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Antonio López, o la ardiente paciencia…

Acaba de inaugurarse en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid una exposición de Antonio López que, no me cabe duda, no será recordada como una exposición más, sino como “la” exposición de Antonio López. Es sencillamente fabulosa. Su hija María ha sido la comisaria y se nota la mano oculta del pintor que transforma una muestra de su obra en un verdadero autorretrato. Centrada en los tres grandes temas recurrentes de su trabajo: la ciudad (la pintura), el árbol (el dibujo) y la figura humana (la escultura), nos permite apreciar la poliédrica y profunda personalidad de este genio nacido y vivido más allá del espacio y del tiempo. No es cierto que el tiempo se detenga en sus cuadros, sino que el tiempo habita sus cuadros, unos cuadros que no pretenden captar el paso del tiempo, sino invitarle a que los habite, a vivir este permanente aquí y ahora de la obra de Antonio López. Para lograrlo ha tenido que saber compaginar dos cosas aparentemente opuestas: el entusiasmo ardiente de la pasión creadora que le mueve y la infinita paciencia necesaria para poder captar y reflejar el instante preciso de una hora y un día determinados. Para pintar uno de sus cuadros más famosos, La Gran Vía, se pasó cinco años (1975-1980) levantándose al amanecer para coger el metro, bajarse en Banco de España, recoger el caballete y todos los bártulos que cada día le guardaban los vigilantes del Banco de Vizcaya y se ponía a pintar en medio de la isla del paso de peatones que separa la Gran Vía de la Calle Alcalá. No podía pintar más de 30 o 40 minutos cada día porque necesitaba precisamente la luz de aquella hora de la mañana. Esta discontinuidad del trabajo nunca ha sido un obstáculo para Antonio López : “Sólo podrás reanudar la obra unos meses después, cuando todo vuelva a coincidir. Y otra vez lo mismo, trabajas otra temporada y vuelves a detenerte, y así año tras año hasta que la das por buena. Este proceso tiene dos riesgos: que cambie el tema o que cambies tú en relación con él. Si esos cambios no te impiden seguir, los vas introduciendo en el cuadro, que puede quedar enterrado bajo la nueva pintura…” Esta forma de entender el arte explica claramente por qué Antonio López considera que una obra no se acaba jamás: “Una obra nunca se acaba, sino que se llega al límite de las propias posibilidades”

Quizá, si quieres, el piano de  George Winston sea una buena elección para acompañarnos en este viaje:

Él cuenta que decidió pintarla porque le parecía muy surrealista una calle vacía y sin coches, una calle “real como una enfermedad”, como le dijo su amigo Enrique Gran y empezó a pintarla buscando expresar en su pintura ese aspecto fantasmal. Aquel paisaje urbano le era muy conocido. Recién llegado de Tomelloso para estudiar Bellas Artes, se instaló en una pensión de la Gran Vía. “Mi vida y la de mis compañeros se movía en esta zona. Era un lugar muy atrayente. El mundo del lujo, de los cabarés, de los grandes cines me era ajeno. Yo no entraba nunca allí. Ni siquiera me lo planteaba.” Ver la Gran Vía así, desnuda y medio dormida, era una tentación demasiado grande para un alma sensible como la de Antonio López. De hecho la Gran Vía nunca le ha dejado. Actualmente está pintando una serie de seis cuadros (Vuelo sobre la Gran Vía), que refleja la Gran Vía desde seis puntos y a diferentes horas del día. “Es un vuelo completo, a unos seis metros de altura sobre los puntos principales de la calle. Son sitios muy específicos y he tenido la suerte de conseguir que me dejaran. Si hubiera fallado uno, no habría podido hacer el vuelo.”

Ese vuelo, ese elevarse sobre la inmensidad de la ciudad, el alejarse para poder escuchar el silencio y sentir la soledad que siempre han reflejado sus cuadros, se ha ido haciendo cada vez mayor en sus paisajes urbanos donde aborda un punto de vista cada vez más elevado (la serie de la Gran Vía a diferentes horas del día primero de agosto es una clara prueba de ello), o un horizonte cada vez más lejano y abierto, como si necesitase huir de los muros que aprisionan el alma de los viandantes de la gran ciudad.

