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Menos es más…

Todos los actores que trabajamos frente a una cámara hemos oído muchas veces eso de que “menos es mas”, y todos sabemos perfectamente lo que significa. Para la cámara, una simple mirada, la sutileza de un ligero movimiento, o un breve silencio dicen muchísimo más que las interpretaciones “grandes” que se hacen sobre un escenario y que, en cámara, resultan “sobreactuadas”.  Creo recordar que Michael Caine contaba una anécdota de cuando James Cagney llegó a Hollywood. Formado en el teatro, Cagney actuaba frente a la cámara como lo hacía sobre un escenario. Todo en su interpretación era “grande”. Por eso el director le decía, “Bien, bien, pero haz un poco menos”. En cada nueva toma Cagney “rebajaba” la grandiosidad de su interpretación y el director le repetía, incansable “Bien, bien, pero haz un poco menos”. Tras un montón de tomas, Cagney, desesperado, le dijo al director, “¡Pero si no estoy haciendo nada!” Y el director le contestó “Exacto, eso es precisamente lo que quiero que hagas: Nada!”

Ahora me gustaría que, si quieres, uno de los temas de la banda sonora de Gladiator de Hans Zimmer, nos acompañe.

Lo mismo que pasa con la interpretación para la cámara ocurre con la vida. Tenemos que “redescubrir” el placer de las cosas pequeñas, entender que lo pequeño es hermoso y que crecer por crecer, por necesitar ser el más grande en un mundo de recursos limitados, solo lleva al suicidio. Igual que Cagney tuvo que aprender esa lección, ahora nos toca a nosotros aprenderla en la vida real. A veces, como decía el gran economista John M. Keynes, “la dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como saber librarse de las antiguas”. Y eso es precisamente lo que quiero hacer en esta entrada, cuestionar una de las ideas más arraigadas en nuestra sociedad: la del crecimiento económico como panacea de todos nuestros males y que en realidad no ha sido más que ese motor imparable que ha llevado a nuestra economía, a la humanidad y al medio ambiente al borde del colapso y que en una loca carrera de poco más de dos siglos se ha cargado todo nuestro ecosistema y los valores sobre los que se asentaba la humanidad: fraternidad, libertad, generosidad, solidaridad, sencillez, simplicidad, altruismo, espiritualidad, etc.

Así es, durante los últimos tres siglos nos han engañado diciéndonos que el crecimiento era la solución a todos nuestros problemas, que crecimiento era igual a desarrollo, a progreso y a civilización, que el crecimiento traería la justicia social, pero la realidad es que nuestro mundo ha sido guiado ciegamente en esa loca carrera hacia ninguna parte intentando conseguir ser el más grande, el más rápido, el más poderoso, el más eficiente, el más rentable, el más competitivo…y eso no ha hecho más que alejarnos de lo que verdaderamente somos y, en consecuencia, de nuestra felicidad. Nuestro mundo genera muchísima más riqueza hoy que unas décadas atrás, sí… pero ¿a qué coste?, y ¿a quién beneficia?. El coste ha sido destruir nuestro planeta, destrozar el medio ambiente, y solo ha beneficiado económicamente a unos cuantos, ya que la desigualdad social y económica no ha hecho más que crecer durante todos estos años llegando a los extremos insostenibles de la actualidad en la que miles de niños mueren a diario de hambre en el mundo mientras nosotros protestamos porque se nos ha pasado el arroz de la paella. Un par de datos reflejan perfectamente adónde nos ha llevado la filosofía del crecimiento: En 1974 la renta media de los diez empresarios norteamericanos mejor pagados era 47 veces superior al salario medio de un obrero de la industria del automóvil: solo 25 años después, en 1999, ¡¡¡¡ equivalía a 2.381 veces ese salario !!!!; El otro dato todavía es más descorazonador: hoy vale más ser una vaca en Europa que un ser humano en África, porque las subvenciones por vaca en los países europeos son de dos dólares al día, más del doble de los ingresos de más de mil millones de personas en el mundo…

La tecnología ha avanzado tanto que puede hacer cosas impensables hace tan solo unos años, sí… pero ¿adónde nos ha llevado eso? A que esté en manos de las grandes empresas que forman el llamado “mercado” y que solo buscan el beneficio económico a corto plazo. ¿Es lógico destinar tantos recursos a diseñar sistemas de climatización de los coches o móviles de ultima generación mientras miles de personas están muriendo de hambre y no se destinan recursos suficientes para impedirlo? Si no democratizamos el uso de la tecnología no nos sirve de nada. Los ingleses dicen que “a fool with a tool is still a fool” (un loco, con una herramienta, no deja de ser un loco). Y eso es precisamente lo que nos pasa dejando la tecnología en manos de empresas orientadas exclusivamente hacia el crecimiento. Solo se dedicarán a lo que les reporte beneficios económicos a corto plazo. Nada más les importa.

