Cine/Teatro General

Spike Lee, 25th hour, el coraje de vivir…

¿Qué harías si supieras que dentro de 24 horas vas a entrar en la cárcel para cumplir una condena de siete años? Eso es lo que nos plantea esta formidable película de Spike Lee, 25th hour (traducida en la versión española como La última noche y en Iberoamérica como Hora 25). Un Edward Norton antológico repasa a lo largo de esas veinticuatro horas los motivos que le han llevado a esta situación, cómo empezó trapicheando con las drogas, cómo llegó a traficar con ellas, cómo fue perdiendo, uno a uno, todos sus referentes, sus amigos, su familia, a sí mismo… En ese último momento se aferra a sus amigos de la infancia, los únicos que siempre le han sido fieles, a su pareja y a su padre, del que había estado algo distanciado, porque es en ellos y sólo en ellos donde se siente querido, seguro, donde no está solo, donde puede estar tranquilo y confiar.

Aquí tenéis los títulos de crédito de la película. Para mí son de lo mejor que he visto en cine:

 

Es impactante ver cómo una película rodada en 2002, pocos meses después de los atentados de las Torres Gemelas, utiliza magistralmente la “zona cero”. Lo hace no solo en los títulos de crédito que ya son toda una declaración de intenciones de lo que vendrá después, esa segunda oportunidad que reivindica la película, ese volver a empezar partiendo de nuestras cenizas, ese volver a vivir partiendo de cero, sino que también incluye, mediada la película, un plano secuencia de más de cinco minutos entre los dos amigos de la infancia de Edward Norton (Philip Seymour Hoffman, un tímido profesor universitario enamorado de una alumna y Barry Pepper, un triunfador broker de Wall Street). Sentados esa noche en el alfeizar de una ventana iluminados únicamente por las luces azules de la “zona cero” de fondo hablan del amargo y triste futuro que le espera a su amigo, de cómo viendo lo que pasaba no hicieron nada para evitarlo, de cómo todos aceptaban el elevado tren de vida que llevaba, imposible de mantener para una persona que vive de un trabajo normal, sin siquiera cuestionarlo, de cómo poco a poco él se fue distanciando de ellos y de cómo día a día ellos se fueron distanciando de él, de todas esas cosas que pasan a diario y que, casi siempre, preferimos no ver. Me encanta cómo Spike Lee cuenta esta secuencia. Es tan maravilloso y atípico encontrar en el cine norteamericano de hoy un plano secuencia como éste. Estamos tan acostumbrados a ver cómo se resuelven siempre los diálogos con el consabido plano/contraplano, que ver un plano secuencia así nos transmite una sensación de verdad fascinante. Aquí tenés el trailer de la película en versión original.

Es impresinante ver cómo esas veinticuatro horas cambian por completo la forma de ver y de vivir la vida de un hombre. Es en ese momento cuando, al repasar lo que ha sido su vida, se da cuenta de que siempre ha culpado a los demás de su infelicidad, de que la culpa siempre la tenían otros y nunca él. ¿Y cómo vas a solucionar tus problemas si la causa siempre está en los demás, en algo que no depende de ti? Ese victimismo, ese culpar siempre de todo a los demás, es uno de los caminos más cortos y directos que llevan a la infelicidad. ¿Cómo pretendes vivir si no eres dueño de tus propias decisiones?, ¿Cómo puedes sentirte feliz si permanentemente te estás negando la posibilidad de decidir, de cambiar, de forjar tu destino, la posibilidad de vivir tu vida? Una de las secuencias más memorables de 25th hour es el monólogo de Edward Norton cuando, cenando con su padre en esa última noche, va al cuarto de baño, ve un grafiti que dice “Jódete” y, al mirarse en el espejo, ve al personaje que ha sido durante toda su vida que le habla directamente culpando a los demás de todos sus fracasos y sus miedos. En ese monólogo utiliza más de cuarenta veces la expresión “Joder”, “Jódete” o “Que te jodan”. Todo es destrucción en él, hasta el momento final, en el que se da cuenta de que él ha sido el único culpable de destruirse a sí mismo.

