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Antonio Gades, un viento de libertad

Hoy me gustaría recordar a uno de los más grandes bailarines y coreógrafos de todos los tiempos: Antonio Gades. No era gitano, ni siquiera andaluz, pero revolucionó el flamenco como muy pocos han sido capaces de hacerlo. Vivió una vida de película, como le corresponde a un hombre que, por encima de todo, quiso ser libre. Su vida fue eso: un apasionado grito de libertad. Hombre comprometido, luchador y generoso, hombre solidario hecho a sí mismo, al que nadie regaló nada pero que lo dio todo. Gades era un ser enamorado del amor, de la vida, de la danza y, sobre todo, de su gran pasión: el mar, un mar al que volvía una y otra vez siempre que podía. Con su velero no dudó en cruzar el Atlántico en un viaje que le llevó desde Altea hasta Cuba, su adorada Cuba, donde tenía grandes amigos y camaradas, como el propio Fidel, que junto a Alicia Alonso, fue el padrino de su boda civil con Pepa Flores.

Nacido en una familia humilde en Elda (Alicante) en 1936, era hijo de un albañil que se alistó como voluntario para defender la república en la guerra civil. A los cinco años se trasladó a vivir con su familia a Madrid. Con solo once  tiene que empezar a trabajar y deja los estudios. Lo hace en el laboratorio fotográfico de Gynes y como mozo en el diario ABC. En aquella época ser hijo de obrero significaba tener que ser obrero también. Eran días de tristeza, de hambre y  de penas. Era una chaval sensible y con inquietudes al que le encantaba estudiar, pero no pudo. Su sueño, un sueño alimentado por el hambre que le empujaba a forjarse su propio destino, era ser torero, boxeador, ciclista o bailarín: “Del boxeo me quite a la primera hostia que me dieron; y aunque de ciclista me iba bien, enseguida me puse a bailar. A dar saltitos”. Con apenas trece años se inscribe en una academia de baile. El toreo le sigue tirando, pero al poco de cumplir los dieciseis Pilar López le descubre en un festival en el circo Price y le incorpora a su compañía:” Mire -le dijo Pilar- yo no discuto que pueda llegar a ser un gran torero, pero estoy segura de que va a ser un gran bailarín. Y si sigue toreando y un toro le da un golpe, adiós al bailarín y adiós al torero”.

A partir de 1951 Pilar López y el primer bailarín de la compañía, Manolo Vargas, le descubren el mundo del folclore español. Con la compañía viaja por todo el mundo sin dejar jamás de aprender: “Aquél tiempo de aprender no lo he perdido jamás”. Al tiempo que profundiza en el folclore, se forma también en danza clásica y descubre un mundo nuevo de la mano de la obra de Federico García Lorca, un mundo que le marcó profundamente y que no le abandonará jamás. “Yo no soy un folclorista, pero estudié folclore como un poeta estudia la gramática. Un poeta busca la palabra, y si no existe, la crea. Pero no hace diccionarios. Mi idea es hacer algo más con ese folclore, no trincarlo del pueblo y prostituirlo, sino coger la esencia y hacer otra cosa, contar una historia con el movimiento. En el fondo, lo primero es el movimiento. Y a partir de ahí, con la literatura, la música, las costumbres, los trajes, las luces, vamos a ver cómo contamos historias. Un novelista primero tiene una historia y unos personajes, y luego pone las palabras. En la danza es igual. Primero es la lógica, la música viene después.”

En 1962, tras casi doce años de estar en la de Pilar López, funda su primera compañía.  En una entrevista en El País en el año 2002 recordaba aquella etapa y la comparaba con amargura con lo que estaba viendo que pasaba entonces en España: “Hoy hay mucha dispersión de talentos. En cuanto uno tiene el mínimo éxito, forma su compañía. Jamás he visto tantas compañías independientes. Un bailaor destaca un poco y a los diez minutos se hace coreógrafo. Eso no puede ser. Dicen que han evolucionado los bailes. La farruca, por ejemplo. ¿Cómo la van a evolucionar si no saben bailarla? Para cambiar algo tienes que conocerlo muy bien. ¿De dónde vienes? Ese es el miedo que me da. Y luego, ¿Se puede hacer un ballet genial en menos de un mes?. Antes veíamos quién era el mejor y nos íbamos con él a aprender. Ahora aprenden tres cosas y salen corriendo a montar su propio ballet. Y lo peor es que hay un sinfín de seguidoras y seguidores de ese movimiento.” Realmente pocos han sabido bailar la farruca como él:

