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Brel, ne me quitte pas…

Hace ya más de treinta años que un maldito cáncer de pulmón se llevó a este belga loco, soñador y pasional irreverente. Ese cáncer se llevó a un ser excepcional y nos robó un precioso paraíso de canciones que ya jamás se escribirán. Tenía 49 años. Pocos han vivido tanto como él. Uno de sus temas, “Ne me quitte pas” (No me dejes), es, posiblemente, una de las más bellas canciones de amor que se han escrito jamás. Brel supo desnudar su alma, quitarse todas las corazas, para entrar en nuestra vida con la fuerza de un luchador sin remedio de las causas perdidas, de todas esas causas que nos hacen mantenernos vivos. El cantó al amor y a la utopía del amor, transformó el dolor en belleza, la amargura en poesía y, sobre todo, nos enseñó que no estamos solos cuando recorremos el camino de la vida. Todo lo que, en un momento u otro, nos pasa, está escrito en la letra de alguna de sus canciones, una letra que es una carta de amor que, desde dondequiera que esté, Brel sigue escribiendo cada mañana, porque Brel no ha muerto, sigue vivo en todo el que ama, en todo el que sufre, en todo el que comparte una amistad, en todo el que lucha por conseguir un mundo mejor, en todo el que se rebela ante la injusticia y da un valiente paso al frente para combatirla, en todo el que sabe que vivir es amar y que amar es comprometerse. Su canción más famosa era un desgarrado grito pidiendo que no le dejasen. Brel nunca nos dejó.ciones que había empezado a componer en 1952.

Nacido en 1929 en la pequeña comuna belga de Schaerbeek, al norte de Bruselas, pronto abandonó el refugio del negocio familiar siguiendo un irrefrenable impulso de libertad que le llevó hasta París donde, de cabaret en cabaret, cantaba las canciones que había empezado a componer en 1952. Brel lo había hecho todo rápido:  casarse  con 21 años, ser padre a los 22… Las responsabilidades familiares y el escaso entusiasmo que su entorno familiar había mostrado por sus canciones no le desalentaron y jamás dejó de luchar por abrirse camino con su guitarra y su apasionada forma de cantar.

Aquí te tenéis cantando “Amsterdam”, una de sus más bellas y desgarradas canciones sobre la vida en el puerto de Amsterdam, un puerto que, como el mundo, ve deambular de aquí para allá a marineros borrachos hambrientos de putas que, entre tormenta y tormenta, apuran de un trago sus vidas.

Brel fue, por encima de todo, un hombre honesto que siempre cantó sin tapujos ni mentiras. Cantó al amor, a los perdedores, a la muerte, a la vejez, se rió de los burgueses, nos habló de su país, ese país llano en el que las catedrales son las únicas montañas… y cantó a la amistad, a la verdadera amistad. A la muerte de Jojo, su mejor amigo, le compuso esta canción, una canción que habla de una amistad que, como todo lo verdadero, trasciende a la muerte y que, entre otras cosas, dice “A seis pies bajo tierra tú no estás muerto, Jojo. Esta noche, como cualquier noche tú y yo volveremos a nuestras guerras: tú reharás Saint-Nazare y yo volveré a hacer el Olympia. Al fondo del cementerio, Jojo, hablaremos en silencio de esta juventud vieja. Los dos sabemos que este mundo languidece por falta de imprudencia…”

Brel era un humanista, un ser polifacético enamorado de la vida que no aguantaba la indiferencia y el estúpido egoísmo del mundo que le tocó vivir. No quiero ni pensar lo que habría sufrido viendo un mundo como el nuestro. “No me gusta la gente idiota. La idiotez es simplemente pereza. La idiotez es un tío que vive y se dice, ya tengo suficiente. Vivo, me va bien, es suficiente. Es ése que no mueve el culo y por las mañanas no se dice a sí mismo que no es suficiente, que aún no es suficiente, que aún no he visto suficiente. La idiotez es una especia de capa de grasa alrededor del corazón y del cerebro.”

Brel siempre fue un devorador de la vida, un hombre comprometido con su tiempo y con su mundo, un hombre que creía en sí mismo porque creía que “el talento son las ganas de hacer algo” y que se atrevía a arriesgarse, a jugárselo todo a una carta, enfrentándose a sus miedos: “Un hombre que no tiene miedo, no es un hombre, lo importante es asumir. Los que tienen miedo son aquellos que no asumen su miedo”.

En 1966, siendo uno de los cantautores más importantes de Europa, decide abandonar la canción “porque estaba en el momento en el que se empieza a engañar”. Esa fue, quizá, una de sus más grandes virtudes: la de la coherencia y el compromiso consigo mismo. Era un hombre que lo daba todo, un hombre para el que no existían medias tintas, ni aguas calmas. Si había que jugársela se la jugaba, todo menos mentirse a sí mismo. El 16 de mayo de 1967 dio su último recital. A partir de entonces enfocó su carrera y su vida, pues para él eran lo mismo, hacia el mundo del cine y el teatro. Trabajó como actor y también como director. Entre las películas en las que trabajó destacan “Les risques du métier”, “Mon oncle Benjamin” y el musical “L´homme de la Mancha”, que también dirigió. Aquí le podéis ver en algunas secuencias pertenecientes a esa época.

Sus canciones han sido y son versionadas por cientos de intérpretes en todo el mundo, desde Frank Sinatra a David Bowie, y su influencia sobre los cantautores españoles ha sido enorme: Serrat, Sabina, Aute… todos han bebido de él. Sus canciones son verdaderos himnos al amor, a la libertad y a la vida, himnos para los que no pasa el tiempo porque cantan los temas universales del hombre, y lo hacen desde la única forma en que se pueden cantar: desde la verdad. Su primer éxito, de 1956, fue precisamente una canción de amor: Quand on n´a que l´amour (Cuando solo se tiene el amor), y es un claro exponente de la que siempre fue su forma de cantar y de decir.

En 1973 Brel decidió dar un nuevo giro a su vida y lo abandonó todo para irse a vivir a la isla de Las Marquesas, en la Polinesia Francesa, donde se dedicó a navegar en el “Askoy”, su velero, y  a vivir en pleno contacto con la naturaleza paradisíaca de los mares del Sur. En 1977 regresó a París para grabar el que sería su último disco, un disco que se agotó a las pocas horas de ponerse a la venta. Su estado de salud era ya muy precario. De hecho una de las canciones de ese disco, Les Marquises, solo pudo grabarla una única vez. En cuanto terminó la grabación regreso a la Polinesia. Pocos meses después, en octubre de 1978, el cáncer le mató en París. Su cuerpo fue enterrado en Autona, Hiva Oa, Islas Marquesas, junto al de otro genio irrepetible: Paul Gauguin. Nada mejor para acabar esta entrada que hacerlo con ese himno universal al amor que él nos enseñó a cantar: Ne me quitte pas… Jacques

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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