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¡NO A LA GUERRA!

El ataque a Libia por parte de USA, Francia, Reino Unido y España entre otros, bajo el amparo de la resolución 1973 de Naciones Unidas, es uno de los mayores ejercicios de hipocresía y cinismo de la Historia. Invadieron Afganistán diciéndonos que iban a capturar al temido Bin Laden. Llevan diez años allí, son miles los civiles afganos inocentes asesinados y nadie habla ya de Bin Laden; Invadieron Irak vendiéndonos que Sadam Husein tenía peligrosísimas armas de destrucción masiva que, sin duda, estaba dispuesto a emplear contra todos nosotros. Llevan ocho años allí, son miles los civiles iraquíes inocentes asesinados, y nadie habla ya de las famosas armas de destrucción masiva, que jamás existieron. Irak es uno de los principales productores de petróleo y por Afganistán pasan todos los gaseoductos que traen el gas de Rusia. Ni Bin Laden, ni Sadam Hussein, ni las armas de destrucción masiva: les invadieron por disponer de esas riquezas minerales o geoestratégicas y por tener unos dirigentes que no se plegaron fácilmente a los designios de las grandes potencias occidentales.

Libia es otro de los mayores productores mundiales de petróleo (y cuenta con una de las mayores reservas de agua potable del mundo), y está gobernado por Muamar el Gadafi, un militar excéntrico que nunca ha claudicado fácilmente a las exigencias de los países occidentales.  ¿Qué hacer con Libia, un país creado artificialmente por las potencias coloniales europeas gobernado por ese coronel excéntrico y sanguinario que ha pisoteado los derechos humanos durante los 40 años que lleva en el poder? A lo largo de estos años se ha atentado contra él, se ha bombardeado su palacio (lo hizo la aviación norteamericana en el época del cowboy Ronald Reagan), se le ha crucificado en los medios de comunicación occidentales y se le ha impuesto un severo embargo. Ninguna de estas medidas surtió el efecto que los dueños del mundo deseaban y Muamar el Gadafi ha seguido sentado en su poltrona desafiando el orden mundial establecido. Hartos ya de no poder con él, optaron finalmente por cambiar su estrategia y durante los últimos años han levantado el embargo y no han parado de agasajarle. Sarkozy le ha impuesto la Orden de la Legión de Honor, Berlusconi le ha recibido con todos los honores permitiéndole plantar su haima en medio de Roma y aquí le han recibido con los brazos abiertos Aznar, el Rey y José Luis Rodríguez Zapatero.

Pero hete aquí que estalla la primavera árabe y las revoluciones se abren paso derrocando a las caducas dictaduras de Túnez y Egipto. Las potencias occidentales, cogidas totalmente por sorpresa, no supieron reaccionar a tiempo en Túnez y no tuvieron más remedio que permitir que el pueblo tunecino, que había tomado las calles de forma no violenta, acabase con la dictadura de Ben Alí, el dictador títere agasajado y amamantado por la Comunidad Europea y los Estados Unidos durante décadas. En Egipto tampoco tuvieron tiempo de reaccionar porque les sorprendió que el ejército dejase en la estacada al dictador Mubarak (también agasajado y amamantado por Occidente durante décadas) al no reprimir violentamente la revuelta pacifista del pueblo egipcio. Tanto en Túnez como en Egipto murieron centenares de manifestantes, pero ni el pueblo tunecino ni el egipcio tomaron las armas, sino que se defendieron de forma no violenta. Todo el mundo miró esperanzado aquel ejemplo de lucha pacífica de esos pueblos por la libertad y la dignidad.

¿Qué pasaría entonces si, llegado el caso, las potencias occidentales dieran un empujoncito a los “rebeldes” libios para que se enfrentaran a Gadafi y le derrocaran? ¡Era la jugada perfecta! Por fin había una oportunidad de acabar con aquel militar tan incómodo para los intereses de Occidente: ayudar a que su pueblo le derrocara. Pero la situación de Libia no era la misma que la de Túnez o la de Egipto, donde el nivel de desempleo era altísimo y existía una generación de jóvenes universitarios altamente cualificados que ni tenían trabajo ni expectativas de tenerlo. Fueron esos jóvenes tunecinos y egipcios los que lideraron sus revoluciones. En Libia los rebeldes han sido un grupo de lo más heterogéneo formado por miembros de las tribus tradicionales y de los nostálgicos del rey Idris (un rey corrupto puesto por las potencias occidentales cuando permitieron que Libia fuese independiente para asegurarse la explotación de sus riquezas mediante concesiones y ventajosos acuerdos para las compañías multinacionales, y cuya bandera tricolor, precisamente, es la que han elegido los rebeldes). Otra cosa muy significativa, a diferencia de lo que ocurrió en las revoluciones tunecina y egipcia, donde los manifestantes ocuparon pacíficamente el centro de la capital paralizando el país, es que en Libia las principales protestas se centraron en Bengasi, no en Trípoli, la capital, y, sobre todo, que desde un primer momento los manifestantes iban armados, precariamente y muy desorganizados a juzgar por las imágenes que recibíamos de ellos, pero armados. La pregunta que hay que hacerse es ¿quién les armó?, ¿de dónde sacaron las armas?.

