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¿Existe la muerte?

¿Realmente existe la muerte? Nuestra sociedad está empeñada en negarlo, en que no pensemos en ella, en que le demos la espalda y nos pille cómo y cuando quiera, sin que hayamos podido siquiera plantearnos si nos gustaría prepararnos para cuando llegue ese momento, o cómo hacerlo. ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte, nombrarla, afrontarla? Hacemos peliculas de terror sobre ella o comedias de humor negro, pero rara es la vez que hablamos seria y pausadamente sobre ella.  Es un tema tabú. Nuestra sociedad ha construído un muro infranqueable para aislarnos individualmente de la muerte. ¿Os habéis dado cuenta de lo atípico que es que se publique el índice de suicidios de un país, o el de los ancianos que han muerto en sus casas en la más terrible de las soledades sin nadie que les acompañara? En nuestra sociedad la muerte es algo que solo les puede pasar a otros, a personas alejadas de nuestro mundo, a seres que no conocemos y cuya existencia o no existencia no afecta directamente a la nuestra. Son datos, estadísticas, alguna reseña en la crónica de sucesos si la muerte ha sido muy violenta… Cuando muere alguien cercano a nosotros nos consuelan diciendo que ha sido un accidente, que esa muerte es algo contra natura, o, por el contrario, si se trata de alguien muy mayor, que era algo inevitable. Cuando somos jóvenes todas las muertes son contra natura, son accidentales, porque la muerte, sencillamente, no existe. Cuando vamos creciendo y vemos morir a nuestros padres y a nuestros mayores, pensamos que es algo inevitable, que es “Ley de vida”, y nos resignamos a perderles. Y cuando, ya viejos, somos conscientes de que ya no quedan más mayores, de que los próximos somos nosotros, de que ha llegado nuestro turno, hemos tenido tanto tiempo para asimilarlo y son tantas las cosas y las personas que hemos perdido por el camino, que la muerte ya no nos asusta, y la aceptamos con resignación. Nos da miedo el dolor y el sufrimiento, pero no la muerte. Y en ese interín de todo esto que es la vida, hemos pasado por este mundo huyendo de la muerte, huyendo de pensar en ella, de hablar sobre ella, de estudiar sobre ella, de prepararnos para ella, sumergiéndonos, al hacerlo, en una absurda existencia de consumo, ocio e idiocia programada.

Si quieres podemos dejar que nos acompañe ahora una de esas canciones que acarician el alma, el Yesterday de los Beatles, interpretado por esa voz que nunca nos abandonará: la del inolvidable Ray Charles

A veces, simplemente vemos la muerte como una noticia más en los noticiarios. No deja de ser, generalmente, una fría estadística a la que, incluso, le cambian el nombre: 20 personas han “perdido la vida” este fin de semana en nuestras carreteras, suele ser una fórmula mucho más empleada que decir que han “muerto” en nuestras carreteras. No deja de ser curiosa esa expresión, “perder la vida”, como si la vida fuese algo que se pudiese perder o, a la inversa, encontrar. “Perder la vida” evoca, quizá, que nos la hemos jugado y hemos perdido la partida. Puede ser. Lo cierto es que jamás se emplea la expresión “encontrar” la vida, porque nadie encuentra la vida, como mucho intentamos darla, pero no sabemos ni a quién se la vamos a dar, porque simplemente nacemos, no elegimos a nuestros padres, como ellos tampoco pueden elegirnos a nosotros, al menos de momento. Y como nosotros, cuando no somos nada o somos simples espermatozoides, no tenemos consciencia de ser nosotros, aunque nos “encontramos” con la vida, no tenemos ni idea de por qué o cómo la hemos encontrado, y desde luego más tarde no nos acordamos de esa experiencia, así que dificilmente podremos hablar de “encontrar” la vida. Aunque me cuesta mucho entender que haya algo que se pueda perder, pero que no se pueda encontrar.

Quizá ese sentido de la pérdida podría ser el de la ausencia, lo que ya no tenemos… Pero ¿quién deja de tener? ¿el que ha muerto, el que “se ha ido”, o los que nos quedamos aquí lamentando su marcha? Desconocemos lo que hay más allá, no sabemos si hay algo o simplemente la nada más absoluta, así que referirnos a lo que ha perdido el que se ha ido no parece tener demasiado sentido si desconocemos lo que puede haber encontrado. Sólo las religiones hablan abiertamente de la muerte y pretenden no solo entenderla, sino también gestionarla a su manera y a su propia conveniencia. Según la mayoría, lo que hay más allá es un maravilloso paraíso cuya entrada nos la tenemos que ganar en nuestro paso por esta vida cumpliendo las rígidas y a veces ininteligibles normas que ellos proponen. Se convierten así en los porteros de ese paraíso que deciden quién puede y quién no puede entrar. Ni una sola religión nos plantea que el más allá tenga necesariamente que ser algo negativo, porque eso no sería atractivo, desde luego. El infierno, nos dicen, es para los que se lo han buscado durante su vida en la tierra. Jamás he entendido que alguien, persona o institución, pueda tener el control y el dominio del más allá, y menos aún que pueda tenerlo en exclusiva, en un regimen de monopolio absoluto. Nunca me han gustado los porteros que deciden quien entra y quien no, como tampoco me han gustado nunca los que pretenden imponer su concepción del mundo a los demás juzgando lo que está bien y lo que está mal, como si fuesen los únicos poseedores de la Verdad. Por eso no soy religioso, aunque sí me considero profundamente espiritual y me fascina el mundo de la mística, pero no el de la religión, el de ninguna religión. Solo el budismo, que más que una religión es una filosofía de la vida, en la que el único dogma es que no existen dogmas y en la que no se pide al hombre que siga unos preceptos enviados por Dios o por los dioses, sino que busque dentro de sí mismo para, dándose a los demás, superar el sufrimiento, crecer y evolucionar hasta llegar a la iluminación, es el camino que más me convence. Todas las grandes religiones, directa o indirectamente, han causado guerras y masacres a lo largo de la historia, todas excepto el budismo. Por eso puedo identificarme con muchos de los fundamentos de las diferentes religiones, pero no con las personas que las gobiernan y menos aún con quienes son capaces de emplear la violencia, cualquier tipo de violencia, para imponer sus creencias.

