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El viaje

En estos tiempos en los que la palabra viajar ha perdido su verdadero significado es importante reivindicar la experiencia del viaje como camino hacia el conocimiento del mundo y de uno mismo. Hoy la gente no viaja, se mueve. Lo llaman viajes, pero no son más que desplazamientos. Viajar es dejar atrás nuestras convicciones, nuestros prejuicios y abrirnos al nuevo mundo que encontramos en el camino. Viajar es atreverse a buscar preguntas, todas las preguntas, sin necesidad de encontrar las respuestas. Podemos ir al otro lado del mundo, a Nueva Zelanda si queremos, pero si nos limitamos a visitar monumentos y paisajes y a quedarnos en un hotel de lujo con los turistas y los ejecutivos de siempre sería exactamente igual que si nos hubiésemos quedado en un hotel de cinco estrellas de nuestra ciudad. No aprenderíamos nada de ellos porque están convencidos de que tienen todas las respuestas. Los antiguos griegos consideraban que la vida es viaje. Nunca, a lo largo de la historia, la sabiduría humana ha llegado tan lejos.

Para este viaje nada mejor que invitar a Bob Dylan llamando a las puertas del cielo…

Para viajar de verdad, para imbuirnos de esos otros mundos que están en este y que pueden ayudarnos a avanzar en el camino, es necesario hacerlo solo. Si vamos acompañados de amigos, de nuestra pareja o de cualquier grupo, compartiremos con ellos la belleza que encontremos, nuestras impresiones y nuestras sensaciones, viviremos momentos muy hermosos, pero no nos abriremos, no abriremos de verdad nuestro espíritu a todas esas cosas y personas que se crucen con nosotros y a las que podríamos invitar a compartir un tramo de nuestro camino. Viajar acompañado es llevar nuestro mundo a cuestas, el equipaje de nuestros sentimientos y de nuestras emociones, de nuestras convicciones más fuertes, esas que creemos que nos dan seguridad cuando, en la mayoría de las ocasiones, no son más que filtros que distorsionan la realidad que vivimos. Viajar no es partir para reafirmar lo que ya conocemos, sino aventurarnos a experimentar lo desconocido, lo que nos es ajeno. Esa es la riqueza del viaje, un viaje que, como decía Kavafis, nos hará más ricos y felices cuando lleguemos a nuestro destino si somos conscientes de que lo importante no es nuestro destino, nuestra Ítaca, sino todo lo que vayamos encontrando y viviendo por el camino. Ítaca nos da el camino, nos empuja a andar, y por eso nos da el mejor regalo que nos pueden dar.

No puedo decir que sea un gran viajero ya que no han sido muchos los viajes que he hecho solo. Recuerdo que el primero fue cuando recién cumplidos los veinte me agencié un coche y decidí ir a perderme solo por esos caminos. Lo que ahora se conoce como la antigua Yugoeslavia fue mi primera Ítaca. Embarqué el coche en el canguro que iba desde Barcelona a Génova y en aquel barco conocí a un par de chicos yugoeslavos que regresaban a su país tras haber pasado sus vacaciones en España. Les dije que si querían tenían sitio en mi coche y juntos cruzamos toda Italia. Por la noche, recorriendo una solitaria autopista me hablaron de su mundo, de su cultura y sus sueños y no dejaron de contarme las maravillas de su país que querían enseñarme. Cruzada la frontera nos dirigimos al Parque Nacional de Plitvice, un paisaje impresionante formado por dieciséis lagos unidos por cascadas. La belleza de aquel lugar es algo que me acompañará siempre. Mis dos guías no solo me hacían de intérpretes (en la Yugoeslavia de finales de los setenta muy poca gente hablaba inglés o español, y mi conocimiento de su lengua era prácticamente nulo), sino que conseguían cama y desayuno en casas particulares de cada pueblo que visitábamos, o que era un auténtico lujo en un país que todavía no estaba abierto al turismo y prácticamente carecía de infraestructura hotelera. Recuerdo muchas de las veladas que pasé al calor de las historias que aquellas gentes me contaban en sus cocinas mientras me obsequiaban con los mejores manjares que tenían. Nada como un buen vino y una buena comida para darnos cuenta de que, más allá de países y fronteras, en esencia todos somos muy parecidos: un puñado de sueños, de afectos, de preocupaciones y amores y poco más.

