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Atahualpa Yupanqui, la voz del alma de la tierra

Esta entrada está dedicada a alguien que ocupa un lugar de privilegio en ese viaje hacia le belleza que pretende ser La placenta del Universo: Atahualpa Yupanqui, posiblemente una de las voces más profundas y auténticas de América Latina y del mundo, un mundo donde no caben fronteras para seres como él. Cantor de la tierra y del indio, de las alegrías y las penas del hombre, cantor del paisaje, de los árboles, de los ríos y las estrellas. Su vida fue camino, andar y andar por los caminos buscando los últimos vestigios de las ancestrales culturas indias, donde él sentía que estaban sus raíces. Hombre sensible, hombre libre, hombre comprometido con los que sufren y con la tierra, esa tierra que le enseñó a cantar y a vivir. Pocos como él han sabido captar las esencias del paisaje y de los seres humanos. Nunca permaneció indiferente ante la vida. Siempre tomó partido por los más débiles. Buscó por todos los caminos, esos caminos que le enseñaron que no son más que dibujos en la tierra,  en la piedra  y en el polvo. Esos caminos que él tanto amó y que le susurraron  que “el camino  lamenta ser el culpable de la distancia.” Atahualpa Yupanqui, hombre sabio y por eso humilde, tenía muy claro lo que buscaba en la vida: “Un deseo profundo vive en mí:/ ser un día el rostro de una sombra/ sin imagen alguna y sin historia./ Ser solamente el eco de un canto/ apenas acorde que señala a sus hermanos/ la libertad del espíritu.”

Hombre de campo, con sangre gaucha y libertaria en las venas, Atahualpa amó profundamente todo cuanto le rodeaba. Una de sus canciones más sentidas es la que le compuso a su adorado alazán cuando murió. Es, posiblemente, uno de los más bellos cantos a la amistad que se han escrito jamás.

Nacido en 1908 como Héctor Roberto Chavero Aramburo en un pequeño pueblo de Pergamino, en Argentina, hijo de humildes padres criollos, adoptó el nombre de Atahualpa cuando, a los trece años, empezó a escribir artículos para el diario local. La elección de ese nombre no fue gratuita: era la forma de rendir su homenaje al último soberano inca. Con el tiempo añadió el Yupanqui, formando ese nombre con el que ha pasado a la historia que, en lengua quechua, significa: “El que viene de las lejanas tierras para decir…”.

Su padre era un humilde funcionario del ferrocarril que había sido un gaucho nómada, y eso siempre marcó su forma de ver y de vivir la vida. A los seis años Atahualpa empezó a estudiar violín y guitarra, pero no fue su profesor quien le enseñó a tocarla, sino la tierra, esa tierra que, desde siempre, gritaba su nombre con fuerza. Desde muy pequeño se extasiaba escuchando los cantos de todos los que, al caer la noche, se acercaban a su casa guitarra en mano para cantar sus penas. Los recuerdos de su infancia son muy claros y limpios: “Los días de mi infancia transcurrieron de asombro en asombro, de revelacion en revelación. Nací en un medio rural y crecí frente a un horizonte de balidos y relinchos…”

La prematura muerte de su padre le obligó a enfrentarse a la vida, y lo hizo como hizo todo: entregándose hasta lo más hondo. Boxeó, se hizo periodista, ocasional maestro de escuela, tipógrafo, cronista, músico, poeta y, por encima de todo, agudo observador de la vida y del ser humano. Buscó su identidad en las gentes que encontraba por los caminos, en los paisajes, en los ríos y en los valles, en lo alto de la montaña y en el Altiplano. Fueron los nadies, todos esos seres anónimos que le salieron al paso los que le enseñaron a cantar: “El hombre canta lo que la tierra le dicta, el cantor no elabora… solamente traduce”.

