Cine/Teatro General

Soplan vientos de revolución…

Por sorpresa y contra todo pronóstico, los vientos revolucionarios han empezado a soplar con fuerza en los países del norte de África. Tras 23 años de dictadura, el pueblo tunecino ha conseguido derrocar a Ben Alí, un déspota corrupto que ha dominado Túnez con mano férrea apoyado por las democracias occidentales saqueando el país durante más de dos décadas. La voluntad popular, tomando la calle, ha acabado con él y con su putrefacto régimen. No ha sido una clase social determinada la que se ha alzado para gritar ¡Basta!, sino que han sido todas las clases sociales, los jóvenes, los viejos, las mujeres y los hombres, todos unidos en una única voz que exije libertad y justicia. Y esa voz es una voz que nada sabe de mapas ni fronteras, porque es una voz libre que, como el viento, llega a todas partes. A Túnez le han seguido las protestas populares en Egipto, Yemen, Siria, Jordania, Sudán, Libia, Arabia Saudí…

Para acompañar esta entrada me gustaría que, si quieres, nos acompañara el grupo chileno Quilapayún con la elegía que compusieron al líder revolucionario por excelencia: Ernesto Che Guevara

Son muchas las imágenes preciosas que nos ha dado la revolución tunecina, la revolución de los jazmines que, como la de los claveles que acabó con la dictadura en Portugal en 1974, ha visto cómo el ejército se negaba a disparar contra el pueblo que, emocionado, abrazaba a sus militares un abrazo de paz, de justicia y de libertad. También son muchos los factores que han contribuído a que esta revolución fuera posible. La mas importante, la elevada tasa de jóvenes altamente preparados y formados que había en Túnez condenados al desempleo y a los que se les negaba cualquier esperanza de un futuro digno. Internet y las redes sociales también han ayudado a  que se pasaran las consignas a tal velocidad que hacía imposible que la policía tuviese tiempo para reaccionar represivamente. La chispa la encendió un joven estudiante en paro al que la policía quitó el carro de frutas con el que malvivía. Desesperado, aquel joven se prendió fuego suicidándose en señal de protesta. Su nombre era Mohamed Bonazizi. Tenía 26 años. Murió sin saber que, gracias a él, el pueblo salió a la calle y tomó el poder en una de las revoluciones no violentas más rápidas de la historia de la humanidad.  Gandhi necesitó años de lucha no violenta para que los ingleses abandonasen la India; el pueblo tunecino poco más de 20 días para que el dictador y todo su clan salieran huyendo del país.

Iniciar una revolución es difícil, ganarla aún lo es más, pero conseguir que llegue a consolidarse todavía lo es muchísimo más. Lo único bueno de los dictadores es que ponen cara a la injusticia y eso hace que gentes de muy diversas sensibilidades se unan contra él. Mantener esa unión en la lucha es muy complicado porque se viven momentos de gran tensión, y hacer que esa unión tome el poder para construir desde él una sociedad más libre y justa es terriblemente complicado, porque implica dar el paso de dejar de estar en contra de algo a estar a favor de algo, de destruir a construir, y eso requiere grandes dotes de sabiduría, paciencia, tolerancia, audacia, valentía y, sobre todo, de generosidad sin límites. Ojalá el pueblo tunecino no quiera imitar lo que han hecho en otros países, limitarse a copiar otros modelos, sino que cree el suyo propio, y que no lo haga desde instituciones obsoletas o partidos políticos, sino desde organizaciones de democracia de base lideradas por los jóvenes, con ideas nuevas que rompan los viejos moldes en los que nos hemos quedado la mayoría de los países que nos autoproclamamos democráticos pero que ni sabemos ni queremos saber lo que significa la verdadera democracia. ¡Ojalá entiendan que los verdaderos poderes no son ya los tradicionales ejecutivo, legislativo y judicial, sino el de los medios de comunicación y el de las finanzas, y que sepan controlarlos antes de que destruyan, como han hecho siempre, su proyecto y sus esperanzas. Al escribir estas líneas otro pueblo árabe, el egipcio, ha tomado las calles y exije la inmediata dimisión de su presidente. La chispa de esta nueva revolución también fue la muerte de un joven: Khaled Said, detenido y asesinado a golpes en plena calle por la policía de Mubarak. El dictador se niega a dimitir, tan solo acepta no volver a presentarse en las próximas elecciones y, eso sí, en la mejor tradicición de las peores dictaduras, ha infiltrado las calles con miles de policías de paisano y mercenarios organizando disturbios y enfrentándose violentamente a los pacíficos manifestantes que exijen su dimisión, unos manifestantes que quieren, necesitan y exijen, libertad, justicia y dignidad y que sólo tienen dos armas para conseguirlo: saber que tienen la verdad de su parte y ser conscientes de que pueden conseguirlo si permanecen unidos. ¡Ojalá lo consigan y ojalá lo consigan también todos los pueblos que se levanten contra los dictadores exigiendo su libertad!

