasta la pudimos escuchar. En su voz sonaba, lejana, la dulce melodía de un violín solitario. La última luz de la tarde nos iluminaba.

“¿Y cómo es el alma de un violín?” le pregunté. “¡Ah, todos preguntáis por lo mismo: el alma!, ¡pues yo os voy a dar una, ahí la tenéis!” Su mano hurgó por uno de los cajones más pequeños y, casi sin darnos cuenta, depositó en las nuestras una pequeña pieza de madera. “Aquí tienes el alma del violín, ahora veréis…” Con un cuidado que rozaba la ternura introdujo aquella pequeña pieza dentro de un violín y nos enseñó como, moviendo ligeramente su posición, el sonido podía cambiar de color. “¡Nunca había regalado un alma!” nos dijo riendo aquel joven dios con una voz cálida y fuerte que lo inundaba todo…

Recuerdo la cara de asombro de una hermosa muchacha que luego, ya en la calle, se cruzó con nosotros y me oyó decirle a mi madre mientras buscaba desesperadamente por todos mis bolsillos que había perdido mi alma. “Pues yo no te voy a dar la mía”, me dijo. Menos mal que la encontré.

Son muchos los recuerdos que guardo de aquella mágica tarde. El taller, la mesa, la ventana… todo lo que había descrito en mi libro ¡estaba allí! La voz de mi madre recitando sus versos, la de David explicando porqué construía violines… recuerdo que cerré los ojos para poderles escuchar. No tarde en reconocer en ellos a un joven y a una estatua que me llevaron muy lejos…

Pocos días después me llamó David emocionado y me dijo: “¿Cómo has podido escribir la historia de mi vida sin siquiera conocerme?” No me cabe duda de que este pequeño libro lo ha escrito David, ese luthier cargado de alegría, de pasión y de esperanza, al que sentí conocer desde antes, incluso, de que le hubieran hecho aquella entrevista…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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