 

En 1962 ya es un bailarín muy reconocido internacionalmente. En una España como la de Franco y con una ideología de izquierda como la de Gades no era fácil abrirse paso. Por eso, para evitar la censura y las zancadillas de los acólitos del régimen, Gades opta por estrenar sus obras fuera de España pensando que si tenían allí buena acogida y repercusión, no le pondrían tantas trabas para traerlas a España. En Italia es considerado como una de las figuras más grandes de la danza. Allí debuta en el cine en un pequeño papel en una película junto al inolvidable Vittorio Gassman. En 1963 Alfredo Mañas escribe para él “La historia de los tarantos”, llevada al cine por Francisco Rovira Beleta con la irrepetible Carmen Amaya. Son muchas las escenas de aquella película que han pasado a formar parte de la historia del cine. En la entrada que escribí sobre Carmen Amaya podéis ver una de ellas, pero hay otra que forma parte de la memoria del cine español, que es aquella en la que Gades baila solo de madrugada por las Ramblas barcelonesas mientras riegan la calle:

Gades nunca se consideró un actor. “Siempre que he hecho cine ha sido porque los que lo hacían eran amigos y las historias me gustaban. Nunca prentendí ser artista de cine. No soy actor. De hecho, casi siempre he hecho de Antonio Esteve Ródenas (su nombre real). Incluso en el teatro. Llegaba como Esteve, me tenía que creer que era Gades y luego que era el soldado de Carmen. Bailar, y luego volver para atrás. Un coñazo, porque siempre me ha sido difícil creerme que era Gades. Siempre he estado en la tierra, nunca me he creído del Olimpo, como muchos artistas.”

En aquella época Gades vivía en Barcelona, en un piso en la calle Trafalgar con otros bailaores y guitarristas flamencos que actuaban en “Los Tarantos”, el histórico tablao de la Plaza Real. Mis padres le conocieron por aquel entonces. Fascinados por su forma de bailar, rara era la noche en la que no se acercaban a verle actuar. A veces, bien entrada ya la madrugada, Gades y toda la troupe de Los Tarantos seguían la fiesta en mi casa. Mi madre siempre ha recordado que, al despuntar el día, solían desayunar cualquier cosa que hubiera en la nevera: casi siempre albóndigas. Y nunca olvidó una cosa que le dijo Antonio: “El Ne me quite pas de Brel es mi canción favorita, nunca se ha escrito nada como eso. Me encantaría bailarla algún día”. Las anécdotas de aquellas fiestas eran muchas y muy variadas. Una vez, en casa de una familia de oligarcas barceloneses en la que acabó toda la troupe, el anfitrión, cansado ya de tanta juerga y viendo que no había forma de acabar la fiesta, no tuvo mejor idea que poner un disco con los discursos de Benito Mussolini. Gades, comunista en aquella España clandestina, se rebeló contra aquel canto fascista de la mejor forma que sabía hacerlo: zapateando aquel discurso con toda su rabia.

Gades fue un hombre que se hizo a sí mismo. Poco a poco se fue haciendo amigo de los artistas que le descubrieron mundos nuevos: “Pepe Bergamín, Alberti, Caballero Bonald y el doctor Barros me enseñaron a leer. Miró, Tàpies, Brossa y Picasso me enseñaron a ver la pintura. Veía el abstracto y me reía, pero cuando ví que a aquella gente tan interesante le gustaba, pensé: “Antonio, tienes que meterte, que son más listos que tú” Y al final me gustó más la línea de Malevich que el barquito en el horizonte. “En las noches de Bocaccio (la célebre discoteca barcelonesa donde se reunía la gauche divine por aquel entonces) se aprendía mucho escuchando”