Los dos jóvenes iban a Split, donde les dejé no sin antes haber conocido a todos sus familiares y amigos, con los que pasé varios días descubriendo los secretos de su ciudad. La siguiente etapa de mi viaje fue una maravillosa y diminuta península llamada Sveti Stephan formada por un pequeño pueblo amurallado convertido en hotel. Un año después Carlos de Inglaterra y Diana de Gales fueron allí en su luna de miel. No se puede evitar que por esos paradisíacos mundos de dios vaya gente de todo pelaje. Poco después fui a Dubrovnik, una de las ciudades más bellas que he visto en mi vida. Allí me perdí callejeando por sus estrechas calles empedradas y no dejé de ir a ninguno de los conciertos que, al caer el sol, invitan a participar a todo el que quiera un momento de paz y armonía capaz de llevarte, más allá del espacio y el tiempo, a ese no lugar donde viven los sueños.

Sentía necesidad de montañas y bosques por lo que, tras recorrer varios lugares fascinantes en Montenegro, me adentré en el Parque Nacional de Durmitor, un auténtico paraíso de azules y verdes donde tomas conciencia de que perteneces al todo, a la naturaleza, a la vida. Fue allí donde una mañana, con los primeros rayos del día, entré en una pequeña cabaña de madera que era el único bar que había en muchos kilómetros a la redonda y, cuando iba a pedir mi irrenunciable café con leche matutino, vi aparecer de la cocina a una joven que me regaló la mirada más intensa que he sentido jamás. No cruzamos ni una sola palabra. No hizo falta. Aquellos ojos me lo dijeron todo. Han pasado más de treinta años y nunca he dejado de ver aquella mirada y todo lo que aquella joven sin nombre me hizo sentir.

Mi viaje me llevó hasta Zagreb y, antes de volver a Génova, decidí pasar unos días en los Dolomitas, los Alpes italianos que, en aquella época, estaban llenos de todos los verdes. La nieve de las cumbres todavía no se había ido y ayudaba a hacer de aquel paisaje un universo de luz. Nunca olvidaré las preciosas veladas poéticas con la propietaria de la pequeña pensión en la que me hospedaba. Yo le leía poemas de Lorca y ella me leía con pasión algunos pasajes de esa verdadera lección de la vida que es la Divina Comedia de Dante.

Pero como decía antes, no soy ni he sido un gran viajero. Conozco a muchos que sí lo son y que han decidido hacer de su vida un permanente viaje. Uno de ellos se llama Michael. Le conocí en un concierto privado que una joven cantante canadiense dio una noche de verano en Sitges. Entre aquel público señorial y encorbatado su figura atrajo rápidamente mi atención. Su mirada profunda, alegre y llena de luz, y, sobre todo, esa sonrisa pícara y sincera de los que saben que no se puede vivir en libertad sin haber aprendido a reírse de uno mismo hacían imposible no fijarse en él. Su distinción natural le permitía ser el hombre más elegante de aquella fiesta a pesar de llevar unos raídos tejanos, una camisa medio abierta y barba de varios días. Su piel morena le da un inconfundible aire de árabe aventurero. No tardé en darme cuenta de que todas las mujeres se fijaban irremediablemente en aquel seductor capaz de hacerles vivir sus sueños más secretos con una simple mirada. Su aspecto y su documento de identidad decían que tenía treinta y tantos; la profundidad de su mirada que había cumplido todos los años; la alegría de su sonrisa que jamás dejaría de ser un niño…