¿Nos ha llevado de verdad la filosofía del crecimiento a esa felicidad cuyos defensores prometían? La respuesta, indudablemente es ¡No!. En África hay más hambre en el siglo XXI que antes de la colonización; en el mundo cada vez hay más pobres y la desigualdad es mayor (las tres familias más ricas del mundo tienen rentas superiores a la suma del PIB de los 49 países más pobres); el medio ambiente está cada día más deteriorado y el cambio climático y el calentamiento global son una grave amenaza real y a corto plazo; en unas pocas décadas hemos consumido la mayor parte de las reservas de combustibles sólidos que tardaron millones de años en formarse; uno de cada cuatro seres humanos no tiene acceso al agua potable; el índice de suicidios más elevado se da en los países con un mayor PIB; en los países europeos una quinta parte de los jóvenes presenta trastornos psicológicos…

Para hacernos una idea con datos objetivos de lo que está pasando tenemos que hablar de la huella ecológica. La huella ecológica es la medida de superficie de suelo que hace falta para mantener una forma de vida determinada. Al hablar de la humanidad se suele emplear también como el número de planetas Tierra que serían necesarios para que un modo de vida generalizado fuera sostenible. Pues bien, si todos los habitantes de la Tierra viviesen como vivimos los europeos, consumiríamos tres Tierras. Pero si queremos que vivan como viven los norteamericanos, el número de Tierras necesario pasa a seis. En cambio, un habitante de Burkina Faso no utiliza más que 0,1 Tierras. Si seguimos así y crecemos a un ritmo del 2%, en el 2050 consumiremos… ¡¡¡¡ 30 Tierras!!! Está claro que el modelo de vida actual basado en el consumo y en el crecimiento no es generalizable ni factible ya que los recursos de la Tierra son limitados. Estamos obligados a cambiar de modelo y estructura social o estamos condenados a desaparecer.

Hemos vivido y vivimos en un sistema, en una sociedad, que intenta escapar por todos los medios, y especialmente a través de la diversión, de la cuestión del sentido de la vida. Es un sistema que nos ha adormecido durante años con sus técnicas publicitarias y de marketing transformándonos en meros consumidores. El coltán, mineral utilizado para la fabricación de teléfonos móviles entre otras cosas, ha provocado una guerra sangrienta en el Congo (donde están las principales reservas de coltán del mundo) que ha producido miles de muertes. Comprar un móvil financia esa guerra, como también financia otras guerras llenar el depósito de gasolina del coche porque, disfrazadas de conflictos étnicos o religiosos, en la mayor parte de los países africanos que tienen reservas de petróleo, hay guerras despiadadas por hacerse con el negocio. Permanecer al margen de la realidad, pretender que no se es culpable de lo que está pasando en el mundo, ampararse en el “yo lo no sabía…” solo puede ser fruto de la ignorancia más supina o del más atroz de los egoísmos. Todos somos cómplices, porque todos  hemos permitido que hoy los derechos del consumidor sean más importantes que los derechos humanos. Y ese es un camino que puede llevar a muchos sitios, pero desde luego no a que encontremos la felicidad, porque en lugar de intentar encontrar la felicidad en el ser, en lo espiritual, ese camino nos ha llevado a buscarla en el tener, en lo material y nos hemos engañado intentando satisfacer deseos en lugar de necesidades.

La tendencia de comprar siempre lo más barato nos ha llevado a traer desde muy lejos la mayoría de productos que antes teníamos a nuestro alcance. Nuestros campos, en sociedades de servicios, ya no son autosuficientes porque nos salía más barato comprar productos de fuera que cultivarlos aquí. Si analizásemos el origen de los productos que hay en una simple bolsa de ensalada que compramos en cualquier supermercado nos llevaríamos las manos a la cabeza al sumar los miles de kilómetros que han hecho para llegar allí. Ahora bien, partiendo de la base de que la única duda del cenit del petróleo es en qué año se va a producir, ya que de que se va a producir y en un horizonte no lejano, nadie tiene dudas, ¿qué ocurrirá cuando la escasez de petróleo encarezca el transporte?, ¿Y cuando ya no haya transporte posible porque el precio del gasóleo sea demasiado caro para este tipo de mercancias? La dependencia del exterior, la pérdida de autonomía que la tendencia a comprar sistematicamente lo más barato ha acarreado puede salirnos muy cara a no tardar.

Y ¿qué hacer frente a todo esto?, ¿qué podemos hacer como individuos en un mundo como éste?, ¿qué podemos hacer para cambiar esto de una vez? El primer paso, desde luego, es tomar conciencia de la situación y analizar a fondo nuestra particular forma de vida. Al hacerlo nos daremos cuenta de la cantidad de mochilas que llevamos a cuestas y de que hemos estado persiguiendo un objetivo erróneo que no llevaba a ninguna parte: intentar ser felices teniendo más, en lugar de poder serlo necesitando menos. Esto es precisamente lo que plantea la filosofía que defiende el DECRECIMIENTO, una filosofía que cada día tiene más seguidores.