Siempre fue muy exigente consigo mismo y con los demás porque para él era un deber dar lo mejor que llevamos dentro: “Yo simplemente buscaba decir otras cosas. Pero era una cosa sana, ahora veo que la gente quiere ser genial enseguida, a los diez minutos de empezar. Antes era una necesidad espiritual. Hoy, los pintores sufren porque no venden. Antes sufrían porque no lograban plasmar los sentimientos en la tela, ¡y se suicidaban si hacía falta!.Yo pertenecí a ese grupo: buscar, elaborar mucho, encontrar algo por si acaso, pero sobre todo quedarte contento con tu cuerpo, jamás he echado más horas de ensayo por ser mejor que aquel. Lo hacía para ser mejor que yo. Me he fijado mucho en la actitud ante la vida, en el talento, en la ética… Lo demás daba igual… En la vida hay que equivocarse, si no te equivocas estás jodido. ¿Cuántas veces se equivocaría Einstein hasta que hizo la teoría de la relatividad?. Si no buscas, no te equivocas. Todo lo que sea investigación me parece bien, cada creador es muy libre. Pero ahora hablan de fusión y ahí hay que tener cuidado. Coges el español y el inglés, los fusionas y qué queda: un espantajo. En el foro romano hay una tumba de una bailarina de Gades, la antigua Cádiz, que dice: “Que la tierra sea tan leve sobre ti, como tú lo fuiste sobre la tierra”. Si la pisoteamos, la tierra no da nada. Ni trigo, ni sonidos. La tierra hay que acariciarla. Dependes del estado anímico para sacar a la tierra el sonido que necesitas. Hoy se percute demasiado. Y el zapateado no es percusión. Es la continuación de un sentimiento. Y con los brazos pasa igual. A veces parece que se los han cortado. Hay que estudiar la Comedia del Arte. Las manos son un gesto, quieren decir algo. Tienen un lenguaje para pedir, otro para rechazar… Soy muy duro porque no concibo que una persona se reserve. Si te dedicas a algo, tienes que joderte y dedicarte profundamente. Si uno tiene algo y se lo guarda, mejor poner a otro. Si no lo puede dar, por lo menos que pruebe. Si tienes miedo, deja de torear. Puedes no tener más arte, pero lo que no puedes es dejar de arrimarte.”

Tras varios años de cosechar triunfos en el mundo entero y de ser reconocido como uno de los bailarines más importantes de todos los tiempos (el propio Nureyev iba a verle bailar cada noche cuando coincidieron en Roma), en el momento álgido de su carrera, decidió dejar de bailar para siempre. Fue en 1975. Estaba actuando en Italia cuando, el 27 de septiembre, fusilaron en España a los cinco últimos condenados a muerte por el franquismo. Aquella noche dejó de bailar y disolvió su compañía. Comprometido políticamente como pocos, en las elecciones municipales del 79 se presenta encabezando la candidatura en Alicante del Bloc d´Esquerra d´Alliberament Nacional (BEAN), formación a la que estuvo vinculado durante los ochenta para pasar posteriormente a militar y ser miembro hasta su muerte del Comité Central del Partido Comunista de los Pueblos de España. Esta militancia y su firme compromiso siempre público hicieron que su nombre fuera el segundo que aparecía en la lista de Tejero de las personas que iba a fusilar a la mañana siguiente del golpe de Estado del 23-F. En 1978 fue nombrado director del Ballet Nacional de España, con el que cosechó grandes éxitos. Sin embargo, dos años después, junto a un grupo de bailarines del Ballet, renuncia a su puesto para crear una nueva compañía en régimen de cooperativa, el GIAG, Grupo Independiente de Artistas de la danza. En aquella época es cuando colabora con Carlos Saura rodando Bodas de sangre, El amor brujo y Carmen. Su última producción como coreógrafo fue Fuenteovejuna, sobre una adaptación del texto de Lope realizada por su gran amigo Caballero Bonald, que se estrenó en la Ópera de Génova en 1994. Solo subió una vez más a los escenarios como bailarín, y fue a petición de su gran amiga Alicia Alonso, con la que bailó ballet clásico en una breve gira por Cuba y Estados Unidos.

Gades dedicó los últimos años de su vida a una de sus más grandes pasiones: navegar. Le gustaba salir al mar siempre que podía porque, como él decía, “yo necesito largar velas e irme por ahí”. Siempre quiso volver a repetir su travesía del Atlántico, encontrarse frente a esa inmensidad de viento y silencio que es el mar. No tuvo tiempo de hacerlo. Murió en Madrid el 20 de julio de 2004 y sus cenizas están enterradas en el Mausoleo de los Héroes de la Revolución Cubana. Fue un hombre sensible, humilde y sabio que vivió la vida como él entendía que había que vivirla: de forma valiente y comprometida, porque Gades siempre fue, por encima de todo, un hombre libre: “Vine como el viento y me iré como el viento, y no me pasará nada cuando me vaya, porque tampoco pasó nada cuando llegué. Cualquier gesto viene de millones de muertos que han creado ese gesto. Un día lo cogí yo y le añadí otras células más, pero seguirá su marcha detrás de mí…”

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Carlos Olalla
Madrid

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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