Comprometido con todas las causas que considera justas, Atahualpa recorre los caminos a lomos de una mula o de un caballo. Son días de hambre y felicidad. Se sabe libre, porque él se ha hecho libre a sí mismo. “He dormido en chozas donde la miseria abochorna todos los paisajes, en los valles abandonados, atando mi caballo a lazo largo y asegurando la presilla en una espuela, dejándome la bota a medio quitar, para así despertarme a medio tirón… Me juntaba en el campo con los amigos, ya porque uno tocaba la quena, ya porque otro no la tocaba pero tenía dichos interesantes… Me quedaba ocho, diez, quince días viviendo con un matrimonio coyas en la Puna o muchas veces abrazado a dos o tres perros que faltaban en las casas, sembrando con ellos y aprendiendo las maneras sencillas de la vida…”

El camino, ese camino donde él se encuentra a sí mismo, le empuja a seguir, incansable, adelante, siempre adelante. Para él los valles calchaquíes son como la vida, con sus cuestas y sus bajadas, sus sonidos y sus silencios, sus días de sol y los de lluvia… Él mismo dijo que siempre viajó “sin calendario, con la sola brújula del corazón…”. “Yo siempre fuí un adiós… un brazo en alto, un yaraví quebrándose en las piedras, cuando quise quedarme vino el viento, vino la noche, y me llevó con ella…”

“Los pueblos, los hombres se enfrían por ausencia de espíritu. Por eso estamos nosotros con pedernal y yesca, con cantares y poemas, con un alto desvelo y sueños de todo tipo, para entibiar las horas de los que no quieren congelarse todavía.” A Atahualpa nunca le falló su espíritu. Era un hombre de pensamiento y convicciones profundas, un hombre inquieto que buscaba a Dios en la naturaleza. ¿Religioso? No. ¿Místico? Sí: “No sé si soy creyente. Cuando le preguntaban eso a mi padre, el respondía que era “dudante”. En lo que hace a mí mismo no soy religioso. Tengo por ahí algún sarampión místico que repentinamente me inquieta.”

Para él la verdadera vida era la que había aprendido de los indios. Vivir era integrarse en el paisaje, ser paisaje, fundirse con el agua, la tierra el aire y el fuego para renacer cada día en este mundo que nos ha tocado vivir. Siempre admiró las costumbres, las tradiciones y los ritos de los pueblos indígenas a cuya recopilación dedicó su vida. Era un antropólogo, un ecologista, un revolucionario, un visionario panteísta que se anticipó cincuenta años a todos los movimientos ecologistas e indigenistas: “Camino…te voy andando. Me vas llevando, camino. A lo largo de ti la vida muestra su dolor y su sombra, su drama y sus alegrías. Muchas veces he querido descansar, detenerme en una esquina cualquiera del tiempo, vivir como los demás, defender algo que solo sea mío… Pero será mi destino igual al de los ríos: dar, darse a la luz y a las piedras, tropezar, afirmarse y seguir andando… andando”

En los años 50 Atahualpa viajó a París y allí Edith Piaf le invitó a cantar. El éxito fue inmediato. Toda Europa se rindió a los pies de aquel indio de los caminos que cantaba con la voz del alma de la tierra.  Cuentan que uno de los privilegiados espectadores de aquel concierto de París, al acabar, se acercó a Atahualpa y le dijo ” Usted puede tocar como el mismísimo Andrés Segovia, pero él jamás podrá tocar como usted”. Desde entonces su fama creció traspasando todas las fronteras. Japón fue otro de los mundos que le abrieron sus puertas de par en par. Atahualpa, alma curiosa e inquieta, se enamoró profundamente de la cultura japonesa, a la que dedicó uno de sus poemas más desgarrados: Hiroshima.

