General Pintura

Edward Hopper, ¿de qué color es la soledad…?

La pintura de Edward Hopper siempre me ha fascinado, especialmente desde que tuve la suerte de ver la impresionante exposición que organizó en Madrid la Fundación March a finales de 1989. Son tantas las cosas que me atraen de su pintura: la tremenda sensación de soledad y aislamiento que transmiten todos sus cuadros, la utilización del color, de la luz, de la estructura, del trazo y de la forma para transportanos a ese universo personal y mágico en el que habitan todos los personajes que pasan por sus cuadros, porque esa es la imagen que transmiten sus figuras, la de ser gentes de paso, los Willy Lomans de la vida. Todo en la pintura de Hopper está orientado a invitarnos a entrar en ese paraíso de los sueños rotos que fue el despertar del sueño americano. Bajo el aparente realismo de sus cuadros subyace un simbolismo casi cinematográfico que va calando en el alma del espectador, un espectador que se siente profundamente impactado por la terrible experiencia de la soledad que ve reflejada ante él y que él conoce tan bien…

Si quieres, la voz de Leonard Cohen y Suzanne, su inolvidable himno a los solitarios, puede ser una buena compañía a partir de ahora…

Nacido a finales del siglo XIX en una familia acomodada que nunca se opuso a su vocación de artista, Hopper estudió pintura y artes plásticas en la New York School of Art, donde acabó impartiendo clases. Su primer viaje a Europa, a París concretamente, le marcará para siempre: “La realidad americana me pareció muy dura y terriblemente cruda; me llevó diez años sobreponerme a mi regreso de Europa”. Manet, Pisarro, Monet o Tolouse-Lautrec son algunos de los pintores que marcan su pintura, aunque, por encima de todos, quien más le influye es Goya, de quien aprende que los paisajes y los personajes que pinta representan también la propia realidad interior del pintor, una realidad que, para vivir, necesita ser compartida.

Todos sus cuadros suelen tener estructuras muy lineales, con una cuidada composición geométrica y un nihilismo latente muy adelantado a su época. A través de grandes áreas de color o de elementos arquitectónicos introduce las líneas verticales, horizontales y diagonales que marcan todos sus cuadros. Sus paisajes interiores están habitados por el vacío, por la soledad, por el frío y, sobre todo, por el silencio, ese silencio que ahoga las voces y los desgarrados gritos de un mundo que desaparece irremisiblemente. Ante nosotros aparece reflejado el estado de ánimo de un mundo agonizante, de una sociedad destruida por el aislamiento del egoísmo y la falta de comunicación. Nadie habla con nadie. Sus personajes no se dicen nada, porque nada tienen ya que decirse, si es que lo tuvieron alguna vez. Eso es lo aterrador, encontrar a seres humanos que habitan este mundo sin tener nada que decir, nada que compartir.  Son naúfragos, seres desterrados, seres sin universo, sin rumbo y sin hogar. Les vemos en la habitación de un hotel, pensativos, cabizbajos, sumidos en ese terrible silencio que es su único lenguaje. No hay felicidad en sus rostros. No la puede haber. Ni alegría. Ni sonrisas. Su vida no es más que una espera, una terrible, solitaria y sempiterna espera.

Hopper conoce bien a todos los Willy Loman de este mundo, por eso los elije para pintarlos. Sabe que pueden ser hombres, y también mujeres, porque para él el universo de la mujer puede estar tan seco y vacío como el de los hombres, víctimas, como ellas, del sinsentido de una sociedad que renunció al sueño de la  libertad por la pesadilla de la seguridad. Los paisajes urbanos de Hopper son los paisajes del desierto en que hemos convertido el mundo en que vivimos. Calles solitarias, bares solitarios, hoteles solitarios, corazones solitarios…

La utilización de la luz y del color, siempre fríos, para resaltar esa sensación de vacío y soledad es uno de los recursos más recurrentes en la pintura de Hopper. Su universo está poblado de negros, grises y azules. Sus personajes también. Sólo en sus paisajes marinos la luz del sol y la intensidad  azul del mar parecen empeñarse en dar vida a unos seres que siguen aislados en su descarriado viaje por el mundo. Hopper es consciente de que el mundo interior del artista aparece ya en sus primeras obras y que luego su arte y su tecnica pueden ir perfeccionándose, pero no hará más que crear variaciones sobre un mismo tema:” En el desarrollo de todo artista siempre se encuentra el plan de la obra futura ya en la obra primeriza. El núcleo en torno al cual el artista levanta su obra es él mismo; es el yo central, la personalidad o como se la quiera llamar, y esto apenas cambia desde el nacimiento hasta la muerte. Lo que una vez fue el artista , lo es siempre con leves variaciones. Los vaivenes de las modas en relación con los métodos o los temas le cambian poco o nada.”

La  influencia que Hopper ha ejercido sobre la cultura occidental ha sido extraordinaria. Uno de sus cuadros más conocidos, ” Los halcones de la noche”, ha sido utilizado una y mil veces sustituyendo incluso a sus solitarios personajes por iconos cinematográficos como Humphrey Bogart o James Dean, televisivos como los personajes de los Simpsons, o cinematográficos como los de “La guerra de las galaxias”. Otro de sus cuadros más famosos, “Casa junto a las vías del tren”,  fue utilizado por el mismísimo Alfred Hitchcok para diseñar el tétrico hotel de Norman Bates en “Psicosis”. Viendo el cuadro de Hopper y la terrible sensación de soledad y desasosiego que sugiere esa casa se entiende perfectamente que Hitchcok la escogiera como modelo. La estructura del cuadro es sorprendente ya que Hopper interpone entre el espectador y la casa una vía de ferrocarril que separa ambos mundos. Frente a la solidez de esa casa, Hopper antepone la idea de la ligereza del viaje, de que todo es pasajero… porque nosotros mismos estamos de paso. El estilo arquitectónico de la casa y su propia ubicación, en medio de la nada y con una entrada principal que da a la vía del tren, sugieren que es anterior a la construcción del ferrocarril, lo que le da al cuadro ese aire de fantasma solitario empeñado en vivir anclado en un tiempo que ya no ha de volver… Algunas de las ventanas todavía están abiertas, la mayoría ya cerradas. Otras peliculas, como “Matar a un ruiseñor”, también han diseñado sus decorados tomando como referencia los cuadros de Hopper. El propio estilo de Hopper, su particular forma de utilizar la luz y su manjeo del ángulo de visión son, muchas veces, un lenguaje que es muy próximo al cinematográfico y al teatral.

