General Otros temas

La Singularidad: más allá de la última frontera

¿Somos los últimos mohicanos de la especie humana tal y como la conocemos hoy?, ¿Estamos frente a un renacimiento de nuestra especie o, por contra, al borde de la extinción definitiva? La ciencia y la tecnología han avanzado tanto que están muy cerca de sobrepasar una frontera que quizá nunca debería cruzarse: la de la evolución biológica. La conjunción de la revolución genética, la nanotecnológica y la robótica ha provocado que, por primera vez en la historia de la humanidad, la inteligencia no-biológica vaya a superar a la inteligencia humana que la creó. El pronóstico de los expertos es muy claro: este fenómeno se producirá, inevitablemente, entre 2030 y 2045. La evolución teconológica es, para ellos, el siguiente paso de la evolución biológica de la especie humana.

Arthur C. Clarke ya pronosticó esta situación a finales de los años cincuenta cuando escribió “2001: una odisea del espacio”, magistralmente llevada al cine en 1963 por Stanley Kubrick. En esta secuencia plantea perfectamente el enfrentamiento hombre/máquina cuando uno de los astronautas, consciente del malfuncionamiento de HAL, el superordenador de abordo que controla la nave y que está totalmente fuera de control, intenta que el ordenador obedezca sus órdenes y la máquina se rebela contra él. La escena es terrorífica porque, tras haber provocado deliberadamente la muerte de otro de los astronautas, muestra la frialdad del ordenador condenando a muerte al astronauta al impedirle regresar a la nave porque se ha enterado de que le quiere desconectar y está programado para protegerse a sí mismo y evitar que puedan desconectarlo.

Y ya que Kubrick eligió la introducción de “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss para su película, si quieres, también podemos dejar que nos acompañe ahora:

La Ley de Moore, que postulaba que aproximadamente cada 18 meses se duplica el número de transistores de un circuito integrado, venía a decir que el crecimiento tecnológico no crece de forma lineal, sino que lo hace de forma exponencial, de manera que cada vez crece más y más deprisa. Es decir, que el año que viene tendremos el doble de información que hoy, cuatro veces más dentro de dos años, 8 veces más dentro de 3, 16 veces más dentro de 4, 32 dentro de 5, 64 dentro de 6, etc. Esto provoca que los avances tecnológicos que genere el siglo XXI no serán los que se habrían generado en cien años, sino en 20.000 años de progreso. Partiendo de esta premisa, otro de los grandes pensadores del momento, Ray Kurzweil, postuló, a finales de los 90, la Ley del retorno acelerado. Sobre esta teoría se basa el concepto de la “Singularidad”, o Singularidad tecnológica que, como analogía de la definición de Singularidad espaciotemporal que se da en el campo de la física que estudia los agujeros negros y que dice que existe un punto donde las reglas de la física dejan de ser válidas ya que convergen hacia el infinito, predice que llegará un momento en el que la tecnología disparará sus prestaciones con un crecimiento hiperbólico que hará imposible poder predecir lo que ocurrirá. Dicho con otras palabras, que alcanzaremos una aceleración de progreso técnico que provocará la incapacidad de predecir sus consecuencias. Según Kurzweil, la inteligencia no-biológica creada en el año 2045 va a ser mil millones de veces más poderosa que la inteligencia humana actual.