Decrecer no significa no crecer, sino todo lo contrario, significa crecer cualitativamente, crecer en humanidad; no significa volver a la edad de piedra o renunciar a los avances tecnológicos que pueden mejorar nuestra calidad de vida, sino redistribuir la riqueza, replantearse las necesidades y gestionar democráticamente el uso de esa tecnología; no es ni mucho menos una actitud puritana de sacrificio, renuncia y autoflagelación, sino una invitación a vivir de verdad la vida, con mayor alegría, experimentando la sensación de compartir la belleza, la convivencia, la simplicidad, la sensualidad…

La filosofía del decrecimiento defiende la idea de no dejarnos devorar por el sistema ni por nuestras propias ansias de devorar. A través de conceptos tan simples como el de la “sencillez voluntaria”, que consiste en una reducción importante y voluntaria de nuestro consumo, nos damos cuenta de que podemos vivir mejor con menos, de que no es necesario trabajar tantas horas para comprar un coche con el que ir al trabajo, sino que podemos estar más tiempo en casa con los nuestros, haciendo lo que de verdad nos gusta, si renunciamos a tener ese coche y utilizamos el transporte público. Decrecer significa reconquistar el tiempo personal.

Gandhi, que defendía que podía cambiar el mundo con una simple rueca de algodón, decía que “La civilización, en el verdadero sentido del término, no consiste en multiplicar las necesidades, sino en limitarlas voluntariamente. Es el único medio para conocer la auténtica felicidad y hacer que estemos disponibles para los demás. Hace falta un mínimo de bienestar y de comodidad, pero una vez superado ese límite lo que debería ayudarnos se convierte en una fuente de malestar. Crearse un número ilimitado de necesidades para, a continuación, tener que satisfacerlas no es más que perseguir viento. Este falso ideal es solo una trampa.” Todas las grandes religiones y filosofías han evidenciado esta idea. En la Biblia hay muchísimas citas, como la de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el cielo. Para el budismo la búsqueda de la felicidad es un camino que pasa a través de la superación del sufrimiento, un sufrimiento que siempre es producido por la ignorancia y por el apego. En la sobria tumba de Nikos Kazantzakis, el autor de la novela Zorba el griego, en Creta ,hay un epitafio que dice. “Nada temo; nada deseo; soy libre…”

François Partant cuenta esta divertida historia que refleja perfectamente esta situación:
“En un pequeño pueblo de la costa mexicana, un norteamericano ve a un pescador a punto de dormir la siesta y le pregunta:
– ¿Por qué no pesca más?
El mexicano le responde que su pesca cotidiana le basta para satisfacer las necesidades de su familia.
El norteamericano le pregunta entonces:
– ¿Qué hace el resto del tiempo?
– Me levanto tarde, juego con mis hijos, pesco un poco, duermo la siesta con mi mujer, por la tarde voy a ver a mis amigos. Bebemos vino y tocamos la guitarra. Tengo una vida muy llena.
El norteamericano le interrumpe:
– Siga mi consejo: empiece por pescar más rato. Con los beneficios se podrá comprar un barco, podrá abrir su propia fábrica y abandonar su pueblo en México para vivir en Nueva York, desde donde podrá dirigir sus negocios…
– ¿Y después? – preguntó el mexicano
– Después puede hacer una sociedad que cotice en Bolsa y ganar millones…
– ¿Y después?- insistió el pescador
– Después, podrá retirarse, vivir en un pequeño pueblo de la costa, levantarse tarde por las mañanas, jugar con sus hijos, pescar un poco, dormir la siesta con su mujer, pasar las veladas bebiendo y tocando la guitarra con sus amigos…” El mexicano se levantó lentamente el ala del sombrero, se quedó mirando fijamente al gringo, y, al cabo de un rato, le dijo : “Ah, ya…”

Lo que la filosofía del decrecimiento nos propone es que tendamos hacia la sobriedad, que reduzcamos el despilfarro, que  utilicemos eficazmente la energía y que fomentemos el uso de las energías renovables. Ojo con la trampa del llamado “desarrollo sostenible”. Eso no es más que un parche. Lo que tenemos que hacer es intentar orientar nuestro modelo de vida hacia un “decrecimiento sostenible”.  Mirlos Persanyi, ministro húngaro de Medio Ambiente, pone un ejemplo que nos ayudará a entender la diferencia: Si cuando hay un escape de agua te limitas a recoger el agua del suelo, eso es desarrollo sostenible; si, además, cierras el grifo, eso es decrecimiento sostenible.” Paul Ariès, uno de los máximos defensores del decrecimiento, dice que “el decrecimiento es un discurso de redistribución, pero de redistribución con el convencimiento de que se pueden repartir otras riquezas que las que impone, día tras día, esta funesta sociedad de consumo. Dicho de otro modo: no se trata sólo de repartir de otro modo el pastel, sino de cambiar la receta.”