Es la autenticidad del hombre, la honestidad de su forma de vivir sus compromisos cada vez más libertarios (abandonó su militancia en el partido comunista a principios de los 50 porque se sentía encerrado en la disciplina de los partidos, una disciplina que jamás fue con su espíritu indómito). Nunca traicionó su compromiso por los más desfavorecidos: “El primer deber del hombre es definirse. Ubicarse como testigo y actor de un viejo pleito entre la mentira y la verdad. Y exponer, testimoniar. Para llegar a esto debemos despojarnos de miserias interiores. Tenemos que barrer el patio del fondo”.

Él, que cantaba que no era ni de aquí ni de allá porque sabía que los lugares poco o nada tienen que ver con nuestra elección en la vida, esa elección que nos lleva a comprometernos y que sí marca nuestro destino mucho más que nuestra pertenencia a un lugar o a otro, se definía como “una persona que ha atravesado las tormentas del tiempo y de la vida sin que el lodo del camino le salpique el corazón… el simple dueño de una historia, de una pena, de un coraje o una esperanza…”

Enamorado de la tierra y del camino que todo le ha dado, en “Destino del canto” nos cuenta lo que para él significa la opción de vida que ha tomado: “El alma de la tierra, como una sombra, sigue a los seres indicados para traducirle en la esperanza, en la pena, en la soledad. Si tú eres el elegido, si has sentido el reclamo de la tierra, si comprendes su nombre, te espera una tremenda responsabilidad. Puede perseguirte la adversidad, aquejarte el mal físico, empobrecerte el medio, desconocerte el mundo, pueden burlarse y negarte los otros, pero es inútil, nada apagará la lumbre de tu antorcha, porque no es solo tuya… Es de la tierra, que te ha enseñado y te ha señalado para tu sacrificio, no para tu vanidad. La luz que alumbra el corazón del artista es una llámpara milagrosa que el pueblo usa para encontrar la belleza en el camino, la soledad, el miedo, el amor y la muerte. Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas, ni sufres, ni gozas con tu pueblo, no alcanzarás a traducirlo nunca. Escribirás acaso tu drama de hombre huraño, solo sin soledad… Cantarás tu extravío lejos de la grey, pero tu grito será un grito solamente tuyo, que nadie podrá ya entender. Sí, la tierra señala a sus elegidos. Y al llegar al final, tendrán su premio, nadie les nombrará, serán los “anónimos”… pero ninguna tumba guardará su canto”

Muchas de las canciones de Atahualpa se han convertido, con el paso del tiempo, en verdaderos himnos a la vida, al amor, a la amistad, a la naturaleza, y a esa difícil tarea que es ser un ser humano. Títulos como “Los hermanos”, “El arriero”, “Tú que puedes, vuélvete”, “Luna tucumana”, “Guitarra, dímelo tú”, “Le tengo rabia al silencio”, “Milonga del solitario”, “Coplas del payador perseguido”, “Lloran las ramas del viento” y tantos y tantos otros forman parte de la cultura popular y son cantados cada día en todas partes del mundo. Cafrune, Mercedes Sosa, Calamaro… son muchos los que han prestado su voz para elevar bien alto esos himnos. Atahualpa dejó escritas más de 300 canciones y una decena de libros, fundamentalmente de poesía. Afortunadamente uno de ellos, “El canto del viento” se ha reeditado en España en 2009 y se puede encontrar en nuestras librerías (editorial tres de trébol). En uno de esos libros, “Piedra sola”, Atahualpa escribe en el prólogo unos versos que son su perfecto autoretrato: “En el camino de tus montañas/ encontró mi corazón estas palabras./ Lo grande, lo intraducible,/ queda dentro de mí./ Como una música recóndita/ amparada en la sombra cósmica de tu silencio”

Para acabar esta entrada, no podía ser de otra manera, he dejado “Los ejes de mi carreta”, posiblemente el himno libertario más poético que se ha escrito jamás. Atahualpa y su carreta dejaron una profunda huella en todos los caminos que recorrió.  Con él, y con la esperanza de encontrarnos por esos caminos, te dejo ya por hoy…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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