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Eleni Karaindrou, la voz de la vida…

Esta entrada está dedicada a una compositora excepcional: Eleni Karaindrou. Su música es un suave fluir hacia la belleza que siempre hay más allá del dolor y del sufrimiento. Es un río de aguas tranquilas y transparentes que nos lleva, de remanso en remanso, a lo largo de ese viaje sin retorno que es la vida. Sumergirse en ese río, dejarse llevar por esas tranquilas aguas, es una experiencia sensual y mística. Todo en la música de Eleni Karaindrou es belleza, armonía, poesía… y silencio.

Uno de sus temas, “By the sea”, es el que escogí como la que habría sido la sintonía de “La placenta del Universo” cuando, antes de ser este blog, era un proyecto de programa de radio que jamás llegó a emitirse, ese proyecto cuyo programa piloto tenéis en la primera entrada de este blog (Unas palabras de bienvenida). “By the sea” pertenece a la Banda Sonora Original de la película “La eternidad y un día”, de Theo Angelopoulos.

El nombre de Eleni Karaindrou ha estado siempre ligado al de Theo Angelopoulos, ya que ha compuesto la Banda Sonora Original de una decena de sus películas. Pocas veces se da una comunión tan perfecta entre la sensibilidad de un compositor y la de un director a lo largo de casi treinta años. Sin duda una de las más conocidas es la de “La mirada de Ulises”. Un violín repite suavemente ese bello canto del alma que, más allá de la nostalgia, la melancolía o la tristeza, atraviesa el aire para llegar a lo mas hondo de nosotros. Son muchos los sueños y los recuerdos que nos trae  ese desgarrado susurro de libertad. El diálogo entre el violín y el acordeón parece esconder un universo donde pueden habitar todos los secretos…


Nacida en Teichio, una pequeña aldea montañosa griega, en 1939, tras haber estudiado arqueología, historia y composición musical en Atenas, se trasladó a París para estudiar etnomusicología y orquestación. Su trabajo se ha centrado, casi siempre, en la creación musical para el cine y el teatro, campo en el que ha colaborado con genios de la talla de Harold Pinter. Músicos como Jan Garbareck suelen acompañarla en sus interpretaciones. El mundo de la ópera también la ha atraído con fuerza, habiendo compuesto una sobre el mundo de la tragedia griega: Las troyanas . En 1984 conoce a Angelopoulos e inicia esa fabulosa carrera musical que la ha llevado a crear algunas de las Bandas Sonoras Originales más bellas de la historia del cine. Su música y las imágenes de Angelopoulos forman un uno indisoluble, un uno donde viven la luz del crepúsculo y la del amanecer, la de la niebla, la de la noche y, sobre todo, esa luz atávica que nace en nuestro interior y que ilumina nuestro eterno viaje entre el nacer y el morir.

 “Refugiado”, uno de los temas principales de la Banda Sonora Original de la película “El paso suspendido de la cigüeña” resume perfectamente la simbiosis entre la música de Eleni Karaindrou y las imágenes de las películas de Theo Angelopoulos. Dejarse llevar por el hipnóptico movimiento de la música y el suave fluir de la imágenes es aceptar la invitación a recorrer los poblados paisajes de nuestra memoria más lejana.

Escuchar los acordes de la B.S.O. de “The weeping meadow” es abrir los brazos y estirarlos con fuerza al despertar, es querer volar, es sentirse pájaro, es saber que somos un pájaro alzando silenciosamente el vuelo sobre la escarcha de la mañana, recorrer desde el aire el paisaje con la mirada limpia y clara, extender las alas para dejarse llevar por el viento hacia esas cumbres desde las que nos llega el olor de la hierba recién cortada, los aromas del jazmín, del cedro y del incienso, esos aromas que acompañan el viaje hacia el origen, hacia las raíces, ese bello regreso a lo que somos…

Los temas que Eleni Karaindrou compuso para “El viaje a Cythera”, su primera colaboración con Angelopoulos, reflejan perfectamente lo que para ella es la música que recuerda de su infancia: ” La música del viento, la que hacía la lluvia sobre los cristales, sobre los techos de teja y el agua corriendo. El canto del ruiseñor y el silencio de la nieve. Recuerdo las voces polifónicas de las mujeres de mi pueblo que cantaban mientras recogían el maíz con sus hijos a sus espaldas contando estrellas. Todavía puedo recordar las melodías bizantinas que se tocaban en la iglesia y las voces de los hombres que las cantaban…”


Para despedirnos ahora de Eleni Karaindrou nada mejor que escuchar uno de sus temas más bellos: “Adagio”. Su suave tempo y su dulce compás nos transportan, a través de la soledad y de la profundidad mística del silencio, a un lugar oculto a veces por la niebla del olvido, o por el infranqueable y negro muro de las urgencias y las prisas. Es un lugar que vive en lo mas hondo de nosotros, un lugar donde el agua corre lentamente; donde los bosques crecen verdes y libres; donde se escucha la levedad de la nieve al caer; donde un suave viento acaricia las hojas de los árboles y les hace cantar; donde vemos pasar los rayos del sol en linea recta; donde el aire huele a tomillo y a flores; donde el mar susurra su eterna cancion, esa que habla de tí y de mí, y de todo lo que habríamos podido y aún podemos ser; donde duermen los misterios sin tiempo del mundo, y donde, si aprendemos a escuchar,  se puede escuchar una única voz: la voz de la vida, que grita nuestro nombre.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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