El Gatopardo, novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa basada en la vida de su propio bisabuelo y magistralmente llevada al cine por Visconti, es un canto a la dignidad frente a la muerte, frente a un mundo que agoniza y que está condenado a desaparecer, la última mirada de un hombre que sabe que el viaje de su vida le ha llevado, irremisiblemente, por caminos que nunca habría elegido recorrer, caminos donde los suyos van quedando atrás y le dejan solo frente a unos nuevos compañeros de viaje a los que ni entiende, ni le interesa lo más mínimo entender. No es extraño que Lampedusa y Visconti eligieran esta historia. Ambos pertenecían a familias aristocráticas, ambos eran seres solitarios, melancólicos y conscientes del inexorable futuro de muerte y olvido que le esperaba al mundo que les vio nacer. Palabras como dignidad o tradición tenían para ellos un profundo significado dificil de entender si no se ha nacido en ese ambiente y se ha sido educado para vivir en él. Para ellos dignidad y tradición son los pinceles con los que alguien, generación tras generación, ha ido pintado la fatalidad de su destino: contemplar antes de morir cómo todo su mundo se desmorona. El Príncipe de Salina, protagonista de El Gatopardo y referente en el que Lampedusa y Visconti se ven reflejados, ve cómo el paso del tiempo va acabando con un mundo que había muerto hace ya mucho tiempo, antes incluso de haber nacido. ¿Existió en realidad ese mundo, o fue una mera representación de algo que podía haber sido y nunca fue? Valores como dignidad, tradición, compromiso y honor habían sido esculpidos con letras de oro en lo más hondo de su espíritu. Sobre ellos se sustentaba su visión del mundo y su forma de vivir. Pero ¿de qué sirven esos valores en un nuevo mundo gobernado por nuevos ricos, trepas, incultos y corruptos?

Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Príncipe de Lampedusa y Duque de Palma di Montechiaro, fue un hombre solitario  profundamente marcado por Sicilia, la tierra donde nació, y por sus orígenes aristocráticos. Obligado a dejar la Facultad de derecho en 1915 cuando fue llamado a las armas en la Primera Guerra Mundial, fue hecho prisionero por los austríacos y recluído en un campo de concentración húngaro. Consiguió fugarse y cruzó media Europa a pie. Acabada la guerra abandonó el ejército y regresó a Sicilia, donde dedicó su vida al estudio de la literatura. Nunca había escrito hasta que, en 1954 empezó a escribir El Gatopardo, la que sería su única novela (también dejó escritos un pequeño libro de relatos, un ensayo sobre Stendhal y el inicio de la que podría haber sido su autobiografía: “Recuerdos de infancia”). En 1957, con 60 años recién cumplidos, le diagnosticaron un tumor pulmonar. Las dos editoriales a las que había enviado el manuscrito de El gatopardo, Einaudi y Mondadori, le informaron de que rechazan publicarlo. Muere tres meses después. Un año más tarde la editorial Feltrinelli edita el libro, que obtiene el premio Strega, el más importante de la narrativa italiana, y un año más tarde lleva ya más de 50 ediciones. Nunca llegó a verlo publicado. A su muerte se encontró un borrador inacabado en el que estaba trabajando: “Los gatos ciegos”, la que podría haber sido la segunda parte.

En El Gatopardo asistimos a una doble visión de la muerte: la de ese mundo que agoniza lenta pero inexorablemente, y la de su protagonista, el Príncipe de Salina, hombre de fuerte personalidad y carácter encerrado en la contradicción de una mente racional, práctica y metódica capaz de gobernar la vida para la que ha sido educado, y un corazón ardiente, solitario y soñador que pugna por vivir aún la vida que nunca le han dejado vivir. Ambientada en la Sicilia de mediados y finales del XIX, con la irrupción de las tropas de Garibaldi anunciando la creación de la Italia unificada, nos cuenta la historia de un hombre marcado por su pasado, un pasado que sigue vivo en él, en su familia y en todo cuanto le rodea, un hombre capaz de sentir todavía el anhelo del amor adolescente en los últimos días de su vida, un hombre que cree que “no somos más que un fugaz destello que trata de gozar el exiguo rayo de luz entre las dos tinieblas que es la vida: la que precede a la cuna y la que nos espera tras la tumba”. Convencido de que “solo tenemos derecho a odiar lo que es eterno, ese dominio donde reina para siempre la certeza”, el Príncipe de Salina asiste, fascinado, al nacimiento a la vida adulta de su joven sobrino predilecto, Tancredi, en el que se ve reflejado, y al que ama más que a sus propios hijos. La historia de amor de Tancredi con Angelina, la hija del alcalde y nuevo rico del pueblo, le hace soñar, le hace sentirse intensamente vivo. La belleza y la sensualidad de Angelina hacen que, quizá por primera vez en su vida, sienta lo que es la pasión del amor. La felicidad de su sobrino es el consuelo que siente por no haber vivido la historia de amor con Angelina que le pedía su corazón. Ese es su sacrificio, un sacrificio realmente grande si tenemos en cuenta lo que el propio Príncipe dice de su esposa a su confesor, que le ha visto ir a un burdel y quiere redimir su alma del pecado: “Todavía soy un hombre vigoroso, ¿cómo hago para contentarme con una mujer que, en la cama, se santigua cada vez que voy a abrazarla y que, luego, en los momentos de mayor emoción, sólo sabe decir: “¡Jesús, María!”. Cuando nos casamos eso me excitaba, pero ahora… siete hijos me ha dado, siete, pero jamás le he visto el ombligo. ¿Es justo? ¡La verdadera pecadora es ella!”