Las estructura de los cuadros de Antonio López está cuidada hasta el más mínimo detalle, prevaleciendo normalmente una división horizontal centrada en el cuadro, aprovechando la línea del horizonte o cualquier otro elemento pictórico que le permita hacer que el espectador proyecte su visión más allá de lo que tiene en primer plano, lo que confiere una enorme profundidad a sus cuadros. En ocasiones decide bajar esa linea horizontal cuando ya lleva semanas o meses pintando, y lo hace dejando lo pintado como una capa enterrada del nuevo cuadro que pintará a partir de entonces.

Los paisajes de Antonio López siempre han reflejado paz y silencio. En los de su primera etapa en Tomelloso podían verse personas paseando, charlando por la calle, solitarios niños jugando… eran cuadros donde pasaba la vida, donde vivía la vida, pero sin permitir nunca que la prisa o la urgencia rompieran la armonía, la paz y la calma del momento. Puede que para captar esa paz perdida, ese silencio anhelado, al venir a vivir a la ciudad Antonio López se refugiara primero en su gran amigo el tiempo buscando las horas de la madrugada, esas horas que, hace cuarenta años, nadie habitaba. Conforme fue pasando el tiempo y la noche le robó su espacio al amanecer, destruyendo una frontera de silencio que jamás se volverá a escuchar, quizá tuvo que ir elevando su punto de mira, su puesto de observación de aquella ciudad incapaz de dormir y de dejar dormir. Seis metros no son nada y las azoteas son las que ahora le ven pintar esos paisajes desiertos que ya solo existen en su memoria. La paz y el silencio del Tomelloso de su infancia ya solo puede pintarlos si desnuda por completo las calles de la ciudad en donde vive, si las pinta vacías de gentes y de coches, extrañamente desoladas y tristes.

Antonio López no pinta el paso del tiempo, sino que pinta el tiempo, el aquí y el ahora, pero lo hace siendo consciente de que nuestro presente, nuestro aquí y nuestro ahora, contienen todo nuestro pasado, todo lo que hemos vivido y nos ha formado como somos: “Yo intento siempre reflejar el presente. Un presente que quizá contenga esa memoria del pasado. El cuadro es el resultado de un extenso espacio de tiempo, siempre en el presente.”  Como bien dice Michael Brenson, “La obra de arte es un acumulador de tiempo, que nos ofrece en un instante, condensados, los días, meses y años que el artista fue depositando en ella.”

Pocos como él han sabido mostrarnos que lo pequeño es hermoso, que lo más grande está en lo más pequeño, que la emoción está en la luz, en cualquier objeto, en todo lo que tenemos ante nosotros. Sus dibujos nos muestran que estamos frente a un ser excepcional, un ser capaz de descubrir y mostrar la belleza en las cosas más cotidianas y aparentemente feas y hasta sucias. Todo en su mano cobra belleza. Antonio López es un mago que usa lápiz y papel en lugar de varita y chistera. El dibujo es para él lo esencial, lo más puro, la base sobre la que todo se construye. La pintura y la escultura ofrecen otras posibilidades muy diferentes, pero en el dibujo está el alma de las cosas. Y si en él la ciudad puede asociarse a la pintura, los interiores y los árboles son el tema más frecuentado por sus dibujos. Esos paisajes interiores, los cuartos de baño, váteres, ventanas y lámparas, y los árboles como los membrilleros, sus adorados membrilleros, nos muestran el polo opuesto de su pintura. Si frente al pincel busca espacios cada vez más amplios y enormes, con horizontes cada vez más lejanos, con el lápiz nos presenta su mundo más íntimo, el que tiene más cerca, el que podemos tocar. Las perfección de sus dibujos, ese realismo casi fotográfico, no puede dejar indiferente a nigún espectador. Son una invitación a que entremos en esas atmósferas íntimas, silenciosas y grises, esas atmósferas de la soledad del alma, que él sabe reflejar como nadie.

Sin embargo, enamorado del arte de la Grecia clásica (precisamente ha escogido cuatro copias en escayola de cabezas griegas que ha hecho recientemente como inicio de su exposición en el Thyssen), siempre se ha sentido atraído por el misterio de la escultura: “No creo ser un verdadero pintor, un pintor puro. Desde siempre, la forma de las cosas, su volumen, su materia, la distancia entre los diferentes términos han sido, más que el color, los estímulos a partir de los que he elaborado el cuadro, y todo eso, seguramente, es lo que me ha permitido hacer escultura, una escultura que quizá no sea la de un verdadero escultor, pero que necesito hacerla… Si pintas la figura humana tienes que elegir un solo punto de vista, y eso me inquieta mucho, porque todos los puntos de vista de esa figura me parecen igualmente atrayentes, y eso te lo da la escultura. Aparte de esto, y aunque sé que la pintura y la escultura son incomparables, para mí no hay nada tan fascinante como una escultura. Una buena escultura egipcia o griega es lo más hermoso, lo más enigmático que el hombre ha podido hacer” La muestra de la obra escultórica y los relieves que podemos ver en esta exposición es verdaderamente impresionante. Desde “Hombre y mujer”, a “Antonio y Mari”, “María de pie”, “Hombre”, “Hombre tumbado”, “Cabeza de Carmencita”, “María dormida”, “Carmen dormida” o el impresionante prototipo a tamaño natural de la “Mujer de Coslada”.