Todo parecía funcionar a la perfección para los intereses occidentales: los rebeldes avanzaban imparables durante los primeros días y la caída de Gadafi parecía que era cuestión de horas. Hasta el ministro de Asuntos Exteriores británico, en un ejemplo más de burda manipulación informativa, llega a afirmar que Gadafi ha huido del país y que se ha refugiado en la Venezuela del también odiado por los líderes occidentales Hugo Chavez. ¡Preciosa manera de cargarse políticamente dos pájaros de un tiro!  Sin embargo, no todo fue tan fácil como habían previsto y el avance de los insurgentes se estancó cuando estaba muy cerca de las puertas de Trípoli. Algo había que hacer. Las potencias occidentales tenían que poner inmediatamente en marcha un plan “B” que empujara la balanza a favor de los rebeldes. Curiosamente es en ese preciso momento, en cuanto las tropas rebeldes empezaron a encontrar dificultades para llegar a Trípoli, cuando los medios de comunicación occidentales empiezan a informarnos día y noche de las atrocidades que unos sanguinarios mercenarios subsaharianos pagados por Gadafi estaban cometiendo entre las filas rebeldes y la población civil indefensa. Contagiados por las maravillosas experiencias vividas en Túnez y en Egipto, todos tomamos fácilmente partido por aquellos rebeldes idealistas y pobremente armados que luchaban por su libertad y por su dignidad contra los feroces mercenarios asesinos contratados por Gadafi. Pero aquello se iba estancando y la indiferencia parecía ganar partido entre la opinión pública occidental. Mal asunto porque aquello le daba aire a un Gadafi al que las potencias occidentales habían ya casi finiquitado. Sorprendentemente la mayor parte del ejército libio, a diferencia del tunecino y del egipcio, no toma partido por los rebeldes, sino que permanece fiel a Gadafi y empiezan a reconquistar las posiciones perdidas. Los analistas militares occidentales toman conciencia de que la rebelión está perdida a no ser que los rebeldes reciban más ayuda exterior. Hay que poner en marcha el siguiente paso del plan “B” para preparar a la opinión pública occidental para una intervención militar de las principales potencias si fuera necesaria.  Es entonces cuando empiezan a llegarnos noticias sobre la extrema crueldad de Gadafi, que utiliza impunemente sus aviones para bombardear a inocentes e indefensos civiles. Los muertos deben ser miles (diez mil nos llega a decir el representante libio en la ONU). En prensa se publica que Gadafi ha ejecutado a un centenar de militares, entre ellos una a veintena de sus pilotos, por negarse a disparar contra su pueblo desarmado. Curiosamente no recibimos ni una sola imagen de esos bombardeos que se están produciendo indiscriminadamente en las zonas ocupadas por los rebeldes, aunque cada día vemos imágenes de los rebeldes patrullando las calles a bordo de sus todo terrenos. Reino Unido tiene que admitir que ocho espías enviados para ayudar a los rebeldes, en la confusión, han sido detenidos por los propios rebeldes y expulsados del país.

No contentos con la ceremonia de la confusión que han creado, las potencias occidentales se aprestan a conseguir que la ONU dicte una resolución por la que se declara a Gadafi sujeto al poder de la Corte Penal Internacional (ese refrendo de Naciones Unidas era imprescindible porque Libia, al igual que USA, que es precisamente quien impulsa esa resolución, nunca admitió la legalidad de ese tribunal internacional). Hugo Chavez, valedor de Gadafi, se empeña en intentar conseguir una solución pacífica al conflicto. Se ofrece como mediador y consigue que Gadafi acepte su mediación y que una misión internacional visite Libia para verificar que no se estaban cometiendo las atrocidades de que le acusan. Ni la ONU ni las principales potencias hicieron el más mínimo caso de esa propuesta, como tampoco movieron un dedo por impulsar otras tendentes a conseguir la paz.