Aquí tienes el trailer de la película, una película que es un canto a la belleza. Burt Lancaster, quizá en el mejor papel de su vida, interpreta al Príncipe de Salina. Alain Delon a su sobrino Tancredi y Claudia Cardinale a Angélica. En una entrevista hablando sobre el rodaje de El Gatopardo, ella comentó que Visconti le dijo algo que todos los actores debemos saber: ” Los ojos deben decir siempre lo que la boca no dice…” Casi todos los videos de esta entrada están en italiano sin subtítulos. No he encontrado ninguna versión subtitulada de las secuencias que he elegido. Lo siento, aunque no es dificil enterderlo.

En esta secuencia vemos a Tancredi subir al vestidor del Príncipe de Salina para decirle que se va a la guerra, a luchar por Garibaldi. Es aquí donde encontramos la frase que ha hecho más famosa a esta novela: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. Es fascinante la utilización de los espejos que hace aquí Visconti, jugando quizá con el sentido de esa frase: desde el inserto del rostro de Tancredi en el espejo frente al que se está afeitando el Príncipe, al espejo en el que se refleja cuando se sienta para hablar con su tío, al gran espejo frente al que se viste el Príncipe escuchándole. Ambos saben que representan un papel, que su vida y que su mundo son una ficción, que noson reales, que no son más que un fugaz reflejo en un espejo condenado a desaparecer, un espejo en el que nos miramos preguntándonos quiénes somos, qué hacemos aquí… un espejo que, paradógicamente, nos demuestra cada día que no es posible que todo siga igual.

La historia de amor entre Tancredi y Angélica se va fraguando y al Príncipe le toca el deber de hablar con el padre de la joven: Don Calógero Sedàra, un nuevo rico sin escrúpulos ni cultura, avispado para los negocios y para la política, cuya única aspiración en la vida es la de acumular más riqueza. Queriendo impresionar al Príncipe, llega a decirle que su familia también desciende de un noble linaje, cuya nobleza, pendiente de unos trámites administrativos, espera poder demostrar en breve. El Príncipe, resignado, consciente de que el futuro que le espera al mundo está en manos de los Don Calógeros, y para complacer a su sobrino, lo organiza todo para introducir a al familia Sedára en sociedad. Para ello organiza una fiesta en su palacio. El baile de la fiesta, esplendoroso, dura una de las tres horas de metraje que tiene la película de Visconti. En una de las secuencias podemos ver al Príncipe reflexionando sobre lo poco acertado que ha sido la tradición de los matrimonios endogámicos de la aristocracia, viendo a las jóvenes nobles saltar divertidas sobre un sofá, que le parecen una manada de monos saltando enloquecidos en una jaula.