Dejando pues a un lado este inciso sobre el mundo de las religiones, donde la muerte sí ocupa un espacio preferente, resulta muy evidente que nuestra sociedad está orientada sistemáticamente a la negación de la muerte. No nos dicen que no moriremos, porque sería absurdo, pero nos distraen y nos alejan permanentemente de la consciencia de la muerte, y eso es suficiente para distraernos y alejarnos también permanentemenre de la experiencia de estar vivos, de la experiencia de la vida.  Basta con fijarse en los ideales que nos propone esta sociedad: juventud, salud, belleza… Justo los más alejados de vejez o enfermedad, que son las situaciones naturales que más nos aproximan a la muerte. Cuando estamos enfermos nos ingresan en hospitales donde se concentra el dolor y se aisla para que el resto de la sociedad no tenga que verlo.  Cuando nos hacemos viejos también corremos el riesgo de que nuestros queridos familiares se “apiaden” de nosotros internándonos en un asilo donde no molestemos y no se nos vea demasiado.  Ni siquiera se llama por su nombre a las enfermedades que tradicionalmente han sido más difíciles de curar: rara es la necrológica en la que nos dicen que fulanito ha muerto de cáncer, sino que siempre es una “larga y penosa” enfermedad la que “se lo ha llevado”.

Papá Noel o los Reyes Magos son los mitos que alimentan la imaginación del mundo infantil, unos mitos que los adultos nos empeñamos en pasar de generación en generación. La sistematica negación y ocultación de la muerte es el mito con el que esta sociedad pretende no ya alimentar nuestra imaginación, sino nuestro borreguismo, un mito que también es trasladado de generación en generación. Sólo cuando nos enfrentamos cara a cara con la muerte podemos replantearnos nuestra forma de vivir, cuestionarnos los fundamentos de la vida que llevamos o que nos obligan a llevar, darnos cuenta del absurdo de la mayoría de nuestras preocupaciones y prioridades, ver claramente que la única escala de prioridades que nos servirá cuando muramos no tiene nada que ver con la que creemos, o nos hacen creer. Ver a la muerte cara a cara y poder seguir viviendo es el mejor regalo que te pueden hacer, porque cambia por completo tu forma de percibir la realidad y de vivir tu vida. La mayoría de los estímulos con los que la sociedad nos aborrega ya no sirven para nada, porque no son más que unas marionetas a las que les hemos visto los hilos, hemos visto que no son reales, que la vida no está en ellas sino dentro de nosotros, y eso nos hace libres, y ser libres es uno de los mayores pecados que se pueden cometer en esta sociedad que solo quiere dóciles súbditos del todopoderoso dios mercado; esta sociedad donde los derechos del consumidor son más importantes que los derechos humanos; esta sociedad donde se confunde justicia con venganza y donde se jalean los asesinatos con banderitas y gritos patrióticos; esta sociedad que ha renunciado a vivir, al haber negado la propia existencia de la muerte.

Yo no sé lo que hay más allá de esta vida, desconozco lo que hay después de la muerte, pero he tenido la fortuna de encontrarme con la muerte cara a cara cuando, hace 3 años, sufrí un infarto agudo de miocardio. Al compartir mi experiencia con otras personas que también se han enfrentado a ella,  he podido constatar que somos muchos los que valoramos como un verdadero regalo la experiencia de esa nueva visión que tenemos de la vida, esa consciencia de saber que no tienes miedo a la muerte y que solo te llevarás de aquí lo que hayas dado… ¿Vida eterna, paraíso, reencarnación…?   No lo sé. Un monje tibetano me explicó la teoría de la reencarnación de una forma en que la entendí muy bien. Me habló de una vela. Nosotros somos la llama, me dijo, el fuego,  esa llama que está encendida, y nuestro cuerpo es la cera, el cuerpo de la vela que va consumiéndose poco a poco hasta extinguirse. Antes de que se acabe la vela y se apague definitivamente la llama, encendemos otra vela con nuestra llama. La nueva llama empieza a arder, a vivir, y sigue siendo la nuestra, la que le ha dado el fuego, esa nueva llama seguimos siendo “nosotros”.  No así la cera, el cuerpo de la vela, nuestro cuerpo, que se ha consumido y ha quedado atrás.  Al ser esa nueva llama ocupamos un nuevo cuerpo… Es una visión muy alentadora eso de que en el momento de nuestra muerte podamos “encender” otra vida, le dije. Sí, me contestó, pero no olvides que Budha dijo que es más fácil que una tortuga que está en medio de la inmensidad del océano saque la cabeza para respirar dentro de un único aro de madera que flote en el agua, que nos volvamos a reencarnar en un ser humano, y me dió un consejo que siempre he tratado de seguir: aprovecha esta vida que tienes, tu aquí y tu ahora, para crecer…

Quizá nada mejor para acabar esta entrada que escuchar las palabras sobre su forma de ver la vida y la muerte de Raimon Panikkar, uno de nuestros más grandes sabios y excelente persona, que murió hace pocos meses. Escucharle es un verdadero privilegio. Todo en él es paz, es bondad y, sobre todo, es sabiduría…

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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