El Archiduque Luis Salvador de Habsburgo Lorena, gran viajero, escritor y aventurero que, a finales del XIX y principios del XX, se dedicó a recorrer todas las islas del Mediterráneo para captar los últimos vestigios de una cultura popular que la revolución industrial había aniquilado ya en el continente, decía que hay que dejar que sea el sol del lugar que visitamos el que seque la tinta con la que escribimos. Antonio López también deja que sean el sol y el aire quienes sequen sus pinturas, pero para visitar los no lugares donde habita su espíritu no le hace falta viaje alguno. “Mi generación no viajaba aunque lo necesitáramos. No teníamos cómo hacerlo. De todas formas, yo viajo mucho, cojo mucho el metro. Pienso como esos que dicen que conociendo a una mujer bien, se conoce a la mujer. Pues conociendo bien un lugar, Madrid en mi caso, se conocen todos los lugares. Lo creo sinceramente, aunque yo no lo haya decidido. Yo no he decidido mi vida, tengo esa sensación. He sido como obediente a algo que me ha hecho hacer las cosas de una determinada manera. Es la sensación que tengo…” En lo que sí se parece mucho al Archiduque es en esa necesidad de captar lo que le rodea antes de que desaparezca, antes de que lo destruyan. “El sol del membrillo” es un maravilloso poema fílmico, un canto al arte, a la creación y a la belleza de Victor Erice filmando el proceso creativo de Antonio López frente a un membrillero en el pequeño huerto de su casa por el que pasa toda la vida. A lo largo de la película le vemos feliz frente al membrillero, un pequeño árbol plantado por él unos años antes. Unos japoneses expertos en arte le visitan y le preguntan sobre las particularidades de su proceso creativo, ese proceso tan distinto al de los demás pintores, un proceso lento y pausado, donde jamás entrará la urgencia o la prisa. Él, humildemente, les responde que lo importante es estar frente al árbol, que eso es lo maravilloso, y que es mucho más importante que el resultado final. Y sobre el hecho de que haya estructurado el cuadro poniendo justo en el centro al árbol, convirtiéndolo en el protagonista absoluto de la obra, no duda en decir que para él la belleza está en el orden que crea la simetría, y que por eso ha puesto al membrillero en el centro del cuadro, libre de cualquier estética o artificio, para que adquiera así la solemnidad del ser humano. Esta película es uno de los diálogos más intensos entre el hombre y la naturaleza que se han hecho jamás. Las palabras finales de Antonio López, tras haber pasado tres meses pintando ese membrillero como solo él puede hacerlo, reflejan perfectamente lo que significa su pintura y su forma de entender el arte. Dormido en la cama, tras haber posado para su mujer, también pintora, reflexiona sobre lo que ha sentido al pintar el membrillero durante todos esos meses: “Estoy en Tomelloso, delante de la casa donde he nacido. Al otro lado de la plaza hay unos árboles que nunca crecieron allí. En la distancia reconozco las hojas oscuras y los frutos dorados de los membrilleros. Me veo entre esos árboles junto a mis padres, acompañado por otras personas cuyos rasgos no logro identificar. Hasta a mí llega el rumor de nuestras voces. Charlamos apaciblemente. Nuestros pies están hundidos en la tierra embarrada. A nuestro alrededor, hundidos de sus ramas, los frutos rugosos cuelgan, cada vez más blandos. Grandes manchas van invadiendo su piel, y en el aire inmóvil percibo la fermentación de su carne. Desde el lugar donde observo la escena no puedo saber si los demás ven lo que yo veo. Nadie parece advertir que todos los membrillos se están pudriendo bajo una luz que no sé cómo describir: nítida y a la vez sombría, que todo lo convierte en metal y ceniza. No es la luz de la noche, tampoco es la del crepúsculo, ni la de la aurora…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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