Cine/Teatro General

¡Autor, Autora!

¿Cómo es posible que sea más factible llegar a ver en un teatro público español una obra escrita por una autora contemporánea española representada en checo y por actrices checas que en español y por actrices españolas?, ¿Cómo, si esa obra trata además de algo tan nuestro como fueron los atentados del once de marzo?, ¿Por qué es tan difícil que los dramaturgos españoles vivos puedan llegar a estrenar en este país?, ¿Por qué los teatros públicos programan sistemáticamente obras de autores extranjeros o clásicos con preferencia a los autores españoles contemporáneos?, ¿No debe el teatro reflejar lo que está pasando en nuestra sociedad, hablar de nuestra realidad, de nuestros sueños, de todo lo que está pasando a nuestro alrededor aquí y ahora? No es un tema de chauvinismo ni de un nacionalismo trasnochado. El teatro, como cualquier arte, debe tratar sobre los temas que realmente nos afectan, debe hablar precisamente de lo que atañe al público al que está destinado, aunque nuestro teatro público parece empeñado en que eso no sea así.

Si te apetece podemos invitar a Marisa Sannia para que nos acompañe con su preciosa versión de La spiaga

Claro que hay que programar a los clásicos y el buen teatro, venga de donde venga, pero lo que debemos replantearnos seriamente es la función del teatro público. No puede ser que el llamado Centro Dramático Nacional programe sistemáticamente a más autores extranjeros que españoles, más clásicos que teatro contemporáneo. Su función, su razón de ser, es la de ayudar a que el teatro que se está haciendo hoy en  nuestro país pueda llegar al público al que está destinado. La iniciativa privada no está obligada a fomentar la cultura y el amor al teatro entre nuestras gentes, se mueve por otros parámetros como los de rentabilidad, riesgo y beneficio. Por eso es el teatro público el que debe ocupar el espacio al que el privado no llega, ni llegará, por iniciativa propia.

Si repasas la cartelera teatral de cualquiera de nuestras ciudades verás que las obras de los autores españoles contemporáneos rara vez salen de las salas alternativas para acercarse al gran público. Para que veas el alcance de este problema te propongo un simple juego. Piensa en cinco nombres de autores teatrales, los primeros que te vengan a la cabeza. ¿Cuántos de ellos son autores españoles vivos? ¿Uno, dos?. Piensa ahora en cinco nombres de directores de cine que escriban sus propios guiones. Seguro que entre ellos están por lo menos dos o tres de los nombres que suelen aparecer asiduamente en los medios de comunicación. En España hay subvenciones al cine y al teatro, pero no hay un cine público, a diferencia del teatro, que sí lo tiene. Y a pesar de eso el resultado no puede ser más desolador para nuestros autores teatrales de hoy. Están condenados a no existir, a que les ninguneen, a que nadie hable de ellos salvo en contadísimas ocasiones.

¿Qué pasaría si las ayudas al cine se dirigieran por sistema a directores extranjeros, a guiones extranjeros, a producciones extranjeras o a actores extranjeros? Y si en el cine eso no pasa, ¿por qué está pasando en el teatro y más concretamente en el teatro público? ¿Es que, acaso, nuestros dramaturgos de hoy no tienen talento o abordan temas tan complejos que son improgramables? Desde luego que no. Muchos de ellos triunfan escribiendo para el cine o guiones de series de tv. Talento hay, ¡y tanto si lo hay!. ¿Ahuyentan, quizá, a los espectadores de los teatros y son un fracaso de taquilla? Tampoco, ahí están Galcerán y su Método Grönholm para demostrar que el teatro que se hace aquí y ahora en este santo país conecta con un amplio sector del público. ¿Qué es lo que está pasando entonces?, ¿Quién tiene la culpa de que se margine sistemáticamente a los dramaturgos españoles contemporáneos?, ¿La tienen solo los directores de los teatros públicos y los programadores? No. La culpa la tenemos todos.

Empezando por los actores. La mayoría de nuestros actores más conocidos no están comprometidos con el teatro de hoy. Para ellos es mucho más fácil recalar en un teatro público con un clásico o con un texto que ha funcionado bien en el extranjero, que jugársela con un texto desconocido de uno de nuestros autores contemporáneos. Los textos clásicos están “bendecidos”, son “buenos”, y eso les da seguridad. ¿para qué arriesgar con un texto nuevo y desconocido de cualquiera de nuestros autores contemporáneos? El apoltronamiento de los grandes monstruos de nuestro teatro en el teatro público es terrorífico. Es impensable que podamos verles actuar en cualquier sala alternativa, como por ejemplo estos días se está viendo en Londres a Kristin Scott Thomas. Si a este problema le añadimos que hoy cualquier montaje que se precie “necesita” incluir en el elenco a figuras de la televisión, podemos entender lo grave que es la situación. Contar con los actores y actrices más famosos de la tele encarece la contratación de las compañías de teatro, con lo que disminuyen los recursos públicos disponibles para el resto, y además no garantiza llenar los teatros. No es extraño escuchar más de una vez comentarios del tipo “Si ni con fulanito de tal o con menganita de cual llenamos el teatro, ¿cómo quieren que arriesguemos con autores y actores no conocidos?” Además, el riesgo de contratar a estas figuras televisivas para el teatro es elevadísimo. En más de una ocasión, y de dos y de tres, han dejado tirados los montajes durante los ensayos o en plena gira porque les ha salido una buena oportunidad en la televisión. En estos casos, además de falta de compromiso lo que existe es falta de profesionalidad.