La soledad de la mujer que comentaba antes es algo de la pintura de Hopper que me ha impactado profundamente. Uno de sus cuadros más famosos, “Cine de Nueva York”, refleja perfectamente la soledad del mundo en el que vivimos. En la semioscuridad de una sala de cine vemos la solitaria figura de una acomodadora apoyada en la pared bajo la luz de un pequeño aplique. Está totalmente absorta en sus pensamientos ajena a todo lo que ocurre a su alrededor. El tono amarillento de las paredes hace destacar el intenso azul del uniforme que lleva. También vemos sus ribetes rojos y sus altos zapatos de tacón. Ella parece estar en otro mundo mientras los espectadores, a los que vemos de espaldas mirando la pantalla, permanecen aislados y absortos ante lo que pasa en ella. La luz en blanco y negro de la película que proyectan ilumina la sala. Ella no mira la película. Es la única que no lo hace. Quizá porque ya la ha visto, o quizá porque sabe que, como en la caverna de Platón, lo que esos espectadores están viendo no es la vida real, sino su sombra. Son muchas las referencias a Platón que podemos encontrar en los cuadros de Hopper, como el libro abierto que tiene junto a él el solitario personaje que está sentado en la cama junto a una mujer dormida en “Excursión a la filosofía”. El propio Hopper dijo en alguna ocasión que el ser humano ha estado releyendo a Platón, pero que lo ha hecho tarde en su vida, demasiado tarde. ¿Qué hace ese hombre vestido y calzado sentado con el libro junto a él dando la espalda a la mujer semidesnuda que está tendida en la cama?, ¿Por qué está ella casi desnuda y él vestido?, ¿Por qué tienen la ventana abierta?, ¿Por que no hablan?, ¿ Por qué ni se miran?, ¿Dónde está la ropa de ella?, ¿Qué queda del desnudo de él?, ¿Son amantes?, ¿Lo habrán sido alguna vez?, ¿Dónde han ido todos sus sueños…?

Los personajes de Hopper viven perdidos en medio de ninguna parte, una ninguna parte que nos resulta muy cotidiana y familiar y a la que, precisamente por eso, raramente hacemos caso. Todos parecen estar esperando que pase algo ¿El qué? Eso poco importa. Son muchos los que han convertido su vida en espera, en solitaria, triste y callada espera. Nunca les pasa nada. Poco les importa. Ellos siguen esperando, hasta que llega un día en que mueren… La vida es viaje, no es espera, eso es lo que nos grita Hopper desde sus cuadros: “Lo más importante para mí es la sensación de estar de paso. Descubriendo la intensa belleza de todas las cosas cuando estás viajando, cuando tu vida se transforma en una especie de película”. Para Hopper lo importante no es pintar lo que ve, sino la imagen que él tiene de lo que ve: “Es muy bueno representar lo que se ve. Es muchísimo mejor representar lo que uno tiene guardado en la memoria. Es una transformación en la que trabajan juntas la capacidad imaginativa y la  memoria. Solo se reproduce lo que es apremiante, es decir, lo necesario. Así que el recuerdo propio no es otra cosa que el hallazgo liberado de la tiranía que ejerce la naturaleza.”

Las casas que aparecen en los cuadros de Hopper siempre están llenas de ventanas, ventanas a través de las que pasa la vida,  por las que entra el aire y por donde se cuela la luz que ilumina el desolado mundo de los personajes que habitan en ellas. Son ventanas que siempre están abiertas. Son personajes que siempre están cerrados. Es a través de esas ventanas por donde los personajes de Hopper viven su vida y donde Hopper aprovecha para romper los trazos rectilíneos que les encierran, dejando que unos visillos, casi siempre blancos, sean aireados por el viento para hacer sentir al espectadoresa bocanada de aire fresco que es la vida.  La pintura de Hopper es una terrible metáfora del mundo que hemos construído, un mundo  de silencio y de soledad que Hopper conoce bien y contra el que se rebela,  porque para Hopper,  “el arte importante es la expresión exterior de la vida interior del artista, y esta vida interior tendrá como resultado su visión personal del mundo…” Viendo los cuadros de Hopper nos transformamos en voyeurs de ese para siempre roto sueño americano.

A lo largo de toda su vida Hopper utilizó siempre un único modelo femenino:  su mujer, Jo. Pintora como él, existía entre ellos una complicidad absoluta al tiempo que una sana rivalidad en la tranquila vida que, sin sobresaltos de ningún tipo, viveron en el Village de Nueva York. A lo largo de toda su obra vamos viendo el paso del tiempo en esa mujer que le ha acompañado siempre. Lo irónico del caso, además, es que el último cuadro que pintó Hopper, en 1965, muestra a dos cómicos saliendo a saludar desde el proscenio despidiéndose de los espectadores, y que esos dos cómicos que parecen reirse del mundo al que le están diciendo adiós no son otros que el propio Hopper y su  mujer.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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