Este pequeño video es un claro ejemplo de denuncia de lo que estamos hablando:

La conclusión de todo esto debe llevarnos a considerar nuestro modelo de vida y analizar en qué podemos contribuir modificando ese modelo para ayudar a implantar la filosofía del decrecimiento. Las cosas que podemos hacer son muchas más de las que pensamos: replantearnos si nuestro trabajo es el que realmente queremos hacer y, de no serlo, si vale la pena soportarlo por lo que recibimos a cambio o si merece la pena arriesgarnos a vivir de otra manera más acorde a lo que verdaderamente queremos; aligerar nuestra agenda para tener más tiempo libre para las cosas que verdaderamente pueden hacernos felices; desintoxicarnos de la filosofía de comprar sistemáticamente por el precio más bajo posible, comprando menos y mejor; proveernos al máximo de productos y en mercados locales, para no contribuir a la contaminación que implica el transporte de las mercancías que compramos; consumir productos de temporada y eliminar los preparados industriales y envasados; evitar comprar en grandes superficies ya que generan desempleo, condiciones laborales precarias y contaminación al vender los productos más baratos que encuentran en mercados muy lejanos que han de transportar; beber agua del grifo cuando sea posible, para proteger el agua de los niveles freáticos; limitar el consumo de energía; reducir el número de aparatos eléctricos y no dejarlos nunca en standby; no coger el coche (mejor aún ni siquiera tenerlo si vivimos en ciudades) y usar el transporte público; solo coger aviones en casos verdaderamente necesarios; calentarnos más con el jersey antes de poner la calefacción y refrescarnos sin utilizar en lo posible el aire acondicionado ya que es altamente contaminante, especialmente el climatizador de los coches; comer menos carne para frenar el calentamiento global y el consumo de agua; pensar por uno mismo, leer y relacionarse con individuos reales, huyendo del ocio electrónico programado; aprender a apreciar la realidad más próxima; desarrollar la espiritualidad; dedicar nuestro ocio a actividades enriquecedoras y no alienantes o simple pasatiempos, colaborar con los mercadillos solidarios de intercambio o los bancos de tiempo, etc., etc., etc.

Realmente son muchas las cosas que, tanto individual como colectivamente, podemos hacer para fomentar la filosofía del decrecimiento, aprendiendo a desintoxicarnos de la forma de pensar que nos han inculcado y atreviéndonos a vivir a contra corriente. Pero la primordial es la de tener la valentía de ser consecuentes con nuestras convicciones más profundas y no limitarnos a ser decrecionistas de “boquilla”. El acceso a la información actualizada sobre el decrecionismo  no es fácil si uno no está metido de lleno en esta filosofía de vida y está en contacto con otros que también lo están. Puntualmente podemos encontrar información sobre hechos puntuales como los debates del Foro Social, como el recientemente clausurado en Dakar, pero normalmente es dificil encontrar en los medios de comunicación artículos o reportajes que hablen de este tema con asiduidad, con seriedad y en profundidad. Es lógico: los medios de comunicación viven de la publicidad y pertenecen a grandes grupos empresariales que no quieren saber nada y menos aún apoyar ideas que atenten contra el status quo del sistema. Decía Eugéne Ionesco que pensar contra la corriente del tiempo es heroico y que decirlo es una locura, pero ha llegado ya el momento en el que vivirlo es una necesidad.

El futuro de la humanidad pasa necesariamente por cambiar el modelo de vida y abandonar definitivamente el engaño del crecimiento por el crecimiento. No es una labor fácil ni rápida ya que requiere cambiar nuestra forma de pensar y de vivir. Emprender ese camino puede hacer que, a veces, nos sintamos solos, desanimados o perdidos, pero entonces es bueno recordar que otros muchos también están en su camino y que, juntos, podremos cambiar el mundo, crear un mundo nuevo. Hacerlo no es algo que dependa de los políticos, sino de personas corrientes como tú y como yo. Y tampoco es algo que deba pasar en el futuro, sino aquí y ahora, Los dos sabemos que ni tú ni yo llegaremos a ver ese mundo nuevo, pero seremos conscientes de que habremos hecho todo lo que estaba en nuestra mano para dejárselo a los que vengan detrás mejor de como nos lo encontramos nosotros. Con eso basta. El Imagine de John Lennon refleja perfectamente  lo que sentimos los que creemos en la filosofía del decrecimiento: “Puede que digas que soy un soñador, pero no soy el único. Espero que un día te unas a nosotros… y el mundo será una unidad”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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