Quizá para concretar un poco lo que estamos hablando deberíamos empezar por preguntarnos ¿qué es la inteligencia?. La Real Academia de la Lengua da varias acepciones diferentes de la palabra inteligencia, entre las que se encuentran: “Capacidad de entender y comprender”;  “Capacidad de resolver problemas”; “Conocimiento, comprensión y acto de entender” y “Habilidad, destreza y experiencia”. La RAE no habla de conceptos como inteligencia emocional, que es donde, quizá, podríamos pensar que las máquinas jamás podrán llegar a igualarnos. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la revolución tecnológica que se está produciendo en este momento hace converger ramas de la ciencia tan diferentes hasta ahora como la biología, la nanotecnología y la robótica, es prácticamente imposible poder predecir que la inteligencia no-biológica jamás llegará a igualar a la humana. Ya no estamos en un escenario de un hombre contra un ordenador, sino de alteración genética del hombre, de implantación de nanobots del tamaño de un glóbulo rojo en diferentes partes del cuerpo humano y con diferentes funciones como destruir patógenos, corregir errores de ADN, remover desechos o invertir el proceso de envejecimiento, y de la transferencia de experiencias y conocimientos humanos a máquinas. El propio Kurzweil lo define muy claramente: “Dentro de un cuarto de siglo, la inteligencia no-biológica va a igualar el alcance y la sutileza de la inteligencia humana. Luego la va a sobrepasar, debido a la aceleración contínua de las tecnologías de la información, así como la capacidad de las máquinas para compartir instantáneamente su conocimiento. Los nanobots inteligentes estarán profundamente integrados en nuestros cuerpos, nuestros cerebros y nuestro entorno, venciendo la polución y la pobreza, brindando una longevidad enormemente extendida, una inmersión total a la realidad virtual incorporando todos los sentidos (como en “Matrix”), la “teletransportación de experiencias” (como en “Being John Malkovitch”), y una inteligencia humana enormemente mejorada. El resultado será una íntima fusión entre las especies que crean la tecnología y el resultante del proceso evolutivo tecnológico. La inteligencia no-biológica tendrá acceso a su propio diseño y será capaz de mejorarse a sí misma en un ciclo de rediseño cada vez más rápido. Llegaremos a un punto donde el progreso tecnológico será tan rápido que la inteligencia humana no-mejorada será incapaz de seguirlo…”

Para Kurzweil, la revolución genética permitirá tener bebés diseñados o rejuvenecer todos los tejidos y órganos del cuerpo al transformar las células de la piel en versiones jóvenes de cualquier otro tipo de célula; la de la nanotecnología hará que los nanobots, robots del tamaño de un glóbulo rojo, viajen por nuestro cuerpo con diferentes funciones. Por ejemplo, pueden entregarle a nuestro flujo sanguíneo todos los nutrientes, hormonas y otras sustancias que necesitemos, así como remover toxinas y productos de desecho. Eso podría producir que reservásemos la alimentación como la conocemos ahora únicamente para el placer, y que la función alimenticia fuese hecha por los nanobots. Algo parecido a lo que nuestra evolución biológica ha hecho al separar el sexo como placer, del sexo como función reproductora. La nanotecnología permitirá, también, reemplazar nuestros órganos, incluso porciones de nuestros cerebros, con implantes neuronales. Actualmente ya existen implantes neuronales que permiten que los pacientes descarguen actualizaciones de software a sus implantes desde fuera del cuerpo. Y, finalmente, probablemente hacia 2020, la revolución robótica, entendida como Inteligencia Artificial, permitirá que tengamos tanto el hardware como el software que permitan recrear la inteligencia humana. Se aprovechará la velocidad de las máquinas, su capacidad de almacenamiento de memoria y de compartir conocimiento. Se podrán escanear todos los detalles sobresalientes de nuestros cerebros desde el interior, usando miles de millones de nanobots en los capilares, con lo que se podrá recrear el cerebro.

Los detractores de esta perspectiva pueden plantear que con nuestros cerebros biológicos limitados, ¿cómo podemos imaginar lo que nuestra civilización futura, con su inteligencia multiplicada por billones, va a ser capaz de hacer? Pero, igual que se pueden extraer conclusiones sobre la naturaleza de los agujeros negros a través de nuestro pensamiento conceptual, a pesar no haber estado jamás dentro de uno de ellos, nuestro pensamiento hoy es lo suficientemente poderoso como para tener un entendimiento significativo de la Singularidad. Como bien dice Kurzweil “predecir proyectos específicos es, de hecho, irrealizable, pero el resultado de todo el complejo y caótico proceso evolutivo del progreso tecnológico es predecible. Es algo parecido a lo que ocurre con el gas: predecir el recorrido de una sola molécula es esencialmente imposible, pero predecir las propiedades de todo el gas (compuesto por la interacción de muchas moléculas caóticas) puede hacerse por medio de las leyes de la termodinámica.”

