General

Padres…

Nadie nos enseña a ser padres. Vemos el ejemplo de los nuestros en ese pequeño microcosmos familiar que forma nuestro universo. De ellos aprendemos muchas cosas, las que nos enseñan o las que vamos descubriendo por nosotros mismos. Les miramos y les observamos a lo largo de nuestra vida. En nuestra infancia lo son todo: la primera caricia y el primer beso junto a un sinfín de biberones, baños, papillas y juegos forman todo nuestro mundo. Llega un día en que, de repente, pasamos la mayor parte de nuestras horas entre unas paredes desconocidas que nada tienen que ver con nuestro hogar. Allí nos encontramos con otros niños que, atónitos y aun asustados, buscan también a sus padres tras la figura del único adulto al que ven: el maestro. “Hasta luego” o “Hasta la tarde” no significan nada para nosotros, porque el tiempo no existe, para nosotros todo es eternidad. Al caer la tarde, sin embargo, se abre una puerta altísima, la puerta de la libertad y, tras ella, reconocemos de inmediato la figura de nuestra madre, y la de nuestro padre algunas veces. Les vemos allí, rodeados de otros padres, alzando sus brazos para saludarnos con aquella sonrisa que tanto necesitamos. El reencuentro es intenso y emotivo, el abrazo eterno. Son tantas las cosas que necesitamos contarles, y tanta la prisa para que nos saquen de allí para llevarnos de nuevo a ese añorado hogar que es nuestro universo. Volvemos a sentir su calor, su olor, todo aquello que, hasta esa misma mañana, había sido nuestro mundo.

Quizá ahora, si quieres, podemos invitar a Cat Stevens para que nos acompañe con una vieja canción que, aunque de otra manera, también habla de todo esto: Father&Son

El tiempo, como la vida, no se detiene y vamos creciendo sin darnos cuenta. Nuestros padres pasan a ser entonces los superhéroes que nos protegen y defienden de todo mal: la oscuridad de la noche, el compañero pendenciero de la escuela que nos ha partido un labio, aquel dichoso jeroglífico al que llaman abecedario y que tanto se nos resiste… Nos cuentan todo porque todo lo saben. No importa lo difícil que llegue a ser la pregunta que les hacemos: ellos siempre tienen la respuesta. No puede haber nadie más perfecto que ellos. Años más tarde empezamos a descubrirnos a nosotros mismos. El primer amor, el primer desengaño… Y ellos están allí, ayudándonos a comprender ese mundo nuevo de sensaciones que se abre ante nosotros. De niños nos tendieron esa mano amiga que nos ayudó a dar nuestros primeros pasos. Ahora es su corazón el que nos habla y nos ayuda a seguir adelante. Siguen siendo nuestro refugio perfecto, ese útero cálido y seguro donde no puede entrar ningún peligro.

Pero el tiempo sigue pasando y nuestro yo va creciendo. Ya no cabe en ese útero virtual en el que habíamos vivido hasta entonces. Ya no les miramos buscando una respuesta sino que empezamos a buscarla en nosotros mismos y, poco a poco, vamos identificando los primeros defectos de nuestros padres. Sin saber cómo o por qué, aquellos superhéroes pasan a ser seres humanos. Todo lo que antes eran maravillosas virtudes pasan a ser, irremediablemente, monstruosos defectos. Al principio nos avergonzamos de que vengan al colegio y de que nuestros nuevos amigos les vean. No hay mayor vergüenza que la de recibir un beso de ellos en público. Somos mayores y ya no necesitamos sus besos, sus caricias… ni su presencia. Luego queremos apartarlos de nuestro nuevo mundo, no queremos que entren en nuestra habitación, que sepan lo que hacemos o dejamos de hacer, que sepan con quién vamos o dejamos de ir… Aquellos invencibles guardianes del mundo de nuestra infancia pasan a ser los temidos carceleros del de nuestra adolescencia. Pero no son ellos los que han cambiado, sino nosotros, aunque no nos hayamos dado cuenta…

La travesía de ese desierto dura varios años, varios años de discusiones y silencios, de rencores y malentendidos… pero llega un día en que, sin saberlo, todo cambia y ese juez implacable que todo lo condena sin siquiera juzgar que llevamos dentro deja paso al ser humano en que nos hemos convertido. Empezamos a ver y a escuchar, a entender y a comprender, empezamos, al fin, a conocer, a respetar y… a amar. Nuestros padres pasan a ser personas normales, cargadas de defectos y virtudes, que solo se diferencian de nosotros en una cosa: para ellos nosotros somos lo más importante de su mundo y eso es algo que no entendemos hasta que también nosotros somos padres y nos vemos haciendo todo lo que ellos hicieron, incluso lo que siempre pensamos que jamás haríamos.

Decía al principio que nadie nos enseña a ser padres, pero ahora veo que quizá me equivocaba. Ellos son nuestros mejores maestros. Lo que sí es cierto es que toda nuestra cultura enfoca este tema desde la perspectiva del hijo y no desde la del padre. Nuestra Historia está repleta de ejemplos. El Nuevo Testamento, incluso, está escrito desde esa perspectiva: sabemos lo que dijo Jesús, quizá lo que llegó a sentir… pero nada sabemos de lo que sintió su Padre. Es uno de los grandes silencios de nuestra civilización. ¿ Qué debió sentir al ver sufrir a su hijo como lo hizo?, ¿Qué desgarro interior al no evitar aquel sufrimiento pudiendo haberlo hecho?, ¡Qué soledad la de su dolor!… ¿Por qué no hay una sola línea que hable de todo ello? Y qué decir del dolor de una madre. De la Virgen no nos llegan más que referencias, alusiones veladas o pequeños comentarios. Tampoco nos hablan de sus alegrías, de la íntima satisfacción que, como madre, debió sentir al ver crecer a su hijo, al verle vivir, al escucharle… Y de San José, el santo patrón de los padres, ya ni hablamos, porque, sobre lo que pudo haber hecho o sentido en la Biblia, no se dice absolutamente nada, es un perfecto desconocido, un autista sentimental, como muchas veces lo son nuestros padres para nosotros. Pero no es muy diferente lo que pasa en otras culturas. En el budismo, por ejemplo, conocemos la vida y la experiencia de Sidhartha Gautama, Buda, pero es muy poco, prácticamente nada, lo que de verdad sabemos de su padre. Los sentimientos de los padres, su mundo interior, es algo que, para nuestra cultura, sencillamente no existe.

A veces es a las personas a las que tenemos más cerca a las que menos conocemos. Creemos conocerlas, estamos convencidos de que las conocemos perfectamente porque conocemos sus costumbres, lo que van a decir o a callar, lo que van a hacer, lo que les gusta y lo que no… y, sin embargo, son unos perfectos desconocidos para nosotros, porque poco o nada sabemos de su verdadero mundo interior, ése donde habitan sus sueños, sus recuerdos, sus amores, sus anhelos secretos, sus más profundos sentimientos, su vida,  su verdadera vida… Nuestra cultura, nuestra civilización y nuestro mundo se basan en sólidos pilares que esconden y silencian los sentimientos de nuestros padres, quizá por ello nos sorprenda, a veces, darnos cuenta de que nuestros padres también sufren, sienten, se emocionan y, sobre todo y por encima de todo, aman…

ETIQUETAS
RELATED POSTS
Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

Todas las entradas
Categorías
Clandestino en Facebook
Facebook By Weblizar Powered By Weblizar