Las fuerzas leales a Gadafi se imponen más rápidamente de lo previsto y se hace imprescindible que los rebeldes reciban ayuda internacional. Esta es la gran falacia y la gran mentira de toda esta historia: vendernos que nuestros ejércitos están bombardeando Libia para proteger los derechos humanos y las vidas del inocente pueblo libio al que su dictador quiere masacrar. ¡Jugada maestra! Lo de Bin Laden o lo de las armas de destrucción masiva ya no podía colar, pero una heroica acción militar destinada a salvar vidas inocentes sería bien recibida por la opinión pública occidental. Como así ha sido. A diferencia de lo que ocurrió en 2003 con la guerra de Irak en la que el 90% de los españoles estaba en contra de la intervención militar y el PP se quedó solo apoyando aquella guerra, hoy la gran mayoría de los españoles y 336 diputados están a favor de los bombardeos a Libia. Solo 3 diputados han votado en contra: uno de Izquierda Unida y los dos del Bloque Nacionalista Galego. Otro más se ha abstenido. Solo cuatro de trescientos cuarenta no han estado a favor de esta guerra. 

Analicemos seriamente este argumento de que nuestros aviones bombardean Libia para evitar un derramamiento de sangre. Nos dicen que el objetivo de esta intervención militar, de esta guerra a la que no quieren llamar guerra, es evitar que Gadafi bombardee y masacre a su pueblo indefenso, sobre todo en Bengasi, la capital de los rebeldes que está a punto de caer bajo las tropas leales. Que no tiene por objetivo derrocar a Gadafi, que eso lo ha de hacer su pueblo porque las potencias occidentales “no interfieren en los asuntos internos de los demás países”, y que lo único que persiguen es que haya cierta igualdad militar entre los dos bandos para que el previsible triunfo de Gadafi no se convierta en una carnicería y que para ello van a crear un espacio de exclusión aérea donde los cazas libios no puedan volar. Supongamos, aunque es mucho suponer, que todo eso es cierto. Primero, ¿cuántas vidas van a costar los bombardeos de nuestros aviones?. Segundo, si de lo que se trata es de inutilizar las defensas antiaéreas libias para crear ese espacio de exclusión aérea, ¿ por qué han bombardeado insistentemente desde la primera noche la residencia de Gadafi?. Tercero, suponiendo que consigan, porque lo conseguirán, crear ese espacio de exclusión, las tropas rebeldes, libres ya de la amenaza de la aviación libia, intentarán recuperar terreno y conquistar nuevas posiciones ¿cuántas muertes va a causar la intensificación de esta guerra que la intervención internacional ha propiciado al igualar las fuerzas de ambos bandos?

Pero vayamos más allá en el análisis de lo que hay detrás de esta intervención militar. Nos dicen que es para salvar vidas inocentes, para salvaguardar los derechos humanos y para impedir que un dictador masacre a su pueblo. Loables objetivos, generosos, elevados sin duda, si no fuera porque quien nos habla de ellos se ha caracterizado por ignorar sistemáticamente todo lo concerniente a cumplir y a hacer cumplir el respeto a los derechos humanos ¿Ha cerrado Obama Guantánamo como prometió al jurar su cargo? No; ¿Ha acabado con las guerras de Irak y de Afganistán tras la concesión del Premio Nobel de la Paz? No; ¿Ha impedido que los israelíes asesinen día sí y día también a los palestinos de la franja de Gaza? ¡No, no y no! Y en cuanto a lo que a nosotros respecta, no hace falta irse muy atrás en las hemerotecas para recordar lo que nuestro Zapatero y nuestra ministra de Exteriores, recién estrenada por aquel entonces, dijeron de la atrocidad que el Gobierno marroquí estaba cometiendo con el indefenso pueblo saharaui al desalojar el campamento por la dignidad en diciembre pasado, en la que fue la primera de las protestas pacíficas en el mundo árabe: “Hay que anteponer los intereses de Estado a los derechos humanos”.

Son muchas, demasiadas, las cosas oscuras que se esconden tras la revuelta libia. Gadafi no es un santo, eso está claro y no se puede permitir que se masacre a una población civil inocente, ni en Libia ni en ningún lado. Pero es bochornoso contemplar las escasas, por no decir nulas, iniciativas por la paz que han impulsado en este caso las potencias occidentales, o ver como han ignorado, cuando no boicoteado, cínicamente las propuestas de paz impulsadas por otros. ¿Por qué solo intervienen militarmente precisamente contra el régimen de Gadafi y no impiden ni hacen nada por impedir que otros regímenes políticos masacren impunemente a seres inocentes? ¿Qué pasa, que los derechos humanos solo están para que los cumplan unos y no otros? Dejémonos ya de hipocresías. Un incendio no se apaga echándole más gasolina, la violencia no se acaba con más violencia. Hay que parar los pies a Gadafi, sí, pero han tenido cuarenta años para hacerlo y no lo han hecho; no hace ni tres meses le invitaban a visitarnos con todos los honores y le vendíamos armas, precisamente las armas con las que ahora nos dicen que quiere masacrar a su pueblo. Basta ya de hipocresía y basta ya de “guerras buenas” y de “guerras malas”,  de “males menores” y  “males mayores”.  Basta ya de mentiras. ¡NO A LA GUERRA! ¡A ESTA Y A TODAS LAS GUERRAS!

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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