A lo largo de su última noche en libertad, Edward Norton se sincera con su padre durante esa cena, su última cena. El padre quiere aprovechar hasta el último minuto la compañía de su hijo y queda con él en acompañarle en coche a la mañana siguiente a la carcel. Hasta que llegue ese momento él va a despedirse de su chica y de sus dos amigos del alma a los que les pide dos únicos favores: que le destrocen la cara a puñetazos para poder sobrevivir en la cárcel sin que le violen, y que cuiden de su perro, un perro abandonado al que él mismo estuvo a punto de matar de un tiro y al que decidió concederle, sin saber porqué, una nueva oportunidad. Son tantas y tan profundas las cosas a las que tiene que enfrentarse esa noche… Quizá sólo cuando nos enfrentamos de verdad al destino, a la condena a siete años de cárcel en este caso, o a la experiencia de sentir la posibilidad real de la muerte cuando sufrimos un infarto o nos diagnostican un cáncer, es cuando nos damos cuenta de lo que es la vida, de lo que es vivir, de la maravilla que es estar vivo cada segundo. Todo pasa a ser tan relativo entonces. Lo pequeño, lo trivial, lo tantas y tantas veces cotidiano, pasa a ser realmente importante. Todas esas pequeñas cosas en las que nunca nos habíamos fijado cobran, de repente, color, vida, y están ahí, frente a nosotros, recordándonos lo ciegos que fuimos cuando podíamos ver y no veíamos. Solo en esos momentos somos verdaderamente conscientes de quiénes somos y de lo que significa nuestro paso por la vida. Solo entonces nos damos cuenta de que lo único importante, lo realmente único importante que ha habido y hay en nuestras vidas es el amor, el amor que damos y el que recibimos, sobre todo el que damos. Todo lo demás no importa, sólo la necesidad de amar, de estar con nuestros seres queridos en ese momento, es de verdad importante, demostrarles nuestro amor es entonces vital. La escena final de la película en la que el padre le lleva en coche hacia la cárcel refleja perfectamente esa situación. Atónito, con la cara destrozada, por la paliza que ha pedido que le dieran sus amigos, Norton va mirando por la ventanilla del coche cómo pasa la vida que él está a punto de dejar atrás. Es su última mirada a la libertad que seguirá viviendo mientras él esté en la cárcel. Los negros que a los que antes criminalizaba y no podía soportar ahora le sonríen, un niño habla con él a través del cristal de un autobús escribiendo su nombre sobre el cristal empañado de la ventana, él, emocionado, también escribe el suyo… todo lo que él ya no podrá ver y que nunca había visto cuando pudo hacerlo pasa en ese momento ante sus ojos, por fin comprende que la belleza no está en las cosas sino en el interior de quien las mira, que el mal no está en los hechos , sino en las intenciones que los provocan, y que solo quienes son capaces de amar viven de verdad la vida, porque vivir es amar…

En un mundo que sistemáticamente esconde la posibilidad de nuestra muerte y se refiere a ella siempre como algo que solo les puede pasar a otros, a los que viven en mundos que están muy alejados del nuestro; en un mundo que entroniza la juventud y la salud como máximos referentes y supremos valores,  y que deliberadamente oculta la enfermedad evitando pronunciar hasta su nombre; en ese mundo, sufrir un accidente o padecer una enfermedad grave, lejos de ser el estigma que nos dicen que es, en verdad es, quizá, uno de los mejores regalos que nos puede hacer la vida, porque nos obliga a enfrentarnos a la realidad, a nosotros mismos, y hacerlo con coraje al impulsarnos a que nos replanteemos sin trampa ni cartón por qué estamos aquí, a cuestionar nuestras convicciones más profundas y nuestras costumbres más arraigadas, a mirar y a ver la vida como realmente es y no como nos la venden a diario, a vivir disfrutando de cada segundo de nuestra vida siendo felices con esas pequeñas cosas que nos rodean, y, sobre todo, compartiendo nuestra felicidad con los demás. Cuánta razón tienen en ese mundo aquellos versos que cantaba Serrat: “No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí…”, y qué poca cuando vivimos intensamente cada minuto de nuestra vida como si fuera el último, disfrutando de nuestro aquí y de nuestro ahora, de nosotros y de todo lo que nos rodea.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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