Después del concierto fuimos a cenar algo en una solitaria terraza junto al mar. A pesar de ser francés, del aburrido y frío norte de Francia, su castellano y su catalán eran perfectos. Ni el más mínimo atisbo de acento afrancesado. La poesía, la infinita belleza de las mujeres, la sabiduría oriental y el vacío sin límites del universo y del ser humano occidental fueron nuestros temas de conversación. Seductor por excelencia, Mickael es una de esas contadas personas capaces de abrir todas las puertas de su mundo a todo aquel que le quiera escuchar. Ameno como pocos, salpica sus profundos comentarios sobre Nietzsche, Kant o Kierkegaard con las anécdotas más divertidas que he oído jamás. Amante de la poesía, del amor y de las mujeres, es capaz de contagiar el entusiasmo más audaz al que le escucha. Junto a él aprendes que vivir es compartir, dar todo lo que llevamos dentro sin esperar nada a cambio, simplemente eso: abrirte para poder dar todo lo que eres.

Gran aficionado, como todos los seductores y los solitarios, a la buena mesa, no se me ocurrió otra cosa que invitarle a comer a casa junto a su amiga, la cantante canadiense. Quería que probara las excelencias de una buena paella. Nunca he sido buen cocinero, pero he de reconocer que aquella fue la peor paella que he preparado en mi vida.  Entre bocado y bocado de aquel insufrible arroz de perro atisbé a ver un esbozo de sonrisa en sus ojos que, al poco, se transformó en mutua carcajada. Carlos, me dijo, acompáñame a la cocina. Allí aprendí a hacer paella. Jamás había visto a alguien cocinar con tanta sabiduría. Conocía todos los secretos de la buena cocina y, sin el menor recato, empezó a salpicar aquel arroz con las más inimaginables especias orientales. Todos los sabores estaban allí. Cerrar los ojos y saborear aquel plato exquisito era como dejarse llevar por playas exóticas y perderse en los más recónditos paisajes… Mi aletargado ego de macho hispánico no sufrió lo más mínimo por aquella demostración del “savoir faire” culinario de Mickael… quizá porque, desde el mismo momento en que le vi, supe que mis posibilidades con la cantante canadiense eran nulas.

De espíritu inquieto y nómada por vocación, Mickael suele pasar la mayor parte del año viajando de un lado para otro. Siempre hay algo que quiere ver, que quiere conocer, saborear y disfrutar y, libre de cadenas y mochilas, acude puntual a su cita con el mundo. Mantenemos el contacto a través del correo electrónico y suele aparecer por mi casa una vez al año. El verano de las playas de la Costa Brava le tira mucho. Cada vez viene con una mujer diferente. La cantante canadiense dio paso a una bailarina brasileña, la bailarina brasileña a una actriz catalana, la actriz catalana a… El  verano pasado venía de pasar varios meses por el lejano Oriente. India y Tailandia habían sido su última escala y venía enamorado de todo lo que había visto y vivido. La sencillez y la alegría de sus gentes le habían llenado de vida. Siempre viaja solo. El viaje le da nuevas amantes y amigos con los que comparte su vida. Cuando, en Septiembre, dejó Barcelona, me dijo que quería ir al Sur. Sé que pasó una temporada en Sevilla… le habían hablado de la belleza de la mujer andaluza y siempre había querido perderse en la profundidad de unos ojos negros… Tiempo después recibí un nuevo correo suyo. Hacía unas semanas que había dejado Sevilla para seguir hacia el Sur. Cruzó el Estrecho por Algeciras y se adentró en Marruecos. Las noches de luna en el desierto y ese pescadito fresco con té a la menta compartido con los nuevos amigos que ha ido haciendo por el camino le llevaron hasta Marrakesh. Si le buscas nunca lo hagas en un hotel. Jamás ha pisado uno. Siempre le encontrarás una casa… en la casa de un amigo.

Todos podemos viajar, hacer de nuestra vida un viaje. No hay barrera ni frontera que pueda impedirnos hacerlo. Aquí tienes el ejemplo de otro gran viajero, Albert Casals, paralítico de cintura para abajo desde los ocho años por culpa de una leucemia que le diagnosticaron cuando tenía cinco. Personas como él nos demuestran cada día que viajar es una actitud frente a la vida, que viajar es vivir…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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