El Príncipe de Salina es un hombre consciente de que con el final de su época, un final inevitable al que asiste con distancia y melancolía,  se acerca el momento en el que se aprovecharán de la situación los nuevos ricos, los burócratas y mediocres que harán del dinero un ideal y de la corrupción una virtud. Cansado de tanta ignominia, se refugia en su mundo interior, un mundo donde la lectura, la caza, y sobre todo la astronomía, su verdadera gran pasión, ocupan un lugar preferente. Son frecuentes los paseos que suele dar en solitario para ver y hablar con las estrellas. Perdido entre nebulosas es donde se encuentra a sí mismo. Una de las secuencias que mejor refleja la realidad y la trágica visión del mundo del Príncipe de Salina es en la que recibe a Chevalley, un enviado oficial que viene a entregar al Príncipe la invitación para que ocupe un puesto de senador en el nuevo reino. Tras escuchar el discurso de invitración que Chevalley traía concienzudamente preparado, el Príncipe rehúsa la invitación tratando de explicarle los motivos por los que no puede aceptar el cargo de senador: “Somos viejos, Chevalley, viejísimos. Hace por lo menos veinticino siglos que llevamos sobre los hombros el peso de unas civilizaciones tan magníficas como heterogéneas: todas ellas nos llegaron de fuera, ya completas y perfeccionadas, ninguna germinó entre nosotros, a ninguna le marcamos el tono; somos blancos como usted, Chevalley, como la reina de Inglaterra, y sin embargo hace dos mil quinientos años que somos colonia. No lo digo por quejarme: en gran parte es culpa nuestra; pero no por ello nos sentimos menos despojados y exhaustos… La intención es buena, Chevalley, pero llega tarde, por lo demás ya le he dicho que la mayor parte de la culpa es nuestra; hace un momento usted me hablaba de una joven Sicilia que se asoma a las maravillas del mundo moderno; a mí, en cambio, me parece más bien una centenaria a quien pasean en silla de ruedas por la Exposición Universal de Londres y no comprende nada ni le importan un comino las acerías de Sheffield y las hilanderías de Manchester: solo anhela que la dejen dormitar de nuevo con la cabeza hundida en sus almohadas húmedas de baba y el orinal debajo de la cama… El sueño, Chevalley, el sueño es lo que más desean los sicilianos, y siempre odiarán al que pretenda despertarlos, aunque sea para traerles los mejores regalos; dicho sea entre nosotros, dudo mucho de que el nuevo reino tenga demasiados regalos para nosotros entre su equipaje. Todas las expresiones sicilianas son expresiones oníricas, hasta las más violentas: nuestra sensualidad es deseo de olvido, nuestros escopetazos y nuestras cuchilladas son deseo de muerte… las novedades solo nos atraen cuando sentimos que están muertas, que ya no pueden producir corrientes vitales; a ello se debe asimismo ese fenómeno increíble de la creación actual, ante nuestros ojos, de unos mitos que si fueran realmente antiguos despertarían veneración, pero apenas logran ser siniestras tentativas de sumergirse otra vez en un pasado que nos atrae precisamente porque está muerto… Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta crispación permanente de todo lo que nos rodea, incluso estos monumentos del pasado, magníficos pero incomprensibles, porque no los hemos edificado nosotros, que nos asedian como bellísimos fantasmas mudos; todos estos gobiernos que llegaron con sus armas desde lugares desconocidos para encontrarse con nuestro sometimiento un día, nuestro odio al siguiente y nuestra incomprensión todo el tiempo, y que solo se expresaron a través de unas obras de arte cuyo sentido se nos escapa y de unos recaudadores de impuestos bien palpables cuyos esfuerzos jamás beneficiaron esta tierra; todas estas cosas han influído en nuestro carácter, que sigue estando signado por las fatalidades del mundo exterior, amén de nuestro temperamento tremendamente insular… Pertenezco a una generación infeliz, a caballo entre los viejos tiempos y los nuevos, que no se encuentra a gusto ni en éstos ni en aquéllos; Además, como ya lo habrá advertido Usted, no tengo ilusiones; ¿Qué haría conmigo el Senado, con un legislador inexperto e incapaz de engañarse a sí mismo, facultad imprescindible para cualquiera que quiera guiar a los demás?… Ahora necesitáis gente joven y ágil, que piense más en el “cómo” que en el ” por qué” y sea capaz de enmascarar, quiero decir combinar, sus intereses particulares concretos con la vaguedad de los ideales políticos… Los sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es  más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños, ya sea por el origen o – si se trata de sicilianos – por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada… Se ha hecho tarde, Chevalley, tenemos que ir a vestirnos para la cena. Durante unas horas debo representar el papel de un hombre civilizado”

Al día siguiente, el Príncipe salió al patio del palacio a despedir a Chevalley. Chevalley pensaba “Esta situación no durará mucho; con nuestra administración, nueva, ágil, moderna, todo cambiará”. El Príncipe, abatido, pensaba: “Todo esto no debería durar; sin embargo, durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distinto, pero peor. Nosotros hemos sido los últimos Gatopardos, los Leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas; y todos, Gatopardos, chacales y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra…”

La escena final de la película (diferente al de la novela), refleja perfectamente lo que ha sido la vida del Príncipe: ser testigo de la muerte, una muerte a la que implora que no le haga esperar demasiado. Tras salir del baile en el que deja a la juventud y las nuevas clases sociales adineradas que, como él dice, no tienen antepasados nobles pero no tardarán en tenerlos, sale a pasear, como siempre solitario, por la calle. Su imponente figura y su impecable frac de etiqueta destacan en un paisaje en ruinas. Frente a él cruza un sacerdote que va a dar urgentemente los santos sacramentos a un enfermo. El Príncipe se arrodilla para rendir pleitesía a la muerte y habla por última vez con las estrellas, las únicas amigas que ha tenido en la vida. Las campanadas a muerto suenan cuando le vemos alejarse por un callejón hasta perderse…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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