Ese futuro que plantean Kurzweil, o sus predecesores como John Von Neumann o Vernor Vinge, no está tan lejano. La Inteligencia Artificial está mucho más presente en nuestra vida cotidiana de lo que nos podemos imaginar. Recuerdo que hace unos diez años conocí una pequeña empresa puntera dedicada a la Inteligencia Artificial. Era una empresa española que trabajaba con grandes compañías y corporaciones en diferentes sectores de la economía: desde diseñar los programas de mantenimiento de la red de metro de grandes ciudades, las rutas de la recogida de la leche en Galicia, el programa de restablecimiento del suministro eléctrico tras una caída general del flujo, o el dinero que una entidad financiera tiene que tener en los cajeros automáticos cada fin de semana. Para que te hagas una idea de lo complejo que puede llegar a ser esto, te puedo decir que las entidades financieras quieren tener el mínimo dinero posible en efectivo en los cajeros, porque ese es un dinero que no pueden invertir en los mercados financieros y no les produce ningún interés. Sin embargo, están obligadas a mantener un coeficiente de liquidez y a dar un servicio a sus clientes. Si pensamos en las grandes instituciones financieras, el número de cajeros automáticos que tienen es de varios miles repartidos por todo el país. Equivocarse y dejar algunos pocos miles de euros en efectivo de más en cada cajero puede suponer hablar de millones de euros que no rentarán interés alguno durante los dos días del fin de semana. Poder colocar esos millones de euros durante esos dos días en el mercado interbancario supone muchos miles de euros de intereses. Y hacerlo todos los fines de semana del año puede llegar a suponer millones de euros. ¿Qué hacen entonces las entidades financieras para calcular cual es la cantidad exacta que han de dejar en sus cajeros? Utilizar un programa diseñado por aquella compañía que tenía en cuenta para su análisis parámetros tan dispares y complejos como el día del mes en que se encontraban, por la proximidad o lejanía del cobro de la nómina de sus clientes; la previsión meteorológica, ya que no sacamos el mismo dinero de los cajeros cuando hace buen tiempo que cuando llueve y nos quedamos en casa; considerar si van a estar abiertos El Corte Inglés y demás comercios o no; si es época de rebajas; si hay algún evento extraordinario en la zona que vaya a provocar mayor afluencia de público (cajeros próximos a estadios de fútbol cuando el equipo juega en casa o fuera, o cuando juega contra un equipo extranjero y pueden venir muchos hinchas foráneos), etc. Recuerdo que, hace solo diez años, cuando al hablar con los socios de aquella empresa de Inteligencia Artificial me contaban que en el futuro los ordenadores serían cada vez más pequeños, porque no sería necesario que consumiesen tanta memoria almacenando programas que estarían navegando por la red  y que simplemente se bajarían cuando se quisiese utilizarlos, me pareció ciencia ficción. Pues bien, esos programas de las entidades financieras, los de las compañías eléctricas, de las redes de metro o las centrales lecheras que se utilizan habitualmente en nuestra sociedad, son programas que fueron pensados y diseñados hace diez o quince años. ¿Qué estarán diseñando hoy?, ¿Qué algoritmos estarán investigando para nuestra vida de dentro de diez o quince años?

Los posibles escenarios que se barajan de la Singularidad pueden ser muy diferentes, según creamos que va a ser la relación del hombre con la tecnología. Todo depende de que creamos que las tecnologías siempre serán infraestructuras controladas por los humanos o que admitamos que, dado su crecimiento acelerado, su cada día mayor nivel de independencia y de autonomía, y el imparable crecimiento de su inteligencia, hagan que se conviertan en una superestructura capaz de compartir las decisiones con los humanos. Cabe otra posibilidad más pesimista frente a este proceso que parece irreversible: que las máquinas lleguen a no necesitar a los humanos y que seamos una especie prescindible. De hecho puede que no estemos tan lejos de ese escenario si pensamos que el género masculino, por ejemplo, desde la clonación de la oveja Dolly, es un género prescindible desde el punto de vista evolutivo. En otras palabras: a nivel de subsistencia, las mujeres hoy ya no necesitan a los hombres para asegurar la supervivencia de su especie.