El cine ha abordado muchas veces la problemática de los países explotados, de los problemas creados por los imperios colonialistas y las fronteras artificiales que crearon dibujadas como simples líneas rectas en los mapas, sin tener en cuenta la realidad de los territorios, las culturas y las gentes. África está llena de terroríficos ejemplos de la barbarie a la que han conducido aquellas políticas. Los regímenes políticos de los países del Magreb y de Oriente Medio no son más que gobiernos títeres apoyados por Occidente para salvaguardar sus intereses económicos tras haberles concedido su independencia. Una de las películas que mejor relata el proceso de descolonización y lucha por la independencia de estos pueblos es “La batalla de Argel”, de Gillo Pontecorvo, en la que vemos cómo las fuerzas represivas francesas ocupantes de Argelia emplean todos los métodos a su alcance para acabar contra las legítimas aspiraciones de independencia y libertad del pueblo argelino. Aquí tenéis el trailer de la película

Todo lo que está ocurriendo ahora en el norte de África es consecuencia de aquel desdichado
proceso de descolonización. Otra película de Pontecorvo, “Queimada”, explicaba perfectamente el origen de esta situación. En esta secuencia en la que Marlon Brando explica a las autoridades locales de una isla caribeña, en la que los esclavos negros se han sublevado, la realidad de la política internacional, es una lección magistral no sólo de lo que pasaba entonces, sino, y desgraciadamente, de lo que sigue pasando ahora.
Una de las claves que ha permitido él éxito de la revolución tunecina ha sido, no nos engañemos, haber cogido totalmente despistada a la comunidad internacional, una comunidad que sistematicamente ha ignorado las violaciones de los derechos humanos en Túnez y ha apoyado implícita y explícitamente al gobierno del dictador Ben Alí. Los intereses económicos siempre han prevalecido en la política de todos esos países que nos autoproclamamos democráticos al tiempo que permitimos, cuando no fomentamos, injusticias, violaciones de derechos humanos, genocidios y demás barbarie en todos esos países que sirven a nuestros intereses. La respuesta final que dé la comunidad internacional a la revolución tunecina marcará, irremisiblemente, sus posibilidades de futuro. Egipto también les ha cogido por sorpresa, pero ya no tan desprevenidos, y habrá que ver cómo reaccionan ahora. Lo dicho, dejemos que Marlon Brando nos explique en esta secuencia con pelos y señales la realidad de la política internacional de entonces y de ahora:

Cuánta razón tiene aquella frase que dice que “no hay nada nuevo bajo el sol…” La situación actual es idéntica a la que se describe en esta secuencia. No tenemos más que actualizar un simple concepto: globalización por colonización, porque todo lo demás es idéntico. Bueno todo no, porque el neoliberalismo actual ha conseguido algo que ni siquiera podía imaginar el cínico Sir William encarnado por Brando en Queimada: que los esclavos se crean que son amos. ¡Es la dictadura perfecta! Ellos mismos se ponen las cadenas con sus hipotecas y sus miedos, renuncian a su libertad pidiendo más seguridad a Papá Estado que día tras día les recorta más sus derechos, y encima se creen que son libres porque les dejan votar una vez cada cuatro años… ¡Ojalá los jóvenes revolucionarios de los países árabes consigan romper todas estas cadenas y demostrarnos que otro mundo no sólo es posible, sino que es imprescindible!

Hay otra película fantástica que explica perfectamente el origen de todo lo que está pasando ahora en el norte de África: El león del desierto, de Moustapha Akkas, con Anthony Quinn, Oliver Reed, Rod Steiger, John Guielgud, Irene Papas y Raf Vallone entre otros. Esta película cuenta las atrocidades cometidas por los italianos en las primeras décadas del siglo XX en Libia reprimiendo la legítima voluntad de independencia de su pueblo, un pueblo liderado por Omar Mukhtar, uno de los héroes de aquella desigual e injusta guerra que permanece vivo en la memoria de su pueblo. La podéis encontrar doblada al español en youtube. Ojo, os advierto que es larga (casi tres horas). Os recomiendo que busquéis un buen momento para poder verla, pero que no os la perdáis para poder entender realmente cuáles son las causas del momento histórico que estamos viviendo. En el 74 el pueblo portugués puso claveles rojos en los fusiles de sus soldados. En el 2011 estamos viendo cómo el ejército tunecino se ha negado a disparar contra su pueblo y ha contribuído a derrocar al dictador Ben Alí y cómo los tanques del ejército egipcio, en lugar de disparar bombas contra su gente, reparten pan entre los más pobres. Estamos ante la posibilidad real de un mundo nuevo, o por lo menos, ante la esperanza de ese nuevo mundo que recupere de una vez por todas los valores que nos hacen ser seres humanos: libertad, justicia y solidaridad.

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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