Pero no solo los actores tienen la culpa de esta debacle de nuestro teatrocontemporáneo. Los directores de los teatros públicos también tienen una gran responsabilidad en esta cuestión. Endiosados muchas veces hasta el extremo de que en los carteles de las obras que programan solo aparece el título de la obra y su nombre en grandes letras (no aparecen los de los verdaderos creadores, que son los autores y los actores), parecen obsesionados en utilizar el dinero público, el dinero de todos, en traer grandes montajes de fuera o en autoprogramarse y programar a sus amigos, los veinte iguales de siempre que han manejado y manejan la cultureta de este país.

Los productores tampoco son ajenos a la marginación que se hace del teatro español contemporáneo. Obsesionados con no perder dinero (ganarlo, como diría aquel, tiene que ser la repera), se muestran muy reacios a arriesgar con obras no conocidas y actores desconocidos para el gran público (por cierto, ¿cómo les van a conocer si sus nombres ni siquiera aparecen en los carteles de las producciones?). Se obcecan una vez sí y otra también en producir textos “conocidos” o “bendecidos” y en contratar caras televisivas. La conclusión es clara: las obras de nuestros dramaturgos no llegan a salir del cajón y los actores que estarían dispuestos y encantados de representarlas, son los que llenan las listas del paro.

Los medios de comunicación también son culpables del permanente ninguneo de nuestros autores vivos. Entrevistan una y otra vez a los actores famosos y a los directores, relegando a los autores al olvido. Para muchos periodistas los autores no existen, es como si las obras hubieran salido por arte de magia de no se sabe dónde. Perdidos en esa alfombra negra que va desde el olvido a ninguna parte, nuestros autores jamás pisan la alfombra roja ni son entrevistados. No le importan a los medios y eso hace que no existan para el público. Es desolador ver cómo incluso los futuros actores y actrices que se forman hoy en las escuelas de teatro desconocen la existencia del teatro español contemporáneo. Autores consagrados en su día como Buero Vallejo o Rodríguez Méndez les suenan “de algo”, pero desconocen por completo su obra. Y si eso pasa con quienes pretenden dedicarse a esta profesión y están formándose para ello, ¿qué no pasará con el gran público? Para hacerse una idea del nivel de conocimiento teatral de este país quizá te sirva lo que me comentó hace unas semanas Jaroslaw Bielski, el director de Réplika Teatro cuando hablábamos de estos temas. El me dijo que aquí era dificil que programasen una obra, aunque fuera un clásico, que se hubiera representado por otra compañía o con otro director unos meses antes. Todos los programadores se cierran en banda a programar una obra que ya consideran entonces como segundo plato. Pues bien, me dijo Jareck, en Polonia, por ejemplo, tenemos festivales de teatro sobre una sola obra, que es representada por diferentes compañías y diferentes directores. Eso es, sencillamente, conocer y amar el teatro.

Las administraciones públicas también son, en gran parte, las causantes de esta situación. Anquilosadas en unas estructuras desfasadas y unas políticas que se han caracterizado por su inoperancia y su ineficacia, son además las que más sufren los recortes presupuestarios y se llevan la palma en los retrasos en los pagos, provocando la ruina y la desaparición de una gran parte de las entusiastas iniciativas que intentan sacar a flote como buenamente pueden quienes aman tanto al teatro como para jugársela a una carta, que para más INRI, visto lo visto, suele estar marcada.

Y por último, pero no por ello menos importante, está el público, ese público que podría salvar la situación de nuestros dramaturgos si acudiese a los escasos montajes de sus obras que se hacen hoy en día. Una respuesta masiva, un apoyo continuo, fuerte y claro, permitiría que todos los que tienen su parte de culpa de esta situación se viesen obligados a cambiar y a apoyar abiertamente nuestro teatro contemporáneo. Los actores se sentirían atraídos por ese fenómeno y arriesgarían más; los directores sacarían lo mejor de sí mismos para montar esas obras actualmente condenadas a permanecer en el cajón, o a presentarse de premio en premio intentando que lleguen a subirse a cualquier escenario perdido; los productores no dudarían en liarse la manta a la cabeza para producir montajes de este tipo; los medios de comunicación se afanarían en “descubrir” a esos nuevos talentos surgidos de la nada, y a las administraciones públicas no les quedaría otra que redefinir su función y servir de una vez por todas al fin para el que están destinadas: satisfacer al ciudadano. ¿Puede romperse este nudo gordiano por otro lado que no sea el del público? Me gustaría pensar que sí, pero viendo el panorama prefiero no hacerme ilusiones y empezar a actuar desde ya mismo apoyando a nuestro teatro asistiendo a cuantos montajes de autores españoles vivos interesantes se realicen.

Puestas así las cosas, nuestros dramaturgos vivos se limitan a sobrevivir escribiendo para el cine o la televisión, dando clases, presentándose a premios, haciendo de negro para otros, escribiendo artículos o trabajando de lo que sea para llegar a fin de mes. Quizá las cosas cambien algún día, pero no esperemos que ese cambio lo hagan otros. Empecemos por hacerlo nosotros aquí y ahora, apoyando nuestro teatro. Hasta que llegue ese día, el talento de nuestros dramaturgos, ese talento inmenso que brilla con fuerza en el extranjero, pero al que muchos se encargan afanosamente en apagar aquí, se seguirá diluyendo como el hielo en las copas que se ven obligados a servir para poder comer.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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