En base a estas premisas, los grandes escenarios más factibles de la Singularidad, son los siguientes:

1) Los que creen en el desarrollo sostenible, un escenario en el que la tecnología será controlada por los humanos y el único peligro está en la utilización que se le dé. Para ellos bastaría con limitar, prohibir o controlar la utilización de la tecnología. Viendo lo que ha pasado a lo largo de la historia con el control de la tecnología, y cómo orientan los laboratorios farmaceuticos la investigación exclusivamente hacia el negocio y no hacia las necesidades reales de la humanidad, las perspectivas de esta opción parecen, cuando menos, muy pesimistas, máxime teniendo en cuenta el profundo deterioro de los valores morales que impera en la sociedad desarrollada actual.

2) Los que consideran que la Singularidad tecnológica hará que la tecnología iguale y supere a la inteligencia humana, surgiendo entonces una superinteligencia. Al igual que en el punto anterior, si esas máquinas han sido hechas por el hombre, dudo mucho que tengan y practiquen los valores morales que deberían prevalecer en nuestra forma de vida.

3) Hay quienes apuestan por el bioconservadurismo, es decir, que consideran que, puesto que las tecnologías se convertirán en una superestructura que será una amenaza para la especie humana, hay que hacer todo lo posible para impedirlo. Dentro de esta línea, que es como un cajón de sastre donde todo cabe, podemos ver desde posiciones fundamentalistas y extremadamente conservadoras, a reflexiones avanzadas y progresistas que defienden limitar el crecimiento de las tecnologías sin renunciar al componente de progreso real que conllevan (avances médicos, ecológicos, etc).

4) Por último están quienes creen en la sostenibilidad tecnológica, que ven a la tecnología como una aliada que pueda propiciar la aparición de una superinteligencia colectiva donde humanos y tecnologías cooperen por un futuro sostenible. Los que defienden la bondad intrínseca de la ciencia se enmarcarían dentro de esta tendencia.

Del mismo, según Vernor Vinge, modo hay cuatro formas de ver el resultado de esa Singularidad:

1) La aparición de una superinteligencia artifical que supera a la humana. Se trataría de una Inteligencia Artificial fuerte que considera que la consciencia es codificable (los estados mentales son algoritmos complejos), que se puede descargar del cerebro y copiada en soporte digital.

2) La creación de una superinteligencia colectiva en la que todos, máquinas y humanos, estén conectados. Una especie de internet que conduciría a un enorme cerebro global.

3) La fusión del hombre y la máquina a través de prótesis, implantes, etc. que trasciende a la propia humanidad y crea una superinteligencia híbrida. Es la fusión total entre hombres y máquinas.

4) Finalmente cabe la posibilidad de la superinteligencia biológica, compuesta por humanos “mejorados” a través de la bioingeniería, fundamentalmente a través de modificaciones genéticas. Se trataría también de una fusión entre el hombre y la tecnología, aunque no tan radical como la anterior.

Los riesgos que plantea la Singularidad son escalofriantes, máxime teniendo en cuenta los precedentes que tenemos de la utilización de la tecnología a lo largo de la historia. Se ha avanzado mucho en medicina, en comunicación, etc., pero también se ha avanzado enormemente en la sofisticación de las armas, en la contaminación del planeta, etc. Los riesgos principales podrían agruparse en dos: la mala utilización de la tecnología y la creación de una tecnología autónoma que se escape de nuestras manos y haga que las máquinas se construyan a sí mismas. Si hoy nuestras democracias ya no están gobernadas por los políticos que elegimos cada cuatro años, sino por esos seres sin rostro ni escrúpulos que se esconden tras lo que se ha dado en denominar “mercado” y a los que únicamente les mueve el afán de beneficio y la especulación, es aterrador pensar lo que nos espera con el desarrollo tecnológico que lleva a la Singularidad en manos de esta gente… o de las máquinas que han contribuido a crear.

Puede que el verdadero problema al que nos enfrentamos es que el crecimeinto tecnológico y el progreso científico no solo han superado a la filosofía y a la sabiduría como ha venido pasando a lo largo de nuestra historia, sino que ha llegado el momento, la verdadera encrucijada, en la que el abismo entre tecnología y sabiduría sea definitivamente irreversible. ¿Dónde puede llevarnos la Singularidad tecnológica sin un avance similar de la sabiduría, de la filosofía y de los valores morales que nos hacen ser seres humanos?

Para afrontar estos problemas lo que hay que hacer es intentar acercar, hacer converger, ciencia y filosofía, tecnología y sabiduría, ética y desarrollo. Son muchas las iniciativas de este tipo que se están llevando a cabo. En Silicon Valley, no podía ser de otra manera, han creado la propia universidad de la Singularidad: Singularity University. Si tienes tiempo no dejes de visitar su web, vale la pena: http://singularityu.org/.  Una de las  iniciativas más interesantes que conozco, sin embargo, no tiene nada que ver con todo eso. Es la que auspicia periodicamente el Dalai Lama, propiciando un encuentro entre  los científicos más relevantes del mundo en campos como la neurología, la biología, la genética, la física cuántica, etc. con filósofos y monjes budistas, intentando provocar ese punto de encuentro y reflexión conjunta que permita que afrontemos este inmenso desafío al que nos enfrentamos con alguna probabilidad, por mínima que sea, de éxito.

El futuro que se presenta con la Singularidad supone atravesar una frontera que nunca el hombre ha podido cruzar y que, quizá, no está preparado para cruzar: la de los límites de su propia biología. Es un fenómeno que cambiará por completo y para siempre a nuestra especie y al mundo tal y como hoy lo conocemos. Por primera vez nos enfrentamos a un dilema como este: dar o no dar el paso adelante que haga que, en el futuro, no seamos necesarios, que el futuro no nos necesite. Es un tema tremendamente importante, pero sin embargo, es un concepto del que muy poca gente habla, y del que la mayoría ni siquiera ha oido hablar. Nuestra percepción lineal del progreso científico nos hace ciegos a la verdadera realidad, la de que su crecimiento es exponencial e imparable.  Posiblemente estamos solo a 20 o 30 años de alcanzar la Singularidad. Las medidas a adoptar para afrontar los problemas que plantea deberían tomarse ahora, antes de que, quizá, ya sea demasiado tarde. Son muchas, infinitas, las posibilidades de hacer el bien que comporta, pero también son muchas, demasiadas, las de hacer el mal. Quizá sean tres las posturas principales a adoptar frente a la Singularidad: oponerse frontalmente a ella, por lo menos hasta que el hombre esté preparado para afrontarla con garantías de éxito, lo que parece una utopía ya que dificilmente se puede frenar y más aún detener el progreso científico; intentar mejorar genéticamente la inteligencia biológica, empeñándose en una carrera contra la no-biológica que, a priori, parece que está perdida de antemano; o bien, dejar que la Singularidad se produzca y ver adónde nos lleva, intentando controlar el uso de la tecnología y la capacidad de las máquinas para crearse a sí mismas, lo que supongo que es lo que acabará sucediendo. En cualquier caso, este es un tema que merece una profunda reflexión por parte de todos, y merecería una decisión extraordinariamente consensuada por todos, porque nos va a afectar irremediablemente a todos. Te dejo con el programa que Eduardo Punset le dedicó  hace tras años a Ray Kurzweil. Te aseguro que es apasionante, aterrador y apasionante…

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

Todas las entradas
Categorías
Clandestino en Facebook
Facebook By Weblizar Powered By Weblizar